Los piratas tunecinos

Las autoridades de aduanas se acercan ... Vis cómica del dibujante holandés Jan Sanders.

A bordo del Lola, en la Mar. En algún lugar del Mar Tirreno.
A 7 de octubre del 2011. Viernes.

    Las dos y media de la tarde. Estoy en mi camarote, sentado en este sillón más propio de un despacho en tierra que de un barco mercante en la Mar. Con mullido acolchado bajo algún tipo de imitación sintética de piel negra, giratorio y reclinable, es comodísimo; el lugar en el que me siento a leer, a jugar al ajedrez y a veces -como ahora- también a escribir. Aunque para escribir prefiero la silla convencional frente al escritorio, al otro lado de mi camarote. Tras él hay dos amplios portillos; a través de ellos se ve la Mar en toda su extensión desde unos veinte metros de altura, a menos que estemos atracados. En ese caso se ven grúas, montañas de contenedores, otros barcos.

    Anoche zarpamos de Livorno en torno a las ocho de la tarde, ya noche cerrada. Tras la maniobra de salida me retiré a descansar. Fue cuando me levanté a las tres y media de la madrugada, para incorporarme a mi guardia de alba, que advertí que el Lola se movía algo más de lo habitual. Subí al puente por la escala exterior, como casi siempre. Cuando abrí la puerta estanca y salí a la intemperie comprobé que el viento había refrescado bastante. Tanto como para imponer su ululato al ronroneo de las máquinas que ascendía, sordo, a través de la gran chimenea.

    Ya en el puente, tras tomar la guardia, observé la Mar con detenimiento. La Luna ya se había puesto y nubes negras cubrían el firmamento, era una noche obscura. El viento era fresco, del Sudoeste; aquel que los italianos denominan Libeccio, nuestro Lebeche. La Mar nos incidía por la amura de estribor, las olas golpeando con estruendo acompasado contra el casco del buque. Cada tantas, una rompía de lleno contra la amura; veíase entonces el agua y la espuma de la ola pasar por encima del castillo de proa y las primeras filas de contenedores, estibados allá a dos alturas sobre cubierta. Entonces oía en la obscuridad al primer oficial, en pie junto a otro portillo a unos metros de mí, murmurar «Diossss… ».

Los rociones salpicaban los portillos del puente, provenientes de las olas que rompían a proa, cien metros por delante de nosotros. Cuando esa ola de cada tantas embestía en la amura del buque, el agua y la espuma blanca pasaban por encima de los contenedores estibados en cubertada allá a proa; desde el puente, tras el pantocazo, los veía cubrirse de un blanco fantasmal que avanzaba hacia popa, en contraste con la obscuridad de la Mar y la noche, durante unos segundos, hasta que las gotas del roción salpicaban como una ráfaga los portillos del puente. Cuando el limpiaparabrisas los limpiaba de nuevo, ya había pasado.

    Duró bien poco. Nos encontrábamos en ese momento cruzando frente al Estrecho de Bonifacio, el viento se canalizaba a través de él como en un embudo y soplaba con fuerza. Una hora más tarde, ya al socaire de Cerdeña, el viento amainaba y la Mar perdía fuerza, ya con muy poco fetch. Fue, como en el Golfo de León, efímero.

A bordo del Lola, atracados en Sfax, Túnez.
A 8 de octubre del 2011. Sábado.

    Hace una horas atracamos en Sfax. Bajé a recibir al práctico antes de que el Lola enfilara la larga y estrecha canal dragada de entrada al puerto. La pilotina se acercó y vi surgir de su cabina a mi práctico favorito: El Corsario Tunecino. La pilotina se abarloó a nuestro costado y el Corsario saltó a la escala de práctico, trepando por ella con agilidad, hasta llegar a cubierta.

    As-salamu alaykum, Pilot. Marhaba– saludé sonriente.

    Alaykumu salamu– contestó con cordialidad, llevándose la mano derecha al corazón. Nos llevamos bien y el aprecio es mutuo.

    Este práctico, que yo llamo el Corsario, fue el que metió el Lola en Sfax la primera vez que vine a este puerto, hace ya casi tres meses. Y recuerdo que la impresión que me dio cuando trepó por la escala y saltó a bordo fue ésa, la de un corsario tunecino saltando al abordaje. Es un hombre de cierta edad, debe haber virado el medio siglo hace algún tiempo; bajito aunque recio, fornido, ancho de espaldas. Es calvo, y el escaso pelo que le queda lo rapa al cero. Su rostro cetrino y curtido está recorrido por surcos profundos que se extienden desde sus ojos almendrados y a lo largo de su frente. La piel, morena de Sol, mar y raza. Aquella primera tarde vestía una camisa blanca holgada, entreabierta en los botones superiores, desabrochados; y bajo ella se entreveía un pecho poderoso, aún vigoroso a pesar de los años. No me costó imaginármelo, alfanje en los dientes y ojos inyectados en sangre, agarrado a los obenques de sotavento de un jabeque a punto de saltar al abordaje de un bergantín cristiano.

    Hoy venía ataviado con una chaqueta cruzada azul marino, con dos hileras de botones, que le quedaba francamente grande. La chaqueta sin duda había conocido tiempos mejores. Estaba muy raída y algo descolorida por el Sol, la salitre y los años. Llevaba las bocamangas dobladas hacia afuera, en un ridículo intento de compensar la excesiva longitud de las mangas. Observándolo, imaginé la chaqueta como una casaca arrebatada al enemigo, parte del botín de guerra tras un cruento abordaje a una goleta del pérfido inglés. Traía también una gorra azul marino de estilo norteamericano, con un brillante laureado dorado en la visera. Tenía, en conjunto, un aspecto realmente pintoresco.

    Me alegré de poder verle y saludarle en mi última visita a Sfax.

       Sin embargo los verdaderos piratas que asaltaron el Lola llegaron más tarde, prestos al despiadado pillaje. Ya podía vérseles rondar el muelle desde lejos, como aves de rapiña rondando su presa, cuando el Lola se acercaba para atracar. Apenas habíamos acabado de dar amarras y con la pasarela aún a medio aparejar, subieron a bordo con la autoridad y dignidad que sus galones y cargos les conferían, y con la poca vergüenza y falta de escrúpulo que caracteriza a sinvergüenzas y ladrones. Sí, se trataba de las Autoridades. Las autoridades del puerto, las autoridades de inmigración, las autoridades de policía, las autoridades sanitarias, las autoridades militares y otras supuestas autoridades camufladas entre ellos.

    Subieron a bordo por la pasarela a medio guarnir, obligando al contramaestre a interrumpir su trabajo, ascendiendo con gesto altivo, con sus maletines y bolsas vacías en la mano o bajo el brazo. El segundo oficial los llevó a la cámara de oficiales, donde esperaba el capitán para las formalidades.

    El motivo oficial de su visita a bordo consiste en recibir del capitán una serie de documentos preceptivos, que varían dependiendo del puerto o país pero que suelen incluir: Lista de tripulantes, manifiesto de aduanas, lista de mercancías de peligrosas, declaración sanitaria, manifiesto de carga, etcétera. Tienen también, por supuesto, la potestad -y el deber, en caso de sospecha u observación de algo irregular- de hacer inspecciones para corroborar la veracidad de los documentos. Normalmente sólo tienen interés en inspeccionar un lugar: El sello. Éste es el motivo extraoficial de su visita. Llamamos así al pañol de a bordo destinado a los artículos de entrepot, es decir, artículos libres de impuestos que son -en teoría- para vender a buen precio a la tripulación. Antiguamente solía haber de todo lo que puede necesitar un tripulante a bordo, desde objetos de aseo a botellas de whisky. Pero en la actualidad lo normal es que sólo lleven tabaco y whisky, a veces también cervezas y refrescos. Al compartimento se le llama “el sello” porque es sellado por la autoridad de turno en el país en el que se compran los productos, y este sello sólo se puede abrir una vez el buque ha zarpado y navega aguas francas.

    Pues es el sello, decía, el único compartimento que normalmente interesa a las autoridades. Allí, sin reparo, vergüenza, escrúpulo ni disimulo abren sus bolsas vacías y las llenan con todo lo que pueden coger. A veces, si la codicia supera al espacio de sus bolsas, meten botellas y cartones de tabaco dentro de sus camisas o hasta en sus gorras. Y luego, con absoluta tranquilidad y como si allí no hubiera pasado nada, certifican que todo está en orden y abandonan el barco. En ciertos países extienden su saqueo a la gambuza y completan su botín con garrafas de aceite de oliva, vinos, zumos u otras vituallas que les puedan parecer apetecibles, para disgusto y rabia del cocinero.

    En esta ocasión algunas autoridades trajeron consigo -el colmo- a soldados o agentes rasos cuya única misión fue acarrear bolsas de basura grandes llenas de cartones de tabaco, whisky y demás productos robados por sus jefes. Apoyado en la borda observé a la caravana de modernos piratas tunecinos descender por la pasarela, los jefes derrochando arrogancia y los porteadores cargando a lomos grandes bolsas negras, apretadas y a punto de romper de tanta carga, con las siluetas de botellas y cartones perfilándose entre sus tiranteces.

       Y poco puede hacerse; ellos son la Autoridad en su país, y la negativa del capitán a permitirles saquear lo que les apetezca traería consecuencias mucho más caras que el botín de los piratas. Harían una inspección minuciosa al buque, aprovechando la menor excusa para multarlo. Quizás el registro se prolongue tanto -intencionadamente, por supuesto- que el barco incurra en demoras con los consiguientes gastos para la naviera armadora y el retraso en la ruta, con todas sus consecuencias. Por ello los capitanes miran hacia otro lado y permiten que llenen sus sacos, la compañía ya cuenta con ello. Es mejor perder quinientos o mil euros en tabaco y licor que capear las consecuencias.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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