Un reencuentro en Ceuta y el asombroso Dynamogracht

A bordo del Mistral, a 3,5 millas al SSW de Punta della Chiappa.
A 12 de septiembre del 2012. Miércoles.

    Nos encontramos paireando en el Golfo de Génova, a unas tres millas y media al sur-sudoeste de la Punta della Chiappa, bajo la alta mole del monte cimado por la Ermita de Nostra Signore di Caravaggio. Sopla viento bonancible entablado del surleste, unos doce nudos, el cielo medio cubierto de cúmulos sobre nosotros, cumulonimbos arracimándose en el horizonte; es un día gris.

    Nos encontramos a órdenes. Tras descargar el cargamento de acero en Génova recibimos de la naviera la orden de zarpar y permanecer a la espera en las proximidades, pues aún estaban negociando nuestro próximo flete.

    Esperamos en las próximas horas la llegada de un temporal del sudoeste -el Libeccio, que dicen los italianos, nuestro Lebeche-; las nubes lo delatan y la emisora de VHF no deja de repetir el aviso radiado por las costeras italianas: Chiamata generale… Avviso di burrasca… Temporal de fuerza ocho-nueve para el Mar de Liguria y la Toscana septentrional. El capitán y yo nos inclinamos sobre la carta náutica evaluando la situación, calculando posibilidades. El único abrigo posible sería Córcega, pero está demasiado lejos como para aprovechar su socaire, no es viable. No hay mucha más opción, el Golfo de Génova está totalmente abierto al segundo y tercer cuadrantes, con la costa a sotavento. Capearemos, cuando llegue el momento.

    Pero por ahora la Mar está en relativa calma y dispongo de un rato para sentarme a escribir antes de que los elementos lo conviertan en tarea imposible.

    La travesía de Santander a Génova fue bastante tranquila. Comenzó con buen cariz, navegamos por la cornisa cantábrica con buen tiempo, doblamos el Finisterre y arrumbamos al Sur corriendo la costa lusa por la concurrida ruta atlántica. Doblado Cabo Roca -allí sentí una punzada de nostalgia al recodar Setúbal y sus noches (Una nocheLa vieja ancla, Y bailé, Último paseo…)-, comenzamos a experimentar la mar de fondo del temporal que había azotado el Estrecho días atrás. Doblado San Vicente -con el recuerdo de aquella travesía de mil diablos– comenzaron a dejarse sentir los vientos de Levante con más y más intensidad, hasta alcanzar fuerza seis-siete. Medio cruzada la Bahía de Cádiz empezaron a amainar y entramos en Ceuta a repostar como quien para en una gasolinera de autopista a echar gasolina. Entramos en puerto, atracamos, hicimos consumo, largamos cabos y continuamos viaje.

    Pero cuál no fue mi agradable sorpresa cuando, al maniobrar hacia nuestro atraque en el puerto de Ceuta, vi al pequeño Faralló Dos, que conservaba aún el nombre y matrícula aunque estaba ya pintado con los colores de la compañía en la que ahora presta servicio. Lo reconocí sin atisbo de duda a pesar de la distancia y de la penumbra crepuscular. Quedamos atracados justo frente a él, proa con proa (hay varias fotografías en el álbum). Cuánto tiempo pasado en ese barquito, cuanto trabajo hecho en él y para él, cuántas historias vividas juntos; y cuántas aventuras, ciertamente, a pesar de no alejarnos más de unas millas del puerto base. Aunque todo ello sucedió atrás en el tiempo, antes de que comenzara este blog allá por el 2008. Nos saludamos en el muelle como dos viejos amigos, en un momento entrañable; luego obervé con ojo crítico los pequeños cambios que pude apreciar en cubierta, así como el estado general del barco y el arranchado de cubierta, antes de dar un aprobador visto bueno. Y aún permanecimos un buen rato en silencio, El Faralló y yo, recordando, antes de despedirnos deseándonos la mejor de las suertes.

    Con los tanques del Mistral llenos de combustible nos hicimos de nuevo a la Mar. El Levante arreció un poco en el Mar de Alborán, pero una vez doblado el Cabo de Gata todo estaba ya tranquilo. Viramos al norleste al pasar Ibiza, navegando pegados a su costa y a la de Mallorca, hasta que dejamos atrás el archipiélago dando rumbo directo a Génova.

    Recalamos a media tarde del sábado pasado, entrando directamente a puerto. Los estibadores no comenzarían a trabajar hasta el lunes, así que disponíamos de un día y medio libres. Yo me encontraba cansado y quería aprovechar el domingo para recorrer esa ciudad que tanto me gusta, cargada de Historia y cuna de célebres personajes como Andrea Doria, Ambrosio Spínola o Giuseppe Garibaldi; y dicen, también, que de Cristóbal Colón (aunque a mí me parece que era gallego). Incluso tienen localizada su casa. Dicen. Aún así, a pesar de mis buenos propósitos para la jornada dominical, propuse al segundo piloto salir a tierra a tomar algo, tranquilos, a sabiendas de que había riesgo de que la maniobra se complicara. Y lo hizo.

    Recorrimos los callejones de la ciudad vieja y en torno al Porto Antico; terrazas primero, bares y tabernas después, pubs oscuros al final. La ciudad estaba vibrante, la noche viva, las calles atestadas. Había conciertos nocturnos, espontáneos en los callejones y plazuelas u organizados en grandes plazas; bullicio, música y una multitud alegre y ruidosa, escandalosa al más puro estilo meridional; era la viva estampa de un puerto mediterráneo. Fue una gran noche que sólo en una ocasión amenazó con torcerse. Intentaba yo sacar una fotografía de algo que ni recuerdo cuando tres tipos bastante atravesados intentaron quitarme la cámara; pero acabamos tomando unas copas juntos en un pub cercano y yendo juntos al siguiente en sus motorinos.

  El domingo fue un día relajado. Durante la noche había atracado un barco a proa del Mistral. Se trataba de un portacontenedores de pabellón holandés, el Dynamogracht. Llamaba de inmediato la atención que su puente parecía tener dos niveles, o quizás tuviera dos puentes. Más tarde entablé conversación con uno de los pilotos del barco y me explicó que llevaban un segundo puente sobre el de gobierno, pero que estaba destinado exclusivamente al adiestramiento y prácticas de los alumnos de náutica. Se refería a él como a un tutor bridge. Por lo visto su naviera -la Spliethoff-, en colaboración con la Escuela de Náutica y la Administración holandesa, se vuelca con la formación de los futuros marinos holandeses, y equipó unos cuantos de sus últimos buques con una serie de facilidades para los alumnos en prácticas, como por ejemplo el mencionado tutor bridge, ocho camarotes para alojar alumnos, gimnasio y sala de deportes, aulas para clases, aulas de informática y audiovisuales, y un oficial instructor cuya función a bordo es exclusivamente la de enseñar a los alumnos. Me quedé pasmado. Lamentablemente su capitán llamó a mi colega holandés y éste tuvo que marcharse apresuradamente, por lo que no tuve ocasión de visitar el interior del buque.

    Llegó el lunes y comenzaron las operaciones, las grúas portuarias descargaban el acero de nuestras bodegas mientras la tripulación del Mistral se afanaba en sus tareas. Finalizamos la descarga a media tarde del martes, sin novedad. Se cerraron y trincaron las tapas de las bodegas y se dejó el barco listo para hacerse a la Mar. Descansamos hasta las cinco de la mañana, la hora convenida para recibir al práctico a bordo, y poco después largamos amarras, zarpando de Génova antes del amanecer. Atrás quedaba esta antigua y hermosa ciudad, quizás el principal puerto del viejo Mediterráneo.

    Y desde entonces -esta mañana- nos encontramos al pairo a la espera de órdenes de la naviera, preguntándonos si llegarán antes ellas o el temporal anunciado.

           

    Al final hemos regresado a Génova. En el preciso instante en el que tecleaba el punto y final (cómo adoro los puntos finales -a pesar de que luego raras veces lo son-) el barco escoró pronunciadamente, casi tanto como para alarmarse uno, y con la subsiguiente escora a la banda contraria -no menos pronunciada- un libro se deslizó del anaquel en el que estaba estibado y me cayó en la cabeza. La República de Platón, nada más y nada menos. Menudo coscorrón. Era lo único en mi camarote que no estaba, por lo visto, bien trincado a son de mar, aparte de un saco de cinco quilos de nueces que compré en Santander que me apresuré a agarrar y amarrar antes de que se desparramara.

    Los bandazos habían sido demasiado súbitos como para tratarse de la llegada del temporal, así que deduje que el barco se había atravesado a la Mar por un cambio de rumbo. Subí al puente a ver qué novedades había: regresábamos a Génova para embarcar un cargamento consignado a Barcelona. Regresábamos a la vieja España.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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