Avería en Casablanca

Vista del muelle en el que atracamos, el Quai du Terminal à conteneurs, en la nueva terminal de contenedores del puerto de Casablanca.

A bordo del Lola, atracados en Casablanca, Marruecos.
A 29 de agosto del 2011. Lunes.

     Me encontraba yo en mi camarote, escribiendo, cuando sonó el teléfono interno. El capitán me avisaba del fin de las operaciones de carga y la inminente maniobra de salida. Cerré mi Mac, me preparé y subí al puente. Allí me puse de inmediato a alistar el puente para salir a la Mar encendiendo y configurando equipos, preparando cuadernos, etcétera.

En un momento dado el capitán, que estaba también allí, me dejó su radio y bajó al aseo. Al poco de perderse por las escaleras de bajada sonó el teléfono del puente, me apresuré a responder a la llamada.

-¿Está el capitán?- reconocí la voz del jefe de máquinas.

-En este momento no, pero volverá en breve- respondí.

-¿Dónde está?- preguntó.

-En el aseo.

-Dile que me llame urgentemente en cuanto vuelva. No podemos zarpar- dijo el jefe antes de colgar bruscamente el aparato.

Cuando el capitán regresó le informé y enseguida llamó al control de máquinas.

-Uuuuf… miii madre….- exclamaba al oír lo que le comunicaba el jefe por teléfono, llevándose la mano libre a la frente. Finalizada la breve conversación, me explicó lo sucedido: Al ir a arrancar la máquina habían descubierto que una tapa de culata estaba rajada. Había que proceder a substituirla. El tiempo necesario estimado por los maquinistas era de unas ocho horas.

Abortamos la maniobra de salida. Avisamos a todo el mundo, que estaban ya ocupando sus puestos en el castillo de proa y toldilla para largar amarras. Se dio orden de recoger la escala de práctico y dar de nuevo la pasarela a tierra.

Ahora estoy de guardia en el portalón (escribo las notas originales en mi cuaderno de bolsillo, y luego las transcribo al Mac). El primer oficial me acaba de informar de que se elevó el nivel de riesgo en puertos musulmanes (él dijo ‘árabes’, aunque en Marruecos son moros, por lo que deduzco que se trata en realidad de puertos ‘musulmanes’), por orden del Gobierno, a nivel dos. No sé si será por las revueltas que recorren el norte de África y Oriente Próximo, por amenaza terrorista, por la guerra en Libia, por el integrismo o por algún otro motivo de ésos que no salen a la luz.

*   *   *

     Mediaba mi guardia de tarde; los maquinistas se afanaban en la reparación de la avería y estaba yo en cubierta, acodado en la barandilla del barco, junto a la pasarela, cuando los estridentes silbatos de los vigilantes resonaron por todo el muelle advirtiendo de la presencia de polizones. Hacía un rato había cesado toda actividad en los muelles, por el Ramadán, y éstos estaban prácticamente desiertos. En el Lola habíamos acabado la carga hacía horas, pero nos manteníamos amarrados en el puerto obligados por la avería en la máquina. Otros dos buques portacontenedores atracados a nuestra proa daban al muelle una febril actividad hasta hacía un rato; bueno, todo lo febril que puede llegar a ser aquí. Cuando llegó el alto por el Ramadán todos los estibadores se retiraron y los muelles quedaron vacíos y silenciosos. Sólo había algún que otro vigilante, sentados aquí o allá, tan inmóviles que no turbaban la quietud. O paseaban con desidia mientras charlaban pausadamente. La quietud reinaba en el ambiente… hasta que fue sesgada por los silbatos, que comenzaron a sonar insistentemente con energía y estridencia. Luego se desarrollaron ante mí algunas escenas de persecuciones en las que unos mozos, poco menos que chiquillos, huían como alma que lleva el diablo de los vigilantes portuarios y la policía marroquí. Estos los perseguían, a la carrera o en coches patrulla, por el muelle y entre los montones de contenedores.

Dentro de lo dramático de la situación hubo una escena de cariz gracioso: Dos pilluelos escapaban a la carrera de un policía de tez obscura y mostacho negro, que los perseguía blandiendo su porra amenazadoramente. Los rapaces comenzaron a dar vueltas y más vueltas en redondo en torno al mismo contenedor, con su perseguidor -veinte o treinta años más viejo- tras ellos, quedándose cada vez más rezagado hasta que se detuvo agotado y sudoroso para coger aire y esperar refuerzos; momento que los dos muchachos aprovecharon para escapar a la carrera, como balas, en dirección opuesta, perdiéndose entre los miles de contenedores. Toda la secuencia me recordó a una escena de dibujos animados infantiles.

Al rato cesó el revuelo y los muelles recobraron la calma, aunque la vigilancia se había redoblado y se había hecho más ostensible. El vigilante moro de nuestro portalón, que había ido a ayudar en las persecuciones, regresó. Hubo algunos intentos de saltar a bordo por parte de polizones, pero creemos que no se coló ninguno. Los guardias moros se hicieron cargo de ellos, cazaron a dieciséis, nada más y nada menos. En cuanto se corrió la voz de que había un buque de bandera española en el puerto fuimos el objetivo de todos ellos, el centro de atención y deseo, según me explicó uno de los vigilantes. Supongo que todos esos polizones tendrán un tío Hassan o un primo Yussuf que en su día saltó a España y les cuenta desde allí lo bien que está ahora en este país nuestro de borregos imbéciles, buenistas y demagogos; se lo dirá charlando desde el sofá de una casa subvencionada, estando de baja perpetua por lumbalgia o depresión tras haber “trabajado” dos semanas, y disfrutando de la vida al haber trincado una pasta inmensa por una denuncia falsa de ser víctima de xenofobia. Aunque quizás -todo podría ser- el primo Mohammed de turno les cuente desde la península que pese a sus muchas desgracias y abusos sufridos, uno puede ganarse allí la vida y un jornal que permite comer de un modo honrado y honroso. Porque algunos de éstos también hay. Sea como fuere, los moros se vuelven locos por entrar en nuestro barco, el pabellón español bien merece la pena. Aunque los pobres ignoran que nuestra ruta no toca ningún puerto peninsular, por lo que en ningún caso la jugada podría salirles redonda.

Estuve de guardia hasta las 20:00, como siempre, y luego prácticamente empalmé con una maniobra de cambio de muelle. Tuvieron que movernos porque al lugar en el que estábamos atracados, reparando, iba a venir otro buque, y de no habernos ido nuestra naviera habría tenido que pagar un verdadero dineral en concepto de compensación por perjuicios a la naviera del otro. Como no disponíamos de máquinas, nos cambiaron de sitio dos remolcadores. La maniobra fue larga, y hasta la medianoche no terminó. Me retiré a descansar, pero a la una ya me despertaron para zarpar definitivamente, tras haber acabado las reparaciones. Sobre las dos y media de la madrugada ya navegábamos en mar abierta, y pude retirarme a descansar un par de horas antes de entrar de nuevo de guardia a las cuatro de la madrugada.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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