Avería en Casablanca

Vista del muelle en el que atracamos, el Quai du Terminal à conteneurs, en la nueva terminal de contenedores del puerto de Casablanca.

A bordo del Lola, atracados en Casablanca, Marruecos. A 29 de agosto del 2011. Lunes. Me encontraba yo en mi camarote, escribiendo, cuando sonó el teléfono interno. El capitán me avisaba del fin de las operaciones de carga y la inminente maniobra de salida. Cerré mi Mac, me preparé y subí al puente. Allí me puse de inmediato a alistar el puente para salir a la Mar encendiendo y configurando equipos, preparando cuadernos...

Un paseo por Sfax

Vista del tunecino puerto de Sfax.

Acabo de regresar a bordo tras un breve paseo por Sfax, una ciudad portuaria tunecina próxima a la frontera de Libia. Anoche recalamos en el puerto tras una maniobra tensa y larga. Para entrar en el puerto de Sfax proviniendo del Norte hay que dar un gran rodeo a fin de sortear una extensa área de muy poco fondo, entre medio y tres metros de sonda, en torno a las islas de Chergui y Gharbi y los Bancos Kerkenah. Llegamos poco después del anochecer, aunque antes del orto lunar.

Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata.

El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

Llegada al Lola

(...) Y así, aprovecho estos momentos de calma para escribir, sentado frente a la mesa de mi camarote -el más amplio, con mucha diferencia, que jamás he tenido- inundado por la intensa y cálida luminosidad del atardecer africano, y mecido por la mar de leva atlántica, en su incesante vaivén.