Españoles en Londres

Londres, a 10 de octubre del 2013. Jueves.

    Cuando salí a la calle a eso de las ocho de la mañana me encontré con un amanecer frío, lluvioso y con viento cortante, que contrastaba con las mañanas soleadas y templadas, mediterráneas, que había dejado atrás en Valencia hacía unos días. Me abotoné hasta arriba mi viejo lobo de mar, subiéndole el cuello, me encaminé a paso ligero a la cercana boca del Tube y cogí el primero de los tres metros que me llevarían hasta Tooting. Llegué con más de veinte minutos de antelación a la cita. Me tomaron el nombre y la citación en el mostrador de recepción y me indicaron que esperara en la sala.

    Acudí al Jobcentre Plus, que no sólo es el equivalente inglés del INEM sino también el órgano de su Administración que gestiona casi todos los asuntos relacionados con el trabajo, con objeto de obtener un número de la seguridad social inglesa, uno de los requisitos indispensables para enrolar en buques británicos. 

    Me senté a esperar mi turno. Abrí mi mochila para echar mano al libro que me acompañaba, pero no había abierto aún sus tapas cuando me fijé en las voces de la pareja a cuyo lado me había sentado. Hablaban en español. Parecían tener problemas para interpretar y rellenar un formulario, de modo que los saludé y les ofrecí mi ayuda. Luego, vencido su recelo inicial, charlamos un rato.

    Eran una pareja joven, veintipico años, de Tenerife; guapísimos, inteligentes, licenciados; y sin futuro en España. Recién llegados a Londres en busca de un futuro sin conocer aún a nadie y sabiendo poco inglés (¡ay, nuestro nefasto sistema educativo y nuestra proverbial incapacidad para las lenguas…!).

    Ellos fueron llamados antes que yo. Les deseé mucha suerte, les dejé mi número de teléfono por si pudiera serles de ayuda en la ciudad y nos despedimos. Los perdí de vista entre las mesas y me quedé allí sentado, con el libro aún cerrado sobre mis rodillas, pensando en mis cosas. Pero no pude evitar oír cuanto sucedía a mi alrededor; y me quedé absolutamente asombrado: Todas las conversaciones que oía en torno a mí, todas las palabras que captaba mi oído, eran en español. Todas. Aparentemente, excepto dos asiáticos y un negro, todos los presentes eran -éramos- españoles. No me lo podía creer. Y boquiabierto estaba aún cuando una mujer entró en la sala, pronunció mi nombre y me guió a través de las dependencias hasta la mesa en la que yo sería atendido.

    Una anciana funcionaria hindú me sonrió afablemente y me invitó a sentarme. Tomé asiento frente a ella, que estaba tecleando en su ordenador. No la interrumpí, esperé con paciencia, captando algunas palabras en español en otra mesa cercana hacia la que me volví con disimulo. Un hombre de cierta edad, esta vez. Algo más de cuarenta, le calculé. Estaba sentado en el borde de su silla, apretando una carpeta contra su pecho, inclinado hacia adelante, trasluciendo miedo en su postura. Cazadora de negra de piel, algo desgastada en cuello y puños; sus zapatos también conocieron mejores tiempos. Bien afeitado, el pelo peinado hacia atrás, mirada triste y rostro inquieto.

    -Español, ¿verdad?- fui sorprendido por la primera e inesperada pregunta de la funcionaria hindú, soltada a bocajarro. Seguía tecleando en su ordenador.

    -Pues sí… ¿cómo lo dedujo?

    -Todos sois españoles. Viene más gente de España que de ningún otro lugar… incluido el propio Reino Unido- me dijo. Presionó la tecla Enter y se volvió hacia mí -Al menos tú hablas inglés- añadió después. Me dedicó una sonrisa amable y una mirada casi maternal por encima de sus gafas de montura metálica, y comenzó con mi trámite.

    La funcionaria era eficaz y acostumbrada a la rutina de su trabajo. El trámite discurrió sin novedad; sus preguntas, mis respuestas, sus anotaciones, relleno de impresos y formularios, firma aquí y allá, fotocopias de documentos, compulsas.

    Al finalizar la entrevista me invitó a sentarme en una pequeña área de espera adyacente mientras hacía copias de mi pasaporte. Y allí estaba yo, sentado, esperando por mis documentos; mirando y oyendo a toda esa gente distribuida por mesas y áreas de espera, emigrantes de mi país; la mayoría jóvenes, con toda la vida por delante y un futuro incierto, aunque con ilusión y reflejos de esperanza en la mirada; otros de cierta edad, peinando canas, con surcos en los rostros y mirada cansada; muchos asustados, con miedo y nervios al estar en un país extraño, sin comprender la lengua, solos y lejos de sus familias y hogares. Algunas parejas cogidas de la mano en silencio.

    Y entonces me sentí súbitamente muy deprimido. Lo juro, me cayeron un par de lagrimones y me sentí triste primero, muy rabioso después. Y pensé que no hay derecho a que una banda de hijos de la gran puta -que, sin perdón, así se llaman- estén hundiendo el país deliberadamente, destruyendo todo lo que tanto costó construir, truncando el futuro de tantos jóvenes -y no tan jóvenes- y echándolos al extranjero porque allí no les queda ni dónde caerse muertos; arrastrando a España a la peor crisis desde la posguerra, una crisis que devasta el país y machaca a todas las clases excepto a la suya, la clase de los privilegiados, los mismos de siempre, fáciles de reconocer a poco que se lea con atención un poco de Historia, porque siempre han estado ahí, con uno u otro nombre, éste o aquél color, ya fuera con Toisón, uniforme, sotana o corbata fosforito. Siempre el mismo perro, con distinto collar. Con la misma sonrisa cínica y presuntuosa ya sea en un retrato de Goya o en la portada de El País. Canallas sin escrúpulos que ni saben lo que cuesta en café ni han trabajado en su vida -a menudo ni siquiera han estudiado-, pero que rigen los designios del Estado como quien conduce con mando a distancia un bólido a doscientos con los ojos vendados; a distancia, digo, porque cuando se la pegan son otros los que se rompen los dientes y pagan las consecuencias, mientras los de siempre se van de rositas, riendo la gracia, y siguen enriqueciéndose a manos llenas con absoluta impunidad y descaro.

    Me sentí tan rabioso que, si los hubiera tenido a tiro, me habrían ustedes visto abriendo el Telediario de las tres, empapado en sangre y con ojos de chiflado.

    Luego, pensando en el asunto, tras meditar un buen rato, concluí que en el fondo la culpa es nuestra. Recuerdo ahora las palabras de mi abuelo, que me crió, palabras que yo le oía hace casi treinta años y entonces no entendía. Tuvieron que pasar muchos años para que yo las comprendiera, he tenido que llegar a peinar canas en la barba para tener la mirada y el bagaje necesarios para entender. Tenemos lo que nos merecemos, afirmaba rotundo mi abuelo. Y no le faltaba razón. La culpa es nuestra. Por votarles. Por tolerarlos y mantenerlos ahí. O por no cerrarles el chiringuito y prenderle fuego al cortijo, con ellos y sus compadres dentro. Por no hacerles pagar. En el fondo tenemos lo que nos merecemos, y resulta preocupante comprender que aquellos que nos gobiernan son un reflejo de los gobernados.

    En otros tiempos no había opción; a menos que se alzara uno en armas -es proverbial la inclinación hispana al pronunciamiento (esa palabra tan nuestra)-, no quedaba más remedio que doblar el lomo y tragar. Pero en estos tiempos en los que hay información y acceso a la Educación -claves para comprender el mundo y para desarrollar la crítica- y una herramienta útil, pacífica y con menos riesgos que un hacha o un fusil como es la democracia, lo que no hay es excusa. Esta conclusión, aunque me da respuestas, no me ayuda a sentirme mejor. Todo lo contrario. Es horriblemente inquietante.

    Se acercó la funcionaria hindú con su sonrisa amable y tranquila y me extendió mi pasaporte y un resguardo, indicándome que recibiría mi número de su seguridad social -el National Insurance Number– en un plazo máximo de dos semanas.

    Me levanté esforzándome en devolverle la sonrisa, me despedí y salí de la oficina hecho polvo. Había decenas de españoles en aquella maldita oficina de trabajo, emigrantes expatriados de todas las edades, con ilusiones y expectativas truncadas prematuramente, a los que no les queda más opción que una huida hacia adelante, dejando atrás sus hogares, sus familias y un país -o lo que queda de él- devastado.

    Pasé el resto del día en la ciudad, ocupado en otros asuntos, y durante el transcurso de la jornada conocí a María, ingeniera agrónoma que despachaba en un puesto de comida rápida, con rostro agotado pero sin perder la sonrisa. Y a Sara, licenciada en ADE, que servía cafés en un Starbucks. Y a Víctor, que fregaba platos y vasos y apenas hablaba inglés. Y a una chica catalana en el metro, cuyo nombre no recuerdo, farmacéutica, cuyos padres tuvieron que cerrar la farmacia porque el estado no pagaba las recetas; y cuando la situación fue insostenible no les quedó más remedio que cerrar el negocio y ella tuvo que liar el petate y emigrar al extranjero para buscarse la vida.

    Y recordé entonces todo aquello que los políticos pretenden vendernos en España, aquello de la generación mejor preparada de la Historia, de esos jóvenes talentos que deslumbrarán a Europa y al mundo. Y me pregunto si se referirían a eso, a causar asombro y estupor al prójimo europeo cuando éste vea a chicos jóvenes y sobradamente preparados, con sus licenciaturas, doctorados y másteres, preparando sandwiches en un takeaway, sirviendo cafés aguados e infames en un Starbucks o fregando platos frenéticamente sin entender lo que le grita en perfecto inglés un encargado pakistaní. Si aquello de generación preparada para los retos iría con crueles segundas y lo de los retos se referiría a eso, a tener que liar el petate, emigrar y buscarte la vida en el extranjero fregando suelos, cuidando niños o reponiendo mercancía en un supermercado, después de haber invertido años, juventud, esfuerzo, ganas, ilusión y mucho dinero en unos estudios que, lejos de convertirlos en asombro de Europa por su preparación, los convierten en pasmo del mundo por su destino.

    Acabé el día hecho polvo.

    

    No hay derecho a que nos hagan esto.

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