Mar adentro

Atardecía en la playa. Era la hora dorada, ese momento mágico en el que la luz parece más intensa e inunda el ambiente con tonalidades cálidas y doradas; un ambiente que permanecía agradablemente templado a pesar de la brisa que agitaba los cabellos, camisas y blusas del grupo de amigos.

La partida de ajedrez y otras batallas

Afuera seguía lloviendo a mares, retumbaban truenos no muy lejanos y relámpagos violáceos sesgaban la noche más allá de los ventanales. En el interior, la gran chimenea había caldeado la casa agradablemente.

Afuera seguía lloviendo a mares, retumbaban truenos no muy lejanos y relámpagos violáceos sesgaban la noche más allá de los ventanales. En el interior, la gran chimenea había caldeado la casa agradablemente. Sus dos perrazos estaban serenamente tumbados al calor de la lumbre, que chisporroteaba con el crepitar de la leña. Melodías de Bach parecían fluir en la gran estancia, ocasionalmente interrumpidas por el restallido de algún rayo y permanentemente acompañadas del incesante repiqueteo de la torrencial lluvia en los ventanales.