Buena Suerte, muchachos

Delfines nadando justo a proa del Lola en una placida mañana de octubre.

A bordo del Lola, en la Mar. En los 41º N, 002º 32’E.
A 4 de octubre del 2011. Martes.

    De nuevo guardia de alba. Amaneció hace poco, el Sol salió hará cosa de un cuarto de hora y proyecta una estela naranja de reflejos sobre el Mediterráneo. Estaba acodado en el alerón de estribor, disfrutando del tranquilo y tibio amanecer. De repente un delfín saltó cerca de nosotros, a un cable escaso por el través. Se zambulló de nuevo y volvió a emerger metros más adelante en otro prodigioso salto, justo en la estela del Sol naciente, quedándose suspendido un breve instante en una imagen inolvidable, recortado en negro sobre la estela naranja.

Así siguió, nadando muy veloz y saltando cada quince o veinte metros y avanzando a toda velocidad, entre salto y salto, hacia nuestra proa. «Lleva prisa» pensé; «sin duda se zampó un buen desayuno, rebosa energía».

    Poco después salí de guardia y me di un paseo hasta el castillo de proa, asomándome a la amurada. Allí estaba él, y algunos amigos se le habían unido. Nadaban veloces por delante de la proa del Lola, realizando un trazado sinuoso y juguetón, saltando delante del bulbo, a veces girando o ladeándose en el aire para mostrar su barriga blanca. Los miré, sonriente, y les tomé un par de fotografías.

    Observándolos, me pregunté si realmente estarían jugando. Ésa es la creencia común, que los delfines juegan en la proa de los buques. Sin embargo tuve la extraña sensación de que más que un juego era una suerte de burla; se mofaban del gran barco de acero, lento y torpe, que nunca sería capaz de alcanzarlos, desafiándolo con sus osadas e insolentes piruetas. Entonces me cambió el humor, cuando me di cuenta de que tienen la guerra irremisiblemente perdida y, quizás, los días contados. Nunca serán alcanzados por la incansable y torpe proa de un barco, pero tarde o temprano caerán presos de algún maléfico arte de pesca, o serán irremisiblemente envenenados por la irresponsable y vil acción del hombre. Afloraron a mi memoria imágenes nunca olvidadas; delfines y otros peces varando en una playa, suicidándose, huyendo de la polución o quizás enloquecidos por ella. Tiburones devueltos aún vivos a la Mar con la aleta dorsal cortada, hundiéndose como piedras en las aguas teñidas por su propia sangre, incapaces ya de nadar. Una entrañable tortuga marina, ya muerta, atrapada en una red de pesca a la deriva.

    Antes de regresar a mi camarote, procurando pensar en otra cosa, con el espíritu ensombrecido por segunda vez en escasos días, los observé una vez más, brincando a pie de roda; incluso parecían sonreír. Y les deseé: «Buena Suerte, compañeros. Buena Suerte».

   

    Hace cinco días zarpamos de Las Palmas de Gran Canaria, iniciando así el que será mi último viaje a bordo del Lola. Día y medio más tarde atracamos en Casablanca. Las operaciones de descarga y carga se efectuaron con normalidad y mediada la madrugada estábamos listos para largar amarras. Bajé al combés en la obscuridad de la noche a esperar al práctico, que llegaría por la Mar en la pilotina. La escala estaba ya dada, colgaba vertical del costado del buque hasta cerca de la superficie de la Mar. Aún faltaba entre un cuarto y media hora para que llegara, pero era necesario vigilar el costado del barco ante el riesgo de los polizones. Me recosté contra la brazola de una de las bodegas de carga, extendiendo las piernas y apoyando los pies sobre un barraganete. Observé la Mar en silencio. La noche era obscura y tranquila, apenas soplaba una leve brisa marina. El inmenso minarete de la Mezquita de Hassan II estaba ya apagado. Las luces del puerto se reflejaban, titilantes, sobre las negras aguas llenas de basura que se deslizaba, flotando perezosa en la superficie, con la corriente. Escruté una y otra vez las aguas y los rincones más obscuros del muelle que se extendía al otro lado de la dársena buscando el más leve indicio de movimiento, pero todo permanecía en calma. Tuve un flashback que me llevó a mediados de los años noventa, a otras noches obscuras e inciertas, escrutando con tensión horizontes lóbregos y difusos y aguas negras y quedas, al acecho de sombras silenciosas o burbujas reveladoras.

    Y entonces vi moverse y tensarse los cabos que sujetaban las escala a cubierta. Me levanté para echar un vistazo en el preciso instante en que apareció tras la borda, por donde descendía la escala, un rostro moruno. Le seguía un segundo, más abajo, a media escala. Dos moros veinteañeros y empapados. Me interpuse en el portalón para impedir que accedieran a bordo; mi primer impulso fue de darles dos puñetazos y arrojarlos de vuelta a la Mar. Pero me detuve. «Tampoco tienen culpa, los pobres diablos» pensé. Agité despacio mi cabeza negativamente y les hice gesto de que se marcharan. El que estaba ya a la altura de la borda me dijo algo en árabe que no pude comprender. Estaba empapado y no supe entender si su rostro expresaba frustración, miedo o resolución. Quizás hubiera de todo en aquella cara morena por la que resbalaban goterones de agua salada desde su pelo ensortijado. Subió otro peldaño e hizo ademán de acceder a bordo. Frente a él, aún más alto, le puse una mano firme en el hombro y volví a agitar la cabeza.

    -No, muchacho, no puede ser- le dije. Entonces balbució otras palabras, apresuradas, y vi que en su semblante se reflejaba la desesperación. Miró hacia el obscuro pasillo que llevaba a proa, como calculando posibilidades. Me separé un poco, con cautela. «Sólo faltaría que me pegara un par de mojadas y acabara yo desangrándome en esas aguas sucias» pensé. No parecían decididos a irse por las buenas. Cogí mi walkie-talkie y lo alcé, mostrándoselo.

    -Sólo tengo que pulsar el botón y dar la alarma. No os compliquéis la vida. Os van a moler a palos- intenté explicarles. Miré hacia las escalas que llevaban a popa y a la habilitación, pensando que como apareciera alguien se me iba a complicar la vida a mí por no dar la alarma, como debía.

    El primero estaba ya sobre la borda y se arrodilló ante mí. Tenía expresión desesperada. Me habló de nuevo, suplicante. Señaló a su boca, como si tuviera hambre. Se agarró las miserables vestiduras empapadas. Me sentí conmovido. Deseé poder hacer algo. Por un momento tuve un impulso irracional tan altruista como descabellado. Luego deseé no estar metido en esa desagradable situación, no ser yo el que estuviera allí. El que estaba más abajo trepó un par de escalones más.

    -¡Laah, laah, jarish!- espeté -¡Ya está bien, fuera, largo!- empecé a enfadarme con la situación. «Como se me metan a bordo me la lían» pensé. Se escurrirán y desaparecerán como espíritus, el barco tendrá que quedarse amarrado hasta que aparezcan, con las consecuentes demoras, retrasos y gastos, y a mí me van a poner firme. Me resistía a pulsar el botón y dar la alarma; sabía que la policía mora les iba a dar las suyas y las del pulpo a esos pobres diablos a los que la necesidad y la desesperación habían empujado a correr este riesgo, en busca de una vida mejor. O, sencillamente, de una vida. De un futuro. Maldije mi Suerte. Les mostré de nuevo, en alto, el walkie-talkie.

    -No me jodas, hombre, vete por donde viniste- dije al que estaba arriba señalándole elocuentemente la Mar, cada vez más enfadado con la situación y conmigo mismo, y volviendo a plantearme darles dos puñetazos, tirarlos a la Mar y terminar de una maldita vez con aquello. Siempre sería menos doloroso para ellos que las largas varas de la policía.

    Debieron comprender. Cruzaron varias palabras y descendieron por la escala. No tuve entereza para mirarles al rostro. Los vi alejarse a nado en silencio hacia la popa del Lola, hasta que los perdí de vista entre la basura y la obscuridad de la noche africana.

    «Buena Suerte, muchachos» musité. Y realmente se le deseaba. Me sentí, como unos días antes con los delfines, con el espíritu ensombrecido, abrumado con un insoportable cargo de conciencia y profundamente enfadado con el mundo.

Observé la obscuridad de la noche allá por donde los moros habían desaparecido. «Buena Suerte, muchachos».

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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