Los galenos moros

El minarete de la Mezquita de Hasan II, visto desde el jardín del hospital Moulay Youssef.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, en los 34º 50’N 008º 25’W A 4 de marzo del 2012. Domingo.     Navegamos de nuevo el Océano Atlántico -que sigue tranquilo- a rumbo Norte, cuarta al Noroeste; aún no sabemos si vamos a Burela o de nuevo a Setúbal, la naviera nos confirmará el … Continúa leyendo Los galenos moros

La Medina Antigua

(...)     Tras el trámite de aduanas, ya con el pasaporte en regla, salí a estirar las patas por Casablanca. Nada más salir del recinto portuario me abordó un moro sonriente y locuaz, versión marroquí de un relaciones públicas, que debía estar allí permanentemente apostado al acecho de navegantes; ducho en una decena de idiomas, vendía las bondades del Seamans Club, un «auténtico paraíso para el marino», indicándome su dirección. Pero no le presté atención y, cruzando el Boulevard des Almohades, me adentré en la Medina Antigua.

Las cosas viejas

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, en los 35º 40N 007º 52W. A 30 de febrero del 2012. Jueves.    Es una noche obscura, sin luna, y el cielo está absolutamente encapotado. La Mar, fuerte marejada, nos pega justo de través y hace balancear el barco acusadamente.

Meditaciones.

Un marinero pesca desde toldilla al amanecer.

Navegamos frente a las costas lusitanas, ya rebasados los cuarenta y un grados de latitud norte. El tiempo continúa inusual y sospechosamente tranquilo para esta época del año, el Océano Atlántico Norte en invierno suele estar agitado y bravo. Llevamos tiempo navegando en bonanza, desde que embarqué hace más de tres meses; pero tarde o temprano tendremos que volver a vérnoslas con alguna tempestad. Si tras la tempestad siempre viene la calma, es igual de cierto que tras ésta siempre vuelve la tempestad.

La vieja ancla

A bordo del Cabo Cee, atracados en Setúbal. A 27 de febrero del 2012. Lunes. El barco había comenzado a primera hora las operaciones de carga de las bobinas de alambrón de acero consignadas a Casablanca. La mañana transcurría como tantas otras; las grúas iban cargando lentamente las bobinas en las bodegas bajo un cielo … Continúa leyendo La vieja ancla

Stat rosa pristina nomine…

A bordo del Cabo Cee, fondeados en la rada de Setúbal. A 20 de febrero del 2012. Lunes.     Estamos fondeados de nuevo en la rada de Setúbal. Tras la comida me tumbé a echar una siesta. El sueño fue profundo. Tras una hora de reposo el despertador me devolvió al mundo al toque de Ganando barlovento. Me estiré y desperecé, mirando al techo y abandonándome un rato a mis pensamientos. El barco estaba inmóvil, anclado en el resguardado estuario.

Mi viejo Parker

Mi viejo Parker

A bordo del Cabo Cee, en Setúbal. A 8 de febrero del 2012. Miércoles.     Acabábamos de atracar en Setúbal. Yo había terminado con los papeleos en el puente y había bajado a cubierta a echar una mano. Me gusta ayudar a los marineros. A menudo echo de menos el trabajo de cubierta. Dimos la pasarela a tierra y después extendimos la red de seguridad que se coloca bajo ella, cuya finalidad es evitar que la gente o las cosas se caigan a la Mar. Esa tarde no lo evitó.

Patrones de agua dulce y erizos cruzando autopistas

El Cabo Cee próximo a doblar la Estaca de Bares y Cabo Ortegal con inusual buen tiempo.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar; en los 41º 03’N 010º 05’W. A 24 de febrero del 2012. Viernes. Era una mañana gris aunque tranquila. El cielo estaba cubierto de estratocúmulos grisáceos que ocasionalmente descargaban algo de llovizna, habiendo no obstante buena visibilidad. Poco después, aproximadamente frente a Punta Roncadoira, capté una conversación en el canal 16 de VHF.

El cocinero del Cabo Cee

Amanece sobre Setúbal, fondeados en el estuario del río Sado.

    A lo largo de estos últimos días hemos tenido algunos cambios reseñables a bordo. Nos hemos desecho de un par de trastos inútiles: la lavadora rota y el cocinero. A bordo del Cabo Cee, fondeados en el estuario del Sado. A 11 de enero del 2012. Miércoles...     Estamos de nuevo anclados en la rada de Setúbal, en el estuario del Sado, frente a la ciudad. Anoche, durante mi guardia, fondeó a tres cables de nosotros el Sylvia, de la Flinter, un pequeño granelero de menos de cien metros de eslora, pabellón holandés. Lo vi entrar por la barra y aproximarse, luego moderó máquina y fondeó, borneando suavemente sobre el ancla de in modo impecable.

De nuevo, Casablanca

Muelle de graneles, Casablanca.

    A medida que avanzábamos los barcos fondeados en la rada iban surgiendo de entre la bruma, quietos y fantasmales, presos de las sólidas cadenas que los anclaban al lecho marino. Imaginé la misma escena antaño, en los tiempos anteriores a la electrónica. Un solitario marinero de guardia en el castillo de proa haciendo sonar una pesada campana de bronce -un repique de cinco segundos, a intervalos de un minuto- cuyo tañido sonaría nítido a través de la niebla advirtiendo a otros navegantes de la presencia del buque fondeado.