La Medina Antigua

A bordo del Cabo Cee, atracados en Casablanca.
A 2 de marzo del 2012. Viernes.

    De nuevo en Casablanca. Recalamos ayer al anochecer y atracamos en el muelle más interior del gran puerto, el Moulay Tarik, al lado de la salida que da a la Medina Antigua y prácticamente enfrente de la imponente Mezquita de Hassan II, que es el templo más alto del mundo y el segundo más grande tras La Meca. Espero a lo largo de hoy -y ya no queda mucho hoy- conseguir ir a Inmigración a que me sellen el pasaporte para poder salir a tierra. No me hace mucha gracia “manchar” mi pasaporte con los sellos de ciertos países que luego me complican la vida en otros; pero mis ganas de patear mundo, de ver, conocer, sentir, se imponen a la prudencia.

    No supimos si atracaríamos o fondearíamos hasta ayer, una hora antes de la recalada. Era previsible el fondeo -de hecho había un buen número de buques anclados en el desamparado fondeadero-, pero para regocijo de todos entramos directos a puerto. Tras las formalidades con las autoridades y una vez abiertas las bodegas comenzaron las operaciones de descarga de las bobinas de alambrón de acero, y éstas discurren muy lentas. Aunque comenzaron anoche no acabarán hoy, quizás tampoco mañana; aunque quién sabe, esta gente es imprevisible y azarosa.

   

    Tras el trámite de aduanas, ya con el pasaporte en regla, salí a estirar las patas por Casablanca. Nada más salir del recinto portuario me abordó un moro sonriente y locuaz, versión marroquí de un relaciones públicas, que debía estar allí permanentemente apostado al acecho de navegantes; ducho en una decena de idiomas, vendía las bondades del Seamans Club, un «auténtico paraíso para el marino», indicándome su dirección. Pero no le presté atención y, cruzando el Boulevard des Almohades, me adentré en la Medina Antigua.

    Ésta se encontraba animada; callejeé, dejándome llevar sin rumbo fijo pero dirigiéndome hacia las calles del zoco, donde acabé por desembocar al rato.

Entonces me abordó Redan. Redan era un tipo de no más de treinta años, bajito y flaco. Probablemente de menos edad de la que su aspecto demacrado hacía intuir. Sonrisa espléndida y mirada sucia, aviesa. A algunos los veo venir. Algo desdentado y con una cicatriz surcándole la mejilla izquierda, como en las películas. Me abordó en media docena de idiomas mientras yo negaba con la cabeza, antes de preguntarme, confundido, de dónde era. Luego se me acopló y me fue dando la castaña, parloteando sin parar, hecho un dechado de amabilidad, solícito y sonriente. Ladino. Yo continuaba respondiendo con los monosílabos imprescindibles al locuaz moro, que se había empeñado en guiarme a su establecimiento, en el que podría tomar un té y encontrar algún recuerdo precioso que llevarme a casa. Redan fue llevándome a través de callejuelas estrechas y sinuosas, bajo arcos y a través de plazuelas con sus puestos, sin dejar de hablar y hacer preguntas, de marear. Era como llevar un abejorro zumbón revoloteando al lado. Parábamos de vez en cuando en algunos comercios donde yo me entretenía en mirar las mercancías con mal fingido interés, esperando que Redan se aburriera. Sin embargo hacía rato que habían dejado de interesarme las mercadurías y estaba alerta, mirando a nuestra espalda, fingiendo mirar escaparates y observándolo todo y a todos. El sol caía, pronto sería noche cerrada y el muchacho se adentraba en la zona más sombría de la Medina, ya alejados del tranquilizador trajín del zoco.

    -Redan, vamos a ver. ¿A dónde es que quieres llevarme, muchacho?- lo detuve. Le había dado un buen rato de margen de confianza, estudiándolo al igual que el sin duda hacía conmigo. Pese a lo que generalmente se cree en España no todos los moros son malos, más bien al contrario; y muchas veces topas con gente interesante y realmente amable, sincera y cordial, que te puede enseñar sitios recónditos y lugares interesantes, ejercer de guía o cicerone y mostrarte una visión de las ciudades diferente, la verdadera esencia, no el escaparate para turistas. Pero me daba el olfato que éste llevaba otros derroteros. 

    -A mi establecimiento, allí hay de todo, buen precio, barato; allá cerca de la avenida es más para extranjeros, que no entran aquí. Aquí mejores precios y cosas típicas. Buena gente, no hay problema conmigo, somos amigos.

    -Gracias, pero voy a dar la vuelta aquí y regresar.

    -¿Por qué? ¿A dónde quieres ir?

    -A otro sitio.

    -¿A dónde?

    -A tomar un café en el bulevar.

    -¡Ah, café! ¡Puedes tomar café estupendo aquí también! ¡Mejor! Estamos prácticamente en el corazón de la Medina- y, efectivamente, lo estábamos. -Luego si quieres salir puedes salir por cualquier otra dirección- añadió.

    -Mira, no. Eres muy amable pero no tengo todo el tiempo del mundo. Volveré por donde vine.

    El moro me vio tan resuelto que comprendió que no había nada que hacer. Entonces se despidió con una serie de fórmulas de desmesurada cortesía que incluían toda suerte de buenos deseos, sonaba casi ridículo. Me ofreció su mano y la estreché, y casi le descalabro el brazo, al pobre diablo; era el suyo un estrechamiento de manos muy flojo, desprovisto de todo vigor. No me gustó.

    Regresé desandando el camino por las tortuosas callejuelas; pero aún así equivoqué el rumbo. El maldito Redan había logrado perderme. O casi. Las sombras se alargaban y la noche estaba al caer. Y yo sin compás. Maldije mi estupidez. A mis años, y con el trote que llevo, haberme dejado monear así por el moro de los demonios. Huelga decir que era blanco de todas las miradas pues no era, como decía, zona en la que se adentren los extranjeros.

    Se acercó un tipo de un grupo y se plantó frente a mí.

    -Dame dinero- espetó en español.

    Lo ignoré, francamente malhumorado y hastiado, y continué andando; caminó a mi lado un rato, muy cerca. No lo perdí de vista por el rabillo del ojo. Una cuchillada en la ingle sería de los más molesto e inconveniente en ese momento. Me dio un manotazo en el brazo y entonces me giré y lo encaré, la sangre golpeteándome en las sienes, y creo que debió de verme realmente enfurecido o dispuesto a todo; y lo estaba, cayera lo que cayera.

    -¡Leeh!- bramé. -¡Ajrash min huna! 

    Entonces seguí mi camino y aunque exclamó algunas cosas en árabe a mi espalda, no volvió a molestar. Durante unos segundos eternos caminé con todos los sentidos aguzadísimos para intentar advertir si el rufián atacaba por detrás, hasta que un callejón me dio la excusa para mirar a un lado y vi por el rabillo que el tipo y sus compadres habían desaparecido.

    Tuve que andar y desandar varias callejuelas hasta que fui consiguiendo dar con las buenas que me llevaron de vuelta a la zona bulliciosa de la Medina.

    Ya el sol se había puesto y en el crepúsculo la Medina bullía, viva, con frenética actividad. Las estrechas callejuelas sinuosas, muchas de ellas de tierra, estaban atestadas de gente que iba y venía. Los abigarrados edificios, apretujados sin mucho orden ni concierto, eran muy viejos; muchos de ellos en estado ruinoso, sin siquiera cristales en las ventanas. Llegué al barrio del zoco; un sinfín de puestuchos callejeros se arracimaban, caóticos, en los lados de las callejuelas. Los vendedores voceaban ofreciendo sus mercadurías, imponiéndose sus voces al bullicio de las atestadas callejuelas: pequeños puestuchos, carros o tenderetes con sacos de aromáticas especias, frutos secos o frutas frescas, verduras; castañas asadas o calderos humeantes de caracoles en salsa. Avancé lentamente entre la densa multitud, embriagado por la miríada de aromas, deteniéndome para probar unas fresas o para admirar algunos objetos de artesanía.  Los minaretes y las almenas de los muros se recortaban inmóviles contra el cielo crepuscular en la creciente obscuridad; bajo ellos, en las atestadas calles, la Medina Antigua estaba viva y vibrante. Pilluelos corriendo entre la multitud, mujeres tapadas con la mirada baja, mercachifles voceando sus mercadurías, gente yendo y viniendo, deteniéndose a mirar, saludar, charlar; algunos hombres silenciosos de mirada torva en la penumbra de portales y arcos, cafetuchos animados donde los hombres bebían café y fumaban narguilés. Atravesé de nuevo el zoco y, pasando bajo una arcada del viejo muro, fui a salir al Boulevard El Alaoui.

    Y entonces me encontré con Aïcha.

  No sabría decir cómo nos conocimos ni cómo trabamos conversación, salvo que sucedió en un semáforo. Tampoco cómo acabamos cruzando juntos el bulevar tras unos minutos de conversación, dejándome llevar por ella a otro barrio cercano, de calles amplias e iluminadas y edificios de aspecto colonial con tiendas y comercios en sus bajos, hoteles para turistas y locales con terrazas. En una de ellas nos sentamos y compartimos horas de interesante y amena conversación pausada, alternando algunos cómodos silencios durante los que dejábamos fluir el tiempo, observándonos o viendo pasar a los transeúntes. Parecía como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo.

    Era Aïcha una mora alta, esbelta y hermosa, vestida a la moda occidental, de veintipico años, aunque nadie lo diría oyéndola hablar en cualquiera de los idiomas que dominaba con fluidez. Muy cultivada, de educación refinada y gran conversadora, resultaba una compañía de lo más agradable.

    Cuando le dije que sería mejor que la acompañara a su portal y me marchara, sintiendo en un atisbo de lucidez que sería lo más sensato que podría -y debería- hacer, puso su mano sobre mi antebrazo, con delicada firmeza, pidiéndome que me quedara con esa sonrisa suya tan… tan. Detuve el gesto de levantarme, volviendo a acomodarme en la silla de mimbre de aquella terraza.

    La velada fluyó con el hechizo propio de las noches africanas hasta que el alba trajo el trajín de los estibadores y las grúas portuarias cargando y descargando los buques atracados en los muelles de Casablanca bajo los tibios rayos del sol naciente.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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