La vieja ancla

A bordo del Cabo Cee, atracados en Setúbal. A 27 de febrero del 2012. Lunes. El barco había comenzado a primera hora las operaciones de carga de las bobinas de alambrón de acero consignadas a Casablanca. La mañana transcurría como tantas otras; las grúas iban cargando lentamente las bobinas en las bodegas bajo un cielo … Continúa leyendo La vieja ancla

La carta 1439

La carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

Comencé a inspeccionar las halladas en mi camarote. Mientras las recorría una a una -debe de haber casi cien- iba viendo diferentes puertos y costas y mares. Una colección de maestros clásicos de jazz sonaba en mi Mac; Chet Baker sucedía a Charlie Mingus y yo desplegaba sobre el escritorio la carta 1439 del Almirantazgo, Sicilia to Nísos Kríti.

Largando amarras de Valencia

Chimena del Cabo Cee y contraseña de la naviera armadora

Recorrí con la mirada la larga hilera de norays solitarios del vacío muelle, que tantos barcos vieron llegar y zarpar. A veces me recuerdan a ancianos marinos sentados en los muelles viendo ir y venir los barcos, los tiempos y la vida, y recordando tiempos pasados.

Último tornaviaje en el Lola

@_elnavegante_ navegando hacia el atardecer en el último tornaviaje del Lola.

A veces salgo al alerón y me asomo, acodado en la regala, y observo la Mar con detenimiento desde unos treinta metros de altura. Observo su voluble superficie -azul, verde, gris, negra…-. La escruto intentando en vano penetrar en sus ocultos misterios. Me pregunto qué albergará en sus profundidades, qué secretos esconderá. Qué habrá allá abajo, muy abajo, en el lecho marino; en esos obscuros y silenciosos abismos que nadie nunca ha explorado. Cómo será la vida allí, cómo los seres que la habitan, allá donde no llega la luz jamás.

Los barcos se pierden en tierra, y las vidas se las cobra la Mar

Recuerdo a los que la Mar se llevó en la Costa da Morte.

A bordo del Lola, en la Mar. En los 36º 10’N, 011º 30’E Navegando en demanda de Cap Bon. A 9 de octubre del 2011. Domingo. Esta madrugada zarpamos por última vez de Sfax. Al salir de guardia a las ocho de la mañana, ya navegando en mar abierta, bajé a desayunar el habitual chocolate con churros dominical. Luego subí a mi camarote, me recliné en el cómodo sillón de piel sintética negra y me sumergí en el libro que estoy leyendo, el octavo de los doce que me acompañan esta campaña. Al acabar un capítulo completo cerré el libro. Observé a través del portillo que el viento había refrescado, Sudoeste de más de treinta nudos, a ojo. Soplaba el Libeccio, que dicen los italianos. Nuestro Lebeche. La Mar, de un color verdoso muy obscuro que me recuerda a los jardines de las esmeraldas, está por todas partes cimada de blancas rompientes de espuma. Cúmulus grisáceos se desplazan velozmente hacia el Norleste, bajo los deshilachados cirros de las capas más altas de la atmósfera. Entre todas ellas se atisban huecos de cielo celeste.

Los piratas tunecinos

Las autoridades de aduanas se acercan ... Vis cómica del dibujante holandés Jan Sanders.

Ya en el puente, tras tomar la guardia, observé la Mar con detenimiento. La Luna ya se había puesto y nubes negras cubrían el firmamento, era una noche obscura. El viento era fresco, del Sudoeste; aquel que los italianos denominan Libeccio, nuestro Lebeche. La Mar nos incidía por la amura de estribor, las olas golpeando con estruendo acompasado contra el casco del buque.

Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata.

El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos.

Esto se acaba, piloto

A bordo del Reyes V, en la Mar. En los 30º 47’N 012º 43’W, rumbo a Sevilla. A 30 de abril del 2011. Sábado. Hace unas horas largamos amarras del puerto de Santa Cruz, arrumbando al Norleste en demanda del faro de Chipiona, en la desembocadura del río Guadalquivir. Es ése mi singular punto de vista en un barco y unos tiempos en los que los marinos siguen derrotas en cartas electrónicas y navegan en demanda del último waypoint marcado en el potente y preciso receptor GPS, substituyendo los prismáticos por eficaces radares y los timoneles por infatigables pilotos automáticos. Unos tiempos en los que las máquinas navegan por nosotros.