Travesía a Moerdijk

Navegando hacia Poniente, próximos a embocar el Estrecho de Gibraltar.

A bordo del Mistral, en la Mar, corriendo la costa lusa.
A 12 de agosto del 2012. Domingo.

    Desperté tras mi breve siesta en la penumbra del camarote, en el que sólo entra cierta tenue claridad a través del pequeño ojo de buey de proa. Me desperecé y estiré y, tras unos minutos observando el techo, así el libro que empecé al embarcar –La cacería, de Alejandro Paternain- y me leí un capítulo completo antes de levantarme a escribir. 

    Esta mañana recibimos la confirmación del cambio del puerto de destino: en lugar de Rotterdam iremos a Moerdijk, un pequeño puerto fluvial holandés no muy alejado de Rotterdam, un par de rías y canales más al sur.

    Por lo demás, pocas novedades. Llevamos cuatro días de viaje y corremos la costa lusa a rumbo norte, en demanda del Finisterre, con el buen tiempo propio de esta época del año. Cuando salí de guardia a mediodía ya habíamos rebasado Sines y calculo que ahora debemos estar a la altura de Setúbal, puerto en el que tantas veces recalé cuando estaba enrolado en el Cabo Cee.

    Hoy es domingo y apenas ha habido diferencia con respecto a los otros días. Los marineros y maquinistas no han trabajado, pero en el puente los navegantes no podemos dejar de montar guardia. La comida ha intentado ser algo mejor, pero los limitados recursos no han dado mucho de sí.

    Durante la guardia matutina y el tiempo diurno de la de tarde estoy corrigiendo publicaciones del Almirantazgo: derroteros, libros de faros, de radio, etcétera. Había más de diez grupos de avisos atrasados por corregir cuando embarqué.

    Este barco está equipado con dos sistemas independientes de cartas de navegación electrónicas, por lo que ya no necesita llevar, para mi disgusto y pesar, cartografía tradicional -en papel, para entendernos-.  Pero el capitán gusta de llevar desplegada en la derrota la carta náutica de las aguas que navegamos, y manda ir marcando en ella las posiciones y distancias cada guardia. Eso me encanta, la verdad es que, aunque las manejo con soltura, no acabo de acostumbrarme a las cartas electrónicas, no me gustan. Y encima el día que se descaralla el aparato se queda uno completamente vendido. El capitán habla poco conmigo y yo, fiel a las costumbres marineras de antaño, no me dirijo a él si no me habla él a mí primero, a menos que sea por algún asunto de trabajo.

A bordo del Mistral, en la Mar, en los 45º 15’N 008º 18’W
A 13 de agosto del 2012. Lunes.

    Guardia matutina. Navegamos a rumbo nor-norleste, atravesando el Golfo de Vizcaya en demanda de Ouessant y el Canal de la Mancha, que el vanidoso inglés llama English Channel. Estamos a mediados de agosto, pero en este mar parece haber llegado ya el otoño. La temperatura ha descendido sensiblemente hasta los 18ºC a mediodía, quince grados menos con respecto al viejo Mediterráneo hace sólo unas singladuras. Aunque no sopla mucho viento -apenas doce nudos de poniente- hay marejada y el cielo está cubierto de nubarrones plomizos, cúmulus bajos y estratocúmulos algo más altos.

    A través de los portillos veo al contramaestre y al marinero rascando las tapas de las bodegas, intentando eliminar con esfuerzo los restos de cemento endurecido de una carga anterior a mi llegada.

    Con todos los avisos a los navegantes ya al día, la guardia transcurre monótona y tranquila. Vigilo el horizonte y las pantallas de los diversos equipos de navegación. No hemos avistado ningún otro barco en toda la guardia, que acabará dentro de un cuarto de hora, y no ha sido necesario ni un solo cambio de rumbo.

A bordo del Mistral, en la Mar, en los 50º 19’N 000º 03’W
A 15 de agosto del 2012. Miércoles.

    Navegamos la parte central del Canal de la Mancha, aproximándonos al Estrecho de Dover. Hacía mucho que no pasaba por aquí. Parece que nos encontremos en otoño. El cielo está totalmente encapotado por espesos nubarrones grises, estratocúmulos densos, plomizos, que llevan toda la mañana descargando una lluvia pertinaz. Sólo la temperatura -16ºC- intenta tímidamente recordar que aún estamos en verano. El viento sopla casi de proa, del este-norleste, unos 10-12 nudos. Se levantan pequeñas olas que rompen contra la amura, levantando espuma cuyos rociones barren la cubierta allá a proa.

    El viento se contrapone a la corriente de marea, bastante fuerte en el canal; tras el repunte de pleamar la Mar amainará y las olas serán más suaves. A menos que el viento role también, pero eso se me antoja muy improbable.

    La corriente de marea, muy intensa en este canal, nos ha hecho ganar dos nudos de velocidad. Está prevista la recalada  a las cuatro de la mañana, así que habrá que echar una buena siesta… será una noche larga de trabajo y corta de descanso.

A bordo del Mistral, navegando el Haringvliet.
A 16 de agosto del 2012. Jueves.

    Desperté poco antes de las siete de la mañana, la hora a la que suele sonar mi despertador. Sorprendentemente no me avisaron de madrugada para la recalada en Moerdijk. Desperté a la hora habitual; al ver que nadie me había llamado supuse que durante la noche nos habríamos retrasado o nos habrían dado orden de entrar más tarde por cualquier motivo. Me afeité y duché y subí a desayunar. Cuando entré en la cámara me quedé perplejo al ver por el portillo de proa que estábamos a punto de pasar bajo un puente enorme. Ya estábamos navegando por el estuario de Haringvliet, con la verde costa holandesa visible y muy próxima a ambos lados del Mistral, que avanzaba a buen andar por el centro del estuario.

    Prescindí del desayuno y subí con presteza al puente. El capitán estaba en pie frente a los portillos de proa y el primer oficial se encontraba en la derrota. En uno de los sillones estaba sentado el práctico holandés, un hombre joven de pelo muy rubio, piel sonrosada y rostro anguloso. Tenía un pequeño ordenador portátil abierto ante él, conectado a los equipos de navegación de nuestro propio buque, y con las cartas náuticas electrónicas de las aguas que navegábamos. Cómo han cambiado los tiempos y las formas de pilotar y navegar.

    Acabamos de entrar en el estuario, que más se asemeja a una ría. Salgo al alerón a respirar el aire matutino y subo a la cubierta magistral para tener una mejor visión de los alrededores. Me siento al estilo indio y comienzo a escribir estas notas en mi cuaderno de bolsillo.

    La mañana es soleada, tranquila, templada; el cielo está despejado y la atmósfera es límpida. Avanzamos a buena marcha por el canal y llega a mis oídos el tenue rumor de los sonidos de tierra, amortiguados por el ronroneo de la máquina del Mistral. Los Países Bajos son bajos y verdes y resplandecen bajo la brillante luz de la mañana. En este momento pasamos bajo otro gran puente cuya sección central se eleva para franquearnos el paso. El tráfico se interrumpe  en la carretera a ambos lados mientras el puente asciende y observo que son exclusivamente ciclistas, decenas y decenas de ellos.

    Continuamos avanzando. A ambos lados del Haringvliet verdes pastos salpicados de ovejas y molinos se alternan con pequeñas industrias que disponen de molino y embarcadero propio. El estuario es un constante ir y venir de pequeñas embarcaciones, la mayor parte de ellas fluviales: gabarras, aljibes, tanques, ganguiles y gran cantidad de barcazas de carga, más bien cargueritos fluviales, de en torno a los setenta metros de eslora. Muchos llevan contenedores -hasta 80 TEU’s, aproximadamente, consigo contar-. Los grandes buques portacontenedores cargan y descargan en las grandes terminales, y estas barcazas fluviales los distribuyen luego por los canales y ríos de los Países Bajos, llegando incluso a países del centro de Europa. Otras de estas barcazas son para transportar mercancías a granel. Navegan, panzudas y perezosas, con escasísimo franco bordo. En muchas de ellas la tripulación es una familia y viven a bordo del barco. Muchas  llevan su coche a bordo, estibado sobre cubierta en algún lugar despejado a popa, y utilizan la grúa del barco para depositarlo en tierra una vez atracados y para volver a embarcarlo antes de zarpar.

    Bajo de nuevo al puente y charlo un rato con el práctico, cuyo complicadísimo nombre no sabría transcribir. Es un poco arrogante y se vanagloria de que Holanda tiene la mayor flota de aguas interiores de toda Europa y el mayor puerto mercante de Europa que, gracias a una inmejorable (dice él) red de ferrocarriles y carreteras, comunica con medio continente: Francia, Alemania, Suiza… Las indicaciones y explicaciones del holandés resultaron interesantes e ilustrativas; pero cuando su chovinismo comenzó a resultar empalagoso regresé al exterior del puente. Habíamos embocado ya el Hollands Diep, un ancho río que, a través de una importante canal, conecta el Rin con el Escalda. Desde la cubierta magistral, situada encima del puente, se aprecian los diques: una elevación suave y redondeada del terreno, cubierta de hierba verdísima, que discurre paralela a la orilla del río, en toda su extensión. Tras esta elevación se aprecia como el terreno, verdes pastos con ganado y molinos, es sensiblemente más bajo que el nivel del agua del río.  Yo sería incapaz de vivir tranquilo en un lugar así.

    A escasas millas al surleste de aquí está la ciudad de Breda; no pude evitar recordar el célebre cuadro de La rendición de Breda, de Velázquez, e imaginé a los tercios españoles, fieros e indómitos, la más temible infantería de su tiempo, recorriendo estos mismos parajes y luchando con bravura por su rey -que pagaba mal y tarde-, poniendo sitio a Breda hasta rendirla e inspirando luego los trazos del pintor sevillano. En realidad, más que por su rey luchaban por cosas más prosaicas: por ganarse la vida, porque no les quedaba más remedio, o por sus compañeros y por ellos mismos. Eran tiempos duros. 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

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