Recuerdos de Gran Sol

Arrastrero faenando con marejada.

Cuando pasó lo peor del temporal seguimos pescando (...) Con un frío del diablo, mojados, olas barriendo cubierta, golpes, caídas, sueño, cansancio. Fueron un par de semanas más a ese ritmo, un par de semanas en las que estuve permanentemente mojado, aterido de frío y agotado; con la única visión a mi alrededor de olas enormes y grises, y una sensación de lo más irreal de pérdida absoluta de la noción del tiempo y el espacio.

La patera

Inmigrantes a bordo de una balsa sobrecargada, en pos de las costas españolas.

Ya había amanecido cuando crepitó el aparato de radio VHF y oí al Finnborg llamar a Tarifa Tráfico en el canal 10. Su capitán informaba de que había avistado una balsa de goma con una decena de inmigrantes a bordo. Observé la pantalla del ECDIS -la carta de navegación electrónica-, y localicé al Finnborg en ella. Se encontraba a unas seis millas al sur-surleste de Punta Europa, lejos por nuestra popa.

Esos arrogantes suicidas de los mares

(...) y observo al portacontenedores avanzando a toda máquina, dejando una estela blanca y clara por la popa y proyectando una sombra negra y amenazadora sobre los pescadores.

    Tensión a bordo, los hombres a medio vestir en cubierta preparados para aflojar frenos y largar el aparejo -un aparejo que vale millones cargado de pescado que también vale un dinero-, ojeadas nerviosas de los marineros y blasfemias del patrón, que procura calcular con la mayor sangre fría y su entrenado ojo marinero.

La borrasca

Observé en el radar una mancha amarilla que aparecía por el suroeste, avanzando hacia nosotros y extendiéndose poco a poco por la pantalla, cubriéndola, densa y espesa.

Miré a popa. Se acercaban unos nubarrones negros como el Abismo surcados por infinidad de relámpagos amarillos y violáceos, que descargaban una cantidad anormal de agua.

Bobinas en la obscuridad

Carga de bobinas de acero en el puerto de Génova.

A bordo del Mistral, en la Mar; en los 43º 32’N, 007º 47’E. A 15 de septiembre del 2012. Sábado.     Salí de la bodega de carga de bastante mal humor, con moratones, rasguños, la camisa rota y la misión sin cumplir. Me encaramé a la brazola y me senté un rato, los ojos entrecerrados y deslumbrados por la luminosidad de la mañana. Navegábamos ...

Un reencuentro en Ceuta y el asombroso Dynamogracht

En el preciso instante en el que tecleaba el punto y final (cómo adoro los puntos finales -a pesar de que luego raras veces lo son-) el barco escoró pronunciadamente, casi tanto como para alarmarse uno, y con la subsiguiente escora a la banda contraria -no menos pronunciada- un libro se deslizó del anaquel en el que estaba estibado y me cayó en la cabeza. La República de Platón, nada más y nada menos.

Cabo San Vicente

Cabo San Vicente, en bonanza. Al fondo la Ponta de Sagres. (Fotografía de autor desconocido, obtenida del archivo del portal de fotografía aérea de Portugal.)

A medida que nos alejábamos de la Ponta de Sagres veíamos las inmensas olas que se encrespaban más allá del Cabo San Vicente. La espuma de las olas que rompían contra la costa occidental del cabo saltaba por encima del mismo. Cuando doblamos São Vicente, dejando atrás su resguardo, sentimos el impacto del temporal con toda su fuerza, brutal, aterradora. El marinero se agazapaba tras la caseta, veía su rostro de perfil y parecía aterrorizado; sus labios se movían pero el vendaval impedía oír nada.

De Amberes a Santander

El Navegante observa las operaciones de carga en Amberes.

Observé sus cubiertas, por donde no hace mucho corrieron marineros y piratas entre gritos y disparos; cubiertas ahora tranquilas en las que antaño se vivieron momentos dramáticos. Nadie lo diría. Cuántas historias extraordinarias, dramáticas o asombrosas se ocultan a menudo tras los rostros impasibles de las personas. De cuántos sucesos insólitos, trágicos o fascinantes, son mudos testigos los barcos (...)

Noches de Amberes

Barrio Rojo de Amberes.

No tengo claro en qué momento de la noche dejé de preocuparme por el último autobús (...) Ni se me ocurrió volver a pensar en ello, ni volví a mirar el reloj hasta horas más tarde cuando, desconcertado, descubrí en el albor del cielo que el Sol estaba próximo a despuntar, al salir de un antro en el que habían volado puños y taburetes poco antes.

Otoño

El Mistral encrespa la Mar

A bordo del Lola, en la Mar; en los 41º 03’N y 002º 37’E. A 18 de septiembre del 2011. Domingo. Guardia de alba. El minutero del reloj de bitácora marca poco más de las cuatro y cuarto de la madrugada. Tras gobernar a un solitario buque que venía de vuelta encontrada fui cayendo de nuevo a babor para volver a nuestro rumbo de viaje. Nos cruzamos con el pequeño carguero a unos escasos siete cables, babor con babor. Sus faroles de navegación, indicando su posición y rumbo -rojo y verde los laterales, blancos los topes y alcance- se distinguían con nitidez sobre la negra silueta que se perfilaba en el obscuro horizonte.