Los muelles de Mişrātah

Un crepúsculo delicioso de colores intenso en un cálido atardecer africano.

A bordo del Mistral, en el puerto de Mişrātah, Libia.
A 23 de octubre del 2012. Martes.

    Tras la cena salí a cubierta y me encontré con la agradable sorpresa de un crepúsculo delicioso, en uno de esos cálidos y apacibles atardeceres africanos en los que el tiempo parece suspendido.

    Subí al puente alto a disfrutar de la serenidad y el color del momento. El Sol se había puesto ya mucho más allá de nuestra proa, tras un buque portacontenedores de la imtc, entre sus dos grandes puntales de cubierta. El firmamento estaba en Poniente teñido de una amalgama de colores intensos -rojo, rosa, melocotón, violeta, malva-que iban cobrando más intensidad y color. Por la dársena se deslizaba lentamente otro pequeño portacontenedores italiano, apenas se oía el murmullo de sus máquinas y sólo ocasionalmente el estrépito de su helicetta, como llaman los italianos a la hélice de proa, turbaba la calma. Un remolcador navegaba junto a él, con una estacha dada a su castillo de proa.

    Hice una serie de fotos del crepúsculo, pero las fotografías, por buenas que sean, nunca reflejan la intensidad de los colores ni pueden captar la sensación que se tiene al estar ahí; todos los detalles, los estímulos y percepciones del resto de los sentidos -sonidos, olores, temperatura-, las leves variaciones del cuadro con el paso de los segundos y los minutos, la evolución del momento.

    Cuando el crepúsculo se fue amorteciendo salté a tierra a dar un paseo por los muelles.

    Anduve hasta la la siguiente dársena, donde el portacontenedores de la imtc estaba atracado. Sus hombres estaban terminando de aparejar la plancha, deduje que aún habían atracado hacía poco. Tras él maniobraba en ese momento el pequeño portacontenedores italiano, pude ver el farol rojo de babor en su puente y la chimenea tras él, con la contraseña de su naviera pintada en negro y blanco. Dio una pitada larga con su bocina -caigo a estribor-, que resonó en la quietud de la dársena.

A bordo del Mistral, Mişrātah.
A 24 de octubre del 2012. Miércoles.

    Los estibadores acaban de empezar a descargar la bodega cuando vamos rumbo al mediodía. Ayer habían advertido que comenzarían a las ocho de la mañana, pero el muelle estaba desierto a esa hora. Pasaron los minutos y las horas y fueron comenzando con cierta pereza las operaciones en otros barcos atracados en la dársena, pero no en el nuestro. A media mañana vimos acercarse pesadamente una grúa que acabó por colocarse a nuestro costado. Algunos libios subieron a bordo del Mistral y se asomaron a la brazola de la bodega. Allí se pusieron a comentar, sin demasiado entusiasmo ni prisa. Rato después llegó una segunda grúa y con la misma parsimonia maniobró hasta colocarse también a nuestro costado. Todo parecía indicar que trabajarían con dos manos, aunque a la vista de la filosofía con la que esta gente se toma el trabajo, no quiere decir que vayan a acabar pronto. Ni mucho menos. En África las cosas van con calma y ésa es una de las muchas cosas que me gustan de este continente. Cuesta acostumbrarse a esta parsimonia, que linda la desidia; pero es sin duda un ritmo de vida mucho más sano y feliz que el occidental. 

    Por fin descendió una colla de estibadores a la bodega y comenzaron a descargar las largas varillas de acero. Yo observo con atención desde lo alto, encaramado a la brazola. Comienzan a enganchar la primera estrobada; a uno de los muchachos le suena el teléfono móvil mientras está deslizando el estrobo de acero bajo las largas varillas; se saca uno de sus guantes raídos y harapiento con los dientes, lo sujeta con destreza bajo el sobaco y contesta el teléfono, mientras con la otra mano se afana en manejar como puede el estrobo de acero con el que pretende -y consigue- enganchar la carga; entonces se le escurre una de las chanclas y se le escapa del pie, cayendo por un hueco entre la carga; aprovechando que tiene el pie desnudo, lo utiliza con pericia de un modo similar al que lo haría un mono para ayudarse a manejar el estrobo de acero mientras, por supuesto, con el guante roñoso sujeto bajo el sobaco, no deja de vocear por el móvil a un volumen que me hacía cuestionarme si realmente necesitaría un teléfono para hacerse oír a millas de distancia. Una faena, en conjunto, admirable.

    En fin, la cosa va yendo. De aquella manera, pero va yendo.

    Me encuentro escribiendo estas notas en mi cuaderno de bolsillo cuando, aún apoyado en la brazola, observo que entra en la dársena un pequeño carguero rojo, el Fort Azov, registro de Phnom Penh. Es viejo, viene cargado y calado casi hasta la borda y presenta un arrufo más que alarmante, que hace sospechar una negligencia en la estiba de la carga. La ciudadela es muy baja, es de ese tipo de pequeños cargueros diseñados para navegar también por ríos. A pesar de sus reducidas dimensiones utiliza dos remolcadores para la maniobra de atraque, lo cual resulta bastante cómico, pues los remolcadores son más altos que el propio buque y de casi la mitad de su eslora.

    En cualquier caso es comprensible el uso de remolcadores, estos cargueros antiguos raras veces disponen de hélice de proa y el eje de propulsión es del sistema antiguo, en el que para invertir la marcha hay que parar la máquina, invertir y luego volver a arrancar, lo cual lleva un rato. Y que arranque, que ésa es otra.

    Observo la maniobra con interés, los ojos entornados por efecto de la luminosidad de un sol que comienza a calentar de lo lindo. Por cierto, las moscas están insoportables. El Fort Azov quedó finalmente atracado en el otro lado de la dársena. Saco mi catalejo de su funda sujeta al cinturón y observo al buque; luego estudio lo que más allá de él la visión alcanza, que no es mucho, y me pregunto qué habrá más allá de las lindes del puerto, cómo serán estas tierras, sus gentes, su realidad, su vida, sus paisajes, su historia.

    Entonces recuerdo con fastidio que las autoridades locales no dieron permisos para salir a tierra; sólo uno al capitán que, encima, para más inri mío, no aprovechará. De hecho nadie quiere salir a tierra aquí; pero a mí me habría encantado poder aventurarme por Misurata, a pesar de que la perspectiva no es la más halagüeña o prometedora. Uno no puede decir que haya estado en un lugar cuando lo único que ha pisado son sus muelles (o sus hoteles o resorts), y a mí me gusta conocer los lugares por los que paso, sitios que sabe Dios si volveré a tener ocasión de visitar en mi vida. Y que probablemente nunca volverán a ser igual. Pero todavía acabamos de atracar y acaso aún tenga oportunidad, de un modo u otro, de adentrarme en territorio libio.

   

    Tras la cena y la sobremesa salí de nuevo a pasear por los muelles. Las operaciones habían terminado en todo el puerto. Sólo había algo de actividad unos seis o siete cables más allá, donde media docena de libios recogían y reagrupaban largos tableros de madera de atados que se habían descompuesto durante su descarga, y que se hallaban desparramados por el muelle.

    El primer barco frente al que pasé, el Niki C, matrícula de Monrovia, es un buque grande, de unas treinta o cuarenta mil toneladas, a ojo de buen cubero. Trae una carga de sacos de cemento en palés, que comenzaron a descargar por la mañana con los propios puntales del buque directamente a los viejos camiones destartalados que desfilaban por su costado. Es bastante mangudo y, como está muy calado, da la impresión de estar algo espachurrado sobre la Mar. En torno a la primera plataforma de su ciudadela hay dispuestas varias espirales de alambradas de espinos, práctica habitual en buques que navegan por mares infestadas de piratas. En mi opinión, no creo que una medida tan simple sirva para disuadir a los piratas, ni que sea de mucha utilidad o protección para impedir que éstos accedan a las plataformas superiores una vez que han abordado el buque. Sería muy efectiva si hubiera un pelotón de infantería haciendo fuego graneado al otro lado, pero eso resulta bastante improbable en un mercante.

    Los dos tripulantes caucásicos que había en el portalón me devolvieron amistosamente el saludo; no así los filipinos que había por cubierta, que me miraron en silencio con expresión estúpida antes de volver la cabeza desdeñosamente y continuar arranchando cubierta.

    El siguiente buque, el CDRY Green, registrado en Nápoles, era más pequeño. No tenía nada de particular. Carga general, unos cien metros de eslora y dos puntales en cubierta. Traen un cargamento de tablones de madera de diversos grosores, empaquetados en atados, algunos de los cuales se habían caído o desmontado durante la descarga; eran éstos los que media docena de libios se afanaban en reorganizar. Los displicentes tripulantes del CDRY Green no me devolvieron el saludo.

    El buque que estaba atracado a continuación me cautivó. Habría podido pasar horas observándolo. El Fehtalla 4 era un buque muy viejo, de esos casi imposibles de encontrar ya; una verdadera reliquia del pasado. Era de proa alzada y de popa redonda, ambas características realmente inusuales en estos tiempos. Calculé que debía de ser de los años sesenta; no menos de medio siglo de mares y travesías en su estela, ahí es nada. La línea era preciosa, clásica, levemente arrufada, con su chimenea antigua y redondeada, una acusada brusca de baos que se hacía patente hasta en el puente. Bajo su actual nombre y la más reciente capa de pintura se apreciaban aún los trazos de no menos de media docena de nombres anteriores. Actualmente está registrado en Phnom Penh (Camboya). Llevaba dos grúas de aparejo sencillo en cubierta, cada una de ellas con su pequeño motor propio alojado en una caseta. Los botes parecían chalupas de remos y me recordaban a los de las historietas de Tintín. A popa, estibada tras la chimenea en la plataforma inferior al puente, llevaba estibada una hélice de respeto enorme. Dextrógira, observé. Y muy bien trincada, un eficaz trabajo marinero.  La mayor parte de los ojos de buey del Fehtalla 4 estaban abiertos. Tras uno de ellos ondeaba una cortinilla rosada muy fina y liviana; por otro salían acordes de música árabe. Sin duda este barco no dispone de aire acondicionado, debe de resultar un suplicio durante los meses de calor en los trópicos, o en el Mediterráneo, sin ir más lejos. En el portalón y en la toldilla había un nutrido grupo de marineros de ropas holgadas, suriyahs y taqiyas; rostros alargados y piel morena, delgados, algunos con sotabarbas negras como la pez. Eran, sin duda, árabes. Éstos sí respondieron con gestos cordiales y sonrisas a mi saludo, incluso me dijeron algunas palabras afables que no comprendí, a lo que respondí con idéntica cordialidad, «¡Vayan con Dios, compañeros!».

    Como ya era de noche no saqué ninguna foto al Fehtalla 4, pero decidí que esta mañana iría a fotografiarlo con luz diurna. Me sentí profundamente decepcionado cuando descubrí que había largado amarras durante la noche. Era un barco hermoso.

    Al llegar al final de la dársena giré hacia el Oeste y atravesé una zona de almacenamiento de contenedores hasta que llegué a la siguiente dársena. Había un viejo rolón allí atracado, el City of Nordic. A continuación encontré el único otro buque que realmente me interesó, el Blue Miles. Un pequeño y antiguo carguero de pabellón moldavo, creo, no era fácil distinguirlo en la obscuridad. Los escasos marineros que vi en cubierta, que en ese momento cerraban las tapas de las bodegas, tenían aspecto rudo y peligroso. El Blue Miles estaba armado con tres enormes puntales guarnidos con todo un entramado de aparejos, ostas, óstagas, amantes, pajaritos y amantillos, con su correspondiente motonería. Una auténtica delicia para los enamorados de la Maniobra -como yo-, aunque debo admitir que poco práctico en estos tiempos en los que la tecnología y la hidráulica han mejorado mucho los sistemas de manejo de cargas. Aún así, me habría encantado firmar el rol como contramaestre en un buque de ese estilo.

    El resto de barcos eran portecontenedores pequeños, de no más de 150 metros de eslora, y no encontré nada de particular interés en ellos.

    Entre los contenedores que había por los muelles y los camiones, parados y abandonados de cualquier manera, había algunos grupos de libios tirados en el suelo, comiendo, charlando o simplemente tumbados dormitando.

    Ya la noche dejaba caer su tibio manto estrellado sobre África, y regresé caminando lentamente hasta el pequeño Mistral.

 

  Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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