Esos arrogantes suicidas de los mares

(...) y observo al portacontenedores avanzando a toda máquina, dejando una estela blanca y clara por la popa y proyectando una sombra negra y amenazadora sobre los pescadores.

A bordo del Mistral, navegando el Mar de Alborán en demanda del Estrecho.
18’ al suroeste del Cabo de Gata.
A 27 de septiembre del 2012. Jueves.

    Hace dos singladuras que largamos amarras de la Vilanova, navegando a rumbo sur-suroeste en demanda de Cabo La Nao, Palos, Gata y El Estrecho, dejando atrás el pequeño y acogedor puerto del Levante español en el que pasamos cinco días. Allí tuve la fortuna de poder reencontrarme con un viejo compañero, Guillermo, al que hacía tiempo que no veía; recorrimos las tabernas de la Vilanova contándonos de nuestras vidas, barcos y travesías, recordando viejos tiempos y conjeturando los futuros. Como era previsible, a esa noche memorable siguió una mañana para olvidar.

    Días después, con las bodegas finalmente cargadas con perfiles de acero consignados a Irlanda de Norte, nos hicimos a la Mar. Era una buena mañana otoñal, con el sol luciendo en lo alto sobre un Mediterráneo azul y tranquilo.
    Por la proa nos esperaba una semana de travesía hasta llegar a destino, y parece que con el tiempo algo revuelto por allá arriba, en el Atlántico Norte. Ha llegado el otoño.

    Me irrita sobremanera esa condenada manía de los mercantones de pasar a la minimísima distancia de otros buques, no alterando el rumbo hasta el ultimísimo momento -de hacerlo, que no siempre-, contraviniendo las buenas prácticas marineras y el Reglamento, regla 8 sección II. Sucedió -una vez más- esta mañana.

    Pongámonos en situación. Navegamos el último trecho del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Yo escucho atentamente los avisos a los navegantes radiados por la estación costera, lápiz en mano, cuando observo allá en la distancia algunos pequeños puntos sobre la línea del horizonte, cerrando por la amura de estribor. Me acerco al alerón con los prismáticos y enfoco las lentes en aquella dirección. Se trata de una pequeña flotilla de arrastreros urcitanos en plena faena, probablemente con más moros que cristianos a bordo, que quedarán justo a rumbo de colisión cuando salgamos del dispositivo y viremos hacia Poniente.

    Me acerco al radar de navegación y marco los barcos, observando sus trazas y las lecturas. Evalúo. Calculo. Y concluyo que lo más adecuado será esperar para hacer el cambio de rumbo a estribor hasta que los pesqueros queden en franquía. Como aún queda un rato para la eventualidad me entretengo realizando los respectivos cálculos cinemáticos a papel y lápiz, que arrojan el previsible resultado estimado antes a ojo y confirmado por el ARPA.

    Por nuestra proa navega otro buque, un portacontenedores cargado de cajitas que no hace mucho que nos alcanzó. Supongo que hará la misma maniobra que efectuaremos nosotros, retrasando el cambio de rumbo para gobernar a los pesqueros. Pero no. Nada más salir del dispositivo de separación de tráfico el portacontenedores, sin duda escrupulosamente fiel a su plan de viaje y a la derrota prefijada, cae a estribor poniendo proa al Estrecho… y a los pesqueros. Me pregunto si será posible que no los haya detectado, a simple vista, con los radares o el AIS. Cualquier oficial de guardia en el puente inspeccionaría el horizonte y las pantallas de los aparatos antes de cambiar de rumbo. Me acerco a nuestro ARPA, marco también al portacontenedores y observo la lectura; si no cambia de rumbo le pasará por encima a un par de arrastreros dentro de unos diez minutos. Interesante perspectiva.

    Por mi parte dejo que el Mistral continúe su rumbo, obviando el waypoint de salida del dispositivo, para dar franquía a la flotilla de arrastre antes de virar; y observo al portacontenedores avanzando a toda máquina, dejando una estela blanca y clara por la popa y proyectando una sombra negra y amenazadora sobre los pescadores.

    Minutos más tarde el portacontenedores está a menos de una milla de los primeros pesqueros y no se aprecia en él indicio alguno de ir a variar el rumbo. Poco después crepita el aparato de radio VHF, canal 16.

    A ve, a ve… mercan shi containe, mercan shi containe, ¿mescusha?– Se trata, sin duda, de uno de los patrones de pesca, con un acento andalú cerrado de carallo y el nivel de inglés propio del gremio. Sólo obtiene silencio por respuesta. El hombre insiste, una y otra vez.

    La situación empieza a ser tensa y yo alterno entre la pantalla del radar y los prismáticos, siguiendo la escena con tanto interés como una final del Mundial y, a éstas alturas, confraternizando con los pescadores y comenzando a odiar al piloto del containero.

    ¡Hioputa de loh cohone…!– se escucha blasfemar al patrón urcitano por el aparato de radio, fuera de sus casillas, olvidadas ya las buenas maneras -¡Me voy a cagá en tos tus putoh muertoh (…)– y una larga y fascinante serie de improperios demasiado inapropiados para ser transcritos aquí. Confieso que en ese momento estoy tentado de agarrar la transmisora y traducirle los castizos términos a inglés al piloto del containero, para que no pierda detalle, y añadiendo algunos de mi propia cosecha. Pero permanezco atento a la escena como observador.

    Cuando el portacontenedores se encuentra a algo menos de tres cables varía el rumbo unos grados, lo justo para librar al pesquero y cortarle la popa a menos de medio cable, según aprecio en el radar. A menos de medio maldito cable de un arrastrero que, con la sonda que hay en estas aguas, llevará no menos de 600 metros de cable y aparejo a rastras por la popa. Ya hay que ser estúpido e ignorante.

    Yo observo la maniobra fascinado a través de los prismáticos, y veo al patrón -a estas alturas ya lo considero casi hasta mi compadre- salir a cubierta, frenético, agitando los brazos, señalando a los cables que se sumergen por su popa y aullándole al buque mercante, haciéndole cortes de manga y hasta lanzándole su gorra, que se pierde entre las olas. Varios pescadores se encuentran agarrados a los volantes del carretel, prestos a soltar los frenos y filar cable en banda a la voz del patrón. Posiblemente haya alguno más con la cizalla en la mano. Con el corazón en un puño observo como el portacontenedores, impasible, pasa por su popa con soberana tranquilidad; afortunadamente no enganchó los aparejos del arrastrero, el desastre podría haber sido mayúsculo. Poco después cambia de nuevo levemente el rumbo, lo justo para cortar la proa de un segundo pesquero que pronto quedó oculto a mi visión por la mole del buque mercante; en ese momento la primera ola que levantó la roda del portaconteneodres alcanza al primer arrastrero y le pega un meneo de cuidado, haciéndolo escorar exageradamente a banda y banda de tal modo que casi parece que zozobrará. Algunas cajas de pescado que permanecían apiladas en cubierta se desparraman, y observo a través de los prismáticos como los marineros se afanan en recoger el fruto de su jornada de duro trabajo. Puedo imaginar sin mucha dificultad la nueva oleada de insultos y maldiciones de los pescadores, que sin duda harían palidecer al viejo Haddock. ¿Qué necesidad, qué maldita necesidad había de pasar tan cerca y de arriesgar de ese modo?

    Y allá se aleja el portacontenedores, como si tal cosa, ufano e impasible. Quizás maldiciendo a los condenados pescadores que se interponen en el camino de su majestuoso buque, con su horario que cumplir y su necesidad de no desviarse del rumbo para mantener la eficiencia, palabro maldito donde los haya desde que se puso de moda en la industria marítima. Probablemente sin saber que por poco engancha los aparejos de un pesquero y sale en el Telediario de las tres; y entonces a la mierda con el horario y la eficiencia y, si Dios es justo, con su carrera de suicida de los mares. Feliz, el pobre estúpido, en su ignorancia; o feliz en su temeridad, que no sé qué es peor.

    Ahora pongámonos en la situación del patrón del arrastrero -situación que conozco bien-; puteado por la Administración -o las administraciones varias-, por los mayoristas, por la Autoridad -o autoridades varias- y procurando ganarse honradamente el jornal de su familia y sus hombres, pescadores humildes y esforzados, a base de trabajo duro y desagradecido; de madrugones constantes, de capear borrascas y escurrir salitre de los calzones por un beneficio miserable. Navega tranquilo en una mañana soleada, segundo lance de la jornada, con todo claro hasta que un mercante sale del dispositivo y pone proa directa a él. El muy mal nacido. Y se acerca a toda máquina a rumbo de colisión, el hioputa. Y el patrón sin saber si ha sido visto o no, preguntándose por qué le han puesto proa a él, con lo grande que es la Mar y la de sitio que había para pasar. Por qué. Preguntándose si el piloto del carguero será un ruso borracho, un cualquiera atontado, un juerguista con ganas de bromas pesadas, un chulito, un inconsciente o un estúpido. O una mezcla de todo o parte de ello en proporción variable. Intentando comunicar con él a través de la radio VHF, con las dificultades propias de quién se tuvo que hacer a la Mar a los catorce años quizás, tal vez antes, empujado por la necesidad y sin tener la oportunidad de estudiar como sus vecinos más afortunados del pueblo, que ahora chapurrean unas palabrillas de inglés de instituto con deje andalú con las que camelar a las guiris en verano. Y el hioputa del mercantón que no contesta. El pobre patrón probablemente se habrá ciscado en su putísima madre a conciencia. Y con razón. Porque probablemente, sin inglés y sin estudios -maldita la falta que le hacen para ganarse su jornal con más honradez que tantos licenciados de corbata o galones en la bocamanga-, es bastante mejor marino que el piloto del containero que, a estas horas, todos opinamos que debería ser pasto de marrajos. El patrón del pesquero no puede hacer nada más que intentar llamar la atención del buque se se cierne sobre él; si para máquina corre riesgo de clavar el aparejo en el fondo y desorientar -aún más, si cabe- al capullo del oficial del mercante; más máquina no pueden dar; los cambios de rumbo, descartados por ser limitadísimos y demasiado lentos; y además, el Reglamento lo ampara, no es él quien debe gobernar. Y a todo esto el cabrón del mercante que se le viene encima.

    Tensión a bordo, los hombres a medio vestir en cubierta preparados para aflojar frenos y largar el aparejo -un aparejo que vale millones cargado de pescado que también vale un dinero-, ojeadas nerviosas de los marineros y blasfemias del patrón, que procura calcular con la mayor sangre fría y su entrenado ojo marinero.

    Y al fin, respiro cuando el hioputa se aleja por la aleta. Esta vez han tenido suerte.

    Me recuerda a cierta ocasión cuando el Millenium de la Trasmediterránea provocó una situación parecida en el golfo de Valencia; aquella obscura madrugada era yo quien estaba aferrado al volante del freno del carretel con el corazón en un puño, mentándole la madre al pilotillo de turno. O aquel otro buque cochero coreano, inmenso, que casi nos arrolla y no varió el rumbo ni un ápice.

    Esta actitud tan propia de los mercantes siempre me pareció de lo más irracional y chulesca, y ya escribí sobre ella en alguna ocasión (por ejemplo en Travesía hasta Génova). La he visto infinidad de veces, no sólo en otros buques sino también en los que yo mismo navegaba, sintiendo una vergüenza terrible ante la actitud de los oficiales o capitanes de guardia, mis propios compañeros. Había cierto capitán viejo al que yo quería y respetaba con veneración, y cuyo mito se derrumbó cuando en una situación similar espetó con orgullo propio y desdén hacia el pesquero de turno «ése lleva un Vespino y yo llevo un Ferrari. Ya se apartará». Y aquel agregado de puente -que era yo-, que lo escuchaba y que lo había admirado hasta ese momento, deseó que la Mar se abriera bajo ellos y se tragara al barco y al capitán, con toda su arrogancia mercantona.

    Nunca, en todo el tiempo que llevo en la Mar, encontré razón para navegar tan cerca de otros barcos sin motivo de fuerza mayor. Para qué. Únicamente en regatas, en las que a menudo das bordos a tiro de escupitajo -o de galleta, que dicen los ingleses-; pero esa es otra historia bien diferente, son las reglas de ese otro juego. 

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

2 comentarios en “Esos arrogantes suicidas de los mares

  1. Gracias navegante por este artículo,rememoro tiempos pasados y verdades como puños que hoy, se convieten en verdades como templos. Placer leerte,un saludo.

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