La carta 1439

La carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, navegando rumbo a Agadir.
A 8 de diciembre del 2011. Jueves.

    Hoy dispongo de algo más de tiempo para mí, es festivo. No tengo ni idea de qué se festeja hoy, 8 de diciembre, en España. Pero es el segundo festivo de esta semana -el primero sí sé que fue el Día de la Constitución- y allá en la madre patria la gente de secano debe estar disfrutando un acueducto de ésos que sólo tenemos los españoles. En algún sitio leí que éramos el país con más festivos en el calendario de toda Europa. Probablemente también del mundo.

    Acabo de ojear un montón de viejas cartas náuticas caducadas que hay en una taquilla de mi camarote, bajo la litera. Según me dijeron las guardaban aquí una vez caducaban, en vez de tirarlas, y aquí quedaron. Me alegré cuando las vi el primer día, serán un fantástico añadido a mi colección de cartas náuticas viejas. La última vez que las conté había más de cuatrocientas, apiladas en mi biblioteca.

    Comencé a inspeccionar las halladas en mi camarote. Mientras las recorría una a una -debe de haber casi cien- iba viendo diferentes puertos y costas y mares. Una colección de maestros clásicos de jazz sonaba en mi Mac; Chet Baker sucedía a Charlie Mingus y yo desplegaba sobre el escritorio la carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti. Sobre ella estaba aún trazada a lápiz la derrota que algún buque siguió antaño, desde algún lugar fuera de la carta más al Este de Creta, cruzando el Mediterráneo central y luego atravesando el Estrecho de Messina hacia el Mar Tirreno. Observé el conocido contorno de Sicilia, deteniéndome en Palermo, y mi mente navegó los mares del recuerdo hasta los años noventa. Los años felices, despreocupados y un poco insensatos de mi particular Tripulación Sanders. Habíamos atracado en Palermo con veintipocos años, algo de dinero en el bolsillo y toda la predisposición posible a pasarlo bien y comernos el mundo. Era necesario compensar la monotonía y dureza de la vida a bordo con algunas licencias en puerto. Habíamos saltado a tierra el cuarteto habitual, sólo Alzheimer se había quedado a bordo -tendría guardia, supongo- pero a cambio se había unido a la expedición Gusano. El pernicioso Gusano. Probablemente el oficial de guardia se echó las manos a la cabeza al vernos bajar por la pasarela hechos una marabunta, pero ninguno lo vimos porque nadie miró atrás.

    La noche fue transcurriendo de bar en bar por las calles de Palermo. Fue en una de esas calles donde vimos las luces del Raddaria Pub. Estaba al final de un callejón sin salida muy estrecho que descendía en pendiente entre altos edificios. Las luces de neón allá al fondo del callejón prometían y tampoco es que a esas horas tardías fueran quedando muchas opciones. Arrumbamos directos y dimos amarras en aquel local. Era bastante grande y estaba muy animado. Había muchas mesas y cada una de ellas tenía un teléfono conectado a un circuito interno a través del cual podías llamar a cualquier otra mesa del local -cada una tenía su número en lo alto- o a la barra. Cogimos una y dejamos fluir la noche entre bebidas, música, risas y chanzas. El Gusano estaba empeñado en darle la castaña a unas sicilianas de una mesa próxima y como al final lo del teléfono le parecía poco práctico se sentó directamente en su mesa. No le importaron demasiado los cuatro sicilianos engominados y con chaquetas de cuero que observaban desde la barra cómo el españolito pretendía levantarles las legítimas. Pero todo eso lo supimos después. Cuando dos de ellos se acercaron a nuestra mesa y nos invitaron a fumar aún no sabíamos que en realidad esos sicilianos tan amables eran las parejas de las chicas a las que Gusano abordaba. Ángel aceptó y salió a fumar con ellos al callejón. Y yo, que no fumo, me quedé en la mesa con Budi. Pasado un rato tuve que ir a achicar la sentina; los servicios estaban al lado de la puerta de entrada del local y cuando pasé frente a ella advertí un tumulto afuera, pero estaba demasiado apretado para pararme a curiosear. Tras aliviarme salí y allí afuera vi que los cuatro fulanos tenían acorralado a Ángel al fondo del callejón y le estaban dando las del pulpo, aunque mi compañero se batía como un jabato. Salí a la carga, vociferando como un poseso y lanzándoles el vaso de tubo que llevaba en la mano y todo lo que encontré por el camino -vasos, botellines, maceta…- y al llegar al fondo embestí y nos liamos a puñetazos. Ángel, al verse socorrido, se vino arriba y empezó a despacharse a gusto. Entonces brilló un acero en la noche y por mi mano empezó a chorrear líquido caliente. No me quedó otra que empalmar mi baldeo y tirar a mojar; pero con el tinte que estaban tomando las cosas y con lo encabronados que estábamos los españoles, los sicilianos echaron a correr tomando las de Villadiego. O Villadieguini. Mi baldeo volvió al bolsillo trasero mientras Ángel, que había recibido lo suyo hasta que yo llegué y se equilibró la cosa, y no estaba nada satisfecho, aún salió persiguiéndolos un buen trecho él solo, a los cuatro, hasta que se quedó sin resuello.

    Luego entramos en el local, donde las camareras nos sanaron las heridas -afortunadamente el navajazo sólo me hizo un corte poco profundo en una mano- y Budi, que no se había enterado de nada, golpeaba una columna enfurecido porque se lo había perdido todo, ocupado en tirarle los trastos a una de las camareras que ahora atendía a Ángel como a un héroe. Del Gusano, que había desencadenado la bronca y se había ido de rositas, nadie sabía nada. Al día siguiente a bordo nos enteramos de que había acabado beneficiándose a una de las sicilianas. El muy cabrón. Los que quedábamos esa noche bebimos gratis un rato más, a cuenta de la casa, y luego decidimos regresar al barco.

    Caminábamos por las solitarias calles de Palermo cercanas al puerto, bastante encabronados, cuando por la acera opuesta aparecieron tres figuras en la distancia. Y entonces… bueno, entonces sucedió algo que no contaré aquí. Es una de esas historias que ninguno de nosotros cuenta a nadie -tenemos unas cuantas de éstas- porque sabemos que casi nadie nos creería -no sé si los viejos compañeros me perdonarán que les cuente hoy ésta aquí-. Pero cuando nos reunimos y echamos un trago y recordamos los viejos y buenos tiempos en los que navegábamos juntos rememoramos ésta y otras historias con sonrisa cómplice y un puntito de nostalgia.

    Como aquella otra noche en Tarento -que también aparece en la carta 1439- en la que cantábamos con unos marineros ingleses en el Green Door Pub de Tarento, donde tantas alegres noches pasamos, y luego todo se complicó y el local se inundó de carabinieris con varas muy largas y cortos en razones, y Gina y Francesca y Luca suplicaban que no les destruyéramos el local, y entonces apareció de la nada un mariñeiro melenudo de la Costa da Morte y la noche tomó tornas insospechadas. O aquella otra en La Valleta, Malta, -también en la carta 1439 del Almirantazgo- en la que regresé a bordo montado en un burro o un asno que ninguno conseguimos recordar de donde lo sacamos, y que dejé amarrado a un noray junto al barco antes de subir a dormir la mona. Eso fue la noche antes de regresar a bordo en una especie de góndola desde el otro lado del puerto, y en vez de arrimarnos a nuestro barco abordamos una fragata inglesa y cuando trepamos a bordo había un centinela con la cara muy roja apuntándonos con un subfusil gritando cosas en guiri. O aquella otra noche en Tesalónica -también en la carta 1439- en la que, algo subidos de vueltas, nos pareció una buena idea llevarnos un vistoso cartel luminoso de neón de un garito donde servían matarratas y lo arrancamos de cuajo entre chispazos, con el soporte metálico incluido y los cables colgando deshilachados, pensando que quedaría estupendo en el pañol de proa del barco, donde nos reuníamos en los ratos libres para echar un trago, jugar a las cartas o hacer pesas (al final el cartel acabó en mi casa). Por supuesto, a nadie se le ocurrió pensar en la opinión del contramaestre al respecto, ni en la posible reacción de una patrulla nocturna de policía. O aquella otra vez en Soudha, Creta, -también en la 1439- en la que me vi abandonado en esa isla en la que nadie hablaba ni español ni inglés ni gallego ni nada salvo aquella condenada lengua incomprensible, y un buen día decidí que ya estaba bien y que me volvía a España sí o sí. O aquella otra memorable vez en Constanza… pero no, Constanza está más hacia Oriente y no sale en la carta 1439 del Almirantazgo.

    Recorro con la mirada la carta 1439, regresando al presente con un poco de nostalgia. Cuántas historias concentradas en sólo una pequeña parte del Mediterráneo central, apenas 800 millas de longitud por 400 de latitud. «Algún día debería sentarme a escribirlas, éstas y todas las demás. Antes de que se me olviden más detalles» pienso. Y aún recuerdo otra historia más viendo Atenas en la carta, de las que no son del todo confesables en foros públicos. Mi tía Marta, profesora de griego y clásicas, debe de guardar a buen recaudo un recuerdo ciertamente singular que le llevé a España en aquella ocasión.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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