La tormenta de arena

La carretera se perdía en la nube de polvo y arena que el Siroco arrastraba del desierto, y que se volvía más y más espesa a medida que me alejaba de los muelles.

A bordo del Mistral, Mişrātah.
A 28 de octubre del 2012. Domingo.

    (…) y franqueé las desvencijadas rejas del acceso plantándome fuera del recinto portuario, en medio de un cruce. El panorama era desolador. A mi derecha, hacia el Norte, se extendían algunas edificaciones bajas, ruinosas, poco más que chabolas, en un desolado paisaje de arena, ruinas y escombros. Entre ellas asomaban algunas palmeras aquí y allá, arbustos de un verde descolorido y apagado, y algún que otro árbol de alguna especie lo suficientemente dura como para aguantar este clima desértico. Las dos carreteritas que venían a confluir al cruce desde mi derecha estaban fatal pavimentadas, sin aceras, con basura y escombros a los lados. Los escasos coches aparcados eran viejos, sucios y destartalados. También había viejos camiones Fiat, Iveco y DAF, preparados para las duras carreteras africanas. Hacia el Oeste, frente a mí, se extendía una carretera larga y polvorienta que sin duda llevaba a Misurata. No tenía aceras, donde terminaba el asfalto comenzaban la arena y las piedras. Tras una primera curva suave la carretera se extendía en línea recta hacia Poniente y se perdía en la nube de polvo y arena que el Siroco arrastraba del desierto, y que se volvía más y más espesa a medida que me alejaba de los muelles hacia el Oeste. 

    Decidí caminar siguiendo la carretera. Caminé despacio, con cautela revestida de seguridad. La respiración se tornaba dificultosa; la arena se metía en los ojos y la nariz, y se pegaba a mi piel sudada. Todo mi interior estaba reseco: nariz, garganta, ojos. «Menos mal que estamos en octubre», pensaba yo; aunque, por otra parte,el Siroco resulta realmente raro en verano. Recordé entonces alguna estadía en Egipto, país vecino, con temperaturas de más de cincuenta grados.

    No se veía el cielo y el Sol se adivinaba por su resplandor a través de la arena. Todo a mi alrededor era entre parduzco y rojizo. Fue toda una experiencia caminar por el desierto en plena tormenta de arena a pesar de que no era ni mucho menos -afortunadamente- una tormenta severa. Pero ésa -arena- fue toda la experiencia que tuve, pues no veía nada más allá del asfalto que se extendía ante mí y algunas pequeñas edificaciones bajas, ruinosas y dispersas. Arena y más arena. Me acordé de Haddock y Tintín en El cangrejo de las pinzas de oro, vagando por «el país de la sed». La garganta me abrasaba; ¡lo que habría dado por una jarra de vino rosado fresco a la sombra de un parra, en la orilla opuesta del viejo Mediterráneo!

    Muy de vez en cuando pasaba algún coche por la solitaria carretera, y ésa fue la única forma de vida que vi durante esa parte de la expedición. No veía el fin de aquella carretera y apenas veía tampoco nada a los lados; alguna edificación, arena, piedras y arbustos. Cuando tuve suficiente, di media vuelta y desanduve el camino andado a través de aquel páramo desolado, de aquel desierto irrespirable. De nuevo cerca del puerto me aventuré por sus arrabales, por las carreteritas que serpenteaban entre las casuchas, chabolas y edificaciones ruinosas. Me crucé con una pareja de hombres que caminaban por el lado opuesto de una de las carreteritas, vestidos con ropas holgadas y harapientas; carreaban unas bolsas que parecían pesadas. Detuvieron su andar y me miraron con descaro de arriba a abajo, supongo que curiosos o sorprendidos. Uno de ellos dijo algo en voz alta, y no supe si me interpelaba a mí o se dirigía a su compañero que, en cualquier caso, no abrió la boca. De mi reseca garganta sólo salió un «salaam» solitario que acompañé de un saludo con la mano.

    Vagabundeé un rato más por esos arrabales sucios, polvorientos, miserables, que nada bueno auguraban; no encontré en ellos señales de la reciente guerra, como había descubierto en algunas partes del puerto o en la carretera -impactos de ráfagas de balas, restos calcinados-; sólo basura, escombros y miseria. Entre los vestigios de la cruel guerra civil y la pobreza y miseria que me rodeaba comenzó a embargarme esa conocida sensación de asco y repugna, de indignación; esa sensación de desesperanza, de que los humanos son -somos- un caso perdido, la raza más vil y mezquina que puebla la Tierra; siempre hemos sido así, es inherente a nuestra naturaleza y la Historia siempre se repite; avaros, crueles, egoístas, ambiciosos, salvajes con distintos grados de cultura y civilización que a menudo se utiliza para intentar camuflar las atrocidades e injusticias cometidas, ya sea bajo el estandarte del avance, el progreso, la religión, una idelología o la civilización. En el fondo no se trata más que de poder, avaricia y mezquindad. Pero, sobre todo, de estupidez.

    Debía de estar yo ensimismado en tan lúgubres y desesperanzados pensamientos cuando una voz a mi lado me hizo dar un respingo. Me giré y vi un hombre a mi lado, mirándome. Tenía verdadero aspecto de libio de los pies a la cabeza, cosa que, por otra parte, es lo que cabría esperar en Libia. Intentaba yo comprender qué demonios me había dicho cuando lo repitió:

    -War.

    Mi deambular me había llevado de nuevo a cerca de la entrada del puerto, a la carretera, y se ve que yo me encontraba absorto mirando una señal de tráfico ametrallada por proyectiles de cierto calibre, junto a los restos de un todoterreno calcinado y oxidado, cuando el libio me abordó.

    -Ya- asentí. No se me ocurrió nada mejor ni nada más que decir. Él me observó un rato con curiosidad y luego prosiguió su camino en silencio. Yo regresé al puerto.

    Fui a Inmigración a recoger mi pasaporte, me recibió el mismo funcionario que me había atendido horas antes. Creo que no debía de haber nadie más en todo el edificio. Me hizo pasar nuevamente a su despacho y me preguntó si había estado en Mişrātah. Le dije que no, que estaba demasiado lejos. Me sugirió que cogiera un taxi y le expliqué que yo caminaba. Puesto que éste era el libio con el que mejor conseguía entenderme, pregunté una vez más, mezclando inglés y gestos:

    -¿Se puede ir caminando hasta Mişrātah?

    Mi miró un instante y luego se encogió de hombros haciendo un mohín con la boca, como diciendo «tú mismo, chaval», y añadió sencillamente:

    Long way.

    Abrió el cajón en el que guardaba mi pasaporte, ya con él en la mano me volvió a sugerir que cogiera un taxi para ir a visitar la ciudad. Entonces tuve que explicarle que es que no tenía dinero.

    No Lybian money?

    -No Lybian money, laâ, dolars, laâ euros… laâ nagudo– aclaré, sacando el interior de los bolsillos de mi pantalón hacia afuera para demostrar que estaban vacíos.

    Entonces sucedió una de esas cosas que, incluso en momentos de abatimiento como aquél, deprimido tras la expedición por los arrabales, hacen que me reconcilie un poco con el mundo y con algunos de mis congéneres.

    El hombre devolvió mi pasaporte al cajón del que lo había sacado, introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un modesto fajo de billetes. Cogió unos cuantos y me los extendió por encima de la mesa.

    -Coge un taxi y ve a ver Mişrātah- me decía con encarecimiento. No había doblez en su expresión, era un ofrecimiento sincero. 

    Laâ, laâ, sukra– me resistí, apremiándole a que guardara su dinero. Él insistió, intentando poner el manojo de billetes en mis manos. Me negué, no podía aceptarlo.

    Finalmente desistió, guardando el dinero en el bolsillo. Lamenté mucho que mi árabe fuera tan pobre, no poder expresarle como Dios manda mi agradecimiento por su bondad y amabilidad, no poder usar una fórmula más cortés y significativa para agradecer su extremada generosidad. También esperé que no se hubiera ofendido porque yo rechazara su dinero.

    Sin más, me devolvió el pasaporte y regresé al barco. Tampoco me lo cuñó; me habría gustado tener el cuño de Libia también en el pasaporte, me gustan los pasaportes con muchos cuños, sellos y visados de diferentes lugares, son un bonito recuerdo, imagen atávica del viajero. Total, mi pasaporte ya está “manchado” con unos cuantos cuños de países islámicos o socialistas, que luego sólo traen problemas y despiertan recelos de cada vez que entro en países occidentales.

    Caminando por los muelles iba rememorando las muchas ocasiones en las que las buenas gentes árabes o musulmanas me trataron con amabilidad, me acogieron con hospitalidad, me agasajaron, me ofrecieron lo suyo sin esperar nada a cambio. Aquella gruesa cadena de plata con diseño otomano que me regaló la turca Duygu que conservo en mi hogar en el arcón de madera en el que guardo mis tesoros; o aquella hermosa rosa del desierto que me obsequió Aïcha en Marruecos; tantas invitaciones a tomar té o café, a pasear por jardines privados, a mostrarme pueblos o ciudades; en diversos puertos de Turquía, Egipto, Túnez, Libia y, en mucha menor medida, Marruecos. Arabia es aún más hospitalaria. Por supuesto, también hay árabes o moros atravesados, dispuestos a pasarte a cuchillo sin necesitar pretexto alguno ni mediar palabra. Pero gente así también tenemos en Occidente, en todas partes cuecen habas.

 

  Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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