La borrasca

Observé en el radar una mancha amarilla que aparecía por el suroeste, avanzando hacia nosotros y extendiéndose poco a poco por la pantalla, cubriéndola, densa y espesa.

A bordo del Mistral, fondeadero de Vilanova i la Geltrú.
A 19 de septiembre del 2012. Miércoles.

    La travesía desde el puerto de Sagunto fue de sólo una singladura, tranquila, en bonanza y a rumbo directo. Pasé una agradable tarde de lectura en mi camarote. El tibio sol entraba a raudales por el ojo de buey, el barco apenas se movía, avanzando por un Mediterráneo tranquilo y azul, el monótono e incesante ronroneo de las máquinas del buque invitaba a entornar los párpados; y yo me encontraba sumido en la lectura de El mar, la magnífica tetralogía de Pío Baroja dedicada a los marinos de su tierra. Salta a la vista desde las primeras páginas que el autor no pisó una cubierta en su vida y los barcos que pueda haber visto, habrán sido a través de la literatura de su tiempo; o los que se mecieran tranquilamente en algún puerto amarrados a los norays. 

    Mientras devoraba páginas del libro iba comiendo nueces distraídamente. En un momento dado en el que presté más atención a lo que comía que a lo que leía vi, consternado, que en la media nuez cuya otra mitad ya había masticado y tragado serpenteaba, juguetón, un gusano blanquecino de considerable tamaño -teniendo en cuenta las dimensiones de la nuez que lo albergaba-, rodeado de infinidad de pequeñas larvas blanquecinas que también serpenteaban frenéticamente, dando sensación de ebullición. Con fastidio, tiré la nuez y cogí otra del saco de cinco quilos que compré tiempo atrás en el puerto de Santander. La abrí y la inspeccioné: También alojaba una incipiente comunidad de gusanos. Me pregunté entonces cuántos me habría comido antes de darme cuenta. Preferí no pensarlo. 

    «Bah, no creo que hayan sobrevivido a mi mandíbula y al ácido clorhídrico de mi estómago, así que no me matarán; y, puesto que lo que no mata engorda, aún me resultarán de provecho.» pensé. Pero a pesar de tan consolador razonamiento me guardé de seguir comiendo nueces y tiré las pocas que quedaban en el fondo del saco, centrándome de nuevo en la lectura y procurando olvidar el asunto lo antes posible.

    Recalamos en Vilanova i la Geltrú a las dos de la madrugada y, a falta de instrucciones y sin prácticos localizables, fondeamos. A la mañana siguiente -o sea, la de hoy- el agente nos confirmó por teléfono que la carga que embarcaremos no está aún lista; de modo que hoy no entraremos en puerto y cabe la posibilidad de que pasemos el fin de semana atracados en la Vilanova. Que no estaría nada mal.

    El día amaneció gris y húmedo. Al poco de coger la guardia matutina en el puente observé en el radar una mancha amarilla que aparecía por el suroeste, avanzando hacia nosotros y extendiéndose poco a poco por la pantalla, cubriéndola, densa y espesa. Abarcaba la pantalla entera en escala de doce millas, de lado a lado. Aquello me recordó a la Nada de La historia interminable de M. Ende, que engullía todo a su paso. Miré a popa. Se acercaban unos nubarrones negros como el Abismo surcados por infinidad de relámpagos amarillos y violáceos, que descargaban una cantidad anormal de agua. La mancha amarilla avanzaba y se expandía por la pantalla del radar a la par que la masa de nubarrones negros y espesos se nos aproximaba agitando desordenadamente la Mar bajo ellos, una Mar que estaba aún en calma en nuestra posición. 

    Di aviso al contramaestre para que cerrara todas las escotillas, portillos y compuertas de intemperie; también al capitán, por si juzgaba oportuno dar atención a la máquina. Cuando nos alcanzara el chubasco no sólo traería agua, sino también un refrescamiento súbito del viento.

    Poco después la borrasca nos alcanzó. El ambiente se obscureció como si el manto de la noche cayera sobre nosotros y el viento roló súbitamente cinco o seis cuartas, refrescando de 6-7 nudos a 34-36 nudos en cuestión de minutos. El Mistral borneó sobre el ancla, cuya cadena se tensó y rechinó, y poco después la perdí de vista cuando nos alcanzó el aguacero, tan denso que impedía ver la proa del barco desde el puente. Rayos y centellas caían aquí y allá con un estrépito ensordecedor y yo recé para que no me volviera a caer un rayo encima.

    Media hora más tarde todo había pasado; el viento había amainado de nuevo convirtiéndose en una brisa, había cesado el aparato eléctrico y la masa de nubarrones había seguido su camino hacia el norte, supongo que no tardaría en perder fuerza y desaparecer. El Mistral se mecía de nuevo en aguas tranquilas, tras el violento zarandeo anterior, bajo un cielo gris encapotado de nubes bajas que descargaban una llovizna fina.

    Sí, parece que llega el otoño, aunque no será hasta dentro de tres días que el Sol corte al Ecuador por Libra, dando comienzo oficial a la estación.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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