Zarpando de Levante

El buque en el que navegaré los próximos meses, atracado en el puerto de Sagunto.

Valencia, a 6 de junio del 2013. Jueves.

    Amanece un nuevo día sobre la ciudad de Valencia. Me gusta desayunar en la terraza con las primeras luces del alba, viendo poco después al Sol asomar tras el Miguelete -el campanario de la catedral-, inundando la ciudad de luz y color con su resplandor. La temperatura a estas horas es ya agradablemente templada, nos acercamos al solsticio.

    Recojo la mesa y entro en casa, sentándome ante el ordenador dispuesto a retomar la crónica interrumpida. Retrocedo atrás en el tiempo, pasando hojas y más hojas de escritos hasta llegar al punto en el que me había quedado: Nos remontamos al verano del año pasado, justo a punto de saltar a bordo de mi nuevo barco…

    

A bordo del Mistral, en la Mar, surcando el Golfo de Valencia.
A 8 de agosto del 2012. Miércoles.

    Me encuentro desde ayer a bordo de mi nuevo barco: llamémosle, por ejemplo -su nombre es lo de menos-, el Mistral. Se trata de un pequeño buque de carga general de cinco mil toneladas de peso muerto y noventa metros de eslora. La tripulación es española y reducida: somos nueve a bordo.

    El Mistral atracó ayer por la tarde en el puerto de Sagunto proveniente de Iskenderun, la antigua Alejandreta fundada por Alejandro Magno. Salté a bordo poco después de que el buque atracara, con mi petate marinero al hombro, y me presenté al capitán mientras el contramaestre abría las tapas de las bodegas y los estibadores comenzaban a cargar fertilizante a granel. Luego tomé posesión de mi camarote y fui conociendo a los que serán mis compañeros de tripulación. Había otros tres relevos ese día, cambiaban el capitán, el jefe de máquinas y el segundo de puente. Había, pues, algo de lío y ajetreo a bordo.     

    Hace apenas una hora hemos largado amarras, haciéndonos a la Mar en demanda del Cabo de la Nao, con destino final Rotterdam. Es éste uno de los grandes puertos de Europa y del mundo, y uno de los míticos, por lo que me hace ilusión este primer viaje. Después, no sabemos qué vendrá. Es lo bonito de los buques tramp -voz anglosajona que significa «vagabundo»-, nunca sabes a dónde te dirigirás después, qué mares navegarás, qué puertos tocarás. Hoy aquí, mañana allá… allá donde sale el flete. Son, sin duda, mi tipo favorito de barcos, de entre los mercantes. Los buques con línea regular a menudo acaban por resultar monótonos.

    La tripulación parece buena gente. El capitán, que también embarcó ayer, es un marino aragonés, barbudo y de ojos azul celeste. Parece tener buen carácter y seguridad. El primer oficial, gallego, es un hombre bajito, grueso, de tez morena y pelo blanco muy corto. Es el hombre de más edad a bordo. Parece buena persona y buen profesional, y es amable y muy amigable. Tiene mirada franca, inocente, casi infantil. El segundo oficial es un vasco que ronda los cuarenta. Es un poco hippie, lleva ese típico corte de pelo euskaldún -corto por los lados, algo más largo por arriba y media melena por detrás- y toda una colección de aros en las orejas. Es también alegre y amable, un chico muy jovial. En máquinas hay un jefe y un 1º oficial, que es un año menor que yo -es una de las poquísimas veces en mi vida que no soy el más joven a bordo-. Aún no he tenido apenas trato con ellos, pero la primera impresión es también buena. En fonda, sólo un cocinero. Completan la dotación el contramaestre y un marinero, ambos de cierta edad. Todos éstos -maquinistas, marineros y cocinero- son gallegos.

A bordo del Mistral, en la Mar, en los 37º 14’N 001º 04’W
A 9 de agosto del 2012. Jueves.

    Amanece el primer día en la Mar a bordo del Mistral. Largamos amarras del puerto de Sagunto a media tarde de ayer y poco después, a las ocho, me incorporé a mi primera guardia.

    Anduve atento por si nos cruzábamos con el ferry en el que navega una buena amiga, Carmen, como sobrecargo; o con el otro en el que navega un antiguo compañero de tripulación y amigo, Roberto, ambos en rutas entre Levante y Baleares. Pero no los avistamos.

    Cruzamos el Golfo de Valencia, con sus bien conocidas costas dibujándose sobre la línea del horizonte. Mediada la guardia sobrevino el crepúsculo vespertino y el faro del Cabo San Antonio comenzó a rasgar la noche, su haz iluminando con sus conocidos cuatro destellos cada veinte segundos, más allá de la obscura mole del Monte Montgó. Por Poniente se fueron poco a poco encendiendo, sobre el fondo rosado crepuscular, las lucecitas naranjas y blancas a lo largo de la costa: Valencia, Cullera, Oliva, Gandía, Denia. Me pregunté cuánto tardaría en volver a ver estas costas y cuándo volvería a pasear por estas tierras en las que desde hace años tengo mi residencia. En cualquier caso, por ahora no tengo prisa por volver. Volvamos la vista a proa y al siempre prometedor futuro.

    Esta mañana el despertador, al toque de Ganando barlovento, me sacó de un sueño pesado y profundo, y me levanté absolutamente desorientado. La noche fue francamente mala, dolorido por el golpe de la jornada precedente. Fue al filo de la medianoche; el capitán salió del puente al alerón de babor para mostrarme dónde estaban los termómetros y al seguirle a través de la puerta estanca perdí el pie en un desnivel tan imprevisto como traicionero, velado por la obscuridad de la noche, y me precipité hacia adelante con la mala fortuna de ir a impactar con el pecho contra el extremo de la barra de acero de apertura de la puerta. Perdí buena parte del aire y me dolió de carallo. Realmente creí que me había partido una costilla. Y aún creo que quizás lo haya hecho. Creo que el ruido del viento y de las máquinas ahogaron el quejido que sin duda debí exhalar y así, en la obscuridad, nadie advirtió mi percance, que me guardé de mencionar.

    De modo que el dolor punzante, que persiste, me dio una mala noche de principio a fin. Al despertar, aturdido, me llevó aún un rato ubicarme y recordar que estábamos ya navegando. Me afeité, duché, hice la litera y arranché el camarote antes de subir a desayunar.

    Poco después subí al puente y me incorporé a mi guardia matutina. Doblábamos en ese momento el Cabo de Palos. De cada vez que navego por aquí recuerdo a mi abuelo, que naufragó en estas aguas -algo más a levante, a unas 70 millas del cabo- durante la Guerra Civil. Sobrevivió, rescatado por un buque de guerra inglés, con una pleuresía y una historia que contar; aunque no gustaba de hacerlo.

    También recuerdo la primera vez que doblé Palos a bordo de mi balandra, que llevaba precisamente el nombre de mi abuelo –Capitán Manuel Lara-. Rememoro la tensión aquella madrugada cuando navegué a toda vela, impulsado por un Xaloc fresco, entre El Farallón y La Laja, que acecha a flor de agua, tan peligrosa como invisible, confiando en la exactitud de las demoras que constantemente tomaba a puntas de la costa e islas y esperando que el viento no me abatiera más de lo calculado; y el posterior paso entre los Bajos del Piles y las Islas Hormigas antes de doblar Palos definitivamente y arrumbar al Cabo de Gata.

    Eran tiempos felices a bordo de mi vieja balandra; y era otra manera de navegar.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Mistral.

 

 

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