Agadir

Las grúas descargan los buques atracados en los muelles de Agadir.

A bordo, del Cabo Cee, atracados en Agadir.
A 15 de diciembre del 2011. Jueves.

    Agadir. Esta ciudad africana, fundada por navegantes portugueses hace más de cinco siglos, es en la actualidad un destacado destino turístico. Su puerto sigue siendo importante, sobre todo el pesquero. Nosotros estamos amarrados en el Port D’Anza, que es una extensión al puerto viejo; un nuevo puerto comercial más grande y apropiado al tráfico mercante de estos tiempos.

La ciudad vieja de Agadir, incluida la Kasbah, fue destruida por un terremoto en el año  1960. La Kasbah fue restaurada y sellada permanentemente como un memorial a las 25.000 víctimas del temblor de tierra, pero la ciudad vieja fue substituida por una nueva claramente orientada al turismo internacional, con grandes hoteles y locales de ocio. Esa zona de la ciudad está bastante cuidada y vigilada, es la cara bonita que se ofrece al turismo extranjero. Al otro lado de una gran avenida que cruza la urbe se extienden los barrios más castizos y descuidados, la verdadera Marruecos. La Marruecos pobre, sufrida,  explotada y olvidada. Al Sur de la ciudad se extiende una larga playa arenosa con suaves dunas tras ella, las largas olas atlánticas lamiéndola con su incesante ir y venir.

A bordo, del Cabo Cee, atracados en Agadir.
A 16 de diciembre del 2011. Viernes.

    Había esperado reencontrarme hoy con Mustafá, pero por lo visto cuando me vino a buscar al barco alguien le dijo por error que yo ya había salido y se fue sin mí. Mustafá es un moro de mediana edad, uno de los muchos buscavidas que rondan por los muelles de los puertos de cualquier parte del mundo, intentando ganarse unos duros con más o menos ingenio y mejor o peor voluntad. A mí me gusta charlar con los que se acercan a bordo, al menos un rato. Algunos son unos auténticos pelmazos o mentirosos compulsivos; pero otros tienen cosas interesantes que contar, de ésas que no aparecen en las guías turísticas ni en Internet ni en la mayor parte de los libros. Algunos ofrecen mercadurías de origen incierto y a veces sospechoso, que traen envueltas en un hato o en bolsas de basura. Otros ofrecen mujeres u otros vicios en susurros confidentes, a precios siempre negociables. En estos tiempos los hay que ofrecen hasta conexión a Internet; alquilan unos pequeños dispositivos USB que dan conexión a la red durante veinticuatro horas y pasan a recogerlos a la mañana siguiente. También hay buscavidas que solamente piden. Leche, agua, pan, Coca-Cola. Algo. Y otros sencillamente se acercan a charlar y pasar el rato. Mustafá parecía de los que sólo se acercaban a charlar, aunque algo me decía que en el fondo no era tan inocente y estaba allí, como tantos otros, por algún tipo de interés. Hablaba muy buen español, quizás por eso ayer estuvimos cerca de una hora charlando en el sucio muelle marroquí. Había vivido años en España y allí había dejado a su esposa, una española hija de moro y gitana española. Estaban separados a malas y ella se había quedado con sus dos hijas allá en España. Tras un buen rato me confesó que a él lo habían cogido con hachís en nuestro país, aunque no me quedó muy claro si había vuelto a Marruecos huyendo de la Justicia, expulsado o sencillamente porque allá en España la cosa está tan mal que ahora los moros cruzan el Estrecho en la otra dirección, de vuelta a África. Me contó algunas cosas interesantes acerca del puerto y de la ciudad. Durante la hora o así que estuvimos charlando fui tanteándolo para ver si sería de fiar; me lo pareció, y quedamos en que a las ocho de la mañana siguiente -de hoy- vendría a recogerme y me enseñaría la ciudad, la parte turística y también la parte marroquí, la auténtica, que era en realidad la única que me interesaba. Se alejó por el muelle y yo me acerqué a hablar con el guarda jurado que vigilaba el portalón de nuestro barco, con el que tengo ya cierta confianza. Le pregunté si conocía a Mustafá y si era de fiar, y me respondió que sí. Luego sondeé al capataz de la colla de estibadores y me respondió lo mismo, que sí era fiable. Así que decidí que a la mañana siguiente saldría a tierra con mi guía autóctono a conocer la ciudad; eso sí, sin bajar la guardia, que uno empieza a ser perro viejo. En cualquier caso un generoso puñado de dirhams -o dólares, o lo que toque- colocado con el debido tacto en la mano adecuada suele pagar la mejor guía y protección local en cualquier puerto del mundo.

    De modo que hoy, al no encontrarme con Mustafá, salí a dar el paseo yo solo. Fue tras la comida. Dejé todo lo de valor a bordo excepto el teléfono viejo, por si necesitaba llamar o me necesitaban localizar desde el barco. Salí mal vestido y sólo con algunas monedas, mi cuaderno y boli, el pasaporte y el salvoconducto de las autoridades de inmigración.

    Había preguntado a varios moros -al agente marítimo, a dos guardias jurados, a un buscavidas que se acercó al barco- si se podía ir a pie hasta la ciudad y me habían dicho todos que sí, que sólo distaba dos o tres quilómetros. También hay un autobús que pasa por la entrada del puerto y lleva al centro por el equivalente en dirhams a unos cuarenta céntimos y también hay taxis, claro; pero prefiero caminar. Así que emprendí el camino a pie siguiendo la línea de la costa. Caminé a través de la explanada del muelle y entre las altas montañas de carbón, pirita y otros graneles que no supe identificar y llegué al acceso. Un guardia me pidió el salvoconducto y el pasaporte, se lo mostré, pregunté si iba bien hacia la ciudad y de nuevo me sugirió un taxi. Le expliqué que quería ir a pie, se encogió de hombros y me dijo  que siguiera por allá, alzando la mano en dirección incierta. Continué hacia el Sur y avancé entre naves que parecían las típicas que se suelen encontrar en los aledaños de los puertos: Reparaciones, provisionistas, almacenes, agencias, pinturas, etcétera. Estaban en decadencia y apenas se veía a nadie. Las naves parecían estar cerradas o incluso abandonadas. De vez en cuando me cruzaba algún moro, o incluso alguna mora con su pañuelo a la cabeza. Más adelante dejé a mi derecha un astillero y varadero. En su explanada había numerosos buques de pequeño porte: un lote de pesqueros de registro angoleño -de Luanda, una vieja conocida-, pesqueros locales, un par de patrulleras de la marina marroquí. Los trabajadores se afanaban en sus cometidos y parecía una zona más viva. Había más gente yendo de un lado a otro y pasaban vehículos de vez en cuando.

    El Sol estaba alto y apretaba, a pesar de ser mediados de diciembre. Continué avanzando y tras el astillero se abrió un puertecito pesquero. El Nouveau Port de Péche, que comprobé más tarde en el portulano. Había pescadores más o menos sucios y harapientos aquí y allá. Había un gran número de esos pequeños botes de proa alzada y valiente con los que los pescadores de bajura faenan. Bueno, bajura relativa: En alguna ocasión, cubriendo la ruta de las Islas Canarias, recuerdo haber visto alguno de estos botes a 45 millas Mar adentro, a la altura de Casablanca, en un alarde de osadía. Me habría encantado hacer fotografías del puerto pesquero pero no había llevado mi cámara.

    Muchos moros parecían indiferentes a mi presencia, pero muchos otros me miraban con curiosidad, suspicacia y algunos con expresión torva. Había también allí amarrados algunos pesqueros de mayor porte, unos bastante nuevos, otros ruinosos y destartalados. Había pescadores que iban y venían, embarcando en sus botes con sus bolsitas de plástico en las que se adivinaba el almuerzo. O repasando los aparejos de pesca. Había algunos viejos sentados observando en silencio, imperturbables. Con los rostros morenos, ajados y arrugadísimos. Pescadores ancianos que quizás pasaran muchas horas de sus días allí sentados, observando sin ver, recordando, dejando pasar las horas y los días. También deseé fotografiarlos. Pasó una pick-up a mi lado y los tipos que iban sentados atrás me gritaron algo, levantando el brazo alguno de ellos. Sonó amenazador y agresivo. Pero no se detuvieron. Suspiré; si había que abrirse camino a sopapos, se abriría. Pero prefería que no se complicara la jornada. Eché de menos otros tiempos y otros barcos en los que saltaba a tierra con buenos compañeros y amigos con los que uno podía pasearse por cualquier lugar del mundo, beber hasta descalabrarse o abrirse camino hasta las puertas del infierno y de vuelta al barco a palo limpio. Todo ello con garantías de éxito y de diversión.

    Continué caminando. A mi izquierda discurría un largo muro que venía desde muy atrás y que terminaba a unos cientos de metros más adelante. A mi derecha estaba el nuevo puerto pesquero. Hacia adelante, más allá del final del muro, sólo se extendía un largo espigón que se adentraba en la Mar. Avancé y doblé el muro y me quedé sorprendido por el inesperado cuadro que se abrió ante mí. Era el puerto viejo de Agadir. Justo frente a mí estaba el antiguo puerto pesquero con cientos de botes de colores atracados en apretadísimas hileras. Una multitud de gente, quizás miles de moros, se agolpaban ruidosos en el muelle ante un edificio que supuse la lonja. Debía ser la hora en que los pescadores llegaban con pescado fresco. El bullicio y el tumulto de la morisma contrastaban con la relativa tranquilidad del nuevo puerto pesquero que había dejado atrás, al otro lado del muro. Más allá, en la gran dársena, había pesqueros de mayor porte atracados, la mayoría arrastreros aunque también vi algunos pincheros. Y al otro lado de la dársena había algunas patrulleras grises atracadas en un área que parecía reservada para la modesta marina de guerra marroquí. Me quedaba aún tiempo para continuar caminando pero no me hice al ánimo de atravesar el bullicioso puerto pesquero viejo en hora punta. Decidí dejar la exploración de la ciudad para el día siguiente.

    Me encaminé de regreso al barco callejeando por una ruta diferente hasta la entrada al puerto de Anza, donde estaba atracado el Cabo Cee. Allí decidí hacer una incursión en otra dirección y anduve por una pseudoavenida con palmeras y basura pero fui a dar a lo más parecido a ninguna parte, así que di media vuelta y regresé al puerto. En la entrada había un perro gris, creo que del guardia, que se me puso delante y empezó a ladrar amenazadoramente, hecho un basilisco. Por un momento no supe si esperar a que el guardia saliera o hiciera algo, o pasar de largo. Decidí pasar, listo para arrearle al can la patada de su vida, pero no hizo falta; perro ladrador, poco mordedor. Luego caminé por todos los muelles del puerto de Anza, que estaba lleno. Había buques de carga general y también portacontenedores. Entre ellos el Green Brazil que había visto fondeado en la rada días atrás. Y confirmé que, efectivamente, era uno de los viejos “Sierra” construidos en Vigo. Me gusta pasear por los muelles y ver las grúas cargando y descargando los buques. Mirar sus pabellones y sus puertos de registro y sus chimeneas. Observar a sus tripulantes ocupados en faenas marineras o apoyados ociosos en las amuradas. Aunque ya nada es como antes. Recordé las palabras del centurión Aerobus: Llegué demasiado tarde a un mundo demasiado viejo.

    Me pregunto cómo veré todo esto cuando sea un viejo retirado. Si llego a viejo.

   

    La guardia de la tarde transcurrió sin muchas novedades ni sobresaltos, la descarga progresando con exasperante lentitud. Pero la guardia de la noche fue más entretenida.

    Bajé a las cuatro de la madrugada y el marinero, Xosé, de Finisterre, me dijo que había por allá lejos, donde las montañas de carbón y pirita, polizones. Que se habían acercado al barco pero había venido la policía y aunque no los había cogido, los había ahuyentado. Y se retiró a descansar. Me mantuve de pie, escrutando las tinieblas de la noche en el mal iluminado puerto. No parecía haber nada anormal. El “watchman” -el vigilante jurado moro- dormía a pierna suelta, como tienen por costumbre. Se preparan en el muelle al lado del barco unos cartones y allí duermen durante la noche, como pordioseros, abrigados y encapuchados con sus ropas miserables, en vez de desempeñar su trabajo de vigilante.

La carga del Cabo Cee se había detenido durante la noche y el muelle en el que estábamos atracados estaba vacío, obscuro y en calma. Di unos paseos por fuera, la noche estaba bastante fresca. Luego me quedé de pie en la puerta de acceso a la habilitación, allí se estaba mejor con el calor que salía del interior del barco. No habría transcurrido más que una hora de la guardia cuando oí que a mi espalda se abría la puerta de las escalas interiores. Salió el capitán, vestido y arreglado. Salió al exterior y miró hacia proa y entonces gritó algo en árabe -el capitán es jordano- y salió disparado. Salí tras él y vi que había un polizón justo allí, dentro del barco, a la altura del portalón. Salí a tiempo de ver al capitán dar un violento puntapié al desdichado polizón mientras le gritaba algo en árabe, y éste se fue corriendo por la pasarela como alma que lleva el diablo y desapareció en la obscuridad de la noche. Entonces el viejo me dijo que los había visto desde el portillo de su camarote (me pregunté si habría pasado la maldita noche entera en vela, allí de guardia, o habría sido casualidad) y por eso había bajado. El capitán se retiró y yo me quedé de guardia, esta vez afuera y con los ojos bien abiertos. Luego vi en varias ocasiones sombras allá en proa, en una zona muy mal iluminada bajo las grúas paradas. Había trajín de sombras difusas que estoy convencido de que eran polizones. Poco después de las siete de la mañana, mientras paseaba en las inmediaciones del portalón, vi a dos moros que saltaban desde el barco a tierra a la altura de la escotilla número dos, a unos veinte metros de donde yo estaba. Probablemente habrían saltado a bordo por proa y, al encontrarse todo el barco herméticamente cerrado y candado -excepto el acceso que yo vigilaba- y el alba aproximándose, decidieron desistir de su intento y volvieron a saltar a tierra. Eran dos tipos de unos veintipocos años, con cara de granujas. Uno llevaba una botella de agua mineral atada con un cabo a la espalda y el otro un miserable zurrón. Se alejaron del buque lanzando furtivas miradas atrás, pasaron bajo la luz naranja de una lejana farola y poco después desaparecieron entre las montañas de carbón.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, en los 33º 40’N 009º 58’W
A 18 de diciembre del 2011. Domingo.

    Y por fin largamos amarras de Agadir. Pasamos cuatro días fondeados frente ella y otros cuatro atracados en su puerto comercial, descargando el cargamento de pirita estibado en las bodegas. Muchísimo tiempo para descargar menos de siete mil toneladas, pero los moros son así. En realidad no son sólo ellos, es África entera. Viven a otra velocidad y con un grado de despreocupación y desidia al que en la vieja Europa ya no estamos acostumbrados. Sólo tienen una velocidad, y es la lenta. Fondeados afuera estábamos bastante cómodos, la verdad. Pero atracados en el puerto mucho menos porque es muy sucio, hay ratas del tamaño de autobuses y constantes intentos de polizones por saltar a bordo.

    Salí varios días a tierra a estirar las patas y a explorar los muelles y la ciudad, pero me supo a poco. Siempre sabe a poco.

    Ahora navegamos ya rumbo a La Coruña, donde deberíamos recalar dentro de cuatro días. Allí cargaremos carbón con destino a Setúbal. Luego, no se sabe. El armador, en Huelva, me comentó que había un viaje trasatlántico hasta Barranquilla (Colombia), pero no se sabe aún qué barco de la compañía lo hará. Ojalá sea el nuestro, es un viaje prometedor.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s