El pabellón de (des)cortesía

Pabellón de cortesía libio

A bordo del Mistral, Mişrātah.
A 23 de octubre del 2012. Martes.

    Recalamos en Mişrātah ayer por la tarde, poco después de las ocho. La travesía desde Cardiff transcurrió sin muchas más novedades desde La caída. Doblado Finisterre el tiempo mejoró y fue tranquilo durante el resto del viaje. Tocamos Ceuta en brevísima escala para repostar combustible, aprovisionar la gambuza y relevar a casi media tripulación. Como siempre, hubo máxima expectación ante el nuevo cocinero que enrolaba. Suele ser el cargo a bordo que más expectación causa, tras el capitán. Ya lo escribía Homero hace veintiocho siglos, «somos esclavos de nuestro estómago». Y los españoles, amantes del buen comer, más.

    A pesar de que nuestro agente en Misurata nos había comunicado que atracaríamos al llegar, el puerto nos dio orden de fondear en la rada tras la recalada. Había unos cuantos buques más allí anclados.

    A cinco millas al este-norleste de la bocana dimos fondo al ancla de estribor, que se deslizó desde el escobén a la voz de ¡fondo! entre el estrépito de la cadena y se zambulló en las tranquilas azul cobalto.

    Regresé del castillo de proa al puente y al pasar por toldilla pude ver como el contramaestre, depredador nato, no tardaba en desplegar toda una panoplia de artes de pesca más o menos letales: sedales, pinchos, anzuelos, poteras, nasas… todo un arsenal.

    La noche en el fondeadero transcurrió sin más novedad que la cantidad de calamares pescados por el contramaestre y el capitán, que libraban reñida competición a popa. Veintidós soberbias piezas, entre ambos. 

    A la mañana siguiente, es decir, en la mañana de hoy, subí al puente a las ocho. El capitán nos había dicho que estaríamos tiempo allí fondeados y ésa era la idea que se había extendido a bordo. Era razonable, pues estos días se celebra la Aid al-Adha -la Fiesta del Cordero, la principal festividad islámica-. Pero a lo largo de la mañana, durante mi guardia, el Port Control de Misurata fue llamando a algunos de buques fondeados en la rada, hasta tres, para ir dándoles orden de entrar en puerto.

    A la vista de los indicios intuí que era probable que también nosotros recibiéramos la llamada del Port Control, y así se lo hice saber al capitán por si estimaba realizar las disposiciones oportunas; y no me equivoqué. Llegando al mediodía nos llamaron por radio dándonos orden de arrancar máquinas, levar y proceder a puerto. Por supuesto, a la hora de comer; no podía ser de otro modo.

    Un par de horas escasas más tarde estábamos atracados en el puerto de Mişrātah, que es en realidad Qaşr Aḩmad. La verdad es que me quedé francamente sorprendido, podría haber esperado encontrar cualquier otra cosa diferente a esto. Es un puerto grande y está asombrosamente limpio, mucho más que muchos puertos de la civilizada Europa. Los muelles están en muy buen estado, perfectamente provistos de buenas defensas, con el pavimento limpio y en estupendas condiciones, incluso con una sucesión de llamativos dispositivos catadióptricos cerca del borde. Los tinglados y almacenes, aún con algunos inevitables desperfectos, mínimos, están en sorprendente buen estado.

    Creía que encontraría signos evidentes de la reciente guerra civil, pues los puertos suelen ser objetivos prioritarios en prácticamente cualquier guerra y en Misurata se libró una importante batalla; pero no había nada de eso. Y aunque el puerto se ve muy nuevo, no lo está tanto como para pensar en que pueda haber sido reconstruido tras el conflicto. Tampoco habría dado tiempo, creo. Ni a Sacyr, experta en levantar ladrillo a todísima velocidad.

    También esperaba encontrarme con una estampa similar, con leves variaciones, a las que ofrecen por regla general los puertos africanos: suciedad, precariedad, falta de medios, basura, polvo, ratas, vejez y dejadez, desperfectos, etcétera. Nada de eso hay en Qaşr Aḩmad.

    La verdad es que me decepcionó encontrar un puerto tan nuevo. Pierde encanto,  romanticismo, personalidad y carácter.

   

    Hace días, tiempo antes de llegar a tierras libias, el capitán se había mostrado preocupado por la bandera. La que teníamos a bordo era bastante antigua y el viejo sospechaba con buen criterio que probablemente, tras la guerra civil que culminó con la victoria insurrecta y la deposición del régimen de Muamar el Gadafi, era razonable que la enseña libia hubiera cambiado.

    El capitán había preguntado aquí y allá, incluso había buscado en Internet, pero no había encontrado una respuesta clara. Y cuando una mañana compartió su inquietud conmigo durante la guardia matutina, le sugerí que comprobáramos en la correspondiente publicación del Almirantazgo, en la lista de banderas oficiales de los diferentes países, cuál era la vigente en Libia. Nos encaminamos a la derrota y no tardamos en confirmar que la bandera no había cambiado, la que el Almirantazgo indicaba era idéntica a la que teníamos a bordo; y la publicación estaba puntualmente actualizada y corregida con todos los avisos a los navegantes hasta la fecha. De modo que el asunto quedó zanjado y no se le dio más vueltas.

    Entrábamos este mediodía en puerto, el Sol refulgía en lo alto y el Mistral se deslizaba por sus limpias aguas de intenso color aguamarina, con práctico a bordo. El segundo piloto y yo nos encontrábamos apoyados en la regala de toldilla, tras haber adujado las estachas a la guacaresca en cubierta y dispuesto la maniobra para el atraque.

    Nos aproximábamos ya al muelle en el que amarraríamos, lentamente, apenas nos distanciaba un cable de él. El segundo y yo observábamos todo cuanto se iba mostrando a nuestros ojos con sumo interés, comentando esto o aquello. En el muelle había varias docenas de libios esperando nuestra llegada; amarradores, autoridades, agentes, consignatarios, estibadores, curiosos, ociosos. Muchos de ellos vestían con prendas militares -un pantalón aquí, una gorra allá, una zamarra o una guerrera acullá- que se mezclaban con los clásicos atuendos árabes, africanos y musulmanes; aunque ninguno con botas militares, sólo llevaban sandalias. Probablemente muchos de ellos, si no todos, habrán tomado parte activa en la Batalla de Misurata, si no en más episodios de la  reciente y cruenta guerra civil.

    Observándolos estábamos cuando uno de ellos pareció escandalizarse; miraba a nuestro barco y señalaba a la chimenea, quizás al puente, lanzando gritos indignados. El resto de los allí presentes no tardaron en unirse a él en fervoroso y encolerizado clamor. Algo había en el barco que parecía enfurecerlos y me pregunté qué diablos sería. Admito que me sentí un poco inquieto. Aquella turba parecía dispuesta a saltar a bordo y lincharnos en cuanto diéramos amarras a tierra, de exaltada que se había vuelto a la vista de… ¿de qué?

    El segundo y yo mirábamos arriba y no conseguíamos ver nada extraño. Entonces se abrió la puerta del alerón y vimos salir del puente corriendo al capitán. Me causó cierta alarma y me pregunté si acaso el práctico se habría vuelto también violento; a punto estaba de subir corriendo a ver qué pasaba y a ayudar al viejo si hiciera falta cuando vi que éste se detenía junto a la chimenea y arriaba a toda prisa la bandera libia, para luego regresar con ella al puente.

    Y es que, por lo visto, la bandera había cambiado con el nuevo régimen, tal y como el capitán acertadamente se temía, y el pabellón de cortesía que habíamos izado en la cruceta de estribor del palo de señales era, desafortunadamente, el del depuesto y linchado Muamar el Gadafi. Y los fervorosos partidarios del nuevo régimen, ya fueran o convencidos o apesebrados a la sombra que ahora cobija, se mostraban furiosamente indignados ante semejante vileza que suponía izar la bandera del malvado tirano que ahora cría malvas en una discutible mejor vida -porque sin duda era muy buena la que se daba en este mundo-. Según supe más tarde, el capitán, al regresar al puente, arrojó la bandera a cubierta y la pisoteó y pateó con énfasis, en un intento por congraciarse con el práctico libio que, por lo visto, estaba que echaba espumarajos por la boca, de pura rabia y enfado. El capitán se ofreció a destruirla pero el práctico insistió en llevársela con él al desembarcar. Se ve que no se fiaba. Supongo que le habrán prendido fuego. 

    Así estaban las cosas allá arriba, en el puente, con momentos de tensión en medio de la aproximación del buque al muelle; sólo nos faltaba chocar con él, en la confusión de la escena; con un muelle en el que la situación no parecía mucho más tranquilizadora tras el arriado del pabellón infame. Los libios seguían profiriendo exclamaciones de furia e indignación, alzando los brazos y girando sobre sí mismos, pateando rabiosamente el suelo, tirándose de las barbas y arrugando sus kufis o taqiyas (gorros). Temí un abordaje en toda regla en cuanto tocáramos tierra.

    Cuando estábamos a escasos metros del muelle un hombre salió de un todoterreno polvoriento en el momento en el que el capitán se asomaba desde el puente y nos gritaba que le lanzáramos un cabo, que era nuestro agente y nos iba a pasar una bandera apropiada. Así lo hicimos. El agente no parecía de mejor humor que el resto de sus congéneres, y también se dirigió a nosotros vociferando ininteligiblemente de muy mala manera y con gestos más bien agresivos.

    A pesar de todo, cabe pensar que este tipo de equivocación estaba prevista, puesto que el agente tenía una bandera (por lo menos) en su todoterreno y no creo que fuera por casualidad, sino por previsión ante la eventual coyuntura.

    Cobramos la sisga a bordo con la bandera atada a un chicote (-que no se nos caiga ahora a la Mar-, suspiraba yo para mis adentros) y el segundo corrió al puente alto para izarla en la cruceta a toda velocidad. Parecía que los ánimos se apaciguaban en el muelle al ver que enmendábamos diligentemente el entuerto; pero súbitamente la turba volvió a estallar en un griterío furioso y confuso. Miré arriba y vi que el segundo se giraba, alarmado, y se apresuraba a izar la bandera hasta el tope.

    -¡Jon joder! ¡¿Qué haces?! -bramó el capitán saliendo del puente hecho un basilisco- ¡Arría eso, coño!

    Y es que resulta que el bueno de Jon, tan voluntarioso, había izado el nuevo pabellón libio al revés, patas arriba, lo que causó furibunda indignación a la multitud allí presente; no se lo tomaron nada bien.

    -¡Dale la vuelta, joder, que está al revés! -gritó el capitán al segundo; y tras el capitán gritaba a su vez el práctico libio, que estaba fuera de sus casillas. Sabe Dios qué estaría diciendo en su lengua; sin duda nada agradable.

    Finalmente no llegó la sangre al río -o a la Mar, en este caso-. Dimos amarras al muelle, arriamos la plancha como si tal cosa -no sin cierta inquietud, admito- y el práctico bajó a tierra de muy mal talante. La turba se disolvió; las autoridades y el agente subieron a bordo, también visiblemente enfadados, los amarradores se fueron tras encapillar las estachas, y el resto de ociosos fueron desapareciendo entre los tinglados del muelle y las pilas de contenedores.

 

  Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

2 comentarios en “El pabellón de (des)cortesía

  1. Ja ja ja ja!! Ademas fuisteis uno de los primeros barcos en entrar en Libia despues de la guerra, no? La cosa estaba aun calentita.
    No dejes de escribir y de contar!
    Buena proa

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  2. El Almirantazgo no es infalible. Tienen fama, pero muy a menudo sus actualizaciones van tarde, publicaciones y cartografía. Pa fiarse de los soberbios Brits.

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