Mar adentro

Atardecía en la playa. Era la hora dorada, ese momento mágico en el que la luz parece más intensa e inunda el ambiente con tonalidades cálidas y doradas; un ambiente que permanecía agradablemente templado a pesar de la brisa que agitaba los cabellos, camisas y blusas del grupo de amigos.

La Bestia del Este

Muelles nevados al paso de La Bestia del Este

El buque portacontenedores, de más de trescientos metros de eslora, era invisible a los ojos por la inmensa cantidad de nieve que caía aquella noche sobre nosotros y nos envolvía, arrastrada por el vendaval del Norleste. La aproximación se hizo cuidadosamente con ayuda de los radares, todo a nuestro alrededor era una especie de blanco torbellino de nieve, viento y olas; la visibilidad era tan reducida que sólo se comenzó a adivinar la difusa sombra del portacontenedores cuando su mole se cernía sobre nosotros a unos cincuenta metros.

La patria de un nómada

A bordo, en el Estuario del Támesis. Octubre del 2017. - ¡Firme a proa!- la voz rasgada de Tom llegó al puente a través de la radio. - Thank you Mr. Owen- le respondí, antes de retransmitir la novedad a través del aparato de VHF al inmenso buque portacontenedores que estábamos a punto de sacar de puerto: -Firme remolque a popa, práctico-. Las últimas amarras del inmenso buque portacontenedores caían en ese momento a las turbias aguas del Estuario del Támesis antes de ser rápidamente viradas a bordo por los diminutos tripulantes filipinos, y ...

El viejo remolcador del río de tardes serenas

A bordo del V…, atracados en el río. A 12 de febrero del 2013. Martes.     Alcé la vista del libro que estaba leyendo (el Shiphandling With Tugs del capitán Slesinger) al concluir el capítulo y contemplé los colores templados del atardecer sobre el río. Entrecerré los ojos y elevé el rostro a un … Continúa leyendo El viejo remolcador del río de tardes serenas

Viento en las velas

Nos encontrábamos a levante de la Punta del Bergantín y cuando amaneció nos vimos rodeados por decenas de delfines de obscuros lomos, que nos acompañaron durante un buen trecho.

Resultaba evidente que habían desatendido mi orden de despertarme si el viento aumentaba. Me eché encima el capote y salí de mi camarote, echando un rápido vistazo al pasar a la carta náutica desplegada sobre la mesa, donde mis compañeros habían ido marcando las situaciones cada media hora. Me detuve y retrocedí para una segunda comprobación al advertir que tampoco nos encontrábamos sobre la derrota que yo había trazado para el plan de viaje (...)

Aquel hermoso velero con nombre de mujer

Llegó la mañana y nos hicimos a la Mar impulsados por un Lebeche matinal suave, comenzando la singladura con buen cariz.

Será esta noche.     Mi tripulación ya ha llegado de Galicia y en estos momentos se dirigen al pequeño puerto en el que está amarrado el barco para hacerse con él.

La Antigua Casa Calabuig

Por lo demás, todo sigue prácticamente igual. Los estantes en la barra, con sus botellas reflejadas en los espejos tras ellas. Anís del Mono, Veterano, Larios, y todo un elenco de etiquetas de bebidas clásicas. Los viejos techos,  enmarcados por las cenefas de yeso, con el ventilador de aspas que se mantiene en su lugar a pesar de que el local está ya climatizado. El viejo reloj -Casa Calabuig, rezan letras doradas sobre la esfera negra- rodeado de vides, entre los grandes aparadores que llegan al techo, con sus estantes llenos de botellas añejas tras las cristaleras.

Marsá el Brega

El Mistral carga sus bodegas en el puerto de Marsá el Brega al atardecer.

A bordo del Mistral, cruzando el Golfo de Sirte. A 31 de octubre del 2012. Miércoles. Corre la tarde, calurosa, de este último día de octubre. Largamos amarras de Misurata anoche y cruzamos el Golfo de Sirte en demanda de Marsá el Brega, pequeño puerto en lo más profundo del golfo libio. Recalaremos, si Dios quiere, cerca de la medianoche de hoy.

Una charla en toldilla

Los muelles de Mişrātah recobran la actividad.

    Abstraído estaba en mis meditaciones acerca de las virtudes de la suriyah cuando un muchacho libio subió por la pasarela y me abordó tímidamente, con sonrisa amigable. Era un rapaz de unos veintipico años, mirada viva, bigotillo hirsuto y barba larga, al estilo musulmán. (...) Sacó de un bolsillo un viejo Nokia destartalado y me enseñó con mucho secretismo una fotografía, mirando por encima del hombro para comprobar que no había nadie cerca…

La tormenta de arena

La carretera se perdía en la nube de polvo y arena que el Siroco arrastraba del desierto, y que se volvía más y más espesa a medida que me alejaba de los muelles.

No se veía el cielo y el Sol se adivinaba por su resplandor a través de la arena. Todo a mi alrededor era entre parduzco y rojizo. Fue toda una experiencia caminar por el desierto en plena tormenta de arena. Pero ésa -arena- fue toda la experiencia que tuve, pues no veía nada más allá del asfalto que se extendía ante mí y algunas pequeñas edificaciones bajas, ruinosas y dispersas. Arena y más arena. Me acordé de Haddock y Tintín en El cangrejo de las pinzas de oro, vagando por «el país de la sed». La garganta me abrasaba; ¡lo que habría dado por una jarra de vino rosado fresco a la sombra de un parra, en la orilla opuesta del viejo Mediterráneo!