Un paseo por Sfax

Vista del tunecino puerto de Sfax.

A bordo del Lola, atracados en el puerto de Sfax, Túnez.
A 20 de agosto del 2011. Sábado.

     Acabo de regresar a bordo tras un breve paseo por Sfax, una ciudad portuaria tunecina próxima a la frontera de Libia. Anoche recalamos en el puerto tras una maniobra tensa y larga. Tuve mala Suerte, fue justo una hora después de acabar mi guardia, con lo que empalmé una cosa con la otra sin apenas descanso. Para entrar en el puerto de Sfax proviniendo del Norte hay que dar un gran rodeo a fin de sortear una extensa área de muy poco fondo, entre medio y tres metros de sonda, en torno a las islas de Chergui y Gharbi y los Bancos Kerkenah. Llegamos poco después del anochecer, aunque antes del orto lunar. Enfilamos la canal dragada, muy estrecha en su comienzo y más estrecha aún al final, una especie de embudo alargado. A las bandas, sólo un par de metros de sonda. La canal estaba, encima, pobremente balizada e iluminada. A su entrada había media docena de botes de pesca que no se separaron de nuestra derrota hasta el ultimísimo momento, cuando ya ni siquiera los podíamos ver desde el puente de lo próximos que estaban a nuestro casco. El capitán se puso bastante nervioso y enfadado, claro; y yo, que iba al gobernalle, le sugerí dar unos bocinazos a los temerarios pescadores tunecinos -las preceptivas cinco pitadas cortas y rápidas-. Así lo hizo el viejo pero, lejos de arredrarse, los pescadores respondieron lanzando ofendidos destellos directos a nuestro puente con sus faroles, como indignados. No fue hasta pasadas las primeras boyas de la canal que el práctico subió a bordo. Era un hombre bajito, nerviudo y fuerte, compacto. Rapado al cero, con pliegues de pellejo en la nuca. Piel cetrina y rostro absolutamente tunecino; como cabría esperar, por otra parte. Me recordó a un pirata bereber. Bajo su dirección navegamos la canal dragada hasta desembocar en la rada del puerto y tras una maniobra lenta, quedamos atracados al muelle, el Madagascar Quay.

Ayer fui el único que pidió el permiso para salir a tierra. La gente no estaba muy animada a pasear por estas tierras medio alzadas en armas, en la llamada Primavera Árabe. Daba yo por hecho que, tras la maniobra de atraque, descansaría el resto de la noche, pero me sacaron del catre a las cuatro de la madrugada, no mucho después de que me hubiera acostado; de modo que al salir nuevamente de guardia a las ocho de la mañana estaba tan cansado que aborté la maniobra. Desperté a las once y entonces decidí salir. Comí a bordo y luego subí al puente alto. Observé la ciudad a través de los prismáticos soviéticos -que me pregunto cómo vinieron a dar a este barco-, muy viejos aunque magníficos, para intentar hacerme una idea de la configuración de la ciudad. Observé que el termómetro se había quedado parado en 42ºC, que es el límite máximo que puede marcar. Me pregunté cuántos grados de más habría en realidad. El Sol caía a plomo, abrasador.
Cuando salía del barco me encontré en el portalón al contramaestre, dos marineros, la alumna y el engrasador. Aprovecharon para hacerme un par de encargos. La gente no estaba, como dije, por la labor de saltar a tierra en este puerto. «Vaya huevos que tienes, chaval» me dijo el contramaestre al ver que salía. Me encogí de hombros, quitándole importancia al asunto. Aun sin saber muy bien qué me encontraría más allá de las puertas del puerto, estaba bastante seguro de que no sería peor que otros lugares por los que me paseé. En cualquier caso, raras veces es tan fiero el león como lo pintan.
Sfax es una ciudad que está muy próxima a la frontera y al otro lado, en Libia, están en plena guerra civil. Una guerra en la que, cómo no, se mezclan de nuevo los estúpidos occidentales con su desmedida codicia. El inevitable hombre blanco ,que describió Jack London hace más de un siglo. Siempre que hay algún tipo de interés, en este caso energético -petróleo y gas-, allá está el hombre blanco intentando sacar tajada y expoliar a manos llenas con las habituales excusas demagógicas: la paz, la democracia, el fin de los malvados y tiranos y demás mentiras que los estúpidos occidentales de a pie ven en las pantallitas de ese infame invento del maligno llamado televisión, y creen a pies juntillas. Pueblo de borregos. Hay un contingente de buques de la OTAN muy cerca de aquí, navegando frente a las costas libias, que mantienen selectivamente bloqueadas.
Sfax es, además, una ciudad de fuerte y arraigada tradición musulmana y fundamentalista, aquí apenas hay occidentales y casi nada -si algo hay- orientado al turismo. Túnez en estado puro. También andan por estos lares soliviantados, fue en este país donde prendió hace ya meses la mecha de la revolución, siendo éste el primero en verse agitado por las revueltas sociales.

Al pisar el sucio muelle recibí el golpe terrible. Mucho Sol, mucho calor y mucho polvo. Pateé el extenso recinto portuario, buscando la salida. Tuve que preguntar un par de veces pero no fue fácil. Nadie habla ni español, ni inglés ni gallego, y mi árabe se reduce a dos frases y cuatro palabras. Fueron mis escasos interlocutores un tanto hoscos.
Conseguí encontrar la salida en la última esquina del recinto que me quedaba por investigar, tras patear el puerto entre contenedores, polvo, basura y estibadores de mirada aviesa. Un policía de aduana de aspecto de mediados del siglo pasado me pidió mi pasaporte. Le extendí mi libreta de navegación y el papelito que me dieron anoche a modo de salvoconducto. El fulano estudió mi libreta… al revés (¿?), boca abajo, pasando las hojas mientras hacía gestos afirmativos como si le pareciera que todo estaba en regla. Que lo estaba, vaya, pero no creo que entendiera nada de lo que veía patas arriba. Supuse que quizás me estaba tomando el pelo.
Ya fuera del puerto caminé por una carretera larga, de asfalto viejo y ajado. Mucho polvo y basura, Sol inclemente. Había algunas naves y edificios bajos, pero los letreros en árabe resultaban ilegibles para mí. Seguí la carretera varios quilómetros y viré para ir a dar a una avenida. Había ya tráfico allí, muchísimas más motitos -ciclomotores-, que los hay aquí a patadas, y coches. Hay mucho R-5, de los antiguos. Me encantó. El tráfico, no obstante, resultaba razonablemente ordenado. Bastante más que en otros puertos africanos, donde parece no regir ley alguna.
La verdad es que yo era el único occidental que vi en la hora y pico que llevaba de paseo, y debo decir que a menudo recibí miradas atravesadas. Saludé con sonrisa tranquila y amabilidad a la mayoría de los tunecinos que me crucé a corta distancia, que me observaban con curiosidad. Muchos me devolvían el gesto, pero a veces la sensación que percibía a cambio era de disgusto, antipatía u odio. Ahora que hago memoria me doy cuenta de que no vi ni una sola mujer en estos dos días.
Llegado a cierto punto en la avenida, yendo rumbo al centro de la ciudad y empezando a sentirme incómodo al ser el centro de atención de todo el mundo, hice un alto bajo una palmera. En más de una ocasión algunos hombres se golpearon con el codo entre ellos desde la distancia, señalándome sin disimulo alguno y comentando algo en su lengua. Iba yo pensando que, la verdad, era mi primera visita a Túnez y no conocía mucho del país. Por otro lado, aquí andan aún en revuelta y los occidentales no somos, de buenas a primeras, los más simpáticos para ellos. Fuera de las zonas turísticas (si es que aún las hay en Túnez tras el pifostio, que lo desconozco), es un país de marcada tradición islámica, con focos de integrismo exacerbado y con el lógico y justificado rechazo, u odio, hacia lo occidental. Yendo solo, sin conocer la ciudad, sin poder comunicarme porque no tenemos lenguas comunes y, sobre todo, sin tenerle cogido el pulso a este país y sus gentes, juzgué más prudente no adentrarme más en lo desconocido sin recabar información previamente. Tras unos minutos bajo la palmera, rascando mi mentón mientras cavilaba en todo esto y siendo el foco de atención de todo el mundo, opté por cruzar la avenida con zancadas decididas y sentarme en la terraza de un cafetucho, a la sombra de un toldo blanquiazul descolorido por el Sol. Pedí un café que resultó delicioso y el patrón me obsequió con una especie de pastas, muy especiadas y bastante ricas. Charlamos brevemente y otro parroquiano se unió a la conversación. Me interesé por ellos, escuchando con atención, y luego indagué acerca del lugar. Coincidieron en que no había mucho que ver excepto, quizás, la Medina, su mezquita, o la Kasbah; pero ambos me recomendaron precaución si me aventuraba por allá.

Charlamos aún un rato más en esa extraña jerga con la que uno se entiende en cualquier puerto mediterráneo, mezcla de diversas lenguas, gestos y ganas de entender. Y finalmente decidí regresar al puerto y al barco. Había ya saciado en parte mi curiosidad durante el paseo. A pesar del tranquilizador tacto de mi nueva cachicuerna en el bolsillo, mejor no tentar a la Suerte y aún mejor no meterse en problemas. Y menos en estos países tan complicados.

Hubo unas cuantas imágenes que me habría gustado fotografiar, pero había dejado a bordo la cámara, los teléfonos y todo aquello de valor, susceptible de escacharrarse en una reyerta o perderse definitivamente. Sólo llevaba un puñado de monedas, mi pasaporte, el salvoconducto de la policía de inmigración y mi cachicuerna. Por si las moscas.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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