Retomando El Navegante

El pequeño rincón de casa desde el que escribo.

Valencia, a 22 de mayo del 2013. Miércoles.

    Me encuentro, por fin, asentado en el que es mi nuevo hogar. Desembarqué hace unas semanas tras mi última campaña y lo hice impulsado por nuevos vientos de cambio que, entre otras cosas, me trajeron a este nuevo lugar. Se trata de un edificio antiguo recién rehabilitado, en el casco antiguo de Valencia, en un lugar privilegiado. Habito el último piso, un pequeño y acogedor dúplex de estilo rústico, muy luminoso.

    Las primeras semanas en tierra fueron ocupadas y ajetreadísimas; a todos los líos post-embarque habituales -asuntos que se van acumulando durante la ausencia-, hubo que añadir la mudanza, el pintado, acondicionado y armado del piso, y algunas otras complicaciones personales. Fueron, en fin, semanas de no parar. Como dice el viejo dicho marinero, «en tierra sólo hay problemas.»

    Pero ayer di los últimos brochazos y colgué el último cuadro, los diversos trámites administrativos y burocráticos -11 diferentes, apilados ordenadamente sobre mi escritorio- están ya encauzados -sólo queda ir esperando novedades y resoluciones- y me encontré, de repente, con todo ese tiempo libre que tanto había anhelado y se me había escamoteado. Cuando desperté esta mañana a la hora habitual, en torno a las seis y media, me estiré, desperezándome, y me sentí libre de los agobios de las últimas semanas. La casa estaba lista y la página de mi agenda correspondiente al día que despuntaba, en blanco.

    La jornada fue ociosa. No salí a la calle en todo el día. Dediqué la mañana a las inevitables -y placenteras- tareas domésticas, y por fin pude dedicar más tiempo a cocinar. Me agasajé con un caldero de patatas a la riojana de primero, setas salteadas con verduras de segundo y macedonia de frutas frescas aliñadas con zumo de naranjas valencianas de postre. Incluso descorché una botella de vino de mi modesta bodega, y el vaso que acompañó a la comida me supo a gloria tras muchos días sin beber ni una gota. El cercano Mercado Central resulta una magnífica fuente de provisión de los mejores productos frescos: frutas, verduras, carnes, quesos, pescados. Un lujo, ciertamente.

    Pasé buena parte de la tarde leyendo en la amplia terraza del piso superior -estoy con el magistral Victoria de Conrad-, mis huesos y pellejo templados por el sol primaveral, hasta que en el cercano Miguelete, el campanario de la catedral de Valencia, visible en todo su esplendor desde la terraza, resonaron las broncíneas campanadas que indicaban las siete de la tarde.

    Entonces bajé a la planta principal y me enfrenté al teclado, dispuesto a retomar el gobernalle de El Navegante, tanto tiempo abandonado. Este último mes ha sido francamente complicado. Un vistazo al archivo de Contra viento y marea me deja descorazonado: llevo casi un año de retraso en las entradas. Desde La partida de ajedrez y otras batallas han pasado ya once meses en los que he hecho dos campañas en diferentes buques, con las correspondientes vacaciones entre ellas. Y -ahora recuerdo, consternado- ni siquiera tengo pasadas al ordenador las notas de los viajes, diseminadas en varios cuadernos de bolsillo e innumerables notas sueltas.

    Procuraré ir colgando las entradas con periodicidad quincenal, aprovechando que estaré un tiempo en tierra. Aunque ¡quién sabe!, conociendo mi vida, de un día para otro puedo encontrarme haciendo el petate y largando cabos rumbo a un lugar más o menos remoto, ya sea por placer, por trabajo o por ventolera. Aunque a algunas amistades les choca que uno pueda vivir tranquilo con la incertidumbre de no saber dónde estará dentro de unos días, a mí me parece de lo más saludable y estimulante. Quizás ya me he acostumbrado a ello tras tantos años. Pero no me imagino viviendo con la certeza de saber dónde estaré mañana, pasado y el que vendrá, por no pensar en a semanas o meses vista. Caer en esa monotonía sería como perder buena parte de la emoción y aliciente de la vida, creo. Y, sin embargo, cuando me encuentro lejos suelo echar de menos un hogar al que regresar una y otra vez tras viajes y periplos. 

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