La patera

Inmigrantes a bordo de una balsa sobrecargada, en pos de las costas españolas.

A bordo del Mistral, navegando en demanda del Cabo San Vicente.
A 28 de septiembre del 2012. Viernes.

La noche pasada fue corta y el día de hoy se hace largo; pero así es la vida a bordo y en la Mar. Ayer terminé mi guardia vespertina de navegación a medianoche, pero a la una de la madrugada estábamos entrando en el puerto de Ceuta para repostar. Es frecuente que al pasar el Estrecho toquemos Ceuta para hacer consumo -repostar combustible, en el argot- como quien para en una estación de servicio a echar gasolina. Apenas unas horas para llenar los tanques del buque antes de largar amarras y proseguir el viaje.

Tras la maniobra de entrada en puerto, con las estachas firmemente encapilladas a los norays del Muelle de Poniente y la plancha dada a tierra, me retiré a mi camarote y aproveché la cobertura española para conectar a Internet y enviar algunas cartas escritas durante los días pasados; luego me tumbé un rato a descansar. Mientras tanto los maquinistas se ocupaban de sus asuntos, conectando las mangueras e iniciando el bombeo de combustibles.

Tras tantos años navegando he desarrollado la capacidad de conciliar el sueño en apenas segundos. Me tumbé vestido como estaba sobre la litera de mi camarote y en menos de un suspiro caí en un profundo sueño. Cuando el marinero de guardia llamó a mi puerta y me avisó de que nos disponíamos a zarpar tuve la sensación de que sólo habían transcurrido unos minutos; sin embargo habían sido un par de horas. Me calcé las botas, me eché el capote encima y subí a cubierta para la maniobra de salida de puerto.

Tras desembarcar al práctico aún dispuse de casi una horita más de descanso hasta las siete de la mañana, momento en el que me levanté de nuevo para ducharme, afeitarme y desayunar. Poco antes de las ocho de la mañana subía al puente para incorporarme a mi guardia matutina.

Cuando tomé la guardia navegábamos aún aguas del Estrecho, encontrándonos al sur de Punta Carnero, y era aún de noche aunque ya clareaba el alba. El amanecer fue gris, espeso, sucio; lloviznaba y estaba encapotado. Había una cantidad razonable de tráfico en ambas direcciones a lo largo del Estrecho, pero apenas había buques cruzándolo entre Europa y África.

Ya había amanecido cuando crepitó el aparato de radio VHF y oí al Finnborg -probablemente de la naviera holandesa Wagenborg, con ese nombre- llamar a Tarifa Tráfico en el canal 10. Su capitán informaba de que había avistado una balsa de goma con una decena de inmigrantes a bordo. Observé la pantalla del ECDIS -la carta de navegación electrónica-, y localicé al Finnborg en ella. Se encontraba a unas seis millas al sur-surleste de Punta Europa, lejos por nuestra popa. Desde el Centro de Control y Salvamento de Tarifa le conminaron a quedarse al lado de la patera hasta que llegara la lancha de rescate que se disponían a enviar. Tras un breve silencio, el sagaz capitán del Finnborg contestó que ya habían dejado atrás la balsa, sin duda sabedor de que desde el CCS no harían dar la vuelta a un mercante de su porte, a contramano, en medio del transitado y concurrido dispositivo de separación de tráfico del Estrecho. El viejo holandés, astuto, conseguía así evitar unas horas de demora y molestas complicaciones matutinas.

Hubo otro breve período de silencio en la emisora durante el que los controladores de tráfico buscaban otros barcos en las inmediaciones; al poco se escuchó cómo llamaban a un buque de pasaje moro que cruzaba de Marruecos a España. El centro de control les preguntó si desde su posición veían la balsa de goma; el capitán moro respondió afirmativamente y entonces desde Tarifa le dieron orden de permanecer a su lado. El buque no respondió; el moro se hacía el sueco. Tarifa lo llamó de nuevo y esta vez sí contestó, pero cuando el centro de control le preguntó si había recibido su anterior orden… de nuevo, silencio.

Supongo que el capitán moro, cabroncete él (no por moro, que bien podía ser español o mandarín, su origen es lo de menos), intentaba escurrir también el bulto para evitar demoras, quejas y protestas del pasaje y, en definitiva, complicaciones. Así de deshumanizado se está volviendo el gremio.

Tercera llamada de la torre. Finalmente el moro, que no puede dar más largas, contesta. Desde Tarifa una nueva voz, autoritaria, le exige que responda a su mensaje y a su orden de quedarse en las proximidades de la patera. Tras un breve silencio durante el cuál supongo al capitán moro maldiciendo y ciscándose en la balsa y los controladores, éste, acorralado, afirma. Casi me parece oírle gruñir a desgana entre dientes mientras contesta a través de la emisora. Tarifa anuncia que la lancha de rescate sale hacia su posición.

Luego siguió un breve interrogatorio al buque moro y al Finnborg, poco comunicativo y cooperador el moro, muy correcto el europeo que, en cualquier caso, seguía felizmente su ruta sin más dilación ni complicación tras haber escurrido hábil -e inhumanamente- el bulto. Ambos coinciden en que se trata de una pequeña balsa de goma, sin motor, a remo, con una decena de personas a bordo.

El interrogatorio se vio súbitamente interrumpido por una voz alarmada, que gritaba avisando a otro buque -al Giovanna Iuliano-, de que tenía a la desdichada balsa justo a proa y que se la iba a comer. Y el capitán del Giovanna, que aparentemente no se había enterado del asunto y se abalanzaba sobre los inmigrantes, respondió tras unos segundos tensos que a mí me parecieron muy largos, gritando con marcado acento italiano: «Yes I see it now! I alter my course! Hard a starboard!».

Vaya tela. Puedo imaginar sin mucha dificultad al capitán italiano en el puente de su carguero, recién entrado de guardia, calentándose tranquilamente las manos con su tazón humeante de caffè mientras mira distraído a través de los portillos a los buques que van y vienen, a la cercana costa española y a las olitas de la Mar; y de repente escucha a través de la radio los gritos que le advierten de que está a punto de abordar a una balsa; pelos de punta, caffè derramado, carrera al radar, al alerón, a los prismáticos, a todas partes; respirando cuando por fin ve la pequeña embarcación atiborrada, gobierno de automático a manual, toda la barra a estribor…

Tampoco me cuesta mucho imaginar a los pobres diablos de la balsa, extenuados tras toda una noche dándole a los remos, luchando contra el frío, las corrientes y las adversidades, con el corazón en un puño de cada vez que uno de esos enormes buques les pasa cerca -y habrán sido unos cuantos durante la noche-, empapados, ateridos de frío, hambrientos; con muecas de pánico, dejando caer al agua los improvisados remos, aterrados, cuando ven cómo se les viene encima el gigante de acero que surge de entre la bruma matutina navegando a toda máquina bajo la pertinaz llovizna. Y respirando por fin, aliviados, cuando el buque vira en el último momento y los esquiva. Han tenido suerte.

Creo que en realidad todos hemos respirado aliviados en ese momento: Los inmigrantes -desde luego-; el capitán italiano, que por poco arruina su carrera; el capitán moro, que veía cómo se le iba a complicar la mañana de carallo; los del CCS de Tarifa; y yo, que aunque sólo asistía al drama como mero oyente radiofónico, empezaba a angustiarme por la suerte de los inmigrantes.

Al rato llegó la Heineken de la Guardia Civil y desde el Centro de Control de Tarifa dieron permiso al buque moro para continuar su travesía.

Y yo medito que quizás no hayan tenido mal final para su aventura, los de la balsa. A lo mejor sale más rentable que te pesque la Benemérita en vez de llegar a una playa andaluza sin que te pillen. Igual así les cae un bocata y una manta al llegar a España, atención médica gratuita y, quizás, hasta una paga del Estado que, además, les buscará trabajo y casa o les dará una subvención. Que no se diga que somos racistas y fachas. Faltaría más. Hay que ser humanitarios y solidarios y tontos de solemnidad.

Pero qué diablos, quizás se lo hayan ganado. Porque hay que echarle un par para arriesgarse a jugar esta baza como hicieron estos inmigrantes. Hay que estar muy desesperado y hay que tener arrestos para intentar cruzar el Estrecho en una balsa de goma a remos en mitad de una noche encapotada y lluviosa, con buques de decenas de miles de toneladas cruzando a toda máquina en ambas direcciones. Así que me alegro por ellos. Celebro que su arrojo no haya dado con un mal final en su arriesgada empresa. «Audentes Fortuna iubat» (Virgilio, en La Eneida)

 

  Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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