El agente indecente

Cae la noche sobre los muelles de Setúbal

A bordo del Cabo Cee, en Setúbal.
Abril del 2012.

    Recibimos la orden de levar anclas y procedimos a puerto, atracando en el muelle de Setúbal a media tarde. A eso de las ocho y pico, recién acabados los trámites y papeleos de la llegada a puerto, el capitán y el jefe de máquinas me propusieron salir a dar una vuelta con ellos. «A tomar un vino» fue lo que literalmente dijeron. Y remarcaron. Y realmente parecían convencidos de ello. Incluso llegué a creerles.

    Lo cierto es que esa tarde no me apetecía nada salir del barco, me encontraba muy cansado y prefería quedarme a bordo aprovechando que disponía de una noche entera para reposar. Pero acepté. No sólo por el cariño hacia estos dos compañeros y la amistad que nos une; las salidas en puerto son parte atávica de la vida marinera, ofrecen un necesario cambio en la rutina del día a día a bordo y siempre dejan buenas anécdotas e historias que contar, y recuerdos que, al igual que los buenos vinos, mejoran con los años. Por último, en el fondo sabía que me lo iba a pasar bien. De igual modo sabía que la mañana siguiente sería dura y dolorosa, pero deseché esos pensamientos desalentadores con pasmosa facilidad y una despreocupación que al amanecer lamentaría.

    Quedamos para una hora más tarde y me fui a mi camarote a escribir un rato antes de ducharme. En ésas estaba cuando alguien llamó a la puerta y acto seguido, sin esperar respuesta, abrió. Asomó la cara de uno de los marineros, con sus gruesas patillas rubicundas enmarcando sus mejillas rojas y ojos azules, y su perenne aire infantil que los profundos surcos de su rostro, que delatan su edad y una vida dura, no consiguen disimular.

    -Está o axente abaixo, está a chamar por ti. Disque lle faltan os ‘chipestores

  -¿Os qué?- pregunté tras una breve pausa en la que intenté deducir a qué se refería el marinero.

    -Os ‘chipestores’, di- reafirmó el marinero con convencimiento, afirmando sus palabras con un ademán tan rotundo que no daba opción a una segunda pregunta. Sospeché que el marinero tampoco sabía qué era eso.

    «Cajo no demo, qué pasará ahora» me pregunté levantándome de mi escritorio y saliendo de mi camarote, extrañado de que el agente preguntara por mí y no por el capitán.

    Apenas una hora antes el agente había estado a bordo, y lo cierto es que habría sido de lo más razonable esperar que las cosas no salieran como debían.  Es este agente un borrachín empedernido, que raras veces viene al barco en estado de completa -o tan siquiera media- sobriedad. Su aspecto me recuerda muchísimo a Woody Allen -gafas incluidas-, aunque algo más desharrapado y con chapetas. Cuando esa tarde subió a bordo, nada más dar la plancha a tierra, lo recibí en el portalón. Tras apuntar su nombre en el libro de registro de visitas lo acompañé, indicándole el camino hacia la escala que sube al despacho del capitán, lugar donde fue recibido todas y cada una de las muchas veces que vino a bordo; y sin embargo el agente cruzó la puerta equivocada y entró con decisión en la vacía cámara de oficiales agitando la mano.

    -¡Boa tarde, capitán!- lo oí exclamar al entrar en la desierta cámara.

  Esperé a que el hombrecillo se diera cuenta y, tras unos segundos de silencio, saliera de nuevo al pasillo con cara perpleja.

    -Es que hemos cambiado el despacho del capitán a otro lado, lo hemos subido un par de cubiertas- le expliqué, socarrón, y lo guié escaleras arriba hasta el despacho del viejo.

    Allí capitán y agente se ocuparon del lío de papeles que supone cada entrada en puerto. Yo observaba desde la puerta el trajín de documentos e impresos, listados y declaraciones, manifiestos y certificados, que iban y venían por encima de la mesa. Firma, sello, acuse, copia. El agente compensaba el aturdimiento propio del exceso de bebida con la experiencia en su trabajo. Iba algo lento y desordenado, pero iba.

    -Capitán, ¡un vaso de vinho!- exclamó el agente cuando guardaba los últimos documentos en su cartera. El viejo sirvió sendos vasos de vino, para él y el agente; también me invitó a mí pero decliné el ofrecimiento. El agente alzó el vaso:

    -¡Á vosa!- exclamó y apuró el vino de un trago, hasta la última gota. -Capitán, ¡o meu tabaco!- exclamó a continuación con ese descaro que a mí siempre me pareció insultante. El viejo, que tiene más mano izquierda, me dio la llave y me envió al sello a por un cartón de Winston para el portugués.

    Entonces el capitán le preguntó si tendría un calendario de pared del 2012 para mí; anteriormente yo se lo había pedido a él, preguntándole si algún agente o provisionista le habría dejado alguno de sobra que yo pudiera colgar en mi camarote.

    -Aquí para el muchacho- decía el capitán -es muy buen chico-. El agente se giró y me miró muy serio a través de sus gafas de pasta, de arriba a abajo, como evaluadoramente, o como si nunca en su vida me hubiera visto antes y fuera un completo desconocido, y exclamó:

    -¡Prezioooso!

    «Será maricón» pensé entre mí mientras sonreía forzadamente, dócil, y oí la estruendosa carcajada del jefe de máquinas al otro lado del mamparo, pues su despacho es aledaño al del capitán y ambas puertas estaban abiertas. El viejo también sonreía maliciosamente. Tendríamos broma para rato, a mi costa. «No vuelvo a subir unas escaleras delante del muy bujarrón» les diría yo más tarde al capitán y al jefe, al recordar la anécdota entre risas.

    Luego se despidió con efusividad y salió del despacho del capitán, con paso seguro… pero en la dirección equivocada, pues se adentró por el pasillo de camarotes. No le dije nada, esperé a que se detuviera, de nuevo perplejo, mirando a su alrededor, y entonces le señalé la puerta que está justo frente al despacho del capitán.

    -Hoy es por aquí- le dije con sorna, abriéndosela. Con la de veces que vino ya a bordo, el fulano.

  Bajó por las escaleras, yo le seguía de cerca. Salió en la primera cubierta, también de camarotes, y de nuevo se mostró desconcertado al no encontrar lo que esperaba.

    -Es más abajo, compañero.

    -¡Sí, sí, é verdá!- se tambaleó peligrosamente cuando el mecanismo de cierre automático de la puerta estuvo a punto de tirar con él.

    Descendió escaleras abajo… y pasó de largo de la puerta de la cubierta de popa, donde está la salida, continuando hacia abajo en dirección a la cámara de máquinas. «Menuda cogorza lleva el fulano» me dije entre mí. Abrí la puerta y allí esperé a que el agente se diera cuenta y volviera para arriba. Allá vino un minuto después, resoplando y rezongando por lo bajini en portugués. Atravesó el umbral de la puerta que yo le sostenía abierta… y giró en sentido equivocado; en lugar de enfilar a estribor y salir por la puerta abierta de la banda de tierra que da al muelle se fue hacia babor, batalló un rato con la pesada puerta estanca que estaba cerrada y cuando logró abrirla se encontró con la Mar. Yo lo observaba desde atrás apoyado en el mamparo, dejándole hacer, sonriendo divertido con la puesta en escena del agente indecente.

    -Es que le hemos dado la vuelta al barco hace cinco minutos- le dije, guasón, cuando comprendió que el muelle estaba por la otra banda y se giró. Le seguí hasta el portalón, esperando que no se cayera al bajar la empinada plancha.

    -¡Adiós, amigo, adiós! ¡Muito obrigado!- exclamó agitando la mano libre mientras bajaba a tierra.

    -¡Hasta la vista!- me despedí. -¡Es ésa furgoneta, ¿eh?!- le apunté, señalando a la única que había en el muelle, pero creo que no captó mi sarcasmo; iba muy concentrado en los peldaños.

    Recordaba estos sucesos acaecidos hacía apenas una hora mientras seguía al marinero que vino a mi camarote diciéndome que el agente había regresado preguntando de nuevo por mí y por los ‘chipestores’ -que el diablo me lleve si sabía a qué se refería-. Salimos a cubierta y me asomé a la borda. Allí estaba de nuevo la furgoneta del agente, cruzada frente a la plancha, la puerta del conductor abierta. El agente estaba de pie en el muelle.

    -¡Amigooo!- exclamó al verme, alzando los brazos. Me explicó a gritos que le faltaban los Ships’ Stores, es decir, la declaración de provisiones del barco. Los ‘chipestores’. Le dije que los tenía él, que mirara bien. Contestó que no, que había mirado todo en la oficina y no los tenía, y me pidió que subiera al despacho del capitán a buscarlos pues tenían que estar allí. Le expliqué que allí no estaban, que yo había visto como el viejo se los daba y él los guardaba en su cartera. Alzó los brazos dramáticamente, agitado, negando y protestando y cogiendo su cartera de la furgoneta; yo descendí la pasarela para comprobar con él. Apoyó la cartera sobre el capó y empezó a sacar papeles y papeles, decenas de ellos, del nuestro y de otros buques, y a repasarlos apresuradamente. Los iba poniendo sobre el capó de un modo desordenado, unos se doblaban, otros se arrugaban y el viento amenazaba llevárselos todos en un descuido que no parecía nada improbable. Recorrimos toda la documentación de su cartera y, efectivamente, los Ship’s Stores del Cabo Cee no estaban allí.

    -¿Lo ves? ¿Lo ves amigo?- decía, conturbado, agitando en el aire el fajo de documentos arrugados que yo observaba inquieto, temiendo que salieran volando.

    -Bueno, calma, en algún sitio tendrán que estar… ¿se le habrán quedado en la oficina?- pregunté, aunque en realidad me preguntaba si no los habría extraviado en el bar.

    Não, não!- y abrió otra puerta de la furgoneta, poniéndose a rebuscar dentro entre exclamaciones y reniegos. -¡Tiene que estar arriba, pídeselo al capitán!- insistía mientras removía lo removible dentro del vehículo.

    -Bueno, veré lo que puedo hacer… pero le aseguro que usted se llevó el documento antes- le dije, volviéndome para subir la plancha.

    Cuando le expliqué la situación al capitán en su despacho éste montó en cólera.

    -¡Los tiene él, se los di antes!- vociferó mientras buscábamos en su mesa, bajo ella y en todas partes el condenado papel.

    -Sí, lo sé, yo lo vi…

    -¡Maldito borracho, los ha perdido!- continuó el capitán -¡Pues yo no le hago otro documento, que se las apañe!- sentenció.

    Pero el capitán es un buen hombre y cuando minutos después yo le presentaba la nueva copia del documento que había impreso, la firmó y cuñó sin más que un gruñido reprobador.

    Pero cuando salí a cubierta el agente ya no estaba en el muelle. Ni rastro de él o de su furgoneta. Me quedé con gesto de pointer frente al portalón, desconcertado, con el documento en la mano. El marinero sonreía apoyado en la tapa de regala.

    -No sé qué dijo que te dijera, montó en la furgoneta y marchó…

    No sé si finalmente encontró los Ships’ Stores, si recordó dónde los había o podía haber dejado, o si consideró que eran menos importantes que acabar con los papeleos y echar un trago en el bar. Sea como fuere, no volvimos a verle hasta días después, momentos antes de zarpar de nuevo rumbo a Galicia.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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