Retazos del pasado

El Lola atracado en la Darsena Toscana del puerto de Livorno.

A bordo del Lola, atracados en Livorno, Italia.
A 2 de septiembre del 2011. Viernes.

Paseaba yo durante mi guardia de tarde por el muelle en el que estábamos amarrados, en la Darsena Toscana del puerto de Livorno, donde atracan -atracamos- los buques portacontenedores. A nuestra popa estaba descargando el Annabella Schulte, de Hamburgo, y en el muelle opuesto el Yokohama, de Monrovia. Caminé a lo largo del muelle, observando los buques en sus operaciones de descarga o carga. Paso lento, manos a la espalda, espíritu curioso e inevitable ojo crítico. Llegado al final del muelle observé desde su cabeza a otros buques de menos porte atracados en otros muelles. Entre los diversos cargueros de variados pabellones llamó mi atención un viejo mercante de cabotaje de línea clásica y poca eslora; así mi catalejo, desplegándolo y abriendo las piernas en el inútil ejercicio de compensar un balance inexistente en tierra. Lo observé detenidamente a través de las lentes. Estaba, a todas luces, abandonado. El ocre óxido avanzaba como un ineluctable cáncer por su casco, devorando las planchas de acero. Portas y portillos se apreciaban abiertos, dejando entrever en tinieblas el interior del torturado buque, probablemente saqueado y rapiñado por los buitres de tierra que merodean en los puertos. No recuerdo el nombre del pequeño carguero, pero sí que estaba registrado en Estambul. Mis pensamientos sondaron mi memoria transportándome a tiempos pasados, quince años atrás, en aquellos días en los que navegaba el Estrecho de Dardanelos hasta la mítica Estambul, y luego el Bósforo hasta el Mar Negro. Recordé, entre otras anécdotas, aquélla en que me llevé de indeleble recuerdo una cuchillada -la segunda aunque no la última de mi vida- en la parte asiática de la ciudad.

Era en los años de mi particular ‘Tripulación Sanders’, años en los que aún se navegaba de otra manera. Años en los que uno aún se sentía marino. Con el barco fondeado en la rada, los tripulantes francos fuimos barqueados en uno de los botes a la orilla occidental de la urbe, la europea, a un embarcadero sito frente al Dolmabahçe, o como carallo se escribiera el nombre de aquel fastuoso palacio turco que en tiempos albergara un harén de cinco mil mujeres. Cerca también, por cierto, de donde un viaje anterior había tomado mi primer y único hammam -baño turco-, que por algún motivo mi joven y adolescente imaginación figuraba como algo muy sensual, con turcas danzando con velos al son de místicos acordes y masajeando mis piernas y espalda entre vapores y misterio oriental. Nada más lejos de la realidad. En vez de danzarinas me atendió un turco enorme, de espeso, negro y frondoso bigote, corpulento y velludo, con brazos más anchos que mis piernas y puños como mandarrias; tras el inevitable vapor me hizo tumbarme en una especie de mesa de mármol sobre la cual me dio una de las palizas  de mi vida. Y encima tuve que pagar por ello.

Cerca de allí, decía, habíamos saltado a tierra, con la seria advertencia de permanecer en la parte europea de la ciudad. Por supuesto, no tardamos más que unos minutos en decidirnos a fletar una pequeña embarcación, pagando a su taciturno patrón para que nos transportara a través del Estrecho del Bósforo hasta la parte asiática de la ciudad. Atracamos en otro pequeño embarcadero y comenzamos a caminar por una empinada cuesta. Al final de ella había un grupo de fulanos malencarados, en una esquina en la que había instalado un puesto de frutas que recuerdo, por algún motivo, con nitidez. Yo abría camino junto a un compañero, los demás nos seguían. Cuando íbamos a mitad de la cuesta observé que los fulanos, que hacía un rato habían dejado de hablar, se daban unos codazos y arrumbaban directos a nosotros. Caminaban decididos, mirada torva y expresión aviesa. A unos veinte pasos dos de ellos sacaron de debajo de sus túnicas una especie de cuchillos, o navajas -no recuerdo qué demonios eran, pero sí el impresionante tamaño y el filo obscuro (normalmente sólo relucen en las pelis y las novelas)-. Mi compañero y yo aminoramos la marcha. Preparándome para el inminente choque mientras enrollaba mi jersey o cazadora en un brazo me giré para advertir a los tres compañeros que nos seguían.

-Muchachos……  eh!?¿?- Vi, consternado, que ya iban corriendo cuesta abajo, por donde habíamos venido, como alma que lleva el diablo. Mi compañero se lanzó tras ellos. Aún me volví una vez más hacia los turcos, que estaban ya encima. El tiempo justo de atizarle a uno un directo y llevarme una cuchillada en el antebrazo de babor, aún hoy bien visible bajo la tinta del tatuaje, antes de virar y salir a toda máquina tras mis compañeros. Habían detenido al barquero que nos había traído, y se encontraban ya a bordo cuando yo me aproximaba a la carrera al bote, seguido de cerca por media docena de turcos exaltados con ganas de gresca.

-¡¡Largad amarraaaas!!- gritaba yo desaforadamente mientras recorría los últimos metros, y finalmente salté a bordo cuando ya la lancha se separaba del embarcadero, aterrizando entre los muchachos. Uno de ellos le zumbó al patrón un puñetazo soberbio y lo arrojó, inconsciente, a proa, donde se desparramó como un bimbio. Se puso al mando del pequeño bote y metió máquina, avante toda, rumbo a la parte europea de la ciudad. Atracamos en el mismo embarcadero del que habíamos zarpado una hora antes, dejando al pobre patrón hecho un ovillo en proa, aún no repuesto del formidable puñetazo.

Un embarcadero que, por cierto, volvería a ser escena de otra anécdota similar, cómica esta vez, días más tarde. Era el último día que permanecíamos fondeados en Estambul antes de remontar el Bósforo rumbo al Mar Negro. Yo estaba de guardia ese día, por lo que no había podido saltar a tierra; era el patrón de guardia, encargado -entre otras cosas- de barquear a los tripulantes del barco a tierra y viceversa en la RHIB, una lancha rápida. Un barqueo a tierra cada dos horas, si no me falla la memoria. Había yo zarpado del costado de nuestro barco rumbo al dichoso embarcadero para para recoger a los últimos tripulantes que habían salido a tierra, era el último barqueo de la noche. Debían ser las dos de la madrugada, o quizás las cuatro. Yo me mantenía en comunicación con el barco por VHF, por medio de un walkie-talkie. Informé al oficial de guardia de los hombres que tenía ya a bordo, tres o cuatro tripulantes en mayor o menor estado de embriaguez que estaban acomodados en la lancha, dormitando. Nos faltaba uno, Gustavo, un joven bala perdida asturiano al que apodábamos Gusano por lo crápula de su libertina existencia, que con frecuencia saltaba a tierra con nosotros y a menudo las liaba de mala manera. Ni rastro de él. Llegó la hora de regresar al barco y Gusano no daba señales de vida. Consulté por radio con el oficial de guardia, que me ordenó esperar un rato más a ver si aparecía. Cada pocos minutos me llamaba por radio para preguntar por el ausente, mi respuesta era invariablemente la misma.

-Bueno, espera unos minutos más, a ver. Si en cinco minutos no llegó, lo dejas en tierra y regresas a bordo- dijo la voz del oficial, exasperado.

Y pocos segundos después oímos el rugido de un motor que se aproximaba, con chirridos de ruedas intercalados, rompiendo la serenidad de la noche. Mi proel -Ángel, otro compañero de mi particular ‘Tripulación Sanders’- y yo cruzamos una mirada significativa.

-Fijo que es el Gusano– dijo Ángel, sonriendo, convencido. Vimos aparecer un taxi que recorría la avenida a gran velocidad. Por la ventanilla abierta asomaba el Gusano, con más de medio cuerpo fuera del coche, torso desnudo; agitaba un brazo hacia el embarcadero y gritaba a pleno pulmón:

-¡Eh, esperadme, que ya voy! ¡Eeeh…!

-¿No te decía yo… ? Este Gusano, siempre liándolas- Ángel reía ante la escena, divertido pero en absoluto sorprendido.

El taxi se detuvo a varios centenares de metros con un frenazo y un chirrido de ruedas cuando ya la puerta estaba abierta y Gusano saltaba afuera del vehículo; trastabilló, cayendo, y sobre la marcha se incorporó y corrió hacia nosotros en línea razonablemente recta. El taxista turco se había apeado también del taxi y lo perseguía, enfurecido, exigiéndole a gritos el importe de la carrera.

-¡Arranca que nos vamooos!- gritaba Gusano; pero yo, que había comprendido la situación, ya me había anticipado arrancando el potente motor intraborda de 200 caballos turboinyectados, y maniobraba el timón.

-Largad ya amarras- ordené a Ángel y al motorista, que conformaban mi pequeña tripulación en la lancha, mientras el Gusano recorría a la carrera los últimos cien metros, sin camiseta y sin un zapato, y con el enfurecido taxista corriendo tras él.

Saltó a bordo en el instante en que di máquina atrás para separarme del embarcadero, cayendo entre los otros borrachos que permanecían ajenos a lo que pasaba, durmiendo la mona más o menos acomodados en el plan de la embarcación. Arrumbé hacia el barco, describiendo una curva cerrada mientras aceleraba el potentísimo motor, que rugió con un bramido,provocando una ola y un roción de espuma que empapó al indignado taxista, que gritaba desde el embarcadero.

El Gusano nos contó que se había gastado todo su dinero en una discoteca, donde unas fulanas lo habían puesto a cien sin llegar a más. Borracho y caliente, se fue a una casa de alterne y se pegó un festival épico que su cartera vacía no pudo pagar; tuvo que huir a la carrera, dejando atrás la camisa y un zapato, perseguido por dos maromos turcos dispuestos a partirle el alma. Se deshizo de ellos saltando a un providencial taxi, al que prometió una propina de cien dólares por llevarlo a toda velocidad al embarcadero. Por supuesto, no pagó ni la propina ni la carrera.

Iba recordando yo aquellos días en Estambul -y aún algunos más que quizás cuente otro día- mientras caminaba por el muelle de la Darsena Toscana. Miraba los buques amarrados, sus pabellones y puertos de registro, las operaciones de carga y descarga de contenedores. Y entonces me detuve ante la popa de un pequeño buque portacontenedores de casco azul marino, en cuyo espejo se leía en grandes letras blancas: Lola; y debajo, en letras más pequeñas, su puerto de registro: Santa Cruz de Tenerife. Sobre el nombre ondeaba al viento un pabellón español cuyos vivos colores resaltaban sobre el casco azul obscuro. Sentí una leve emoción mientras asentía lentamente con la cabeza, con expresión convencida y satisfecha, detenido ante la popa de mi buque. Es reconfortante encontrarse retazos de la patria cuando uno pasa largos meses lejos de ella, rodando por puertos extranjeros y surcando esos mares de Dios.

Comencé a pensar en el inexorable declive de la marina mercante española, que en su esplendorosa época de oro, pasado el ecuador del siglo veinte, llegó a ser la quinta marina mercante del mundo tanto en arqueo total como en número de barcos. Hoy apenas nos quedan ya buques mercantes abanderados en España. Poco más de cien, y bajando, contabilizando todos los tipos de buques de carga y pasaje. El Lola es uno de los pocos que quedan, y tengo el agridulce orgullo y satisfacción de navegar en él. Mientras dure.

Dentro de pocos años ver un pabellón español ondeando en la popa de un buque atracado en un puerto extranjero, como lo hace hoy el del Lola, será cosa del pasado, del recuerdo. Entre nuestro gobierno -sobre todo-, Europa y la desmesurada codicia de los armadores, están acabando con nuestra marina mercante. Y no somos ya ni una sombra de lo que fuimos.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s