Entrevistas estúpidas y la Línea 9

Valencia, a 14 de febrero del 2016. Domingo.

    Mi humor no era el mejor ayer por la mañana. Raras veces mi buen humor resiste el paso por un aeropuerto y un avión, y a aquellas alturas de día llevaba ya unos cuántos.

    La tarde anterior había desembarcado, dejando en Cerdeña el barco que mandé durante un mes; y de madrugada, a la saludable hora de la cuatro de la mañana, había comenzado el viaje de regreso a ese lugar que tengo por hogar en la Ciutat Vella de Valencia. El regreso era agridulce; entre otras cosas porque dejaba atrás unas islas de las que me enamoré y donde la gente es toda maravillosa, cálida, cercana, amistosa, hospitalaria, amable, solícita, atenta…  No fue fácil dejar atrás a los sardos y sus islas.

    Pero hubo que emprender el viaje de retorno y durante varios aviones y aeropuertos sufrí, como es habitual, la mala educación, el incivismo y la desconsideración de la mayor parte de los viajeros, que antes merecerían un redil que un asiento en un aeroplano; y en el redil estarían -estaríamos- muchísimo más cómodos que enlatados en uno de esos aparatos voladores. Con el servicio del personal de la aerolíneas no hubo, esta vez, demasiada queja. Pero tuve mis más y mis menos -para no perder la costumbre, ya tradicional- con esos orangutanes y orangutanas venidos a más desde que les han dado uniforme y chapa, y les han permitido mangonear en los supuestos controles de seguridad. Zafios, groseros, desdeñosos. Un compendio de malas maneras. Como si la firmeza de la autoridad no pudiera ser compatible con la amabilidad, la cortesía y la educación.

    De modo que venía ya calentito cuando aterricé en el aeropuerto del Prat. Avanzaba arrastrando mi petate hacia la puerta de salida, que se abrió ante mí… y me quedé aterrado al ver a una masa de chicas que empezaron a gritar y a emitir unos sonidos guturales agudísimos que me pusieron los pelos de punta y a punto estuvieron de reventarme los tímpanos, mientras los flashes de las cámaras me cegaban. Una auténtica masa femenina enfervorizada, frenesí colectivo, aderezado con flashes de fotografías y cientos de móviles enfocándome. Pero duró poco, apenas unos instantes. Evidentemente, no era a mí a quién esperaban. Al momento de histeria colectiva siguió una decepción no menos colectiva. Y reanudé mi camino, sobreponiéndome al susto, mirando a uno y otro lado con recelo y desconfianza. Y preguntándome quién diablos sería la persona esperada por ese montón de histéricas. Qué proeza singular,qué heroicidad, qué bien para la Humanidad habrá hecho en su vida para ser merecedora de tal aclamación, qué habrá hecho para justificar toda esa admiración, ese frenesí, ese estado de exaltación (y también tenía curiosidad por saber quién se parecía tanto a mí tras un mes de mar, y pelos y barbas de mucho más). Me temí que, probablemente, su único mérito sería darle patadas a una pelota con cierta habilidad, o aullar con relativo sentido artístico con un micrófono ante las cámaras.

    Y en esos pensamientos andaba, recuperándome del sobresalto, cuando me abordaron por estribor dos personas y me dispararon a bocajarro:

    -Hola buenas, vienes de viaje, ¿verdad?- me dijo una chica que llevaba un micrófono en la mano. -Sí, esta claro que sí- añadió sonriendo y abarcando a mi maleta con un gesto que pretendía invitar a la complicidad.

    Miré a su compañero, que llevaba al hombro una cámara de televisión que aún no filmaba.

    -¿Hablas español?- continuó la reportera casi sin parar a respirar. Yo aún no había tenido ocasión ni de abrir la boca.

    -Depende de la situación, y de si me conviene- respondí muy lentamente, mirándola con recelo. Se rió con desparpajo.

    -Vale, ya veo que sí. ¿Vienes mucho a Barcelona?- siguió. -¿Vives aquí? ¿Sigues viaje a otra parte? ¿Cómo v…

    -¿Y usted quién es y por qué me está haciendo estas preguntas?- la interrumpí con cierta brusquedad, admito, y creciente disgusto. Se quedó callada un momento, con la boca abierta en un mudo articular de una palabra inacabada. Antes de que acertara a responder, continué:

    -¿Y por qué me tutea? ¿Acaso hemos dormido juntos?

    Por fin se repuso. Ya no sonreía. Señaló a su micrófono -donde hacía rato yo había ya visto las siglas TV3.cat- y me dijo que eran de la televisión catalana,  que esa mañana acaba de ser inaugurada la línea de metro hasta el aeropuerto, y les habían encargado entrevistar a pasajeros para ver si sabían de su existencia, si la utilizarían, si la veían práctica y útil, y su opinión al respecto del asunto.

    -Gracias, señorita… -seguía sin saber su nombre, y ella no rellenó mis puntos suspensivos (de modo que yo tampoco me presenté). Suspiré-. Pues no sabía que ya llegaba hasta aquí el metro, pero es una noticia estupenda y puesto que me conviene, lo estrenaré para continuar mi viaje- miré de reojo y con desconfianza al cámara, por si le daba por empezar a grabar-. Y tendré mucho gusto en dedicarles unos minutos, si ello les es de utilidad y les facilita su trabajo, para responder a las preguntas que tengan; pero ni se le ocurra grabar nada-añadí, perforando con la mirada al cámara-.

    Pero no hubo más preguntas. Dijo que sin cámara no les servía de nada, y se fueron a buscar a algún otro viajero de ésos que se entusiasman por salir en la tele diciendo cualquier estupidez que no le importa a nadie lo más mínimo. Ya me dirán, a quién le puede importar la opinión acerca del metro del primer idiota que pasa por un aeropuerto.

    Seguí caminando, arrastrando mi petate, en busca de la boca de ese nuevo y prometedor metro, meditando acerca de cómo se sigue perdiendo la educación, el civismo, las maneras. Lo abordan a uno a bocajarro tuteándolo, con un “hola buenas” y pasan a acribillarlo a preguntas sin haberse siquiera presentado. Qué menos que un “Buenos días, me llamo Mireia Sadurní -aquí mi compañero Marc- y trabajamos para TV3; ¿tiene inconveniente en que le hagamos unas breves preguntas…?” etc. Por ejemplo. Qué menos que presentarte al dirigirte a un desconocido. Y más cuando estás representando a una compañía u organización, y la imagen de tu compañía se verá proyectada en tu conducta.

    Meditaba también en el asunto que había llevado allí a un equipo móvil de la tele catalana y concluí que, en realidad, si esos pobres intentos de reporteros estaban allí buscando ese tipo de entrevistas, sin duda debe de ser que ese tipo de entrevistas son las que interesan, las que venden. O, yendo a un plano algo más perverso, las cortinas de humo que sirven para desviar la atención de otras noticias más serias e importantes. La trama de los Pujol, el Caso Nóos, el drama humano en el Egeo.

    Recordé -con mucha vergüenza ajena- todos esos pequeños cortes que se ven con frecuencia en el Telediario, donde sacan a un paisano cualquiera dando sin complejos su opinión acerca de las lluvias de la semana en su aldea, o de la de gente que hay en las playas de su pueblo, o de que su vecino parecía tan buena persona, ay, y le calzó cuarenta mojadas al del tercero porque decía que ponía al Fary a todo volumen. No sé si me entienden. O si me explico. Que, quitando el hecho de que la noticia pueda tener mayor o menor interés -personalmente no le veo mucho ni a las lluvias torrenciales de un pueblo, ni al número de guiris borrachos que se achicharran al sol de Levante; ni siquiera, y discúlpenme, al asesinato (ya no entro en si razonable o no) aislado del fulano del tercero, cuando cada día mueren personas a montones como consecuencia del drama de Siria, por ejemplo-; decía que obviando el posible interés de la noticia en sí, lo que me parece ridículo es que se le dé relevancia a la opinión del primer bobo que pasa por allí y que se muestra encantado de salir seis segundo en la tele diciendo la primera bobada que se le pasa por la cabeza y quedándose tan ancho. A mí, al menos, la opinión que me interesa es la de alguien que entiende del asunto -suponiendo que el asunto me interese-. De un meteorólogo reputado en el caso de las lluvias, si se trata de mi pueblo; o la de un experto que me informe de la previsión de avalanchas de guiris borrachos y vándalos, para procurar evitar los lugares donde se concentren; o la de un sociólogo que me dé pistas para detectar en mis vecinos conductas que puedan significar que estoy a punto de ser degollado en el ascensor.

    Pero bueno, como esto es un blog personal y lo lee sólo quien le da la gana, gente que entra en esta página a propósito -una página que no está mantenida con dinero público, como esas televisiones- me voy a permitir -aquí sí- dar mi opinión personal sobre la nueva línea de metro al aeropuerto de Barcelona:

    Ojito. Mucho ojito. Es una maravilla que llegue el metro al aeropuerto (a pesar de su precio, más caro que la Picadilly Line de Londres hasta Heathrow). Pero se trata de esos trenes eléctricos modernos no tripulados. No sé si son automáticos o los maneja a distancia un malévolo Homer Simpson cualquiera como si jugara al Scalextric mientras zampa donuts, o panellets, o lo que zampen en Cataluña; pero lo cierto es que el sistema de frenado y acelerado lo tienen que afinar un poquito.

    En el trayecto entre el aeropuerto y Collblanc, en tres ocasiones algunos pasajeros acabaron literalmente en el suelo, mientras los demás nos agarrábamos con uñas y dientes a cualquier cosa que pareciera segura y disfrutábamos de la travesía.

    Allí querría haber visto yo a los reporteros de TV3.

    Nota final:

    En realidad no era todo esto lo que quería contar, pero me he calentado y me he extendido tanto en el prolegómeno que me he quedado sin espacio.

    Traigo conmigo una historia que quiero contar. Bueno, traigo unas cuántas, pero hay una en concreto que deseo contar. Debe ser contada. Y quiero hacerlo mientras aún la tengo muy fresca. Una historia conmovedora, desgarradora, triste… y también hermosa.

    Es la historia de El hombre de la estación. Y así se titulará la próxima entrada del blog.

 

4 comentarios en “Entrevistas estúpidas y la Línea 9

  1. Acabo de descubrir admirado este cuaderno de bitacora despues de pasar por Zenda Libros. Que bien entiendo las impresiones tras los vuelos y el transito en los distintos aeropuertos, y que curioso (y significativo) que se produzcan despues de haber estado embarcado durante un mes, que cabria suponer algo bastante mas duro que un viaje en avion…
    Me gusto mucho el texto sobre el Gran Sol. Por cierto, hay una novela muy buena de Ignaco Aldecoa con ese mismo titulo.
    Sigo leyendo.
    Un saludo.
    Antonio.

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    1. Muchas gracias por su comentario, Antonio.
      Aún me quedan cerca de ciento cincuenta entradas del blog original que migrar a éste, pero poco a poco lo iré completando.
      Me han mencionado también la novela de Aldecoa otros lectores a través de la página de Facebook de El Navegante, es un libro que hace años tengo en mi lista de buscados, pero se me resiste.
      ¡Un saludo!

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  2. Me resultas una persona fascinante, no solo por tus puntos de vista, sino por cómo te expresas. Es increíble la forma tan inmejorable en la que describes. Escoges las palabras más educadas pero no por ello pierden su énfasis. Es ciertamente notable que no te dejas guiar por esta sociedad vacía, llena de grupos de gente cabezas huecas (grupos en los que, después de leer estos relatos, me doy cuenta que yo también formo parte) y despiertas preguntas en mi acerca del mundo que me rodea.

    Espero impaciente tu próxima reflexión.

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    1. Le agradezco mucho su comentario. Sí, al igual que Conrad (uno de mis favoritos) o Flaubert, siempre procuro encontrar ‘le mot juste’, pues sólo así puede uno acercarse a transmitir lo que desea; aunque no estoy seguro de conseguirlo.
      ¡Un abrazo!

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