Un destino prometedor

Momentos antes de largar amarras del muelle 164 de Amberes.

A bordo del Mistral, Amberes.
A 20 de agosto del 2012. Lunes.

    La estadía en Moerdijk no tuvo nada de particular. Se trata de un pequeño puerto aislado, en la ribera del Hollands Diep, sin nada en los alrededores más que un par de pequeños pueblos tan tristes, solitarios e inanimados como el propio puerto. Las tierras circundantes son verdes, bajas y llanas, tan monótonas como todo lo demás. A bordo todos lamentamos que nos hubieran cambiado a última hora Rotterdam por Moerdijk como puerto de destino.

    Dimos amarras al muelle a media mañana y poco después se nos abarloó una de esas barcazas fluviales tan comunes en las aguas interiores del norte de Europa, a la cual descargamos directamente unos cientos de toneladas del fertilizante que albergaban nuestras bodegas. La barcaza, de unos sesenta metros de eslora y pabellón belga, estaba tripulada por una pareja de cierta edad -ambos, tanto él como ella, hoscos, fornidos y de tez sonrojada- y su hijo, un mozo corpulento que, viéndolo manejar las estachas en cubierta, daba la impresión de poder tumbar un buey de un guantazo. Una vez tuvieron sus bodegas llenas cerraron los cuarteles y largaron amarras, desplazándose perezosamente por las tranquilas aguas del río con el agua prácticamente a ras de cubierta.

    Continuamos descargando las bodegas al muelle, a ritmo muy lento pero continuo, a los camiones que iban llegando espaciadamente. Nadie parecía tener ninguna prisa y el ritmo de trabajo se asemejaba más al latino que al noreuropeo; sin embargo, mientras que en cualquier puerto meridional los muelles estarían llenos de gente -en su mayor parte ociosa, cierto es también-, en el muelle de Moerdijk apenas se veía un alma. Sólo un operario que vigilaba la tolva a través de la cual se vaciaba la carga en los camiones y el solitario gruista allá arriba, en su cabina. 

    El surveyor -inspector de carga- holandés debió de sentir cierta simpatía por mí desde el primer instante, y siempre que me localizaba acudía a saludarme y hablar conmigo; y yo, que soy de pocas palabras, acababa por darle esquinazo de un modo u otro. El holandés, un hombre de cierta edad, alto, flaco y rubicundo, me abordaba en cuanto me veía por cubierta con la misma animosidad con que se reencontraría con un viejo amigo al que hacía tiempo que no veía. Me observaba con mirada paternal desde detrás de sus obsoletas gafas de montura metálica, y no parecía tener mucho más que hacer que hablar conmigo. Me contó que veraneaba desde hacía décadas en las Islas Canarias y estaba encantado con el clima de allá. En realidad toda su conversación parecía reducirse al clima y a las Islas Canarias. Era un hombre tedioso, aunque francamente afable, tanto que me sentía culpable de cada vez que con un pretexto u otro le dejaba solo y le daba esquinazo.

    Aquella mañana recibimos la visita de un representante del Stella Maris local, una de esas congregaciones del Apostleship of the Sea -el Apostolado del Mar-. Nos trajo información del lugar, algunas revistas marítimas y -cómo no- religiosas, y una invitación a visitar el Stella Maris de Moerdijk, poniendo a nuestra disposición una furgoneta con chófer para llevarnos y traernos cuando quisiéramos. Sólo fuimos dos los que decidimos dejarnos caer por allí al atardecer, el 1º maquinista y yo. Durante el trayecto pudimos observar los alrededores del puerto, que habrían resultado absolutamente desoladores de no ser por el verde intenso de los prados y algunos árboles dispersos aquí y allá. Un cuarto de hora después llegamos al local, que resultó ser una caseta de madera de lo más soso -cosa que, por otro lado, cabría esperar en un lugar tan soso como aquél-; había varias mesas, un billar, estantes con libros mayoritariamente religiosos, y la única bebida alcohólica que dispensaban era cerveza suave. Aparte de los dos holandeses que llevaban el local, altos, huesudos y muy serios -no podía dejar de imaginármelos con alzacuellos, Biblia bajo el brazo y dedo en alto, predicando los evangelios-, en la sala había algunos marinos rusos enfrascados en videoconferencias vía-Skype y los inevitables filipinos ociosos de sonrisa fácil. Mi compañero y yo nos tomamos unas cervezas y aprovechamos la conexión del local para ponernos al día en Internet. Poco más se podía hacer allí y no tardamos mucho en regresar a bordo.

    Zarpamos de Moerdijk en lastre a primera hora de la tarde siguiente, viernes 17, tras completar la descarga. No supimos nuestro siguiente puerto de destino hasta el último momento, la naviera tenía varios fletes en negociación. Finalmente, el destino fue Amberes. Todos nos alegramos de dejar atrás aquel aburrido puerto y arrumbar a uno mucho más prometedor.

    Largamos amarras después de comer y navegamos río abajo hasta desembocar en el Mar del Norte, agradablemente calmo, para variar. Acompañé al práctico al portalón, y saltó con destreza a la pilotina que lo llevó al barco nodriza. Los prácticos de aquí hacen guardia en un barco fondeado en la Mar; desde él acuden a los buques que recalan, en pilotina si la Mar lo permite, o en helicóptero si hay mal tiempo.

    Nos situamos en nuestro carril del dispositivo de separación de tráfico y arrumbamos al suroeste, navegando las transitadísimas aguas meridionales del Mar del Norte, divididas en multitud de  invisibles carriles marcados en las cartas náuticas, con el objetivo de organizar el tráfico marítimo en estas aguas tan densamente navegadas. Resulta similar a navegar por una suerte de autovías marítimas, con carriles de uno u otro sentido, carriles para buques con mercancías peligrosas, para determinadas esloras o calados, cruces, etcétera. Antes de incorporarme a mi guardia vespertina a las 20:00 tuve tiempo de cenar y reposar casi una hora; la noche sería muy larga, apenas nos separaban unas seis horas de la recalada en el Estuario del Escalda, la entrada a Amberes.

    Recalamos en la Steenbank Pilot Station al anochecer, allí embarcamos al primero de los tres prácticos que nos conducirían al puerto de Amberes. Embocamos el Westerchelde -el estuario del Escalda- y navegamos velozmente ría arriba. Lamenté que fuera de noche. Por el través de babor dejamos Goes, escenario del famoso y heroico episodio del socorro de los Tercios Viejos al mencionado enclave, donde un puñado de corajudos compañeros resistían el asedio de holandeses e ingleses. Estudié la carta náutica, buscando los posibles vados que atravesaron los Tercios para socorrer Goes; sin duda ya no existirían, dragados hace décadas para facilitar el acceso de los buques mercantes. Me asomé al alerón del puente y observé la amplitud del Escalda, sus negras y frías aguas. «Aquellos tipos los tenían bien puestos» me dije. Vadear a pie este canal tan ancho en mitad de la noche, durante la bajamar y con el agua al cuello, cargados con todos los bártulos -picas, bocatas, arcabuces y demás cachivaches-, con el riesgo añadido de morir ahogados si se demoraban y subía la marea. Y después del paseo y el remojo, liarse a cuchilladas con los miles de herejes que había al otro lado… y ponerlos en fuga. Con un par. Eché un último vistazo a las negras aguas del canal. «Desde luego le echaron arrestos al asunto, nuestros antepasados; hay que tenerlos muy bien puestos».

    A la altura de Vlissingen desembarcó el práctico holandés y embarcó el que pilotaría a lo largo del río Escalda hasta la esclusa de entrada -una de las cinco- al puerto de Amberes: más de ocho millas de muelles e instalaciones portuarias a lo largo del río para buques fluviales, de cabotaje y de altura. Es un área muy industrializada.

    Entramos en la esclusa, se equilibró velozmente el nivel de agua mientras cambiábamos nuevamente de práctico -embarcó entonces el tercero, el práctico del puerto de Amberes-, y continuamos a lo largo del gran puerto fluvial hasta nuestro atraque, en el muelle 164.

    Fue una noche larga. La pasé en pie, empalmé mi guardia de tarde con la recalada y la entrada en el estuario y el río, y dimos amarras al muelle con las primeras luces del alba. Pero una vez atracados no tuve ocasión de acostarme un rato, pues después del desayuno procedimos a mover los mamparos de las bodegas, para adecuarlos a las cantidades de los dos tipos de carga que íbamos a embarcar. Tras colocarlos con la pontona en el lugar adecuado a los volúmenes necesarios procedimos a trincarlos y a sellarlos. También limpiamos escrupulosamente las bodegas y brazolas. Todo esto nos ocupó la mañana entera, trabajando bajo un sol de justicia que elevó la temperatura por encima de los 40ºC -y aún más en el interior de las bodegas-, cosa que yo creía imposible en estas latitudes. Luego comimos -el primer oficial se ausentó de la mesa, pues recibía al inspector de carga que vino a revisar las bodegas- y después eché una pequeña siesta de una hora escasa; no fue más larga porque el dolor del costado, al enfriarme, se intensificó. A estas alturas, tras dos semanas de dolor intenso, presumo que debe haber una costilla como poco fisurada. Así que, incapaz de conciliar el sueño, me levanté y dediqué un rato a pasar al ordenador y ampliar las notas de mi cuaderno de bolsillo, hasta que fue la hora de cenar, a las 18:00.

    Reinaba el buen humor en la cámara; era sábado por la tarde, las operaciones de carga no comenzarían hasta el lunes por la mañana y nos encontrábamos cómodamente atracados en los muelles de Amberes. Durante la cena el 2º piloto me propuso salir a estirar las piernas a tierra. Me brotó automáticamente la respuesta afirmativa, como si un dispositivo automático la activara ante el estímulo: saltar a tierra – sí. Pero lo cierto es que me encontraba tan sumamente cansado -sólo había descansado la hora escasa de la siesta desde Moerdijk, dos días atrás- que, tras la cena, con el estómago lleno, intenté hacer mutis por el foro. Me cobijé en mi camarote y me estiré en la litera cuan largo era.

    Al rato, poco antes de las 20:00, alguien llamó a la puerta de mi camarote…

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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