Marsá el Brega

El Mistral carga sus bodegas en el puerto de Marsá el Brega al atardecer.

A bordo del Mistral, cruzando el Golfo de Sirte.
A 31 de octubre del 2012. Miércoles.

Corre la tarde, calurosa, de este último día de octubre. Largamos amarras de Misurata anoche y cruzamos el Golfo de Sirte en demanda de Marsá el Brega, pequeño puerto en lo más profundo del golfo libio. Recalaremos, si Dios quiere, cerca de la medianoche de hoy.

El puerto de Mişrātah estuvo bullicioso durante los últimos días, tras las cuatro jornadas festivas. Se habían acumulado muchos buques en el fondeadero. Cuando tras las festividades se reanudó la actividad en el puerto, se fueron despachando barcos y otros fueron entrando.

Acabó por llegar nuestro turno, una vez finalizada la descarga de nuestras bodegas. Nos hicimos a la Mar sobre las diez de la noche. Pasamos por el sur del fondeadero y allí quedaban anclados nada más y nada menos que diecinueve buques, entre los que estaban el Blue Miles, el Fort Azov y el Hilmi K, viejos conocidos que observé días atrás durante mis paseos por los muelles. Quizás estuvieran sin flete, a órdenes.

Como curiosa observación, prácticamente todos los buques que estuvimos atracados estos días en Misurata traíamos mercancías; madera, cemento, grano, acero, contenedores… todo Misurata era importación. Lo único que parecía exportarse era petróleo o derivados. Es también algo significativo, estas yermas y áridas tierras desérticas sólo parecen producir petróleo y arena, y todo lo demás lo importan. O quizás sea debido a la reciente guerra, que tal vez haya destruido buena parte de la industria del país; en cualquier caso el país habrá que reconstruirlo. Occidente suministrará amablemente los materiales para la reconstrucción, cómo no. Por un precio.

A bordo del Mistral, a 2 millas al N1/4NE de Punta Spadilla, Isola di Panteleria.
A 6 de noviembre del 2012. Martes.

Corre la guardia matutina en el puente del Mistral, en una mañana soleada y tranquila. Acabo de hacer varias situaciones observando diversos puntos de la Isla de Pantelería; una por ángulos horizontales y otra por ángulos verticales tomados a faros y a la cumbre de la Montagna Grande. Las situaciones obtenidas con el sextante, papel, lápiz y trigonometría han sido precisas y tan exactas como las obtenidas con los equipos electrónicos. Cierto es que hoy ha sido fácil, navegamos en bonanza, sin meneos y con el ambiente despejado. Éste es uno de esos escasos momentos, ciertamente raros en estos tiempos, en los que uno aún se siente marino y se reconcilia un poco con el oficio y con el mundo. Me sentí satisfecho.

Ahora me deleito en ver pasar la Isla de Panteleria por el través, con sus casitas, sus granjas, sus caseríos y sus viñedos. Es una isla bastante verde a pesar de su origen volcánico y montañoso. Tiene algunos cráteres de volcanes extintos y en las laderas de la montaña aún se aprecia algún río de lava fraguada. Las laderas de las colinas más suaves están cultivadas.

Navegamos en demanda de Cap Bon, lo doblaremos esta tarde (qué fácil es predecir con relativa certeza en esta era en la que no se depende del tiempo atmosférico y éste apenas influye en la navegación) y desde allí daremos rumbo directo a Cabo Salinas, pasando entre él y las islas Conejera y Cabrera, por el Freu de Cabrera. Serán éstos próximos dos días monótonos, navegando por un mar tranquilo sin variar el rumbo.

Pasamos cuatro días en Marsá el Brega. Cuatro días anodinos. Se limpiaron escrupulosamente las bodegas antes de proceder a la carga, que se desarrolló con cierta parsimonia.

El puerto es esencialmente petrolero, los graneles representan sólo una pequeña parte de su tráfico. Hay un pequeño pueblo al oeste del puerto, un asentamiento habitado por trabajadores del puerto y la terminal petrolera en el que no hay nada de interés. Alrededor sólo se extiende el desierto. Mis expediciones fueron cortas y no hay mucho que contar de ellas. Disfruté de los paseos por el desierto, por lo inusual que resultan, y de largos ratos sentados en la blanca arena de la larga playa al este del puerto, leyendo o mirando las olas. 

Finalizada la carga y tras sellar minuciosamente las bodegas nos hicimos a la Mar en demanda de Castellón de la Plana, en la que es mi última travesía de esta campaña a bordo del Mistral.

La Isla de Panteleria va ya quedando atrás y, como casi todos los días a media mañana, me acaba de entrar el antojo de pulpo á feira, una jarra de vino del país y ese pan de pueblo que hornean en la vieja Galicia…

 

  Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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