Monas vestidas de seda

Culleredo, a 27 de enero del 2010. Miércoles.

    A principios de año, en concreto el día de Reyes, me encontraba yo atravesando la península rumbo a Andalucía para visitar a parte de mi familia y pasar unos días con ellos. Había zarpado de la Playa de Almenara por la mañana, con las primeras luces del día. La derrota trazada me llevaría a través de La Mancha hasta Despeñaperros, por cuyo paso entraría en Andalucía.

    A mí, al igual que a Obélix, el viajar me abre el apetito. A pesar de haber desayunado con fruición antes de largar amarras no tardé en parar para comerme el pan y el queso que llevaba conmigo -eché una vez más de menos mi vieja bota de vino-. Y no mucho tiempo más tarde el estómago volvió a la carga, protestando con vehementes gruñidos, demandando algún bocado con el que entretenerse en tan larga travesía. Mi idea inicial era la de comer en Valdepeñas, con más de media singladura virada; aunque debo confesar que lo que más me motivaba a comer allí era el exquisito vino de la comarca, cuya denominación está entre mis favoritas.

    Siguiendo la A-4 a rumbo Sur, al coronar un cerro, pude divisar allá a lo lejos, en medio de la llanura, Valdepeñas. Descendí la suave pendiente y justo a la entrada de la ciudad un restaurante captó mi atención: La aguzadera. Era una edificación pequeña y alargada, de una sola planta. Una quintería tradicional excelentemente conservada y acondicionada como restaurante, de fachada blanca. Puertas y ventanas de madera, así como los extremos de las cerchas que sobresalían por debajo del tejado, unidos a los bonitos faroles y adornos de hierro forjado, daban a La Aguzadera un aspecto acogedor, cálido, tradicional: de los de toda la vida. De buen comer.

    Sólo necesité una fracción de segundo para decidirme a arrumbar a ella, señalizando con el intermitente y desviándome al carril de salida, a cuya altura ya me encontraba. A pesar de estar localizada a pie de autopista distaba mucho de parecerse a la típica venta de carretera, mucho menos a los infames comederos de área de servicio. Subí una pequeña pendiente, avante-poca, pasando por delante del restaurante, hacia su fondeadero.

shapeimage_1Éste estaba casi lleno, pero conseguí un buen sitio a la sombra. Me encaminé al restaurante estirando las piernas y a su puerta fui recibido por una férrea estatua de Don Quijote, mentón elevado y actitud arrogante y desafiante. Sonreí al famoso hidalgo, mi viejo amigo, armado caballero quizás en el patio de esta misma venta cuya puerta ahora custodia, por el ventero antepasado del que hoy me dará de comer. Quise creer que así había sido. Saludé a mi viejo amigo al pasar frente él. Juraría que me devolvió el saludo con un leve gesto.

    Fui recibido, nada más entrar, por el maître, un hombre robusto aunque elegantemente  vestido, afable y muy correcto. Solicité un sitio para comer y con una amable sonrisa me indicó una pequeña mesa en el salón del restaurante. Mi idea consistía en algo de pan, jamón, queso y vino, alguna fruta y café. Comida ligera que no me amodorre, para poder continuar el viaje sin riesgo de quedarme dormido al timón.  Pero en estas situaciones muy pocas veces las cosas me salen como espero. Un solícito camarero me puso una carta delante y los sugerentes platos comenzaron a desfilar ante mis ojos… casi me parecía poder oler sus aromas. Quizás fueran los platos de otros comensales lo que olía. Decidí ampliar un poco el horizonte, dejando atrás el pan y el queso, y pedí en primer lugar un plato de consomé. A principios de enero siempre apetece, en este hemisferio. Y luego… en fin, de perdidos, al río:

    -Disculpe… las carnes, ¿son grandes? ¿Llegan bien para satisfacer a uno?- pregunté al camarero cuando me barloventeó.
    -Por supuesto, señor; son piezas de ochocientos gramos, con guarnición- contestó con amabilidad.
    -¡Magnífico! Tomaré el buey al Pedro Ximenez con ajetes, y algo más de primero….- indiqué con entusiasmo.
    -¿Otro primero, además del consomé y los entrantes…?- me preguntó el camarero, probablemente dudando si me había entendido bien.

shapeimage_2Pero me había entendido bien. Y aunque no recuerdo ya qué exquisitez perdí como segundo primero, sí recuerdo que lo paladeé con sumo deleite. Todo ello acompañado de pan, deliciosos frutos secos con miel, y, por supuesto, una botella de Gran Reserva de Valdepeñas que resultó divino. Si los Dioses del Olimpo bebían vino, sin duda era de Valdepeñas.

Engullí con voracidad los entrantes y el consomé, pero una vez saciado el apetito más acuciante continué comiendo con mucha calma, saboreando cada bocado que llevaba a mi boca, y recreándome en ello. ¡Qué maravilloso es viajar sin prisas por España!

    Fue entonces cuando comencé a prestar algo de atención al mundo a mi alrededor. El resto de las mesas estaban ocupadas; un par de familias, algunas parejas… me parecían ser gente del lugar -excepto por una mesa de Madrid y otra de Sevilla-, por los retazos de conversaciones que llegaron hasta mí; en cualquier caso, no parecían viajeros. Me sorprendió, pues esperaba encontrar más viajeros en tránsito en un lugar a pie de autopista. Recorriendo discretamente las mesas con la mirada observé que todos los comensales sin excepción reproducían el mismo cliché. Parecía una muestra de las plantas caballero y señora de El Corte Inglés: Lacoste, Burberry, Ralph Lauren y algún que otro traje ostentoso rodeaban las mesas; gomina y fijador, destellos de joyería y cosméticos untados a paleta. Un hombre de rostro enrojecido y gesto circunspecto alzó su copa de vino para llevársela a lo labios en un movimiento sin duda estudiado. Una especie de reloj-mancuerna ceñía su muñeca; probablemente ese hombre levantaba 5kg. de acero de cada vez que miraba la hora. Diseño extravagante, observé divertido desde mi asiento. Llevó, tras una teatral pausa, la copa a sus labios, con el dedo meñique extendido, apuntando al infinito, como si enarbolara una lanza o estandarte. El estandarte de la grosería, con el pendón de la pedantería. Y es que, recorriendo con la mirada las mesas en torno a las que socializaban tan ‘elegantes’ comensales, no pude por menos que recordar aquel refrán tan manido por mi abuela: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.  Pasadores de corbata con pedrería ciñendo corbatas de seda y extravagantes bolsos de diseño alternaban a la misma mesa con bocas que comentaban cualquier fruslería en pleno proceso de masticado, mostrando su contenido mientras intentaban articular palabra con relativo éxito. Codos apoyados en las mesas, cubiertos asidos de igual guisa que un águila agarraría con sus zarpas una presa. Tenedores con un pedazo de carne ensartado girando sobre la mesa a considerable altura mientras el comensal gesticula para dar mayor énfasis a la, sin duda, fascinante anécdota con la que deleita a sus acompañantes. Observaba a mi alrededor un completo catálogo de malas maneras a la mesa, absoluta falta de elegancia, educación y civismo. Ni una sola de las seis mesas que me rodeaban se salvaba, ni con aprobado raspado. El hábito no hace al monje, y el dinero no da elegancia.

    Insolentes teléfonos móviles sonaban cada dos por tres con estridentes melodías, de esas que se descargan por tantos céntimos anunciadas en revistas de actualidad, turbando la relativa tranquilidad de la comida. Respuestas a las insistentes e inoportunas llamadas desde la misma mesa, sin molestarse en salir de la sala o ni tan siquiera dejar de comer. Esa habitual y molesta manía de elevar desmesuradamente el tono de voz cuando se habla por teléfono, en ocasiones da la sensación de que algunos (y algunas) podrían perfectamente prescindir del molesto aparatito y comunicarse a gritos desde la ventana. Como Patxi.

    Saco mi bloc para garabatear algunas apresuradas notas sobre mis impresiones, a medio camino entre la pena, el enfado, la indignación y el desprecio. Suena otro teléfono móvil. Alzo la vista, es el de la fulana de inmensas gafas de sol que está a dos mesas. Supongo que será una fulana por el vestido y las curvas, pero su rostro está, a pesar de la penumbra, casi completamente oculto por las enormes gafas de sol de diseño, de patilla ancha con un deslumbrante logotipo de marca en ella. El colmo del mal gusto, y de la mala educación. Agito la cabeza negativamente y vuelvo a mis notas… cuando un nuevo y estridente aullido de uno de los mocosos de otra mesa me hace dar un respingo. Un enano de unos diez años se dedica a pinchar con su tenedor, con saña, el trasero de la que supongo su hermana; ésta protesta, lo insulta con calificativos que por su ordinariez parecen salidos de la camareta de un barco, y se venga vaciando su vaso de Fanta en el plato del malévolo hermano. Observo, atónito. El mantel en torno a sus platos está rodeado de restos de comida y manchas. La madre, que parece sacada del último anuncio de Dior, les hace gesto de guardar silencio, pues los aullidos no le permiten seguir su conversación telefónica. El padre, ajeno a todo ello, desliza impasible sus dedos por el engominado cabello de las sienes antes de mirar la hora en un ostentoso reloj y continuar comiendo, el otro codo reposando en la mesa como un patarráez.

    -¿Deseará el señor tomar algún postre…? Son todos artesanales, algunas especialidades exquisitas- el camarero me saca de mi estado catatónico, y vuelvo hacia él la mirada. Me lleva unos segundos reaccionar y sonreírle antes de contestar afirmativamente; aunque no hubiera apostillado la pregunta con la aclaración subsiguiente no habría tenido dudas. Un banquete como aquel era menester culminarlo con un postre que, sin duda, estaría a la altura.
    -Permítame mostrarle la carta de postres…- me extendió la elegante carta y se retiró, sorteando a uno de los mocosos endiablados que correteaba entre las mesas sin que nadie lo llamara al orden.
    ¡Dios mío, todos los postres sugerían placeres desbordados! ¿Cuál escoger…?  Mi boca comenzó a segregar saliva, tragué. Con disimulo aflojé mi cinturón y desabroché el primer botón del pantalón bajo la mesa. Zafarrancho de combate. Llamé la atención del camarero con un discreto gesto que supo apreciar.
    -Todos parecen deliciosos, pero tomaré el soufflé de chocolate con sorbete de mandarina, por favor. Y una copa de Oporto.- añadí.
    No tardó en regresar con una copa y una botella de Oporto que me mostró para pedir mi aprobación. Asentí.
    -El postre tardará unos quince minutos- me informó.
    -Vaya…- respondí, contrariado, suspendiendo la palabra y observándolo en espera de una aclaración, gesto que el excelente camarero captó:
    -Algunos de los postres se preparan al momento, por encargo, por ello tardan un poquito.
    -Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Seguro que la espera merece la pena- sonreí adoptando un tono conciliador. -Entonces, mientras tanto… ¿la mousse de chocolate se sirve al momento?- pregunté.
    -Al momento, está recién hecha y me permito recomendársela.
    -Magnífico, pues tráigame una, por favor.
  -¿Desea entonces que anule el soufflé de chocolate con sorbete de mandarina…?- preguntó.
    -¡De ninguna manera!- exclamé -Por nada del mundo me lo perdería; pero con la mousse iré abriendo boca.

    La mousse resultó, tal y como me había dicho el camarero, deliciosa. Y el posterior soufflé, sublime.

    Poco a poco la sala se iba vaciando, y un desfile de ropa de marca -no siempre elegantemente combinada- iba pasando ante mí. Yo observaba de soslayo. Antiguamente, al menos hasta donde yo sé, la clase y el dinero solían ir amadrinados a los modales, y todo ello a la educación. Y los ricos advenedizos procuraban disimular su falta de educación del mejor modo que podían. Los nuevos ricos de hoy en día no son, en general, más que monas vestidas de seda, y sus atuendos y despliegues de accesorios, a menudo de mal gusto, no son capaces de disimular esa falta de educación, de civismo y de ‘saber estar’ de la que tanto adolecemos en España. Incluso muy a menudo se jactan de ello con orgullo. 

    Es la falta de urbanidad una enfermedad, una pandemia que se incuba a edad temprana en los hogares. Y sí, culpo de ella a los padres. Por lo visto Pitágoras defendía el postulado de que “si se educara a los niños, no haría falta castigar a los mayores” y no puedo por menos que estar en completo acuerdo con él. Flaco favor hacen los padres a sus hijos obviándoles una necesaria educación que les permitirá conocer y observar las pautas de comportamiento que rigen a nuestra sociedad, facilitando la convivencia y haciéndola más cómoda. Más tarde, como observaba la señora Solé, cuando estos jóvenes acceden a puestos de responsabilidad se encuentran totalmente desorientados e inseguros al desconocer, entre muchas otras, cosas tan elementales como la correcta colocación y uso de los cubiertos, cómo presentarse a una entrevista, cómo vestir para ciertas ocasiones o cómo comportarse en otras. Por no mencionar lo molesto que resulta tener que aguantarlos cuando te tocan cerca.

    Finiquité el último postre, sintiéndome francamente satisfecho a pesar del esperpento que me había rodeado. Respiré muy hondo, exhalé el aire esbozando una media sonrisa y murmuré -¡Cómo mola la buena vida y el buen comer!-, creyéndome solo en la estancia.

    -Ejem…- el silencioso camarero carrapeó a mi espalda con tacto, a algo menos de lo que podría considerarse ‘distancia de seguridad’, antes de aproximarse a la mesa para ofrecerme café.

    Me sentí muy abochornado y avergonzado, deseaba que la tierra me tragara; esperaba y pedía a Dios que por favor no me hubiera oído, pero no las tenía todas conmigo. Pedí un carajillo de Bailey’s y un bombón de chocolate. Y la cuenta. Entonces comprobé, una vez más, el precio de ‘la buena vida y el buen comer’. Pero bueno, a lo hecho, pecho. El dinero se olvida con el tiempo, pero los banquetes se recuerdan con deleite a través de los tiempos. En cualquier caso, dudo que aceptaran devoluciones.  Introduje mi tarjeta de débito en la elegante carpeta de piel, con la cuenta de tres cifras y diez euros de propina para el excelente servicio, tan en contraste con la clientela.

    Cuando se acercó por última vez a mi mesa, para extenderme un elegante bolígrafo con el que firmar el comprobante de pago, ya me había vuelto a amarrar el cinturón con disimulo -podría haber sido muy cómico y ridículo haberlo olvidado antes de levantarme-. Aproveché para pedirle que transmitiera mi felicitación al chef, y me levanté con muchísima dificultad. ‘Dios mío, debo estar haciéndome viejo’ pensé.

    -¿Van ustedes a cerrar ahora las verjas del aparcadero?- pregunté.
    -Solemos cerrarlas por la tarde, pero como hoy es un poco tarde supongo que ya quedarán abiertas hasta las cenas- respondió. Pasaban de las cinco, y sentí un atisbo de culpabilidad por haberme demorado tanto.
    -Estupendo, creo que necesito tres horas de siesta antes de continuar la travesía- sonreí, sentía la cara muy enrojecida por efecto de la comida y el vino.
   -No hay ningún problema, señor, tómese el tiempo que guste.

    Y me lo tomé. Aunque fue apenas media hora de reparadora siesta. Ya sólo quedaba mi pequeño cochecito en el aparcadero, antes rodeado de jaguares, audis, mercedes, algún porsche cayenne y un número indeterminado de esos modernos todoterrenos de lujo. No era de esperar un atisbo de discreción de las monas vestidas de seda en lo que respecta a sus carruajes.

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