Un día en Génova

(...) También había buen número de madonnas en aparatosas y recargadas hornacinas de piedra situadas en esquinas de edificios, vírgenes consagradas tal vez a marinos y navegantes, o quizás a mercaderes o soldados.

A bordo del Lola, en la mar, en los 41º 04’N y 010º 17’E. Navegando en demanda de Cap Bon. A 6 de septiembre del 2011. Martes. Ayer pasé el día en la ciudad. Habíamos zarpado de Livorno a primera hora de la mañana del sábado. Las operaciones de carga habían finalizado poco antes de las cuatro de la mañana, (...) Recalamos en Génova en torno al mediodía y fondeamos en la profunda rada de su golfo, prácticamente en el mismo lugar que en el anterior viaje.

Retazos del pasado

El Lola atracado en la Darsena Toscana del puerto de Livorno.

Entre los diversos cargueros de variados pabellones llamó mi atención un viejo mercante de cabotaje de línea clásica y poca eslora; así mi catalejo, desplegándolo y abriendo las piernas en el inútil ejercicio de compensar un balance inexistente en tierra. Lo observé detenidamente a través de las lentes.

El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

La soledad del marino

Playa de Almenara, a 29 de mayo del 2011. Domingo. Tarde perezosa en la Playa de Almenara. A una mañana ociosa siguió una pantagruélica comida y, tras ella, la consecuente siesta. Subí a mi camarote y me tumbé en la cama, sobre la suave colcha beige de verano. A través de la ventana abierta llegaba el rumor de las olas batiendo en la playa, y la brisa marina hacía ondular caprichosamente las largas cortinas de lino, a través de las cuales se filtraba la luminosidad del mediodía mediterráneo. Junto a la ventana tengo uno de esos colgantes que tintinean con el movimiento; con la brisa, los pequeños delfines metálicos que penden de sus hilos campanean con delicadeza. Es un recuerdo que traje hace años de... de algún puerto del Mediterráneo oriental, aunque no recuerdo ya cual. Quizás fuera Tesalónica, o Suda. O tal vez Antalya, o Limassol. Chi lo sa.

Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos.

Swäbisch Gmünd

Los verdes y altísimos árboles de las lindes del Bosque Negro, desde el Club de Caza local.

Agosto del 2010.     Pasaron mis estivales días de azules a verdes. Cambié, durante unas semanas, los calores de la costa levantina española y el azul del Mediterráneo por el más benévolo clima del Bosque Negro germano y el verde de sus forestas. De sus lindes, en realidad. De la noche a la mañana me vi de nuevo liando el petate y largando cabos, rumbo Norleste, con día de salida pero sin fecha de retorno. Tal y como se debe emprender cualquier viaje saludable.

El sino del marino

En tierra o en la Mar, no te librarás de baldear. Ése parece, en efecto, mi sino. Durante largos años como marinero baldeé, con frecuencia a diario, cubiertas de barcos de guerra, de barcos mercantes, de barcos de pesca... por la mañana temprano por costumbre, antes de rayar el alba. Antes de entrar en puerto … Continúa leyendo El sino del marino