El viejo remolcador del río de tardes serenas

A bordo del V…, atracados en el río.

A 12 de febrero del 2013. Martes.

    Alcé la vista del libro que estaba leyendo (el Shiphandling With Tugs del capitán Slesinger) al concluir el capítulo y contemplé los colores templados del atardecer sobre el río. Entrecerré los ojos y elevé el rostro a un sol invernal bajo que no calentaba demasiado, como queriendo acumular algo de temperatura para la noche. Las noches de invierno en este río son frías. Y muy húmedas. 

Versión 2
La quietud en el río era absoluta. Estiré mis miembros perezosamente y disfruté de la serenidad del momento. No corría ni una brisa y la superficie del río parecía un espejo. El único sonido era el de la multitud de diversas aves que jaleaban entre las cañas, arbustos y árboles de las riberas. Se preparaban para acostarse en sus nidos. También relinchos de caballos que provenían del otro lado del río. El remolcador permanecía por lo demás en silencio sepulcral. Sólo de tanto en tanto crepitaba el aparato de VHF desde el puente y salían al aire los prácticos de puerto o algún buque que subía o bajaba el río. No teníamos ninguna maniobra prevista para esa tarde, mis compañeros habían salido a tierra y yo me había quedado de guardia a bordo.

Llevo ya un mes en esta base de remolcadores y me quedan dos más por la proa. Es una base tranquila. La mitad del tiempo estoy en un remolcador -éste desde el que escribo- que permanece de guardia afuera del puerto, un poco más allá de la esclusa de entrada al mismo, atracado a un pantalán en la ribera del río. Se llega por un sendero de tierra y no hay nada más en los alrededores. Ni edificios, ni carreteras, ni más signo de civilización que la moderna esclusa, a media milla río arriba. Es un lugar muy tranquilo.

Las tardes que no hay maniobras, que son las más, me gusta sacar una silla a la cubierta del remolcador y sentarme a leer, templado bajo los tibios rayos del sol invernal, en este ambiente sereno y natural. Cuando el sol desciende tras la margen opuesta del río y la falta de luz me impide leer, entonces cierro el libro, me recuesto en la silla y contemplo el crepúsculo, disfrutando con la paleta de colores intensos que van evolucionando, del amarillo al melocotón, al rosa, al añil; hasta que la obscuridad lo envuelve todo. Entonces aún observó un rato las tenues estrellas y trazo enfilaciones, añorando las noches del navegante en alta mar. No se ven muchas, el resplandor de la gran urbe situada unas millas río arriba impide ver el cielo completo.

Luego comienza a caer el relente -con frecuencia la humedad alcanza el 100% durante la noche- y refresca muy rápidamente; entonces me retiro al interior del remolcador y comienzo a cocinarme la cena. El calor de la cocina es reconfortante.

Pero aquella tarde estaba aún sentado en cubierta, a popa, templándome con los últimos tibios rayos del Sol que apresuraba su descenso por Poniente, cuando vi asomar tras el último meandro un pequeño carguero que subía remontando el río. Agucé la vista y observé su silueta a medida que iba surgiendo tras el recodo su casco pintado de rojo. El corazón me dio un vuelco.

Me levanté de la silla y caminé lentamente hasta la borda. El carguero remontaba el último trecho del río, deslizándose en la quietud de sus aguas, acompañado por el monótono y sordo ronroneo de sus máquinas; de tanto en tanto resonaba el estrépito de la hélice de proa, corrigiendo el rumbo para embocar la esclusa.

Observé en silencio, con las manos apoyadas sobe el frío acero de la regala, la conocida e inconfundible silueta del buque que estaba ya casi a mi altura. Resultaba innecesario leer el nombre pintado en blanco en su amura para reconocer la silueta del Mistral.

Subí al puente del remolcador y llamé al Mistral. Saludé a mi antiguo capitán, don C…, a través de la emisora de radio VHF y charlamos un rato; no lo entretuve mucho, sabedor de que estaba a punto de comenzar la maniobra de entrada a la esclusa. Al despedirnos me pidió que pasara de visita antes de que zarparan.

Luego salí al alerón y saludé a voz en cuello al contramaestre T…, que preparaba la maniobra en el castillo de proa. Con él estuve embarcado no sólo en el Mistral, sino también en el Lola B años atrás. Un excelente marino y compañero.

A popa, en toldilla, más antiguos compañeros. El jefe de máquinas me saludó con el brazo y tres cubiertas más arriba el capitán aún se apresuró a salir del puente al alerón antes de empezar la maniobra para saludarme agitando el brazo y hacerme signos de que pasara de visita.

Observé la tan bien conocida silueta del Mistral deslizarse aguas arriba en la creciente penumbra crepuscular, embocando la esclusa de acceso al puerto. Allí debería estar yo embarcado aún, de no haber elegido los remolcadores.

El carguero siguió su curso y se adentró en la esclusa de entrada al puerto, llevándose a mis antiguos compañeros de tripulación y dejándome en la estela una carga de recuerdos demasiado frescos, nostalgia y una incómoda incertidumbre que me hacía -hace- preguntarme qué demonios hago yo aquí, sentado en un viejo remolcador en este río de aguas turbias, donde el tiempo parece indefinidamente suspendido.

El Mistral se adentró en la esclusa, cuya compuerta se cerró tras él a su paso, y la noche cayó sobre el río.

*   *   *

A bordo del V…, atracados en el río.

A 19 de febrero del 2013. Martes.

     Aquella tarde el Mistral pasó de largo y se perdió tras la esclusa. Y mi vida siguió con la monotonía propia de este remolcador. Al ocioso domingo siguió un lunes; la mañana la pasé trabajando en cubierta y por la tarde hubo movimiento de barcos y maniobras, de modo que no pude visitar al Mistral.

No fue hasta la tarde del martes que pude rendir visita a mis antiguos compañeros y barco. El patrón mayor tuvo la amabilidad de acercarme en su vehículo desde el abandonado pantalán de allende la esclusa hasta el muelle donde estaba atracado el Mistral, río arriba, en el puerto de la ciudad.

Ascendí por la pasarela. En seguida vi al contramaestre T…,  metido en sus faenas de cubierta. Estaba trabajando en el pescante de popa con otro hombre. Me lo presentó como al primer oficial y en seguida reconocí su cara a pesar de haberlo visto sólo un rato una vez en mi vida y hacía ya mucho tiempo. Fue en África, en el puerto de Casablanca, cuando yo navegaba en el Cabo Cee. Ese hombre, colombiano, había venido a bordo a visitar a nuestro 2º oficial, y de paso también a pedir prestado un spray para probar detectores de humos e incendios para pasar una inspección de la autoridad del puerto de Casablanca. A veces me maravilla la capacidad que tengo para recordar caras. Sin embargo con los nombres soy malísimo. De hecho ya he vuelto a olvidar su nombre.

Los dejé continuar con sus tareas y subí a rendir visita al capitán. Me recibió con extrema cordialidad y me invitó a pasar al despacho de su camarote y a sentarme. Me ofreció una cerveza y allí estuvimos de charla, contándonos, preguntándonos, recordando historias de cuando navegamos juntos. En cierto momento de la tarde no pude evitar exteriorizar un ‘cómo echo esto de menos’, o algo así, con un hondo suspiro. Y hablamos de eso; y es que sí que lo echo de menos. Mucho. Creo que lo vio claro reflejado en mi expresión y mi tono.

Estuvimos un par de horas de charla, lo que duró la visita. Hasta que me sonó el teléfono: El patrón mayor regresaba al remolcador de la esclusa y estaba ya en el muelle esperando para recogerme e irnos. Entonces el capitán cogió su teléfono y llamó a la naviera, pidiendo que le pasaran con el jefe de personal; pero no estaba en la oficina y no pudo hablar con él. Me quedé un poco parado por lo inesperado. Creo que estaba decidido a reclamarme de vuelta a bordo.

Salimos a cubierta, me acompañó hasta el portalón y allí me dijo que esperaba que volviera.

-¿Quiere Ud. que vuelva de visita mañana, capitán?

Me miró muy serio.

-No, que vuelvas aquí a trabajar. Que te vuelvas a embarcar con nosotros.

Me sentí conmovido. Nos estrechamos fuertemente la mano, mirándonos fijamente a los ojos durante unos instantes, preguntándonos en silencio cuándo el azar volvería a cruzar nuestros caminos. Luego descendí la plancha y me alejé del Mistral sumido en un mar de dudas.

Y regresé al viejo remolcador del río de tardes serenas, crepúsculos templados y noches frías, donde el tiempo parece eternamente suspendido, entre la esclusa de entrada al puerto y el último meandro del río.

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