Cabo San Vicente

Cabo San Vicente, en bonanza. Al fondo la Ponta de Sagres. (Fotografía de autor desconocido, obtenida del archivo del portal de fotografía aérea de Portugal.)

A medida que nos alejábamos de la Ponta de Sagres veíamos las inmensas olas que se encrespaban más allá del Cabo San Vicente. La espuma de las olas que rompían contra la costa occidental del cabo saltaba por encima del mismo. Cuando doblamos São Vicente, dejando atrás su resguardo, sentimos el impacto del temporal con toda su fuerza, brutal, aterradora. El marinero se agazapaba tras la caseta, veía su rostro de perfil y parecía aterrorizado; sus labios se movían pero el vendaval impedía oír nada.

De Amberes a Santander

El Navegante observa las operaciones de carga en Amberes.

Observé sus cubiertas, por donde no hace mucho corrieron marineros y piratas entre gritos y disparos; cubiertas ahora tranquilas en las que antaño se vivieron momentos dramáticos. Nadie lo diría. Cuántas historias extraordinarias, dramáticas o asombrosas se ocultan a menudo tras los rostros impasibles de las personas. De cuántos sucesos insólitos, trágicos o fascinantes, son mudos testigos los barcos (...)

Noches de Amberes

Barrio Rojo de Amberes.

No tengo claro en qué momento de la noche dejé de preocuparme por el último autobús (...) Ni se me ocurrió volver a pensar en ello, ni volví a mirar el reloj hasta horas más tarde cuando, desconcertado, descubrí en el albor del cielo que el Sol estaba próximo a despuntar, al salir de un antro en el que habían volado puños y taburetes poco antes.

Último paseo por Setúbal

(...)     Se sentó a mi lado sin mediar más palabras y, tras compartir unos minutos de cómodo silencio, me contó parte de su historia, desde los fríos caladeros de Terranova hasta las exóticas colonias portuguesas del África, las Américas o el lejano Oriente: Macao, Damán, Goa, Mozambique, Santo Tomé, Guinea, Cabo Verde, Timor...

Y bailé

Los muelles de Setúbal al amanecer

En Setúbal, abril del 2012.     La noche resultó asombrosamente corta. Miro atrás, hago memoria y ciertamente sucedieron unas cuantas cosas; las primeras incluso se antojan irrealmente lejanas en el tiempo a pesar de haber transcurrido sólo horas.      Al anochecer ayer salté a tierra con dos compañeros...

El agente indecente

Cae la noche sobre los muelles de Setúbal

A bordo del Cabo Cee, en Setúbal. Abril del 2012.     Recibimos la orden de levar anclas y procedimos a puerto, atracando en el muelle de Setúbal a media tarde. A eso de las ocho y pico, recién acabados los trámites y papeleos de la llegada a puerto, el capitán y el jefe de máquinas me propusieron salir a dar una vuelta con ellos. «A tomar un vino» fue lo que literalmente dijeron. Y remarcaron. Y realmente parecían convencidos de ello.

La cubertada y la Viriato

Cubertada de troncos.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, corriendo la costa lusa a rumbo Sur. Abril del 2012.     Ayer cargamos por segunda vez en este barco una cubertada (1). Una vez estuvieron las bodegas llenas de troncos de eucalipto se procedió a su cierre y los estibadores depositaron sobre sus tapas unos cuantos … Continúa leyendo La cubertada y la Viriato

La carrera al norte

La carrera al norte

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, doblado Cabo Carvoeiro. A 13 de marzo del 2012. Martes.     Mal día para hacerse a la Mar, martes y trece. Fue lo primero que pensé cuando de madrugada abrí singladura en el cuaderno de bitácora, atracados aún en el muelle, a la espera de práctico.

Los galenos moros

El minarete de la Mezquita de Hasan II, visto desde el jardín del hospital Moulay Youssef.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, en los 34º 50’N 008º 25’W A 4 de marzo del 2012. Domingo.     Navegamos de nuevo el Océano Atlántico -que sigue tranquilo- a rumbo Norte, cuarta al Noroeste; aún no sabemos si vamos a Burela o de nuevo a Setúbal, la naviera nos confirmará el … Continúa leyendo Los galenos moros

La Medina Antigua

(...)     Tras el trámite de aduanas, ya con el pasaporte en regla, salí a estirar las patas por Casablanca. Nada más salir del recinto portuario me abordó un moro sonriente y locuaz, versión marroquí de un relaciones públicas, que debía estar allí permanentemente apostado al acecho de navegantes; ducho en una decena de idiomas, vendía las bondades del Seamans Club, un «auténtico paraíso para el marino», indicándome su dirección. Pero no le presté atención y, cruzando el Boulevard des Almohades, me adentré en la Medina Antigua.