La taberna de Cardiff

A bordo del Mistral, navegando el Canal de Bristol.
A 8 de octubre del 2012. Lunes.

    Navegamos las aguas del Canal de Bristol a toda máquina; hemos de llegar al punto de recalada antes del repunte de pleamar, o perderemos la marea y el práctico no embarcará hasta la siguiente entrante. Ya se sabe, «Time and tide wait for no man». En las canales de entrada a estos puertos del oeste de Inglaterra hay muy poca sonda y las mareas aquí son de muchísima amplitud, hasta catorce metros en Sicigias.

    Zarpamos en lastre de Warrenpoint a primera hora de la tarde de ayer, una vez hubimos finalizado la descarga de las bodegas. Era una tarde soleada y fresca, y los cerros irlandeses aparecían dorados bajo la otoñal luz del Sol. Largamos amarras y navegamos el apacible Carlingford Lough hacia su desembocadura durante el atardecer.

    Cruzamos el Irish Sea durante la fría noche y cuando entré nuevamente de guardia por la mañana habíamos embocado ya el Canal de Bristol. Por estas mismas aguas navegó la Hispaniola hace un par de siglos, con el joven John Hawkins y el inolvidable Long John Silver a bordo, cuando zarpó en busca de la Isla del Tesoro, en una épica travesía de la que la goleta -y la mayor parte de su tripulación- no regresaría jamás.

    Amaneció con el tiempo propio del sudoeste de Inglaterra, niebla espesa y llovizna, en contraste con el espléndido y radiante atardecer de ayer. Niebla a pesar del viento del Este, fuerza cinco. Aún me choca un poco -parece mentira, a estas alturas- cuando me encuentro con niebla y viento a la vez en la Mar. Se me hace irracionalmente raro. Suelo relacionar la niebla con recalmón, por el recuerdo de los amaneceres neblinosos y calmos en mi tierra, o en mi más temprana infancia en Londres; nieblas aquéllas de tierra o radiación, que se forma en las zonas más bajas de tierra en las noches despejadas y claras, condiciones idóneas para el enfriamiento radiativo, sobre todo en invierno. Esta niebla suele espesarse sobre todo al final de la noche y al alba y, aunque a veces deriva a la Mar, raras veces se adentra en ella. Sin embargo la niebla de mar o de advección se forma cuando una masa de aire caliente y húmedo fluye sobre la superficie fría de la Mar, entonces el aire se condensa. Es niebla muy baja, y a veces sobresalen los topes de la arboladura de los barcos, o incluso los puentes de buques de cierto porte, por encima de ella, y esta niebla puede formarse y persistir con vientos moderados o fuertes.

    Avanzamos ahora a toda máquina cortando las nieblas inglesas, muy atentos al escaso arco de mar que se extiende ante nosotros y a las pantallas de los equipos electrónicos de navegación. Aunque el viento es contrario, la corriente de marea es favorable y nos arrastra hacia nuestro destino. Si no hay novedad llegaremos al punto de recalada a la hora prevista.

A bordo del Mistral, Cardiff.
A 11 de octubre del 2012. Jueves.

    «Fui a tierra y no pasé del primer bar.» Así reza el dicho marinero y así sucede con demasiada frecuencia. Como hoy. Y ayer. Y anteayer. Llevo tres tardes saltando a tierra con la sana intención de patear Cardiff y siempre acabo varado en el primer pub, el Seafarers’ Centre. Se alza esta taberna a la salida del puerto como un escollo infranqueable en una ría, escollo en el que inevitablemente quedo siempre encallado; y donde, a todo esto, empiezo a ser bastante conocido.

    La jornada de trabajo a bordo terminó sin novedad; aún no se ha completado la carga, los estibadores terminarán de cargar nuestras bodegas mañana por la mañana (hoy por la mañana, de hecho, pues pasa largo de la medianoche cuando escribo estas letras en mi camarote).

    Tras la cena me apresuré a saltar a tierra para acercarme al Seafarers’ Centre, que se encuentra a la salida del Queen Alexandra Dock, la dársena donde estamos atracados. Sería mi última escapada al pub, tarde de despedidas y farewells. A la mañana siguiente terminaríamos de cargar el barco y zarparíamos con la marea, era preceptivo recalar en la taberna para despedirme de la entrañable parroquia que tan cálidamente me acogió estos días. Un par de pintas y abrazos, y continuaría camino para pasear por Cardiff.

    Ésa era la idea. Pero no fue hasta bastante después de que doblara la campana a medianoche que salí de la taberna, preguntándome cómo diablos había vuelto a suceder.

    Cuando salté a tierra a media tarde llovía pertinazmente, como lo había hecho incesantemente a lo largo de todo el día; un día gris y obscuro que se ensombrecía más a medida que caía la noche. Caminé por los muelles desiertos sorteando los charcos, a lo largo de una larga hilera de tinglados, almacenes de ladrillo pequeño y rojizo enmohecidos por la lluvia, con tejados en pico cubiertos de verdín. Algunas de las grandes puertas estaban abiertas, otras desvencijadas, y en el interior se adivinaban en la creciente obscuridad algunas mercancías dispersas, o amontonadas, o grandes espacios vacíos en cuyas sombras resonaba el eco de mis pasos cuando pasaba frente a ellas.

    Al cuarto de hora escaso estaba franqueando la entrada del Seafarer’s Centre y saludando a la parroquia, como Norman al entrar en el bar de Cheers.

    El local estaba concurrido esta tarde. La mesa más grande estaba ocupada por un grupo de unas ocho personas, bien vestidas y arregladas; según supe luego eran miembros de la Autoridad Portuaria y levaron anclas pronto. En otra mesa se apiñaba un grupo de marineros asiáticos, pequeñitos y amarillos, silenciosos; conformaban un grupo compacto, como un rebaño de ovejas, sonreían y miraban con mucho interés a su alrededor. En otra mesa dos hombres de inequívoco aspecto eslavo bebían en silencio, taciturnos, a inquietante velocidad. En un par de mesas alejadas varias personas mantenían respectivas videoconferencias en Skype, aprovechando la WiFi que el Seafarer’s Centre pone a disposición de los marinos. En la barra había otra docena de personas bebiendo pintas y charlando animadamente. Las conocía ya a casi todas de las tardes anteriores, y me dieron una muy calurosa bienvenida. Alguien pidió una pinta para mí y me uní al alegre y variopinto grupo. Estaba éste conformado por un par de portuarios galeses; el patrón y un marinero -irlandeses- de un pequeño carguero de cabotaje, y la esposa del patrón (que navegaba con ellos); dos técnicos de efectos especiales de la BBC (que trabajan, a todo esto, en la popular serie Doctor Who); el dueño y gerente de un hotel próximo; un regatista chalado, excéntricamente vestido con chaqueta cruzada de franela a cuadros y pantalones bombachos, que rebosaba energía en el habla y los ademanes; un viejo contramaestre inglés de la Royal Navy, de aspecto duro y curtido, rostro sonrojado tirando a malva y ojos azul ultramar; y el viejo jefe de máquinas -también de la Royal Navy- que regenta el Seafarer’s Centre.

    Discurrió la velada entre charlas variadas, jarras de cerveza, anécdotas e historias; luego vinieron las canciones a voz en cuello. Sorprendí a los de la Royal Navy uniéndome a ellos cuando cantaron The British Tars, cuyas primeras estrofas aprendí allá por los años noventa durante la semana que pasé a bordo de la fragata HMS Montrose; e incluso luego, habiéndome venido muy arriba, canté en solitario la Cantinera de nuestra Armada Española mientras la parroquia aporreaba en mesas y barra siguiendo el compás. El ambiente marinero era estupendo.

    Llegados a cierto momento álgido de la velada el orgullo patrio comenzó a aflorar en el viejo contramaestre inglés de la Royal. Cuando mencionó a Drake con el dedo en alto, le recordé a Lezo; cuando nombró a Cook, le recordé a Elcano, Urdaneta, Legazpi; cuando ensalzó a Lord Nelson, le recordé a Churruca; cuando, picado, habló sobre Trafalgar, le recordé Cartagena de Indias.

    Se detuvo y me miró fijamente, mentón muy alzado, con sus ojillos vivos llenos de energía. El silencio se había hecho a nuestro alrededor. Entonces alzó su jarra de cerveza y, cuando brindó por España, brindé por Inglaterra, dando así por finalizado el lance; y todos los demás aplaudieron y bebieron con nosotros, volviendo el bullicio y la algarabía a alborotar el ambiente.

    La velada de hoy fue uno de esos momentos entrañables que hacen que uno olvide penurias y se reconcilie con el gremio, el oficio y la forma de vida; incluso hasta con la Humanidad.

    Ahora escribo estas notas, como decía antes, desde la soledad de mi camarote, ya de regreso a bordo. A medianoche el viejo jefe de máquinas de la Royal que regenta la taberna hizo tañer la campana de latón tras la barra, y lentamente los parroquianos fueron abandonando el local tras las efusivas despedidas. Yo fui el último en salir, el tabernero me invitó a un trago de Old Navy Rum (57%alc. letal a esas alturas) ya a puerta cerrada, mientras charlábamos un rato más acerca del mal camino que lleva el oficio con la irracional implantación de la tecnología a bordo en detrimento del factor humano. Nos entendíamos muy bien.

    Cuando salí al fresco de la noche aún lloviznaba. La noche era obscura, sólo de trecho en trecho algunas farolas iluminaban con sus luces eléctricas naranjas o amarillentas, que se reflejaban en los muelles mojados por la lluvia.

    Caminé despacio de regreso a bordo, observando todo a mi alrededor mientras me preguntaba, como tantas otras veces, si la vida, el Destino, la Providencia o lo que diablos sea que mueve los hilos de la existencia volverá a traerme a este lugar que dentro de unas horas abandonaré, y del que me llevo de nuevo tan grato recuerdo. Quizás mis pies no vuelvan a hollar este lugar jamás. Chi lo sa

    Por la proa me esperan unos diez días de travesía hasta nuestro destino: Mişrātah. Aunque oficialmente la guerra terminó ya hace unos meses el país anda aún algo revuelto, por lo que sé. Llevaremos un cargamento de varas de acero; tras toda guerra viene una reconstrucción, y Occidente se encarga amablemente de suministrar los materiales. Entre otras cosas. Y por un precio.

    Así que probablemente estaré tiempo sin cobertura, quizás unas tres semanas, tal vez más. No sé cuánto tiempo estaremos en ese desierto en posguerra. Supongo que tendré ocasión de sacar algunas buenas fotografías y tomar unas cuantas notas interesantes; aunque cada vez me asquea y deprime más visitar lugares en guerra o posguerra, que han sido unos cuántos en estas décadas. La curiosidad, fascinación e interés que sentía en los noventa se trocó en repugna, tristeza y desesperanza.

    En fin. Tumbémonos a descansar. No tardará en amanecer.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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