La caída

A bordo del Mistral, a 35 millas al oeste del Finisterre.
A 15 de octubre del 2012. Lunes.

    Ayer pude fácilmente haber muerto. Se finí, fin de la historia. Game over. O, quizás aún peor, haberme quedado tetrapléjico, como el tipo aquél de Mar adentro. Que la sombra de la Muerte se cruce en mi camino rozándome con su hálito gélido (y es realmente gélido) no me es extraño, lo admito; ya no hay novedad en ello. La vi de cerca -a veces muy de cerca- en unas cuántas ocasiones, bien de mano de otros hombres, en el desempeño de mi oficio, por caprichos de la Providencia o azares de la vida. Supongo que es lo normal en quién lleva ya más de siete lustros por estos mares y mundos de Dios. La sombra se presentó ayer en su manifestación de azares de la vida; y de un modo muy doloroso, por cierto.

    Serían las ocho menos diez de la mañana y yo subía al puente para entrar de guardia. Según calculé más tarde, por curiosidad, en el momento del suceso navegábamos en los 46º 33’,5 N y  008º 08’,5 W aproximadamente, cruzando el Golfo de Vizcaya en demanda del Finisterre, con mal tiempo del Noroeste que nos cogía de través, haciéndonos escorar pronunciadamente a banda y banda con cierta violencia. La carga que transportamos no ayuda a mejorar las cosas; son varillas de acero que van estibadas muy abajo en las bodegas, con lo que el GM (altura metacéntrica) es demasiado grande y el barco, en consecuencia, excesivamente estable; ello se traduce en balanceos más rápidos y violentos.

    Subía, como decía, al puente de gobierno para coger la guardia matutina. Ascendí la última escala y al llegar a la plataforma superior, justo a la puerta de acceso al puente, mi mano se resbaló del asidero en el momento exacto en que un movimiento brusco y violento del buque me lanzó hacia atrás, precipitándome de espaldas en el vacío. O quizás fuera en el momento en el que mi mano libre pasaba del pasamanos de la escala al pomo de la puerta, no sabría decirlo. El recuerdo es confuso. La cuestión es que caí de espaldas por el hueco de la escala, que en ese momento había quedado prácticamente vertical debido a la escora causada al buque por un golpe de mar, y me precipité de una plataforma a la inferior, golpeándome la cabeza y el cuello durante la caída en un saliente y despachurrándome allá abajo. Unos cuántos metros de caída libre. Y allí me quedé, más allá que pacá, hecho un ovillo, sin capacidad para moverme o para gritar. El dolor era terrible, tan intenso que me impedía moverme. Permanecí allí un rato, no sabría decir cuánto, crispado. El dolor iba aumentando aún más. Recuerdo que mi primer pensamiento fue el de «Sanseacabó, hasta aquí hemos llegado. Ahora sí que la he hecho buena». Y es que me temía lo peor. También recuerdo que después, a pesar de no poder moverme, pude comprobar que no tenía nada doblado en un ángulo imposible; y luego pensé que, en el fondo, era buena señal sentir dolor. Peor sería no poder moverse y no sentir nada.

    A pesar de que parecía imposible, el dolor iba intensificándose hasta que finalmente se me escapó un grito, o aullido. «¡Aaaargh!», o algo por el estilo, supongo. Y al poco acudieron el cocinero, el jefe de máquinas y el segundo piloto, al que desperté. Así que me figuro que debió ser un alarido en toda regla.

    Yo estaba crispado por el dolor, allí desparramado entre la escala y la puerta estanca de intemperie. Creía que me había roto algo y me daba pánico pensar en la columna. El dolor era buena señal; el ser incapaz de moverme, aunque lo intentara con toda mi voluntad, no parecía ya tan buena. Y es que el cuerpo no respondía a mis órdenes. Al poco bajaron del puente el capitán y el primer oficial.

    Mi recuerdo es confuso, nublado por el dolor y el estupor. Recuerdo que alternaba gemidos y gruñidos, por el dolor y la rabia, maldiciendo una y otra vez mi torpeza, con la mandíbula apretadísima y sin ser capaz de hablarle a ninguno de los compañeros que me rodeaban, inquisitivos y preocupados, sugiriendo esto o aquello, como aquel grupo de galenos romanos en torno a Claudius Sinusitus en Asterix en Helvecia. Sentía mucha rabia, algo de miedo y, por supuesto, mucho dolor.

    Tras un buen rato -creo-, algo recuperada la capacidad de, al menos, balbucear, conseguí incorporarme muy poco a poco con la ayuda de los compañeros y darles alguna explicación. Por lo visto, según rememoraban luego, pedí disculpas insistentemente por haber despertado al jefe de máquinas y al segundo y haber molestado a media tripulación.

    Todo el mundo se asombró de que hubiera sobrevivido a semejante caída, y que ni siquiera me hubiera roto unos cuántos huesos. Yo mismo me asombro, si soy sincero.

    Fui recuperando cierta dolorosa movilidad y algo de control sobre mi cuerpo. Vimos que más o menos podía mover todo, aunque con grandísimo dolor, y supusimos que no debía de haber nada fracturado. El capitán me mandó ir a tumbarme a mi camarote pero yo insistí en subir al puente a incorporarme a mi guardia; siempre desprecié a las personas débiles y quejicas. Apenas podía mantenerme en pie y necesitaba de apoyo constante, el cuerpo estaba convulso y me temblaba descontroladamente. El dolor, que comenzaba a focalizarse, era sobre todo en la espalda baja, a la altura de los riñones, terrible. También en el glúteo izquierdo y en una rodilla. El codo izquierdo estaba infladísimo y tenía una herida en el antebrazo, pero apenas la notaba. El 2º piloto descubrió otra herida en el cuello y nuca, pero tampoco sentía molestia alguna en ella. También tenía un chichón formidable.

    Aquella mañana del 14 de octubre del 2012 volví a nacer. Otra vez, porque llevo más de éstas que un gato rebelde.

    Realmente no sé bien cómo conseguí subir hasta el puente, supongo que con el empuje de mi orgullo, que linda en la arrogancia (sí, reconozco mi defecto), y que alguna gente de mi entorno confunde a veces con obstinación o cabezonería. Pero subí. Y, por primera vez en mi vida, hice una guardia de navegación sentado. Arrastro de mis años en la Armada la costumbre de hacer las guardias siempre en pie; y la mantengo disciplinadamente a pesar de la laxitud de la Marina Mercante. Me encaramé a uno de los sillones elevados del puente, frente a las consolas de los diversos aparatos de navegación, el capitán estaba sentado en el sillón contiguo. Y me pasé buena parte de esa mañana y de ese día y de los siguientes recordando la cantidad de veces en mi vida que advertí a mis hombres o compañeros de que, en la Mar, hay que guardar siempre una mano para el barco y otra para uno mismo.

    Me pasé la guardia, como decía, sentado en el sillón que, afortunadamente está firmemente atornillado a cubierta; pendiente del horizonte y de los aparatos, terriblemente dolorido, con mucho frío y tiritera y bastante preocupado, lo confieso, por la posibilidad de daños internos. Y muerto de sed. Ahogando gemidos de dolor de cada vez que el barco escoraba a una u otra banda -cada doce segundos, aproximadamente- y me forzaba a tensar los músculos para compensar el balance y no caerme de la butaca, que habría sido de lo más patético.

    El temporal nos zarandeaba como a un sonajero; las olas del noroeste entraban por estribor, barrían la cubierta entera y salían por la banda opuesta; habría podido grabar un bonito vídeo, si tan sólo hubiera tenido presencia de ánimo para hacerlo.

    Acabé la guardia y bajé como pude al comedor. Era domingo y no quería de ningún modo perderme la comida dominical y el vaso de vino; mi gula es superior a casi cualquier cosa. Luego me fui a descansar a mi camarote, me tumbe en la litera y no puse el despertador. Descansé tumbado boca arriba, en incómoda duermevela. A las cinco conseguí incorporarme lo suficiente para escribir algunas notas y leer un rato, y a las siete subí a tomar la cena fría de domingo, incorporándome a las ocho a mi guardia vespertina.

    A lo largo de la tarde me habían ido evolucionando los dolores y apareciendo otros nuevos. La guardia vespertina, que también hice sentado, no fue mejor que la matutina, y no veía la hora de volver a tumbarme en mi litera. Pero cuando por fin llegó el momento de retirarme a mi camarote, el resto de la noche no fue mucho mejor.

    Esta mañana, sin embargo, me encuentro algo recuperado. Puedo pasar algo de tiempo en pie y moverme, aunque con dificultades, para desempeñar mis funciones en la guardia de navegación. Observé en el espejo del jardín de mi camarote que tengo un inmenso cardenal en la espalda media y baja. Dicho cardenal fue evolucionando en diversos colores a lo largo de los siguientes días -nótese que cuelgo esta entrada en el blog mucho tiempo después del suceso-; color cardenal, morado, azul, verde, amarillo. Hasta que finalmente fue desapareciendo.

 

Epílogo:
(Escrito mes y medio más tarde, ya en tierra)

    No quise ser evacuado del barco, a pesar de que pasamos muy cerca de la costa española. La compañía siempre me había tratado muy bien y no quería causarles perjuicios económicos, demoras o cualquier otro tipo de trastorno innecesario. Además, siempre desprecié a la gente que aprovecha cualquier pretexto para intentar eludir el trabajo o responsabilidades. Podía moverme y supuse que no habría más daños que los propios de una contusión fuerte. Suposición que, mes y medio más tarde, se probó errónea.

    Continué a bordo durante los siguiente tres viajes, hasta que tocamos puerto español y me tocó desembarcar al finalizar mi campaña; y el dolor, aunque fue remitiendo, no desapareció. Resultaba tan molesto como para empujarme a ir al hospital un par de días después de desembarcar en España para mis vacaciones, mes y pico después de la caída, a pesar de lo profundamente reacio que soy a visitar médicos y hospitales.

    Anecdótico resulta lo accidentado de la campaña, que comencé rajándome una costilla la primera noche a bordo y que terminé con daños mayores.

    Tras pasar por diversas pruebas, reconocimientos, exámenes y aparatos de ésos que lo ven a uno por dentro, los especialistas del Hospital Universitario diagnosticaron que había tenido una fractura en una vértebra de la columna, una rotura de ligamentos en una rodilla y una hemorragia interna severa que podía fácilmente haberme llevado al más allá, en un último y sin duda interesante viaje.

    Pero bueno, sigo aquí para contarlo. Como decía mi abuelo, el ilustre capitán D. Manuel Lara, bicho malo nunca muere.

 

  Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

2 comentarios en “La caída

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