Los galenos moros

El minarete de la Mezquita de Hasan II, visto desde el jardín del hospital Moulay Youssef.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, en los 34º 50’N 008º 25’W
A 4 de marzo del 2012. Domingo.

    Navegamos de nuevo el Océano Atlántico -que sigue tranquilo- a rumbo Norte, cuarta al Noroeste; aún no sabemos si vamos a Burela o de nuevo a Setúbal, la naviera nos confirmará el destino mañana una vez hayamos doblado San Vicente.

    Esta tarde no se veía un alma a bordo, todo el mundo desapareció, excepto el oficial de guardia en el puente; la siesta fue generalizada. Los sucesos desde anoche fueron tan inesperados como precipitados y desembocaron en una apresurada zarpada prematura.

    Pero el día de ayer comenzó tranquilo. El comienzo fue duro, volviendo a bordo y a la cotidiana realidad tras la velada con Aïcha. No eran aún las ocho y estaba yo saliendo de la ducha de mi camarote cuando el viejo me llamó por teléfono para que subiera al puente. Quería que le redactara sendos documentos. Eso de buena mañana, con la cabeza zumbando tras la noche sin dormir, fue una tarea algo ardua. El sol mañanero africano recalentaba el acristalado puente y eso no ayudaba en lo más mínimo. 

    Cuando acabé con los documentos era ya prácticamente la hora en la que el agente había quedado en venir a buscarnos, así que me preparé y bajé al portalón a esperarlo. Debía de llevar al hospital a un compañero que se había herido una mano y el capitán quiso que yo lo acompañara.

    El agente se hacía de esperar y el capitán tuvo que llamarlo por teléfono unas cuantas veces.  Yo, viéndolo venir -o no viéndolo venir, más bien- le dije a mi compañero que mejor sería comer algo antes de marchar, y así hicimos. El día podía ser muy largo.

    Cuando el agente finalmente llegó tuve que reprenderle por las más de dos horas de retraso, aunque sabía de antemano que ni lo entendería ni le importaría. Esto es África. Para colmo, el chico no hablaba nada que yo entendiera; sólo árabe o francés, apenas palabra y media de inglés.

    Un trayecto en coche con un nativo por Casablanca es algo de lo más excitante y estimulante. En realidad es un sinvivir, va uno en tensión constante de principio a fin, con el corazón en un puño. Sobre todo en los ratos que el conductor va hablando a gritos por el teléfono móvil y haciendo todo lo demás con la otra mano. Lo cierto es que es un estilo de conducción como el de tantas otras ciudades africanas o asiáticas, pero nunca deja de maravillarme cuando lo experimento. Aquí no resulta tan cardíaco como en el África subsahariana -lo de Luanda, por ejemplo, era demencial hasta lo surrealista-, pero casi. El tráfico parece desorganizado y caótico, pero debe de tener cierto orden en su desconcierto para los que lo conocen y practican. No parecen enfadarse unos con otros. Giros extraños e inesperados, maniobras temerarias, distancias “indistantes”. Ojo con el de la bici, con el bus -¿”bus”?-, con el de la “mobilette”, con el que cruza la avenida (y parece que se juega la vida en ello). Cuando al final aparcamos, los músculos se relajan y uno respira, despegando la espalda sudada del respaldo del asiento.

    El Hospital Moulay Youssef no está del todo mal, para ser Marruecos. Me sorprende la poca gente que hay (pacientes), más cuando me explicaron que aquí la sanidad pública es gratuita para los ciudadanos marroquíes. Sí hay, como en España, bastantes enfermeras, pero no parecen estar haciendo nada más que estar ahí, charlar y pasear.

    La entrada de urgencias está en obras y se mezclan obreros sucios -no muchos- con médicos y pacientes, los primeros con sus paletas y azulejos blancos, verdes y azules; los segundos con los inevitables fonendoscopios al cuello; los terceros con las previsibles caras de circunstancias. Los obreros, lentos y polvorientos. Los médicos, altivos y tranquilos. Los pacientes, con paciencia.

    Al llegar al hospital comenzaron las complicaciones. El agente  preguntaba aquí y allá y luego intentaba comunicarnos algo que no entendíamos. Entonces esperábamos. Y esperábamos más. Mi compañero desesperaba, yo pasaba el rato. Me asomé afuera y observé con interés a través de mi catalejo el minarete de la cercana Mezquita de Hassan II, que asomaba entre las palmeras de los jardines, recortado contra el cielo azul. Luego el agente volvió a intentar comunicarme algo y no le entendí ni jota; me acerqué al cuartucho de admisión, allí había media docena, al menos, de jóvenes enfermeras. Pero ninguna de ellas hablaba nada que yo entendiera y no pudieron traducirme lo que el agente decía. Entonces me separé del mostrador y del agente, saqué mi cuaderno y me puse a escribir mis notas e impresiones, sintiéndome muy observado aunque importándome un comino.

    Un buen rato después se acercó mi compañero -los había perdido a ambos de vista, al agente y a él- con cara de agobio y un móvil pegado a la oreja. Me lo pasó.

    -Yo no me entiendo, neno.

    Era otro agente que sí hablaba un inglés razonable y me puso al tanto del asunto. Resultaba que no había médico en el hospital (?!?) para ver la mano de mi compañero y teníamos dos opciones: Esperar hasta la tarde -o volver luego-, pues cabía la posibilidad de que por la tarde sí hubiera médico. O si no, volver a la mañana siguiente, aunque cabía la posibilidad de que estuviéramos ya navegando. Le dije que volveríamos a bordo y allí informaríamos al capitán y él decidiría qué se hacía.

    Volvimos al coche con el agente y comenzó otro de esos excitantes viajes, suerte de ginkana urbana motorizada con toques de Humor amarillo. A medio camino del barco sonó, para mi angustia, el teléfono móvil del agente, y se incrementó la emoción de la carrera; un extraño mototriciclo con carro salió de nosedónde y lo evitamos por los pelos, invadiendo los carriles contrarios durante un rato que se me hizo eterno, viendo pasar coches en sentido contrario por ambos lados; y luego hubimos de frenar casi en seco pues un niño corría por la calle en nuestro mismo sentido delante del coche y no se apartó hasta que estuvimos encima, pitando sin parar. Les encanta el pito, a los moros. Mi compañero alternaba entre grititos -“¡Ay ay ay!”- y risitas ahogadas y casi histéricas, llevándose la mano sana a la cabeza para luego volver a agarrarse firmemente al asiento. Cuando el agente colgó el teléfono hizo un asombroso y fulgurante cambio de sentido en la avenida por donde circulábamos, que era de cuatro o cinco carriles -difícil saber pues no estaban pintados y el tráfico era caótico- y arrumbamos de nuevo por donde veníamos pero en sentido contrario.

    Dijo algo que interpreté como que ya teníamos un médico. Cruzamos entonces media ciudad y acabamos por llegar a un pequeño hospital que a mí me pareció una clínica privada. Era de traumatología en exclusiva. Hubimos de esperar un buen rato a ser atendidos, a pesar de que no había nadie más. O acaso por eso, pues por no haber no había ni médicos, al menos a la vista. Los cuadros de la sala de espera eran tétricos y me pregunté con qué idea u objeto los habrían colgado allí. Eran macabras pinturas y grabados en los que se veía a galenos moros medievales “arreglando” a desdichados pacientes con aparatos más similares a potros de tortura del medievo que a instrumentos médicos. Con correas, poleas que tiraban de los miembros, cabrestantes o tornos para tensionar los cabos. Si yo fuera el paciente que esperaba en la clínica me sentiría francamente intranquilo, si no alarmado, a la vista de tales cuadros. Nada bueno presagiaban.

    Al final llegó un médico que atendió a mi compañero y que se defendía en un español aceptable, lo reconoció y le dio indicaciones y demás mientras yo continuaba absorto en la observación de los macabros cuadros. No pude evitar hacerles un par de fotos.    

 


     Luego aún hubimos de esperar una hora o más; cuando le pregunté al agente a qué carallo esperábamos él, supongo que también harto de la situación, me contestó en francés -hasta entonces se esforzaba en intentar hablar en su palabra y media de inglés- y sólo pude entender que esperábamos a alguien. Este alguien acabó por llegar, creo que era otro agente. Se intercambiaron unos cuantos papeles y hablaron y luego, ya afuera y apunto de separarnos y marcharnos, se pusieron nerviosos y hablaron a gritos, muy excitados y enfadados. Creo que algo debieron de hacer mal y metieron la pata. Pero no me importó.

    Sobrevivimos a un nuevo cruce de la ciudad en coche y conseguimos regresar a bordo sin más novedad. 

   

    Fue poco antes de las cuatro de la madrugada que sonó el teléfono de mi camarote. Era el primer oficial. De repente, de madrugada, todo se aceleró: entraron las prisas y pusieron a toda la morisma a currar como Dios manda, a una velocidad asombrosamente anormal, y prácticamente habían acabado de descargar las bodegas. Seguramente alguien -quizás la naviera o consignataria de otro buque que esperaba para atracar en nuestro muelle- había aflojado pasta para que se acelerara la descarga de nuestro buque. Y vaya si se aceleró.

    El agente nos llevó a un compañero y a mí a Inmigración a devolver los salvoconductos y a recoger nuestras libretas de navegación, que habían quedado allí retenidas. El oficial de policía que nos atendió -vestido con chandal y pantuflas- estaba visiblemente airado, legañoso y con el mostacho cómicamente despeinado; luego el agente nos explicó que estaba muy enfadado porque hubiéramos ido a esa hora tan intempestiva. Lo habíamos despertado.

    Se cerraron las escotillas de las bodegas de carga y se dejó el buque prácticamente arranchado para salir a la Mar. Entonces el capitán anunció que no sería hasta las ocho de la mañana que zarparíamos, y nos retiramos a descansar unas escasas dos horas, todos excepto el marinero de guardia.

    Por lo visto durante ese tiempo el primer oficial escuchó el sonido de la puerta estanca de intemperie aledaña a su camarote, como de alguien forcejeando por abrirla. Cuando se asomó al portillo vio unos pies que subían por la escala. Se convenció de que había polizones a bordo intentando entrar en la habilitación, que estaba completamente cerrada. Luego, por la mañana, se hizo el registro rutinario, con más intensidad si cabe tras lo relatado por el primer oficial y por el marinero; éste último dijo que había venido a bordo un tripulante del buque atracado a nuestra popa para advertirnos de que había visto a varios polizones subir a bordo de nuestro barco en la madrugada.

    Hicimos minuciosísimos registros sucesivos, comprobando hasta los lugares más inverosímiles, pero los polizones no aparecían. ¿Habrían desistido de su empeño, encontrando todo cerrado, y habrían vuelto a saltar a tierra al no encontrar escondrijo? ¿Se habrían engañado tanto el primer oficial como el tripulante del otro buque que vino a alertarnos?

    Entonces, por uno de esos azares que suceden a veces, se descubrió un resquicio. El contramaestre charlaba con un marinero y éste, fortuitamente, comentó que la puerta del puente estaba abierta por fuera… aunque nadie había subido todavía. ¿Alguien se había despistado y había olvidado cerrarla, a pesar de las rigurosas órdenes?

    Se procedió a registrar exhaustivamente el interior de la habilitación, con especial celo en las cámaras de máquinas, que son una especie de paraíso para polizones pues hay en ellas mil y un escondrijos en los que ocultarse. Y al final acabaron por aparecer los cuatro polizones, que no eran más que unos adolescentes harapientos y miserables. Estaban escondidos bajo el enjaretado metálico que conforma el plan, abrazados a las tuberías que discurren bajo él, a través de las sentinas.

    Cuando los polizones vieron que estaba todo perdido se quedaron desolados. Cuando supieron que el capitán había llamado a la policía mora para entregarlos les entró verdadero terror, pánico. Les habrán dado una paliza brutal, a los pobres. Qué perra es a veces la vida. 

    Entregados los polizones a la policía mora y efectuado un último registro, largamos amarras. Eran cerca de las diez de la mañana. Y durante la guardia fui a descubrir los indicios reveladores que aclararon por dónde habían entrado los polizones. Efectivamente, había sido por la puerta del puente; pero ésta no había sido dejada abierta en un descuido. Encontré un pequeño resto del tornillo con el que se cierra la puerta por dentro, roto en cubierta. Entonces intenté sacar el resto del tornillo de su lugar y me resulto imposible, tuve que utilizar una palanca. Cuando logré extraerlo la cosa quedó clara: los polizones habían forzado la puerta desde fuera hasta que consiguieron romper el tornillo metálico que la aseguraba. No se había tratado de un imperdonable descuido.

   Y así, entre el día de hospitales y con la imprevista salida anticipada me quedé sin volver a ver a Aïcha, que me había citado para ese atardecer a la sombra de unas palmeras y unos naranjos. Quizás algún día tenga ocasión de regresar a Addar al-baïda y volvamos a encontrarnos.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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