Días en Warrenpoint

La carta náutica del aproche a Warrenpoint.

A bordo del Mistral, fondeados a 1 milla al sur de Hellyhunter Rock.
A 4 de octubre del 2012. Jueves.

    Cuando salí a cubierta esta mañana, nada más entrar de guardia, experimenté una sensación que hacía meses no vivía: La de exhalar una vaharada blanca en el frescor de la mañana, vaho que se desvayó en la espesa niebla que nos rodea en el Mar de Irlanda. La temperatura media descendió casi 20ºC en los últimos días, desde que zarpamos de la Vilanova. Atrás quedó el tibio Mediterráneo otoñal, ahora nos rodean las densas nieblas norteñas.

    Estamos fondeados a una milla escasa al sur de Hellyhunter Rock, en 15 metros de sonda y fondo rocoso -no es el mejor tenedero, pero el Almirantazgo afirma que es fondeadero seguro-, frente a la embocadura del Carlingford Lough, la ría de entrada a Warrenpoint. Este puerto del Ulster está situado justo en la frontera con la República de Irlanda, que comienza en la margen sur de la ría. O lough, que dicen por aquí. No me cuesta imaginar las interesantes y violentas escaramuzas que sin duda habrá habido a lo largo de este río fronterizo en tiempos pasados.

    El tiempo no fue el más cómodo durante esta travesía hacia el Norte. Una vez cruzado El Estrecho tuvimos viento y mar en contra hasta el Finisterre y remontamos la costa atlántica de la Península a unos 6-7 nudos. Doblado Finisterre y arrumbados ya al Nor-norleste en demanda de las Islas Scilly, el viento roló un par de cuartas a Poniente y pasamos de ir dando molestos cabeceos a peores balanceos, de lo más incómodos sobre todo para descansar. Es en esos momentos -entre muchos otros, la verdad- en los que echo de menos navegar a la vela. Los veleros resultan muchísimo más cómodos. A veces cabecean como diablos, pero balancean muy poco debido a la quilla y la orza, y al brazo resultante del empuje del viento sobre el velamen. Los buques mercantes modernos no son nada marineros en sus formas, perdidas en aras de una mayor eficiencia -dichoso palabro, que tan de moda se ha puesto en la industria marítima-.

    No fue hasta que embocamos el Canal de San Jorge que la isla de Irlanda nos ofreció socaire y navegamos ya sin apenas movimiento. Al filo de la pasada medianoche recalamos en la Hellyhunter Buoy y los prácticos nos dieron orden de dar fondo a una milla al sur de la misma. Está previsto que levemos y entremos a puerto a las once y media de esta mañana.

    Durante la noche pasé fresco. La manta vieja y desgastada de mi camarote no es precisamente abrigosa, y aquí arriba el tiempo refrescó de lo lindo. Además, al apagar las máquinas del Mistral éstas dejan de dar calor a la habilitación, que está justo encima de sus cámaras. Y se nota.

A bordo del Mistral, atracados en Warrenpoint, El Ulster.
A 5 de octubre del 2012. Viernes.

    Ayer, tras la cena, salí a tierra con el segundo piloto para reconocer el terreno. Estamos atracados a un paseíto de diez minutos del centro. O “centro”, entre comillas; Warrenpoint es un pueblo realmente pequeño que uno puede recorrer en un cuarto de hora de punta a punta. Se unió a nosotros el primer maquinista. Es un chico gallego de mi edad, grandullón, alegre, bravucón, fanfarrón y algo escandaloso -característica ésta que supongo normal en alguien que pasa más de media vida en una estruendosa cámara de máquinas-.

    Caminamos hasta la plaza que es el centro del pequeño pueblo y allí vimos algunos establecimientos, entre ellos un supermercado Spar que me trajo recuerdos de los años en la P&O. Bordeamos la dársena pesquera mirando los barcos allí atracados y haciendo comentarios u observaciones acerca de sus aparejos, y seguimos la calle que discurre paralela a la ría. Allí avistamos la Marine Tavern y nos pareció un lugar idóneo en el que dar amarras.

    No había nadie más cuando entramos, sólo la joven camarera tras la barra, una moza de típico aspecto norirlandés. Nos sirvió tres pintas de Guinness y no tardé en empezar a charlar con ella. Vencida su suspicacia inicial, propia de gente de pueblo ante forasteros, se mostró amable y abierta y charlamos distendidamente un buen rato.

    Por ella supe, entre otras cosas, que solía haber bastantes pubs en Warrenpoint pero en la actualidad sólo quedan cuatro; el resto fueron cerrando. Me explicó que era debido a que aquí habían entrado hace tiempo en una profunda recesión.

    -Oh, no me hable de recesión… venimos de España -apunté-. Sé un par de cosas acerca de la recesión.

    Entró un cliente y ella se aprestó a servirle, momento en el que retomé el español y la charla con mis compañeros; pero ésta duró poco. Alguien tuvo la mala ocurrencia de preguntar si había WiFi, y resultó ser que sí; en ese instante los tres desenfundamos nuestros respectivos teléfonos, bajamos la cabeza para observar las pantallas sobre las que deslizábamos los dedos y nos sumimos en el silencio, como hipnotizados por los aparatos.

    Al poco me di cuenta de lo cómico de la situación.

    -Craso error, preguntar si había WiFi; ha supuesto el fin de la conversación y la socialización humana- observé en voz alta; pero no tuve la atención de mis compañeros, que estaban absortos en sus respectivas pantallitas, los rostros iluminados por su resplandor, los ojos muy abiertos moviéndose con rapidez, los pulpejos de los dedos deslizándose por las pantallas. Qué tiempos vivimos. Pulsé el botón de apagado de mi teléphono, me acodé en la barra y continué bebiendo en silencio. 

    Cuando salimos de nuevo a la calle caminamos de vuelta a la plaza. El maquinista quería encontrar otro sitio en el que echar un trago y yo prefería caminar e investigar el pueblo, ver qué ofrecía y cómo era; el piloto vascongado, neutral, se dejaba llevar. Hicimos un poco de cada. Primero callejeamos por tres de las cuatro calles de Warrenpoint y finalmente propuse entrar en un pub con que topamos en nuestra andadura: el Molly’s.

    Resultó ser pequeñito y bastante antiguo, con solera. Y, como es tan habitual por estas islas, en silencio. Sin música o televisión, quiero decir, sólo el murmullo de las conversaciones de los parroquianos. Había viejas banderas y bufandas, algunas fotografías y postales ajadas por los años, carteles descoloridos, una gran cruz de San Patricio de diseño celta y todos esos detalles que la resaca de los tiempos suele dejar en las tabernas. Mis compañeros pidieron sendas pintas, yo me contenté con sólo media; a partir de aquí yo bebería ya sólo medias pintas, no estaba dispuesto a volver a desnortarme y mucho menos a padecer otra resaca tan brutal como las de Amberes, Génova y Vilanova. Avante poca-poca y escandallo por la proa, era mi consigna. Al acabar las bebidas decidimos seguir camino; pregunté al tabernero si podía llevarme el posavasos para mi colección -una colección que viene de varias generaciones-. Fuese el hombre al almacén y de allí regresó un buen rato después con una docena más de diferentes posavasos, que me regaló con cordialidad. Le estuve muy agradecido, nos despedimos y salimos de nuevo al fresco de la calle.

    Aún hicimos una escala más en otro pub de estilo algo más moderno, poco más abajo en la misma calle, antes de enfilar de regreso hacia el puerto; no quedaba ya pueblo por ver ni tabernas por visitar, excepto una. Arrumbamos al último pub: The first and the last. Mientras caminábamos hacia él yo meditaba acerca del posible origen del nombre del local. Quizás se refiriera a que es el pub en el que se para a tomar la primera pinta y al que se viene luego a tomar la última antes de retreta; o acaso quiera decir que se toman todas las pintas allí, de la primera a la última; o incluso que sólo se toma una pinta, la primera y última, ya sea por mortífera o por mesuro o prudencia del bebedor.

    Sea como fuere entramos y pedimos otra ronda. Quién sabe si la última. Había un par de parroquianos que miraban con interés un partido de fútbol que enfrentaba al Liverpool con el Udinese en Inglaterra. Acabó por vencer la escuadra italiana y me alegré muchísimo, pues simpatizo mucho con los italianos, con quienes tanto tengo en común, y más bien poco con los ingleses, a pesar de tener algunas muy buenas amistades entre ellos. Ya se sabe, viejos rencores históricos -así somos los europeos- aderezados por la devastadora imagen que ofrece el turismo británico por el mundo adelante. 

    El 2º piloto tuvo que ir achicar la sentina al aseo y cuando abrió la puerta del fondo se quedó absolutamente patidifuso en su umbral. Al otro lado había un salón mucho más grande y muchísimo más animado, con un montón de gente bailando música folk.

    Tardamos un suspiro en cambiar de amarradero y dar cabos a la barra de dicha sala, sin práctico ni remolcadores, pidiendo otra ronda a pesar de haber tomado ya la última. Había allí en marcha una clase de baile en la que la profesora enseñaba a su numeroso grupo de alumnas baile folk. Eran todas mujeres, jóvenes y maduras, sonrojadas y alegres. El resto de la variada parroquia bebía, charlaba, reía, en un ambiente de lo más animado.

    Mi mirada se cruzó accidentalmente con la de una de las bailarinas y ésta, con desenfado pícaro, me invitó a entrar a bailar con pertinaz insistencia, poniéndome en una situación algo comprometida; tuve algunos reflejos de aquella noche en Setúbal en la que …y bailé; pero me corté y rehusé del modo más amable posible, amadrinándome a la barloa de mis compañeros en busca de protección, no fuera que la bailarina me fuera a agarrar del brazo. Lo del baile nunca fue lo mío.

    Y cuando un rato después me abalanzaba yo sobre la barra con el brazo en alto para pedir otra ronda, olvidadas ya mis buenas y juiciosas intenciones, mis compañeros me sujetaron; yo me venía arriba, pero ellos preferían regresar a bordo. Eran conscientes de que empezábamos a calar el disco de Plimsoll, no convenía cargar más. Una pena.

    Sí, resulta curioso; al principio de la tarde yo era el prudente pero, como tantas otras veces, en cuanto remojé un poco el gaznate y me metí en ambiente, ya no había quien me parara.

    Resignado, seguí a mis compañeros calle abajo hacia el muelle en el que el Mistral permanecía atracado.

A bordo del Mistral, atracados en Warrenpoint, El Ulster.
A 6 de octubre del 2012. Sábado.

    En el muelle aledaño al nuestro atracan cada día dos rolones grandes y viejos: El Anglia Seaways por las mañanas y el Seatruck Pace por las tardes. Los shunters que meten y sacan la carga son los mismos modelos Terborg Sisu, pintados exactamente igual, que en Larne, Fleetwood, Cairnrayan, Belfast, Liverpool y demás puertos que frecuenté cuando estaba embarcado en los rolones del Irish Sea. Los trailers son, muchos de ellos, de las mismas compañías (McBurney, Connoly, Montgomery Transport), viejas conocidas, que transportábamos nosotros en los viejos y buenos tiempos de la P&O, la Stena Line y la Merchant.

    Oigo desde el muelle los pitidos de los silbatos de los marineros y siento un puntito de nostalgia. Camino hacia proa y observo las amuras del viejo rolón, castigadas por la Mar, el viento y la salitre durante largos años de servicio en los fríos mares del Atlántico Norte; las planchas del forro hundidas en las claras de cuadernas; chorretones de óxido que surgen de los galápagos y san lorenzos sobre su borda. Observo las tensas estachas; una costura redonda en una de ellas, una costura alemana en otra; ambas costuras son un buen trabajo marinero, no como otras chapuzas que cada vez con más frecuencias se topa uno en los barcos y los muelles.

    Aún observo un rato más los detalles del viejo rolón antes de acercarme a la proa del Mistral para anotar los calados, dato necesario para calcular la cantidad de carga embarcada hasta el momento en nuestras bodegas. Me gusta hacer estos cálculos a papel y lápiz y contrastar los resultados con los del ordenador del buque. Mantener todos estos cálculos frescos ayuda a que no olvide uno lo que se trae entre manos, la esencia del asunto. A comprender mejor el oficio y saber de dónde sale cada cosa, cada efecto, cada consecuencia. A resolver problemas, cuando surgen. De modo que suelo dedicar bastante tiempo a bordo a hacer a mano largos cálculos de todo tipo que los aparatos electrónicos resuelven en segundos: cálculos de estabilidad, de carga, astronómicos, etcétera. 

       

    Esta tarde volví a saltar a tierra a estirar las patas. Fui solo, no me apetecía compañía. Me detuve en un quiosco a comprar postales. Sólo había tres modelos con vistas de la comarca y eran imágenes, en mi opinión, muy poco afortunadas. Así que compré varias copias de una postal con una fotografía marinera que me gustó mucho, aunque nada tenía que ver con estas tierras. Un bote de madera varado en una playa arenosa, frente a un faro.

    Luego vagabundeé por Warrenpoint y acabé en la orilla del río, junto a los muelles. Decidí pasear por la ribera hacia el Surleste, siguiendo una calle que luego se convirtió en carreterita al salir del pueblo. Pero caía la tarde, así que la excursión por la ribera del Carlingford Lough no fue demasiado larga. Regresé por el mismo camino y llegué al pueblo cuando se ponía el Sol tras los cerros irlandeses.

    Entré en la Marine Tavern y pedí una copa de vino por la que me cobraron cuatro euros -como en buen pueblo fronterizo, aceptaban monedas de ambos lados de la raya-, y que resultó ser atroz. Pedí la botella al camarero y leí la etiqueta. Vino de California. Pues valiente vino se gastan los californianos, que el demonio los lleve a todos.

    Con mi copa me senté en una mesa de madera junto a un ventanal desde el que se ve el río y parte del puerto. Era el momento del crepúsculo y me dispuse a disfrutarlo con calma. Un rolón remontaba el río y comenzó la maniobra de giro a nuestra altura, para atracar de popa un poco más arriba, junto a nuestro barco. En la quietud de la tarde se escuchaba el murmullo de las hélices de proa durante la evolución. Observé con ojo crítico, pero la maniobra resultó impecable.

    El crepúsculo fue languideciendo, los intensos colores del cielo y los arreboles fueron amorteciéndose lentamente mientras las lucecitas eléctricas iban encendiéndose a ambos lados del río. Los crepúsculos son más largos e intensos cuanto más elevada es la latitud, disfruté un buen rato en silencio del espectáculo de la evolución de colores y fulgores crepusculares hasta que el manto estrellado de la noche se extendió sobre la comarca.

    Sobrevino la noche y me puse a escribir las postales que había comprado horas antes. Sigo siendo un entusiasta del correo postal por encima del electrónico.

    Ahora, ya de regreso a bordo, transcribo a mi Mac las notas de mi cuaderno de bolsillo, ampliando y detallándolas. No tardaré en tumbarme a descansar; es tarde y probablemente mañana terminen las operaciones de descarga y nos hagamos de nuevo a la Mar.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s