Cabo San Vicente

Cabo San Vicente, en bonanza. Al fondo la Ponta de Sagres. (Fotografía de autor desconocido, obtenida del archivo del portal de fotografía aérea de Portugal.)

A bordo del Mistral, a 30 millas al W del Cabo São Vicente.
A 3 de septiembre del 2012. Lunes.

Guardia vespertina. El capitán acaba de abandonar el puente, dejándome solo al mando de la guardia, y probablemente no lo veré ya hasta mañana. Miro el reloj de bitácora, fijo al mamparo de popa de la derrota, tras la mesa de cartas. Son las 20:30 de otra tarde perezosa de lunes y seguimos navegando a rumbo sur. En este preciso instante entramos en el dispositivo de separación de tráfico de San Vicente. Apenas sopla viento, pero hay grandes olas desordenadas de mar de fondo que hacen escorar lenta y perezosamente al Mistral.

Desde hace unos cuantos años, siempre que doblo este cabo me viene a la memoria cierto episodio vivido en estas aguas. Uno de esos lances que, en el momento, te hacen plantearte un par de cosas con mucha seriedad, mientras te juras por lo bajini que nunca más en lo que te queda de vida volverás a hacerte a la Mar; pero que, a toro pasado, recuerdas con cierta nostalgia, emoción embriagadora y, por qué no decirlo, un puntito de orgullo. Sí, yo estuve allí, llevé el barco y a mis hombres sanos y salvos a buen puerto y ahora estoy aquí para contarlo.

Aquellos días parecía que el mismísimo Diablo soplaba y bramaba con fuerza sobre el Atlántico. Yo capitaneaba un velero antiguo de unos catorce metros de eslora, con un buen casco de fibra, robusto y marinero, y aparejo de cúter, que debía llevar hasta La Coruña. Llevaba conmigo a un marinero inglés, un chico de cierta experiencia a la vela, para alternarnos en las guardias. Pero a la vista del mal pronóstico meteorológico para el Atlántico decidí tocar tierra antes de cruzar el Estrecho y entré de arribada en puerto. No disponía de todo el tiempo del mundo para la travesía, pues mis vacaciones no eran eternas y debería volver a embarcarme en el mercante en el que por aquel entonces navegaba. De modo que decidí hacer abundante aguada, consumo y provisión de gambuza; y también tratar de enrolar un tercer hombre para el resto de la travesía. Sin embargo, todo lo que pude conseguir fue una chica. Se trataba de una buena moza holandesa, alta, delgada y pelirroja. Parecía desenvolverse con absoluta naturalidad en cubierta y conocer el oficio, así que la enrolé.

Establecí los turnos de guardia y largamos amarras poco antes del amanecer, tras una noche de descanso. Ordené a mi tripulación que comieran mucho y descansaran cuanto pudieran hasta que los despertase para zarpar, haciendo mía aquella frase que años atrás un viejo capitán inglés me había dirigido a mí:

—Come y descansa ahora que puedes, muchacho, aunque no tengas hambre ni sueño. Aprovecha. En la Mar nunca sabes cuándo volverás a tener ocasión.  —Y qué razón tenía, el viejo cabrón.

Navegamos barajando la costa muy de cerca, en ocasiones a tiro de volantín, aprovechando el socaire de tierra. El paso del Estrecho fue complicado, con esos incómodos remolinos que se forman cerca de tierra y el vendaval soplando fuerte, aunque apenas encontramos tráfico. Una vez doblada Punta Tarifa y arrumbados ya al noroeste, buscando Punta Camarinal y Trafalgar, el viento refrescó de lo lindo obligándonos a reducir trapo. Ahí estaba el temporal, esperándonos.

Costeamos prudentemente sin mayores complicaciones hasta aproximarnos al Cabo San Vicente. Decidí pairear al socaire de Ponta de Sagres, bajo los muros de la fortaleza encumbrada en el cabo, a la espera de que amainara, con trinquetilla y dos rizos en la mayor. El parte meteorológico radiado anunciaba que el tiempo iría mejorando poco a poco y así lo pareció confirmar el barómetro, que por fin se despegaba tímidamente de los 986 milibares, en lento ascenso. Cobijados tras el reguardo de tierra estábamos razonablemente cómodos. Mandé a los hombres a comer y descansar —hombre y mujer, en realidad— hasta que un par de guardias más tarde, con el barómetro ya en 990 milibares y el parte meteo anunciando franca mejoría sostenida, avisé a la tripulación. Sin esperar más, con la previsión de mejoría y pensando que por poco que avanzáramos serían millas ganadas, di orden de cargar la mayor y aparejar trinquetilla, y puse proa al suroeste bordeando el cabo.

A medida que nos alejábamos de la Ponta de Sagres veíamos las inmensas olas que se encrespaban más allá del Cabo San Vicente. La espuma de las olas que rompían contra la costa occidental del cabo saltaba por encima del mismo. Cuando doblamos São Vicente, dejando atrás su resguardo, sentimos el impacto del temporal con toda su fuerza, brutal, aterradora. El marinero se agazapaba tras la caseta, veía su rostro de perfil y parecía aterrorizado; sus labios se movían pero el vendaval impedía oír nada. La holandesa permanecía inmóvil, mirando a barlovento y agarrada firmemente a un obenque, la larga coleta pelirroja ondeando al viento. La fuerza con que las olas embestían contra la escarpada costa de piedra, deshaciéndose en estruendo y espuma, era horrorosa; haría flaquear, creo, al más bregado.

Goberné en ceñida hacia Poniente, intentando ganar barlovento y separarme de la terrorífica costa lo antes posible, yendo más allá del dispositivo de separación de tráfico y la ruta de los mercantes, que probablemente no nos verían con semejante maretón y, aún en el caso de vernos, dudo que variaran el rumbo para gobernarnos —si no los conociera yo…—. Y fue cruzando el dispositivo donde asistí a las escenas que más me impresionaron: La visión de dos grandes buques mercantes a menos de dos millas, sus moles de acero negro cabeceando como toros desbocados, juguetes de la Mar, levantando la proa y asomando un tercio de eslora por encima de las olas para luego hundirla en el siguiente seno, mientras sus hélices se salían del agua por popa levantando espuma que el vendaval arrastraba. Esas imágenes nos hacían —al menos a mí— algo más conscientes de lo pavoroso de la situación, del monstruoso estado de la Mar. En el pequeño velero no resultaba tan evidente. Las grandes olas que traían recorridas cientos o miles de millas a través del Atlántico Norte elevaban a los grandes mercantes sobre ellas, haciéndolos luego desaparecer tras las descomunales masas de agua en movimiento. Me vi cogido en otros temporales en mi vida, pero ninguno tan despiadadamente brutal. Y fue aquí, frente al cabo San Vicente, hoy tan tranquilo. En aquel pequeño velero valiente.

Seguimos adentrándonos en el Océano Atlántico, luchando por ganar barlovento, aunque probablemente sólo abatíamos en lugar de avanzar. El anemómetro marcaba entre cuarenta y muchos y cincuenta y pico nudos, algún pico de 55 y 56 sobre las crestas de las olas. El viento aullaba en la jarcia de un modo estremecedor. Cuando descendíamos las crestas y quedábamos en el seno entre dos olas perdíamos a veces el viento por completo, tan altas eran las moles de agua, y era como estar en un lugar algo irreal; la arrancada a menudo apenas daba para gobernar el velero al ascender por la siguiente ola que venía y, al llegar a su cima, recibíamos de nuevo el brutal impacto del vendaval, y el espectáculo desde lo alto de la cresta era sencillamente abrumador: Toda una interminable sucesión de grandes olas cubiertas de espuma; pero apenas había unos momentos para verlo antes de precipitarnos hacia abajo en el siguiente seno, quedando de nuevo desventados.

El impacto del viento era tal cuando remontábamos cada ola que me planteaba reducir el trapo para no rifarlo, cargar la trinquetilla y envergar una pequeña vela de capa que había tenido la precaución de mandar subir a cubierta cuando aún se podía uno mover por el barco, antes de doblar San Vicente. Sin embargo, bastante me costaba ya gobernar el barco cuando quedábamos sin viento entre dos olas como para reducir aún más el trapo. No quería en modo alguno quedarme atravesado a la Mar al llegar a las crestas de las olas, muchas de ellas rompientes. Mis manos, heladas, se aferraban al timón; los ojos, escocidos por la salitre, fijos en las olas que se cernían sobre nosotros; toda mi concentración puesta en gobernar el cúter. Decidí cambiar la vela. Mis dos marineros estaban agazapados en toldilla —en la bañera, que dicen en náutica de recreo—, el inglés con los ojos cerrados y apuntalado del mejor modo posible, pálido como un cadáver; la holandesa, impávida, manteniendo el tipo de un modo asombroso y admirable. Observé la vela de capa que permanecía doblada y bien trincada junto a ellos. El marinero le había vomitado encima, pero con la de agua que barría cubierta no tardaría en estar limpia. Di la orden y ambos se apresuraron a envergar la vela de capa y cargar la trinquetilla. Al muchacho le temblaban las manos hasta tal punto que era casi incapaz de desatar nudos. Afortunadamente la holandesa estaba a la altura, mantenía la serenidad y era dura como la madre que la parió, que bien orgullosa podría estar de su hija. ¡Qué casta! Luego di orden de que se turnaran para descansar abajo, quedándose siempre uno de guardia conmigo; pero ambos prefirieron permanecer en cubierta.

Tempestad en el Cabo San Vicente. Fotografía cortesía de Zenda, donde este relato fue publicado en julio del 2016
Fotografía cortesía de Zenda, donde este artículo fue publicado en julio del 2016

 

 

Todo lo que se veía a nuestro alrededor era agua y espuma, todo lo que se oía era el ensordecedor bramido del viento. Deseaba bajar a comprobar el barómetro, termómetro e higrómetro, y escuchar algún parte meteo; pero no me atrevía a soltar el timón ni un instante, y no conocía lo suficiente a la holandesa —el inglés ya no contaba para casi nada— para saber si podía fiarme de ella como timonel en un lance así. Así que me mantuve al gobernalle hora tras hora, mi tronco firmemente amarrado al barco para que no me llevara un golpe de mar, mi afilado cuchillo desembarazado —por si acaso—, negociando el oleaje, con los ojos a punto de descomponérseme por el escozor, las manos crispadas por el frío y la garganta seca como una lija. Y recuerdo —qué cosas— que no podía quitarme de la cabeza aquel verso de la Rime of the Ancient Mariner (la Oda del viejo marinero) de Samuel Coleridge: «Water, water everywhere, not a drop to drink» (Agua, agua, por doquier, ni una gota que beber). Las botellas que habíamos subido previsoramente a cubierta se las había llevado la Mar, y no quería enviar a nadie a la cámara para que no se desataran ni un momento de los andariveles; un hombre al agua en un momento así habría sido casi imposible de rescatar sin poner en grave peligro al barco y la demás tripulación. Acabó por llegar la noche, obscura como el abismo, y la cosa se complicó; más que ver las olas venir, casi las adivinaba por los movimientos del barco, dejándome los ojos intentando atravesar la negrura para ver lo que se nos venía encima. Aquello parecía el fin de los tiempos. Fue una noche larga y desagradable como pocas en mi vida, pero el amanecer acabó por llegar, un amanecer turbio, grisáceo, sucio, apagado.

Y así estuvimos durante cuarenta largas horas, subiendo y bajando como en un gigantesco tiovivo, zarandeados por la Mar, empapados, ateridos de frío, escocidos por la salitre, agotados, hambrientos y sedientos; y sí, con miedo. En el inglés, había sido más que obvio hasta que se sumió en una especie de letargo del que sólo salía para vomitar bilis o para obedecer del mejor modo que podía alguna de las escasísimas órdenes que di en ese período. A pesar de todo, respondió. La holandesa no lo exteriorizaba, pero estoy seguro de que la procesión iba por dentro. Realmente llegué a admirar a aquella chica silenciosa durante la travesía. Y yo… qué puedo decir; no me avergüenza admitir que pasé bastante miedo, y más que habría pasado si hubiera tenido tiempo para pensar en la gravedad del asunto, pero toda mi concentración estaba enfocada en las inmensas olas, el viento, el aparejo y el timón, en mantener el barco a rumbo y a flote e impedir que zozobrara. A pesar de todo, reconozco que me encomendé a Dios y al Diablo en multitud de ocasiones, pues bien es sabido que, por poco espirituales que seamos, cuando los naipes nos vienen tan mal dados depositamos nuestra confianza con devoción en cualquier cosa, con la esperanza del desesperado.

A veces miraba a la holandesa un momento y la envidiaba; ella no tenía que preocuparse de mantener el barco a rumbo y a flote, es la suerte de tener un capitán por encima; te despreocupas un poco del asunto, confiando en su capacidad. Y si ella supiera la desazón que me atenazaba por dentro, el miedo a hacer un mal cálculo con alguna ola y que todo se fuera —nos fuéramos— al diablo… pero procuraba que nada trasluciera, intentando mantener una expresión todo lo firme e impasible que el frío y los rociones me permitían. Qué remedio me quedaba. «Como me deje vencer por el pánico —pensaba— estamos listos de papeles.»

Pasaban las horas y la franca mejoría que habían anunciado los partes meteorológicos no llegaba; afortunadamente, la cosa tampoco empeoraba. Malditos partes y malditos meteorólogos, mal rayo los parta a todos y que el demonio los lleve, a ellos y a sus previsiones. El viento permanecía entablado del noroeste y estable en torno a los 50 nudos. Y nosotros, pobres diablos, agotados. En vista de que la cosa no mejoraba, decidí virar y buscar de nuevo el resguardo del Cabo San Vicente, hasta que el temporal realmente amainara.

—¡Preparados para virar por avante!— intenté gritar con todas mis fuerzas; pero tenía la garganta tan ronca y reseca que nadie me oyó. Tras varios intentos conseguí hacerme oír entre el estruendo y los marineros ocuparon sus puestos. Planeé la maniobra mentalmente una y otra vez; y elegí cuidadosamente el momento de orzar y dar la orden de cambiar de bordo, mientras nos deslizábamos a toda velocidad por la empinada pendiente de una ola, y los dos tripulantes estuvieron a la altura. «Les invitaré a una botella de Oporto… no, ¡a dos!, en cuanto toquemos puerto» me dije. «A una maldita caja entera de botellas.» La maniobra salió bien, con la suficiente rapidez para completarla entre dos olas. Y desde ese momento navegamos en empopada, corriendo el temporal como auténticos diablos, a rumbo surleste, cuarta al este.

Las olas, interminables, nos alcanzaban por la popa, elevándonos hasta llevarnos a su cresta espumeante, donde todo rugía a nuestro alrededor; a medida que ascendíamos el aullido en la jarcia se hacía mayor, subiendo de tono, hasta que la vela de capa embolsaba viento con un sonoro restallido y todo el velero experimentaba una sacudida brusca por el empuje, aumentando la velocidad y manteniéndonos sobre la cresta durante unos momentos, entre la espuma y el viento; luego la ola acababa de pasar por debajo de nosotros hacia proa y el velero descendía hacia el seno, no tardando en ser alcanzado por la siguiente.

Poco después salió el Sol, al atardecer del tercer día. Y entonces vi uno de los espectáculos más hermosos y sobrecogedores que recuerdo haber visto nunca. Las olas se elevaban como gigantescos muros por nuestra popa, tan altas que ocultaban al Sol, que ya descendía hacia Poniente; pero su luminosidad se filtraba a través de la parte más alta de las olas, como a través de una vidriera facetada de color verde intenso; no sé describir con palabras el modo en el que el resplandor del Sol relumbraba a través de la masa de agua rugiente que se alzaba sobre nosotros, viniéndosenos encima, haciéndola relucir, dándole aquel reflejo brillante verde esmeralda, tornasolado; soy incapaz de describirlo con palabras —¡quién tuviera talento literario para contar las cosas!—, pero fue uno de los espectáculos más hermosos y a la vez sobrecogedores que recuerdo haber visto.

Entregado en el silencio del puente a estos recuerdos, que me acompañan desde entonces de cada vez que doblo San Vicente, fijo en el piloto automático del Mistral el tercer y último cambio de rumbo del dispositivo de separación de tráfico, poniendo ya proa al Estrecho de Gibraltar. Pronto anochecerá y el resto de la tripulación descansará en sus camarotes varias cubiertas por debajo de mí, probablemente seré el único que quede despierto a bordo, en la soledad del puente y de la noche, hasta que me releven en la guardia de navegación a medianoche.

Y mientras me dirijo a la derrota para anotar el cambio de rumbo en el Cuaderno de Bitácora pienso que, a pesar de todo, en ningún barco se navega mejor que en un buen velero, robusto y marinero.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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