Ferrocarriles, turistas y viajeros

Viajando en el ferrocarril, de Valencia a Santiago de Compostela.
A 5 de mayo del 2013. Domingo.

    De nuevo de viaje. A pesar de lo mucho que añoro estar en el hogar cuando vago por este mundo, ya sea recorriendo su tierra o navegando sus mares, admito que me encanta viajar. No sólo el ver los lugares de destino -a veces ni siquiera tengo un destino prefijado cuando emprendo el viaje-, sino el hecho en sí de viajar, del desplazamiento; la acción literal de viajar. Como en una ocasión le oí a Steve Jobs, «el viaje es la recompensa». El viajar está en recorrer el camino y disfrutar de lo que este recorrido te ofrece. Paisajes, sensaciones, el trato con otros viajeros, el tiempo invertido en recorrer distancias y como éste transcurre, los cambios apreciables durante el recorrido -clima, paisaje, personas, costumbres, olores, arquitectura, gastronomía-. 

Pero en un tiempo en el que es posible dar la vuelta al mundo en unas horas a velocidades supersónicas, en un tiempo en el que los viajes se han convertido en una mera forma de desplazamiento con objetivo de sacar unas fotos y poder decir «estuve allí», en un tiempo en el que la información ha acabado con el exotismo y en el que lo que de él subsiste se nos sirve en conserva y a domicilio, mucho me temo que poco queda del viaje y el viajero clásico y tradicional, de toda la vida.

Esta reflexión me trae a la memoria una cita que leí hace años a Melville en su ensayo Viajar: «El viaje es, para un espíritu noble, como un renacimiento. Tiende a enseñarnos una profunda humildad, abarcando nuestro altruismo para abarcar la humanidad al completo». Y sigue: «Descubrir horizontes, explorar nuevas ideas, romper con viejos prejuicios, abrir el corazón y el espíritu: tales son los verdaderos frutos de un viaje correctamente realizado». Tales frutos, tan enriquecedores como placenteros, sólo pueden recogerse a través del aprovechamiento del viaje en sí, como tal.

Es en parte por eso que me encanta viajar en tren y detesto los aeroplanos. Creo que sólo un vehículo particular -moto, coche, yate- supera al viejo y entrañable ferrocarril como medio de transporte. En todo caso, cualquier cosa preferible a uno de esos infames ingenios volantes en los que uno es tratado como un presunto delincuente antes de embarcar, viaja incomodísimamente enlatado sin apenas poder respirar -no digamos ya estirar las piernas (utopía), quitarte la chaqueta (requiere nivel tres de contorsionismo) o teclear en un portátil (a menos que no tengas escrúpulo a meterle el codo en las costillas al vecino)-, y donde ya ni siquiera las azafatas y azafatos sonríen ni son atentos, excepto -a veces- en las aerolíneas de primera. Por no mencionar la interesante perspectiva de que como falle algo y se caiga el aparato, mueres fijo.

Pero el escenario de hoy es mucho más tranquilo, cómodo y placentero. Escribo estas líneas con el monótono traqueteo del ferrocarril de fondo, viendo desfilar paisajes de la ancha Castilla al otro lado de la ventana; paisajes que han ido cambiando a medida que avanzamos. Dejé atrás las costas levantinas, y cruzo la Península destino a las Rías Altas de la vieja y entrañable Galicia. Mi terriña. Vi alzarse el Sol esta mañana a orillas del Mediterráneo y, tras haber viajado todo el día bajo él, veré ponerse ese mismo Sol esta noche más allá del océano, allá en la costa atlántica que me vio nacer.

Desperté temprano, como me gusta, como acostumbro. Antes del alba. Preparé el desayuno, puse la mesa en la terraza de mi dúplex y me senté a disfrutar de él y del amanecer. La obscuridad de la noche fue cediendo paulatinamente a la tenue claridad del crepúsculo, tiñendo por levante la esfera celeste de tímido añil primero, luego índigo, cobalto y azul ultramar, que dio paso al característico celeste que precede a la salida del Sol. Las negras siluetas de los edificios de la ciudad se recortaban contra los azules intensos del amanecer. Abajo, en la calle, pasaron de largo las voces de juerguistas de retirada, alternando susurros audibles y roncos con risotadas escandalosas. Por lo demás las calles estaban desiertas de tráfico y transeúntes. Poco después los primeros tibios rayos de sol del amanecer iluminaron el Miguelete -la poderosa torre de la catedral- antes de que el astro fuera visible, mientras yo disfrutaba el momento dando espaciados sorbos a mi zumo de naranjas valencianas y limones recién exprimidos. El resto del desayuno se componía de un chocolate espeso y fresco, varias rodajas de pastel de chocolate, tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, galletas de chocolate, nueces, un melocotón, una zanahoria -el famoso Mercado Central de Valencia, a dos minutos de casa, es un inmejorable proveedor de frutas y verduras estupendas, entre otras cosas- y una cafetera aderezada con Amarula.

Comencé el viaje a media mañana en AVE, un tren que más que correr, vuela. Demasiado rápido, para mi gusto viajero y para mi natural y humana tranquilidad. Sin duda estos trenes son un logro tecnológico que hace más cómodos y rápidos los viajes, y son vendidos como lo más seguro habido y por haber. Del mismo modo, reflexiono, que la White Star Line preconizaba la rapidez y seguridad de su Titanic. Insumergible, era la palabra que empleaban. Y allá iban felices, cantando alegres a popa, surcando un océano sembrado de icebergs. Hasta que se la pegaron. Qué poco hemos aprendido de la Historia, caramba, qué poco.

Pero dejemos atrás tan funestos pensamientos y disfrutemos del viaje, que bien merece la pena. Como decía antes, me encanta viajar en tren. Estos trenes modernos, además de rápidos, son bastante cómodos y, al contrario que los aeroplanos, que se empeñan en reducir el espacio enlatando al personal como sardinas, los trenes son razonablemente amplios y espaciosos. Lo cual es de agradecer cuando tienes por la proa más del mil quilómetros de vías de acero. Sin embargo tuve la mala fortuna de que me tocara justo en el centro del vagón, donde las butacas están enfrentadas en lugar de mirar en la misma dirección, con una mesa de por medio. Justo delante de mí tenía una pasajera y ello me impidió estirar mis largas y sufridas piernas, maltrechas y doloridas tras sucesivos accidentes y roturas. Además el tren va lleno y, tratándose de mis paisanos -léase españoles-, implica sufrir la falta de civismo y la mala educación a mi alrededor. Pero he sido injusto en este punto; la mala educación y falta de civismo trasciende fronteras y naciones, como compruebo una y otra vez en mis viajes, y mis paisanos no son peores en este aspecto que casi cualquier otra nacionalidad.

Ni la pasajera que tenía enfrente, que no tardó en escudarse tras una revista –Vanity Fair, rezaba la portada-, ni el chico que estaba a mi lado, que estaba absorto en su iPhone, fueron receptivos a un tímido intento de conversación; ni siquiera respondieron a mis ‘buenos días’, fingiendo no enterarse; de modo que no tardé en sacar mi libro de la mochila.

Los viajes en tren me inspiran a tres cosas: a leer, a escribir y a mirar por la ventanilla; los tres pasatiempos los practico con deleite y calma, como se disfrutan las cosas buenas. Me gusta ver pasar el mundo tras el cristal y admirar los paisajes. El tren, a pesar de lo mucho que se ha modernizado, sigue siendo un medio de transporte romántico. Espero algún día poder atravesar Europa y Asia en tren.

En este viaje me acompaña un clásico: el Victoria del gran Conrad. Lo leo con tanto placer como es habitual en este maestro de la literatura y de la vida, con el monótono traqueteo de las vías de fondo y los paisajes castellanos deslizándose más allá de la ventanilla, donde la tierra rojiza leonesa salpicada de verde preludia la entrada en Galicia.

Acabo de regresar a mi asiento después de cenar en el vagón restaurante. Me gustan esos vagones. Hay algo de especial, romántico, algo de indefinible encanto en ellos. Cené mecido por el vaivén del ferrocarril, algo más apresurado e incómodo que el de los barcos, con el traqueteo de las vías, el paisaje agreste de los montes leoneses allende los cristales. No trabé conversación con nadie, aunque estas ocasiones suelen ser propicias a ello. O solían, quizás en estos tiempos los viajeros sean también demasiado apresurados e impersonales como para conversar con otros compañeros de viaje. El Siglo XXI no deja a casi nadie indiferente en este Occidente en decadencia. También en los trenes, medito, las personas se han vuelto más recelosas, apresuradas, frías. Se vive más deprisa y más pendientes de cualquier pantallita –smartphone, tablet, portátil- que del mundo real que nos rodea y que nos afecta. Esta deshumanización me resulta triste. Creo que el mundo ya nunca volverá a ser lo que era; para mal en algunas cosas, para bien en otras.

Acomodado de nuevo en mi asiento, tras unos minutos de observar el paisaje, me sumerjo en la lectura; y al poco vengo a dar con esta cita del gran Conrad: «Un viajero llega y se va, continúa hacia algún lado.» La leo un par de veces, cierro el libro manteniendo el lápiz entre sus páginas, y se desencadena todo el proceso de reflexión acerca de viajes y viajeros con el que abría esta nota. Y es que ya casi nadie viaja, cavilo. La gente va a sitios y el objetivo es ése: estar en un sitio. O más bien, concluyo, poder decir que han estado allí, aunque hayan pasado por él sin apreciarlo. Lo cual me recuerda a otra cita de Conrad, esta vez de mi libro favorito de su obra –Lord Jim– refiriéndose a los pasajeros de un vapor de pasaje, con mucho de turistas y poco de viajeros, como en los cruceros modernos:

«Pero todos pensaban, conversaban, decían chistes o ponían mala cara del mismo modo que sentían la necesidad de hacerlo en su casa, y con la inteligencia tan poco receptiva para las nuevas impresiones, que pudieran compararse a los baúles que tenían arriba en sus camarotes. Como consecuencia, irían rotulados con el nombre de tal o cual sitio por donde hubieran pasado, lo mismo que su equipaje.»

O etiquetados en Facebook. Demasiadas veces he visto a turistas -que no viajeros- llegar apresuradamente a algún lugar notable que bien merecía la pena ser visitado con detenimiento, con la sola intención de hacerse la foto de rigor, y antes de alejarse con idéntica premura sin preocuparse demasiado del lugar en cuestión, dedicar unos minutos a toquetear el móvil, colgando la foto y etiquetándose, supongo. Rotulando su nombre en el equipaje.

La última de ellas no hace mucho, en el barrio de Valencia en el que resido. Estaba yo esperando a alguien -¡la cantidad de veces que me toca esperar por la gente!- cuando un grupo de turistas desembocó en la Plaza de la Reina y me pidieron que les sacara una foto frente a la catedral. Luego consultaron Google Maps en el iPad para ver cómo llegar a La Lonja de la Seda, sin preocuparse por entrar en la catedral, por ver, tocar, sentir sus piedras viejas. Ni tan siquiera por volverse hacia ella y dedicarle un vistazo curioso. Ni por ver el brazo incorrupto de San Vicente Mártir -lo de incorrupto es un decir, a mí más me parece una mojama-, que sigue sin pudrirse tras no sé cuántos siglos. Ni por ver el Santo Cáliz (sí, sí, el de la Última Cena, está en Valencia). Ni por encontrar las cadenas que cerraban el puerto de Marsella -lo decían inexpugnable, los franceses-, que fueron rotas por la nave capitana del ataque y traídas como trofeo cuando la Corona de Aragón le dio las del pulpo a la Casa de Anjou, su rival entonces, y saquearon aquello sin muchos miramientos (yo conocí su historia y supe que estaban allá gracias al magistral Mare Nostrum de Blasco Ibáñez -los libros y las lecturas previas permiten moverse por el mundo con otra mirada-). Ni por subir al Miguelete donde, por cierto, podrían tomar una buena foto panorámica. Nada de todo eso parecía tener importancia. Ni la historia, ni el bagaje cultural, ni el apreciar la arquitectura, formas, colores, particularidades del lugar en cuestión. La foto era el objetivo.

Cuando tras tomarles la fotografía les devolví el iPad, sin pararse un momento a mirar lo que tenían en vivo a su alrededor, se congregaron en torno a la pantalla para ver el resultado -«¡Hey, etiquétame a mí también!» pedía un chico, lo juro- y para probablemente subir la foto a Internet para presumir de viajeros. Otro apremiaba «Vamos, rápido, o no nos dará tiempo a ver La Lonja de la Seda»; léase, supongo, a hacerse la siguiente foto. A rotular otro nombre en el equipaje.

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