Mar adentro

Atardecía en la playa. Era la hora dorada, ese momento mágico en el que la luz parece más intensa e inunda el ambiente con tonalidades cálidas y doradas; un ambiente que permanecía agradablemente templado a pesar de la brisa que agitaba los cabellos, camisas y blusas del grupo de amigos.

La Bestia del Este

Muelles nevados al paso de La Bestia del Este

El buque portacontenedores, de más de trescientos metros de eslora, era invisible a los ojos por la inmensa cantidad de nieve que caía aquella noche sobre nosotros y nos envolvía, arrastrada por el vendaval del Norleste. La aproximación se hizo cuidadosamente con ayuda de los radares, todo a nuestro alrededor era una especie de blanco torbellino de nieve, viento y olas; la visibilidad era tan reducida que sólo se comenzó a adivinar la difusa sombra del portacontenedores cuando su mole se cernía sobre nosotros a unos cincuenta metros.

La Antigua Casa Calabuig

Por lo demás, todo sigue prácticamente igual. Los estantes en la barra, con sus botellas reflejadas en los espejos tras ellas. Anís del Mono, Veterano, Larios, y todo un elenco de etiquetas de bebidas clásicas. Los viejos techos,  enmarcados por las cenefas de yeso, con el ventilador de aspas que se mantiene en su lugar a pesar de que el local está ya climatizado. El viejo reloj -Casa Calabuig, rezan letras doradas sobre la esfera negra- rodeado de vides, entre los grandes aparadores que llegan al techo, con sus estantes llenos de botellas añejas tras las cristaleras.

Una charla en toldilla

Los muelles de Mişrātah recobran la actividad.

    Abstraído estaba en mis meditaciones acerca de las virtudes de la suriyah cuando un muchacho libio subió por la pasarela y me abordó tímidamente, con sonrisa amigable. Era un rapaz de unos veintipico años, mirada viva, bigotillo hirsuto y barba larga, al estilo musulmán. (...) Sacó de un bolsillo un viejo Nokia destartalado y me enseñó con mucho secretismo una fotografía, mirando por encima del hombro para comprobar que no había nadie cerca…