Nodens

«Era una típica tarde invernal mediterránea, soleada y fresca. Me había acercado a la playa de casa, como casi cada tarde cuando estoy en tierra, a pasear y leer.»

Era una típica tarde invernal mediterránea, soleada y fresca. Era la tarde del 14 de febrero. Me había acercado a la playa de casa, como casi cada tarde cuando estoy en tierra, a pasear y leer. Suele ser ésta una combinación peligrosa -me refiero a leer y caminar a la vez-, pero en invierno apenas hay gente en la playa y una vez fijo el rumbo paralelo a la orilla, no me cuesta mantenerlo.

Aquella tarde había caminado los poco más de diez quilómetros de costa que acostumbro, leyendo los Trasuntos de España de Azorín (que, por cierto, nació no muy lejos de aquí). La brisa era fresca, los rayos tibios de un Sol poco alto bañaban todo de amarillo y una ola tan impertinente como inoportuna me había empapado los pies -casi hasta la rodilla- poco antes de separarme de la orilla para arrumbar de regreso a casa. Tendría que endulzar mis botas inglesas -unas Grinders clásicas- al llegar para quitarles la salitre.

Dejando atrás la orilla azul me adentré entre las dunas salpicadas de flora mediterránea, juncos y pelotas marrones de posidonia que la Mar había arrojado a tierra. Advertí entonces una presencia inesperada por el rabillo del ojo y levanté la vista del libro. Y allí lo vi. O nos vimos. Lo miré. Él me miró. Se detuvo. Yo me detuve. Lo saludé. Él me saludo. Seguí mi camino entre las dunas, y él me acompañó.

Así seguimos, yo avanzando hacia la carreterita que me llevaría a casa y él más o menos conmigo, haciendo cosas de perro. Olfateando aquí y allá, investigando entre los juncos, alejándose un poco y luego regresando a mi lado.

Era un perro de los comúnmente llamados ‘salchicha’. Una raza que siempre me pareció cómica y poco digna. Los que me conocen o leen desde hace tiempo saben que amo los perros y los prefiero sin duda alguna, en general, a los humanos. Pero también es cierto que mi concepción de perro comenzó siempre en los 20 quilos de peso. Y esas variedades pequeñitas que yo llamo perros-rata nunca me cayeron particularmente simpáticas. Prejuicios y antipatías personales, supongo, que no tardarían en cambiar.

Este perro salchicha en cuestión era quizás de los más grandes que recuerdo haber visto. Con el pelaje duro de color marrón rojizo, las cejas, bigote y barba rubicundas, piernas musculosas y andares decididos. Tenía el pelaje alborotado y el hocico medio pelado y herido alrededor de la trufa. Sin duda se habría peleado por ahí.

Dejamos atrás las dunas y la arena y llegamos al asfalto. Pasamos junto a la terraza del chiringuito del camping y cogimos la carreterita que lleva a casa. El perro seguía acompañándome, a su aire pero conmigo. Pasamos frente a algunos chalets que tienen perrazos guardándolos y se pusieron hechos unas fieras cuando el pequeño salchicha pasaba frente a sus verjas. Éste los miraba con mucha dignidad y altivez, sin arredrarse un pelo, se acercaba a las verjas, olfateaba un poco y, con mucha calma, levantaba la patita y les dejaba un pis en plena puerta. Lo cual ponía a las bestias del otro lado hechas unas furias, naturalmente. Luego seguía, impasible, sin un atisbo de miedo o inquietud que tampoco parecía sentir hacia los coches que de vez en cuando pasaban por la carretera. Éstos a veces tenían que esquivarlo, frenar, incluso en ocasiones detenerse. Pero ni frenazos ni pitidos alteraban el ánimo del que yo ya consideraba mi amigo. Me inquieté un poco, temiendo que la cosa acabaría mal. Así que me quedé quieto y señalando a las puntas de mis botas le dije con voz de mando ¡Ven!. El perro me miró y, dejándome pasmado, fue hasta donde yo señalaba y se quedó frente a mí mirándome con atención. Ven aquí, muchacho dije mientras me agachaba despacito y lo cogía en brazos.

Se dejó. La verdad es que al principio el animal estaba muy en tensión y largó un gruñido muy largo y muy profundo, como de advertencia. Pero los dos fuimos con cuidado, precaución y respeto, yo cogiéndolo y el dejándose coger, y tras un par de gruñidos que parecían avisar ojo con lo que haces, que te muerdo la cara se calmó, su cuerpo dejó de estar en tensión y no hubo ni un gruñido más.

Y de repente me vi allí, en la carreterita, con un perro en brazos y sin saber qué hacer con él.

– ¿Quieres venir conmigo a casa?- le pregunté. Lo cierto es que me caía simpático. Y estaba seguro de que yo a él también. Él había decidido unir su camino al mío en las dunas de la playa, y ahora yo decidía aceptarlo también a él. Ambos nos habíamos aceptado mutuamente, sin imposiciones ni condiciones, tal y como se eligen y aceptan dos amigos el uno al otro.

– Te llamarás Nodens- le dije. Y reemprendí el camino a casa con mi nuevo amigo en brazos,

No se inmutó durante todo el camino. Apenas llevaba unos minutos en mis brazos y ya su corazón había bajado el pulso a lo que a mí me parecía normal y relajado. Cuando pasábamos frente a algún chalet con perros que nos ladraban él no se inmutaba. Si acaso giraba la cabeza con altivez y miraba a los perrazos con lo que a mí me parecía absoluta indiferencia, pero no les dedicaba ni un gruñido. Tampoco se inmutó al alcanzar la Nacional 332 -con mucho tráfico veloz, camiones y ruido- y la cruzamos a la carrera.


Cuando finalmente llegamos a casa lo deposité con cuidado en el suelo y le dije:

– Ésta será también tu casa, Nodens. Sé bienvenido. Quédate el tiempo que quieras. Puedes estar conmigo en el salón, pero tu zona será ésta- le expliqué, acompañándolo a la terraza y mostrándole también el cobertizo que compartiría con mis motos. -¿Qué te parece?

Me quedé allí plantado, de pie en la terraza, observando sus reacciones, y él me miró con mucha atención. Nos sostuvimos un ratito la mirada en silencio y fue entonces la primera vez que vi a mi pequeño amigo, hasta el momento impasible, expresar emoción. Comenzó a mover el rabo a una velocidad y con una fuerza que parecía que se le iba a desatornillar, bajó las orejas con una especie de gemidito agudo que acabó en el primer ladrido que le oí, dio dos saltitos ante mí haciendo ruiditos alegres y luego se puso a corretear e investigarlo todo. Le dejé hacer. Regresé al interior y cogí en el armario una de mis tres mantas, volví a la terraza y se la regalé:

– Ahora esta manta es tuya. Puedes mearla, si quieres marcarla. Es tuya.- Y la puse en el suelo del cobertizo. Me dio lametones en las manos, agitando el rabo frenéticamente, y luego siguió husmeando por ahí. Yo regresé al interior para coger un cacharro con agua y algo de pan, queso y jamón serrano para mi amigo. Mientras iba reuniendo todo ello me vino a la cabeza aquella frase de, creo, Jack London, que decía algo así como Caridad no es echarle un hueso a un perro. La caridad es compartir un hueso con el perro cuando se está tan hambriento como él. Ciertamente yo no estaba hambriento; pero de haberlo estado, sin duda habría compartido lo que tuviera con el perro. También cogí un trapo limpio y la botella de un whiskey casero que me regaló en su día mi buen amigo escocés W. Steele, maquinista con el que navegué en el Mar del Norte y que es, lo juro, la viva imagen de Popeye, sólo que aún más fibroso y más tatuado. El whiskey es fortísimo, algo por encima de los 80º de alcohol, destilado por mi amigo en su sótano allá en las Highlands. Lo guardaba para una ocasión especial, pero me pareció lo más adecuado para desinfectar la herida del hocico, pues no tengo botiquín ni cosas de ésas en casa. En su día Wilson me había contado que en el pasado los guerreros escoceses usaban sus whiskeys de alta graduación para desinfectar las heridas tras las batallas. Y aunque nunca supe si era verdad o me tomaba el pelo, desde luego me pareció posible. Y más conociendo a aquellos fulanos.

Nodens estuvo encantado con el jamón y el queso. La posterior cura le hizo menos gracia. Ahí volvió a gruñir, pero se dejó hacer mientras yo lo tenía firmemente agarrado y le frotaba el hocico con el trapo empapado en whiskey. Después tomé un vasito a su buena salud.

Lo dejé a su aire y acudí a mi biblioteca porque, la verdad, no estaba del todo seguro de que el nombre que me había venido a la cabeza – Nodens- fuera el que creía. Recordaba que en la mitología celta britona había un dios que se veneraba como al dios de la mar, la caza y los perros, y estaba casi seguro de que su nombre era ése, Nodens. Por eso me parecía un nombre idóneo pues se trataba de un perro y lo había encontrado junto a la Mar (entonces aún no sabía lo que más tarde sabría: que se trataba, además, de un perro de caza, lo que haría su nombre triplemente adecuado).

Acudí al estante con los libros de mitología, historia y cultura celta. Tras recorrer los lomos y consultar varios volúmenes finalmente lo encontré en el capítulo XVI del Celtic Myths and Legends de C. Squire. Sí, el nombre era Nodens. Refresqué un poco el mito y luego me entretuve leyendo otros párrafos al azar, y en ésas estaba cuando oí cierto alboroto y al perro dar dos ladridos sonoros en la terraza. Me acerqué a ver de qué se trataba y me quedé patidifuso al ver a Nodens meneando el rabo frenéticamente y con un animal casi tan grande como él en las fauces. Un animal que no llegué a saber con certeza lo que era, si una garduña, un tejón u otro mamífero del estilo; pero me parece que era una garduña. O que lo había sido en vida, porque estaba ya más que muerta entre los colmillos del can, que aún meneaba la presa de un lado a otro, gruñendo, salpicando algo de sangre y poniendo todo perdido.

Acepté el regalo de Nodens con mucha amabilidad y benevolencia asegurándole que me lo zamparía de cena con mucho gusto, mientras sostenía la garduña agarrada por la cola -tenía la cara, cuello y una pata destrozadas- sin saber muy bien qué hacer realmente con ella, y miraba a mi perro con un profundísimo respeto y admiración, tal que, si me hubieran dicho hacía sólo dos horas que lo iba a experimentar por uno de esos perros salchicha, me habría dado la risa.

Dejé a Nodens excitadísimo en la terraza, crucé la casa y salí por la puerta delantera, dejando al pobre animal muerto allí tirado por el momento y regresando a la terraza para tratar de solucionar el problema inmediato: Descubrir por dónde diablos se había escapado el perro para irse de cacería. Pero cuando regresé a la terraza Nodens ya no estaba. Lo llamé varias veces y, por supuesto, no acudió. Así que me dediqué a inspeccionar muy minuciosamente todo el vallado que rodea mi terraza, intentando descubrir por dónde se escapaba el perro a los campos y cañaverales que hay al otro lado de mi vallado. Y que son, por cierto, un área natural protegida. Pero no encontré resquicio alguno.

Regresé al salón y me puse a buscar en Internet información acerca esta raza. Porque de perros entiendo bastante, pero de perros grandes (un labrador fue lo más pequeño que he tenido).

Lo primero que descubrí es que en realidad esa raza se llama Teckel, y no salchicha. Y lo siguiente que aprendí es que esa raza, que siempre me había parecido tan cómica y pacífica, es en realidad raza de cazadores. Cazadores de madrigueras -de ahí su fisionomía- y rastreadores letales. Hay que ver musitaba yo rascándome la barbilla. Qué equivocado estaba yo respecto a estos canes.

Entonces me acordé de la garduña muerta que había dejado tirada al lado de la puerta de entrada a casa, y decidí que lo mejor sería enterrarla en el campo aprovechando que Nodens no estaba. Me levanté para ponerme manos a la obra y ya estaba con la mano en el pomo de la puerta cuando oí de nuevo alboroto en la terraza. No puede ser, me dije mientras me daba la vuelta y corría hacia el extremo opuesto de la casa. Pero esta vez Nodens, que había regresado, estaba jugando con algún tipo de basura que debió encontrar por los campos, una especie de plástico o goma larguísimo, o un cabo grueso. Además de cazador me ha salido recolector de basura iba mascullando yo mientras continuaba, ya más despacio, hacia la terraza.

– Pues con ese mismo cabo que has traído te voy a amarrar, granuja- le dije mientras me acercaba. Nodens estaba jugando con el grueso cabo, que ya no me parecía un cabo, manteniéndolo mordido por un extremo y moviéndolo violentamente de izquierda a derecha con movimientos secos, entre gruñidos, desplazándose por la terraza con la goma o lo que fuera aquell… -¡Joooder!- grité separándome de un salto cuando me di cuenta de que la goma era en realidad una serpiente de más de un metro. Una culebra de campeonato y primer premio.

Imaginen la escena. El perro engarrado con la culebra, zarandeándola entre gruñidos de un lado a otro con violencia y sin soltar presa; y yo gritándole al perro -que sin duda ni siquiera reconocería aún su nuevo nombre-, mientras intentaba pensar a toda prisa qué diablos hacer.

Pues bien, si alguna vez se han preguntado ustedes qué utilidad puede tener una ancla en un domicilio, estoy a punto de contárselo. Sirve para mantener aprisionada una culebra de metro y pico. Saqué con mucho esfuerzo una de mis anclas y al segundo intento conseguí fondearla sobre la serpiente de marras. Que, afortunadamente, estaba ya casi tan muerta como la garduña que seguía todavía tirada al otro lado de la casa.

Con la culebra aprisionada por el ancla, al siguiente tirón que dio el perro la partió por la mitad, quedando la parte de la cabeza entre sus colmillos y el rabo bajo la ancla. El perro soltó la cabeza del ofidio y dio un par de ladriditos triunfales y corrió hacia mí meneando el rabo con frenesí. Lo agarré en brazos y me fui al cobertizo cerrando la puerta detrás de mí con el pie.

-Tío, no puedes seguir haciendo esto- le dije, reponiéndome del sobresalto, mientras el pobre se afanaba en intentar arañar bajo la puerta entre gruñidos y bufidos.

-En serio, tienes que dejar de hacer esto, tío. O sea, no.- y me dejé caer al suelo, la espalda apoyada contra la pared, respirando hondamente. El téckel dejó de husmear y arañar bajo la puerta y vino corriendo hasta mí, subiéndoseme encima aún preso de la excitación, agitando el rabo con una furia inverosímil y cubriéndome la cara de lametones.

Y entonces estallé en una carcajada de risa, y ambos reímos con ganas por el suelo durante un buen rato.

Al cabo me puse en pie y amarré al can. Como no tenía collar le hice un nudo marinero muy a propósito con uno de los muchos cabos que, como buen marino, tengo en casa.

– Tendrás que quedarte amarrado hasta que descubra por dónde te escapas, sinvergüenza.- No pareció importarle demasiado. Usé un cabo larguísimo que le permitía moverse por ahí a su aire. Lo dejé, de todos modos, preventivamente encerrado en el cobertizo y salí a hacerme cargo de todos los cadáveres y pedazos de animal que había esparcidos alrededor de la casa, dándoles una sepultura decente en el campo. Y maravillándome una vez más de que un maldito perro salchicha (ya nunca les volvería a llamar así) tuviera arrestos para enfrentarse a esos bicharracos y matarlos uno detrás de otro, sobre todo ese pedazo de culebra de metro y pico. Y de que luego viniera a traerme las presas de regalo.

Cuando volvía a casa tras enterrar a las pobres víctimas me encontré con mi viejo vecino alemán, que es también el dueño de la casa en la que vivo. Razonó que quizás el perro tuviera dueños que lo buscaran; y que era posible, viendo el lamentable aspecto del animal, que estuviera enfermo, infectado o parasitado. Y recomendó llevarlo a la policía. Me pareció muy razonable. Él mismo nos llevó en uno de sus todoterrenos a la comisaría de Denia. Un guardia muy amable escaneó al téckel y nos confirmó que no tenía chip. Luego llamó por teléfono para que vinieran a recoger al animal para llevarlo a un centro donde, me dijo, lo limpiarían y desparasitarían; y en el que estaría un tiempo para ver si era reclamado por sus dueños legítimos.

Luego todo pasó muy rápido. Ni diez minutos tardó en aparecer una furgoneta de la que se bajó un señor que metió a Nodens en una jaula que llevaba atrás. Y tras unas muy breves formalidades montó en el vehículo y se alejó veloz. Tuve tiempo a quedarme con la dirección escrita en la parte trasera de la furgoneta antes de que ésta desapareciera en la noche y todo se quedara en completo silencio.

Al día siguiente me planté en aquella dirección. Aparqué la moto a la puerta y entré con decisión, más que dispuesto a quebrar algunos huesos humanos si comprobaba que estaban maltratando a mi amigo. Sin preámbulos saludé y anuncié que quería ver al téckel que les había entregado anoche. Una mujer holandesa me llevó a una nave aledaña y allí vi a mi amigo, en una pequeña jaula, tumbado y con un aspecto absolutamente desolado. Cuando me acerqué y me reconoció se puso contentísimo. No parecía lastimado y la jaula, aunque pequeña, estaba limpia.

– ¿No es una jaula muy pequeña?- pregunté a la holandesa. Me explicó que era una ‘jaula de llegada temporal’, hasta que el perro fuera examinado, desparasitado y sanado, y que luego lo trasladarían a una celda mucho más grande con salida a espacio común. No me fié mucho. Le dije que deseaba ver esa otra área. Ella repuso que volviera al día siguiente, porque… Pero corté la excusa que se avecinaba y sentencié que deseaba verla en ese momento. Que sería muy breve y no le robaría mucho tiempo. No le dejé alternativa. No quería que tuvieran tiempo a prepararse para una visita de inspección.

Cuando me mostró el área me quedé asombrado. Allí estaba yo, plantado con la boca abierta al inicio de un pasillo muy largo a cuyos lados había puertas de reja. Al lado de cada reja había un kit completo de limpieza y algunos accesorios caninos. Y todo ello estaba colocado en la misma exacta posición junto a cada puerta, con rigurosidad militar, en un perfecto orden de policía. Era un pasillo muy espacioso y olía a limpio. Estaba inmaculado. Luego fuimos avanzando por el pasillo y la holandesa me iba mostrando las celdas, que eran enormes, con zona de sol y de sombra, comodidades para los perros -eran celdas compartidas- y con salida por el lado opuesto a una muy amplia zona común. Todo estaba irrealmente limpio y ordenado; y yo estaba absolutamente perplejo.

Se acercaba por el corredor otra mujer -esta vez alemana, resultó ser una de las jefas del centro- y se unió a nosotros en el momento en el que la holandesa me preguntaba si me encontraba bien. Y me sinceré: Confesé que estaba asombrado porque tenía entendido que en esos sitios maltrataban a los perros, los hacinaban, apenas se limpiaba y si nadie los reclamaba los mataban a los quince días. La alemana se mostró indignadísima:

– Señor, esto no es una perrera. Es una Sociedad Protectora de Animales- me dijo muy seria y levantando la barbilla.

Y yo me sentí terriblemente avergonzado. Me deshice en disculpas, suplicando el perdón de ambas, rogando se hicieran cargo de mi desconocimiento y mi sincera preocupación por Nodens, y explicándoles que no sabía que existían sitios como ése donde cuidaban a los perros tan estupendamente.

El resultado final de la visita fue que me quedé encantado con la protectora, admirado del concienzudo y abnegado trabajo de quienes la sacan adelante (casi todas mujeres y casi todas extranjeras). Me apunté como voluntario, ofrecí mi casa como ‘casa temporal de acogida’ para perros con necesidades especiales (vejez, enfermedad, traumas) y acabamos en términos absolutamente cordiales.

Nodens debía permanecer allí un mes. Sería vacunado, desparasitado, saneado, chipeado, y se daría un tiempo razonable para que sus dueños lo reclamaran. Pasado ese mes podría quedármelo.

Durante ese tiempo visité con frecuencia a mi amigo. Siempre parecía estar apagado, desolado; y siempre se alegraba muchísimo de verme. Pasó el mes y llegó el día de llevarlo de nuevo y mi (y su) casa. Pagué los gastos ocasionados a la protectora, di una donación y nos fuimos a casa.

Pasamos una semana juntos. Durante esa semana la convivencia fue perfecta. Nos respetamos mutuamente, paseamos, corrimos, investigamos y sesteamos juntos. Pronto descubrí que es un perro con mucho carácter. Serio -no tiene ningún interés en jugar-, muy tranquilo, muy obediente, asombrosamente inteligente, explorador, duro y valiente como la madre que lo parió. Me ignora todo el tiempo, él a lo suyo y yo a lo mío; pero en el instante en el que le dedico una mirada, una sonrisa o una palabra, se levanta de un brinco, se viene arriba y socializamos a nuestra manera y nos divertimos hasta que uno de los dos decide que es suficiente.

A este perro le permití lo que nunca había permitido a ninguno: que se me subiera encima. Y así, con frecuencia enroscaba sus 10,5 quilos sobre mi regazo mientras yo leía un libro en mi sillón de piel inglés. Y mientras él dormitaba yo lo observaba de cerca. Así fui descubriendo sus muchas cicatrices. En la cara, en el hocico, bajo un ojo, en las orejas. También le falta un pedacito de una oreja. Y entonces me preguntaba en cuántas peleas se habría visto mi querido amigo, mi pequeño y valiente amigo. Cómo de dura habría sido su vida. A cuántos animales salvajes habría acorralado antes de sacarlos de sus madrigueras a rastras, cuántas dentelladas habría dado -y recibido- en grutas obscuras, a cuántos animales de todo tipo se habría enfrentado, acumulando todas esas cicatrices de veterano duro y curtido.

Y qué puedo decir. Me sentí muy honrado, halagado y afortunado de que un tipo duro, valiente e independiente como Nodens me hubiera elegido como amigo, y me honrara accediendo a compartir hogar conmigo.


Epílogo.

Pasó una semana y mi vecino -y casero- regresó de Alemania. Se mostró sorprendido de ver a Nodens en casa. Y me expuso con mucha diplomacia pero con claridad germana una serie de motivos por los que no quería que ese perro -o ningún otro- estuviera allí. Nodens debía marcharse.

La mujer que había aceptado cuidármelo durante mis embarques, que es una muy querida amiga, estuvo de acuerdo en quedárselo a tiempo completo. Al día siguiente fue a casa a recogerlo y no lo volví a ver.

Cuando regresé a casa maldije ese estilo de vida nómada que siempre llevé, una de cuyas consecuencias es no ser propietario de mis propias tierras y casa en donde poder hacer lo que me salga de los cojones sin imposiciones de nadie, sometiendo mis actos exclusivamente a mi propia brújula moral.

Nota.

La Asociación Protectora de Animales de Denia (APAD) hace un trabajo increíble. Trabajan duro, con abnegación, sacrificio y esfuerzo. Pero sus recursos son muy limitados y frecuentemente están desbordados por el trabajo y por el número de perros.

Si viven ustedes cerca de Denia y simpatizan con los perros quizás puedan ir también de vez en cuando a echar una mano o colaborar de alguna manera.

Y si quieren comprar un perro, plantéense adoptar uno de la protectora. Hay de todos los tipos y caracteres.

Si quieren adoptar, ayudar o divulgar, éste es el sitio web de APAD: https://apad-apad.org/

3 comentarios en “Nodens

  1. Desde luego eres una caja de sorpresas. Con esa pinta de tipo duro, lobo solitario, de marinero bronco, inasequible al amor y a las mujeres, y va y resulta que tienes un corazoncito y una faceta tan tierna.
    Nunca te habría imaginado salvando a un perro y mucho menos haciendo voluntariado en una protectora.
    Un abrazo

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