Anclados frente a la costa africana

Luna llena sobre Agadir

A bordo del Cabo Cee, fondeados en la rada de Agadir.
A 9 de diciembre del 2011. Viernes.

    Las nueve de la noche a bordo del Cabo Cee. En torno a las tres y media de esta tarde recalamos en Agadir y recibimos orden de fondear a espera de nuestro atraque. El ajetreado puerto está congestionado y tenemos que esperar a que nos toque el turno de entrar a descargar. Nadie sabe cuánto tiempo estaremos fondeados, pero el capitán me dijo hace un rato que probablemente serán días.

    Cogí un kiwi en la cámara de oficiales y salí a toldilla a comérmelo. La noche era tranquila y templada, veinte grados y escasas nubes, ni una brisa. El marinero y el contramaestre intentaban pescar algo con sendas poteras artesanales y tenían también fondeada una lata de pintura para tratar de atrapar algún pulpo. A los pulpos les encantan las latas de pintura vacías. 

    Pelé el kiwi con mi navaja marinera mientras, apoyado en la amurada, charlaba con mis compañeros. Luego ellos, desalentados por el poco éxito en la pesca, regresaron a la camareta y yo me quedé contemplando la costa. La Luna estaba llena y se alzaba sobre Agadir, cuyo bullicio podía percibirse como un sordo murmullo lejano en la noche. Las luces de la ciudad y del puerto lanzaban reflejos anaranjados y titilantes sobre la Mar. Por un rato pensé que era una imagen bonita y que merecía la pena disfrutarla un rato, intentar grabar los detalles en la memoria y también escribirla después. Pero al rato algo  imperceptible hizo variar mis pensamientos y mi percepción de la escena. A fin de cuentas tampoco tenía nada de romántico o especial. No era diferente de cualquier otra noche. Un barco anclado frente a una costa. En el fondo daba igual que fuera Agadir, Valencia, San Petersburgo o Alejandría. Era la misma imagen tantas veces vista y descrita con diferentes nombres. Porque en la vida, al final, ya se trate de barcos, de personas, de guerras o de situaciones, todo es siempre lo mismo y lleva repitiéndose durante siglos y milenios en distintos lugares con distintos nombres, y lleva siendo escrito y descrito una y otra vez desde Homero hasta el día de hoy. Y aún con todo, el Hombre no aprende del pasado y de sus errores, ni siquiera con la ayuda de todo el conocimiento y saber acumulado durante milenios. Esta campaña la empecé leyendo la Historia de España de Juan Eslava y La ilíada de Homero -ésta por segunda vez-. Y acumuladas a otras lecturas anteriores y a retazos de sabiduría escuchados a viejos que vieron y vivieron mucho, e impresos en mi memoria, la conclusión es que al final es siempre la misma historia. Pueden variar las formas pero no la esencia. Los mismos motivos con otros nombres, los mismos protagonistas con otras caras, las mismas víctimas a menudo anónimas. Antes con lanzas y broncíneas lorigas y ahora con subfusiles y drones. En la época de Troya eran los dioses del Olimpo los que movían los hilos y decidían a su capricho el destino de hombres y reinos, y ahora son los CEOS de las grandes corporaciones los que orquestan las tramas. 

    Me pregunté cuántas noches más como ésta, especiales o anodinas pero siempre la misma noche, me quedarán aún por la proa. Me pregunté cómo las percibiré. Y luego sonreí pensando en la deliciosa simpleza de poder seguir, a pesar de todo, disfrutando de ellas. Sí, era una noche hermosa. 

A bordo del Cabo Cee, fondeados en la rada de Agadir.
A 13 de diciembre del 2011. Martes.

    Seguimos fondeados en la rada de Agadir, anclados a escasas tres millas de la ciudad africana, de sus casas y edificios blancos, de sus luces que brillan en la noche estrellada, de los aromas que proceden de la costa africana, de su ensueño. Al anochecer me apoyo en la amurada, a popa, y observo desde lejos. Estar embarcado a menudo es como estar encarcelado.

     Ahora es mediodía y el Sol obliga a entornar los ojos. No sopla una brisa y la Mar, verdosa, está en calma. Hay calima. Me apoyo en la barandilla y miro los otros barcos fondeados en la rada, entre ellos uno -el Green Brazil– que reconocí como uno de los antiguos “Sierra” de la Marítima del Norte, ahora propiedad de la Seatrade. Viéndolos así, desde lejos, aún desprenden esa atávica aureola de romanticismo y aventura que me impulsó a mí a hacerme a la Mar. Observo a los cargueros, algunos despidiendo penachos de humo por sus chimeneas, otros con sólidos puntales en cubierta. Sus pabellones de países exóticos, sus cargas procedentes de puertos lejanos, sus pintorescos tripulantes.

    O quizás sólo lo imagino. Porque justo aquí, yo mismo estoy a bordo de uno de esos cargueros y la verdad es que no tiene nada de particular. Es, también, siempre el mismo repetido. Su pabellón, aunque podría ser de cualquier lugar, es el de mi patria, que no tiene nada de exótica. Yo soy uno de los marinos que lo tripulan, y ni yo ni mis compañeros tenemos nada de pintoresco. La carga estibada en sus bodegas no proviene de un puerto lejano -hace sólo unos días yo estaba allí-. Al final el mundo no es tan grande como parece, basta con moverse por él para darse cuenta. Lo es cada vez menos y a lo largo de este último siglo se ha ido haciendo más pequeño a una velocidad espantosa.

    Pero a pesar de todo, a pesar de conocer los barcos y el mundo, ver buques mercantes fondeados en una bahía o atracados en un puerto sigue produciéndome esa misma sensación que hace décadas me hizo soñar, imaginar y desear hacerme a la Mar.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

2 comentarios en “Anclados frente a la costa africana

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s