Con lo grande que es la Mar

La amenazadora proa de un carguero de 106.000 toneladas de peso muerto arrumbando directa a nosotros.

A bordo del Lola, en la Mar, en los 32º 50’N, 009º 45’W
A 27 de septiembre del 2011. Martes.

    «Parece mentira. Con lo grande que es la Mar, y la cantidad de veces que vas a coincidir con otro buque en un mismo punto exacto en el mismo preciso instante» me dije para mis adentros.

Navegábamos el Atlántico a rumbo Suroeste, en demanda del puerto de Las Palmas de Gran Canaria. La Mar estaba desierta, nada en toda la extensión del vasto horizonte. Nada. Excepto un minúsculo puntito, del tamaño de un mosquito, en nuestra amura. Algo casi imposible de percibir para un ojo no entrenado, pero difícil de pasar por alto para la mirada de un marino acostumbrado a escrutar constantemente la línea del horizonte. Observé el puntito a través de los inexplicables prismáticos soviéticos, pero aún estaba demasiado lejos como para hacerme una idea del tipo de buque.

    Lo busqué en el radar. Un puntito amarillo en un extremo de la pantalla, a casi quince millas marinas, un único y solitario eco que avanzaba directo hacia nuestra posición.

    «El único buque en casi cien millas a la redonda y viene justo a rumbo de colisión. Con lo grande que es la Mar.» pensé. El puntito sobre el horizonte fue agrandándose perceptiblemente y poco a poco fue tomando forma a través de las lentes de los inexplicables prismáticos. Varié el rumbo tres grados a estribor, y al poco observé que la proa del otro buque caía también levemente a su estribor, los dos barcos desviándose dócilmente de las derrotas convergentes. La distancia que nos separaba se redujo rápidamente y ambos buques nos cruzamos, en la vastedad del océano, a menos de una milla. Albion Bay, Panamá. Buque de carga general de unos doscientos metros de eslora, cinco bodegas y cuatro puntales en cubierta. Volví a fijar el rumbo del Lola al rumbo de viaje y me asomé al alerón de nuevo. Observé la popa del Albion Bay a medida que se alejaba hacia el Norleste, y observé en su estela que también él recuperaba su rumbo de viaje.

    «Parece mentira, con lo grande que es la Mar» pensé de nuevo. En poco menos de media hora un diminuto puntito en el horizonte se había convertido en un carguero enorme a nuestro lado y volvía a desaparecer por nuestra popa. Todo ello en apenas media hora, a pesar de que la visibilidad era excelente y los buques eran grandes.

«E ir a coincidir en el mismo punto en el mismo momento. Ya es difícil.» Con mal tiempo, poca visibilidad o barcos más pequeños este tiempo se reduce. Mucho. Y el radar, con toda su tecnología, no siempre advierte; sobre todo cuando el mal tiempo confunde los ecos o los solapa bajo los de las olas o los chubascos, o cuando se trata de un pobre velero que apenas asoma entre las crestas de las olas.

    «Y la de veces que sucede. No puede uno bajar la guardia un instante».

    No era, sin embargo, nada nuevo para mí. Hace años que vengo observando esa curiosa casualidad, fruto de los caprichos de la Providencia, que conduce a los buques en derrotas convergentes en la inmensidad de los mares. Los mismos años que vengo también observando la peligrosa laxitud con que habitualmente se lleva la vigilancia en las guardias de los buques mercantes, fruto de la confianza en los equipos de detección, en la tecnología y en esa creencia tan occidental de que nunca va a pasar nada. O de que si pasa, no le pasará a uno. Y a veces, aunque pase, ni se enteran. Un mercante puede abordar a un velero o un pesquero en mitad de la noche, partirlo en dos, pasarle por encima, triturarlo con las hélices y mandarlo a pique sin que nadie a bordo se entere. Quizás días más tarde, paseando por el puerto, el primer oficial observe unas pequeñas marcas en la proa del mercante que juraría que no estaban antes, pero que tampoco tiene mayor importancia. Y tal vez por esas mismas fechas una pequeña barca de humildes pescadores que se juegan el pellejo para llevar el sustento a su casa cada jornada haya desaparecido una madrugada, llevándose con ella al padre, al hermano y a dos hijos. Que le expliquen a la viuda que acaba de perder en una noche a su esposo, sus dos hijos y su cuñado -cuando se pierde un pesquero se pierden familias con ellos- las virtudes del radar.

    Por ello siempre me mantuve prudentemente alejado de los buques mercantes y sus rutas cuando navegaba en el Capitán Manuel Lara, mi viejo balandro. Porque sé cómo se cuecen las guardias en sus puentes, en los que a menudo sólo va un oficial puesto que las tripulaciones, cada vez más reducidas, no dan para más. Y frecuentemente el piloto se ve tan desbordado de trabajo administrativo y burocrático, a la vez que presionado por el tiempo, que no le queda más remedio que dedicar las guardias a interminables papeleos. Hace algún tiempo que el sistema dejó de funcionar.

    Por ello procuraba yo mantener mi velero alejado de los grandes monstruos de acero que surcaban la Mar a toda máquina y rumbo fijo, manteniéndome a una distancia prudente, aparejando a fachear o incluso virando en redondo si era necesario hasta que el mercantón hubiera pasado. Más aún si era de noche. Porque aunque te vean en un último momento, son buques tan grandes, tan pesados y con tanta inercia que resultan frecuentemente casi imposibles de maniobrar -no digamos ya frenar- en distancias cortas o incluso medias cuando van lanzados avante toda.

    Y por todo esto, también, esmero la vigilancia durante mis guardias cuando soy yo el que navega en el mercante, más pendiente de posibles veleritos o pesqueros que pudieran escapar a un vistazo superficial o a la detección de los radares. A menudo los pilotos y capitanes mercantones son desdeñosos, incluso despectivos, con los “putos veleros” y los “putos pesqueros” que “no hacen más que dar por culo”. En cierta ocasión oí en boca de un veterano capitán de la mercante que ellos (veleros y pesqueros) no son más que Vespinos, mientras que él conducía un Ferrari.

    Pero yo navegué largo y tendido a la vela y en pesqueros. Y soy de otra opinión.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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