La Antigua Casa Calabuig

Valencia, a 23 de noviembre del 2012. Viernes.

Llevo un mes en Valencia, ciudad que en estos últimos años he adoptado como puerto base, recuperándome de los daños de La caída. Mes y medio después de ella, cuando desembarqué, seguía teniendo molestias y acabé por ir a un hospital. Desde entonces tengo una pierna aparatosamente inmovilizada, de la ingle al tobillo, y un no menos aparatoso corsé que inmoviliza la columna vertebral, a pesar de que la vértebra fracturada ya está más o menos (mal) soldada.

Me desperté bastante tarde para lo que tengo por costumbre, pasaban largo de las ocho de la mañana. Caminé hasta una cercana librería, maravillándome una vez más de la cantidad de gente que va de compras, cargada con bolsas de tiendas de moda, o que están tomando algo en terrazas y cafés a pesar de la crisis y los millones de parados.

Una vez en la librería busqué a H…, mi librera de confianza. Nos alegramos mucho de reencontrarnos pero no pudimos charlar mucho porque la librería estaba concurridísima. Recogí el libro que había encargado días atrás y H… me regaló otro, como otras veces. Es muy amable, y conoce mis inclinaciones lectoras. 

Con mis dos libros en la mochila embarqué en uno de esos insufribles buses urbanos que me llevó al marítimo. Me apeé al final de la Avenida del Puerto y me dirigí a la Antigua Casa Calabuig, donde casi todo sigue igual. Me gusta que ciertas cosas o lugares sigan como siempre, como toda la vida, o con mínimas diferencias que no siempre son malvenidas.

La Antigua Casa Calabuig sobrevivió con valentía a obras, cambios y especulación. Sobrevivió a la Copa del América, a las obras del puerto y el marítimo, a la F1 y a la remodelación de la Avenida del Puerto. Y también va consiguiendo sobrevivir a esas detestables franquicias que invaden todas las ciudades de Occidente y de medio mundo, y a los chinos que se están adueñando de los bares tradicionales de la ciudad. El antiguo edificio se yergue, solitario y digno, al final de la avenida, frente al acceso al área portuaria. Un superviviente. 

Al entrar reconozco los rostros de algunos de los camareros, muchos de ellos son los de siempre, forman parte del local. Los saludo y me asombra que recuerden mi nombre y me pregunten qué tal me ha ido por esos mares de Dios. Hacía muchos meses que no pasaba por aquí.

Doy amarras a la barra y pido un café fuerte con Bailey’s. Me dispongo a escribir esta tarde y necesito algo de estímulo y algo de inspiración. Ambas cosas creo que las encontraré en el Calabuig.

Revuelvo el contenido de mi taza pensando en lo extraño de los hechos; en lo curioso que resulta que, habiendo vivido en Valencia tanto tiempo -aunque lo de «tanto tiempo» resulta, en el fondo, muy relativo-, haya venido tan poco a esta casa que tanto me gusta. Cierto es que vivo en el casco anituguo, lejos de ella, y que paso la mayor parte del tiempo embarcado.

Observo minuciosamente el interior del local y compruebo, complacido, que no ha habido cambios notables desde la última recalada; ni desde la primera vez que estuve aquí, hace ya más de diez años. El más clamoroso fue la ubicación de un puesto de administración de loterías en el interior del local. Recuerdo que la primera vez que lo vi, hace ya años, me disgustó. Era como haber colocado una caseta de loterías en el interior del local; o sin el casi. La caseta parece absolutamente fuera de lugar allí, desencaja, su presencia es estridente. Pero probablemente iré acostumbrándome a verla ahí con el tiempo. De hecho creo que ya estoy casi acostumbrado.
Por lo demás, todo sigue prácticamente igual. Los estantes en la barra, con sus botellas reflejadas en los espejos tras ellas. Anís del Mono, Veterano, Larios, y todo un elenco de etiquetas de bebidas clásicas. Los viejos techos,  enmarcados por las cenefas de yeso, con el ventilador de aspas que se mantiene en su lugar a pesar de que el local está ya climatizado. El viejo reloj –Casa Calabuig, rezan letras doradas sobre la esfera negra- rodeado de vides, entre los grandes aparadores que llegan al techo, con sus estantes llenos de botellas añejas tras las cristaleras.

Casa Calabuig solía ser punto de encuentro y esparcimiento de marinos, sobre todo tripulantes de los correos insulares, aunque también era lugar de recalada para marinos extranjeros. Mudo testigo de aquellos tiempos pasados es el cartel -otro superviviente- que aún sobresale de la fachada: Cambio, change, exchange, wechsel, valuta con el que Casa Calabuig anunciaba la posibilidad de cambio de divisas a los marinos. 

-De ésos vienen ya pocos- admite Amadeo, el camarero. -Los van echando cada vez más lejos, paran menos tiempo en puerto, y van quedando menos…

No parece haber mucha nostalgia en sus palabras. A cambio, reciben otro tipo de clientela. En una de las mesas junto al ventanal comen cuatro hombres con toda la pinta de ser del norte de Europa. Tres de ellos llevan cazadoras de regatistas, los rostros bronceados y el vello amarilleado por el sol y la salitre. Sin duda son tripulantes de algún yate atracado en la marina.

También están los de siempre, agentes marítimos, consignatarios, fletadores y demás fauna del negocio marítimo, buena parte del cual, en esta ciudad, se mueve en la cercana Avenida J. J. Domine, que arranca al otro lado de la Avenida del Puerto. Éstos, que viven de las aventuras y empresas marítimas pero hacen su negocio sin mojarse ni despeinarse, frente a una pantalla de ordenador y junto a un teléfono en un despacho climatizado, durmiendo en su casa cada noche y almorzando a veces en Casa Calabuig, estarán siempre presentes mientras sigan consignándose mercancías por mar. Muchos marinos mercantes echan pestes de este gremio, capitanes sobre todo, calificándolos de rémoras avariciosas que se lucran a costa del trabajo de los que navegan. Probablemente ellos pensarán lo contrario, que los marinos mercantes tienen empleo y beneficio gracias a ellos, que fletan buques y consignan mercancías. La realidad, como casi siempre, está en un punto intermedio; ambas especies conviven -convivimos- en una suerte de relación simbiótica.

Hay dos de ellos a mi lado, en la barra; toman unas cañas y unas tapas mientras deslizan sus dedos por la pantalla de un iPad, hablando acerca de horarios y fletes de contenedores. Ambos parecen recién salidos de un estilista y su aspecto es de lo menos marinero, aún formando parte de este mundo.

Me acerco al ventanal del fondo y miro a través de él hacia el lugar en el que solían verse atracados los buques de Iscomar, de Balearia, de la Trasmediterránea y los pesqueros de bajura. El viejo edificio de Aduanas también sobrevivió con dignidad y elegancia a los cambios, quizás incluso hasta favorecido por ellos; pero tras él se ve ahora un bosque de mástiles de aluminio y palos cargados de radares y antenas. Los megayates han tomado la dársena interior, desplazando a sus antiguos ocupantes a otras zonas. Al menos en esta ocasión el cambio es tolerable, no es uno de esos cambios atroces tan habituales en este país. Falta, para mi gusto, un paseo público alrededor de la dársena por el cual poder caminar libremente viendo los muelles y los barcos.

Los pesqueros no se ven ya desde aquí. Han sido desplazados por las  sucesivas obras de remodelación del puerto y los pocos que quedan, que van sobreviviendo a la caza de brujas que pretende acabar con la pesca en Valencia, están ahora ocultos por los tinglados de los equipos de la Copa del América.

Recuerdo -y me parece como si fueran ya tiempos muy lejanos- cuando me apoyaba en esta misma barra muy temprano, a las cinco de la madrugada, para trasegar una copa de Veterano con mi patrón de pesca antes de salir a faenar. Eran otros tiempos y eran otros hombres. Me pregunto si Casa Calabuig sigue abriendo tan temprano ahora que apenas hay pesqueros ni pescadores.

Pagué mi café y me despedí, cruzando la avenida y entrando en el puerto. Pasé junto al edificio de Aduanas y la antigua terminal de pasajeros, y paseé por los escasos doscientos metros de zona pública.

Hoy hay dos grandes cruceros atracados en la nueva terminal de pasajeros. Qué poco marineras son esas moles hoteleras flotantes. Qué insensatez representan, a mi manera de entender las cosas. Qué poco se aprendió desde el Titanic. Reconozco la contraseña pintada en la chimenea de uno de ellos, es de Costa. Parece que la naviera ha sobrevivido a las tres catástrofes de estos últimos años: la encallada del Costa Concordia, el rescate del crucero que quedó a la deriva en el Océano Pacífico y el susto -creo que no fue más- del que rompió los ventanales de sus salones durante un temporal, arribando en Barcelona.

La parte de la Terminal Polivalente de Contenedores que se ve desde aquí está vacía. Allá donde solían atracar los portacontenedores de Boluda, de Contenemar, de Naviera del Odiel o de tantas otras que son ya historia de nuestra marina mercante, no hay hoy ni buques extranjeros. Sólo montañas de contenedores de colores vivos.

Tampoco están ya los ferrys de Iscomar ni los rolones de Balearia. Voy caminando pausado, arrastrando la pata tiesa e inmovilizada, deteniéndome aquí y allá, observando algunos detalles a través de mi catalejo; luego me siento en un banco de piedra, miro las aguas de la dársena y los barcos y me pierdo en mis memorias y recuerdos.

Y de repente estallo en una carcajada cuando me doy cuenta de mi propia imagen, ¡parezco un viejo marino retirado, nostálgico y tullido!

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