Meditaciones.

Un marinero pesca desde toldilla al amanecer.

A bordo del Cabo Cee, en la Mar. En los 40º 30’N 010º 05’W
A 8 de marzo del 2012. Miércoles.

    Escribo estas letras desde el lugar habitual estos últimos meses, el escritorio de mi camarote, mi pequeño rincón íntimo a bordo de este carguero. Navegamos frente a las costas lusitanas, ya rebasados los cuarenta y un grados de latitud norte. El tiempo continúa inusual y sospechosamente tranquilo para esta época del año, el Océano Atlántico Norte en invierno suele estar agitado y bravo. Llevamos tiempo navegando en bonanza, desde que embarqué hace más de tres meses; pero tarde o temprano tendremos que volver a vérnoslas con alguna tempestad. Si tras la tempestad siempre viene la calma, es igual de cierto que tras ésta siempre vuelve la tempestad.

    Hace días viví una experiencia… encontrada; esclarecedora por un lado, traumática por el otro. O por el mismo, quizás. Inquietante.
Acabábamos de atracar en el puerto de La Coruña y telefoneé a uno de mis mejores amigos de toda la vida, amistad que atesoramos desde niños, por si por casualidad ese fin de semana hubiera subido al Ferrol. Cuando contestó a mi llamada lo hizo riendo y con un deje pausado. Me explicó que estaba algo mareado y supuse que, o bien estaba aún de mañaneo tras una noche golfa, o ya estaba trasegando los vinos del aperitivo. Pero ni lo uno ni lo otro; resultó que estaba mareado y riente porque estaba en el parque y la hija de su chica le estaba dando vueltas en una especie de pequeño tiovivo. Mi buen amigo, último bastión de la soltería dorada en la pandilla -junto conmigo- y de las noches canallas de juerga hasta el amanecer, conviviendo ya con su chica y su hija, y reconvertido a tareas conyugales y paternales. Hacía, efectivamente, demasiado tiempo que no nos llamábamos. Charlamos un rato, nos pusimos al día y nos despedimos. Probé suerte con otro amigo.

    Este otro sí estaba en la ciudad y quedamos para primera hora de la tarde. Vino con su chica… y el hijo de ella, un pequeño de catorce meses. Mi amigo, un eterno soltero al que nunca le había conocido novia o pareja, también ahora comprometido y volcado en las tareas dominicales paternales. Inaudito. Fuimos a una taberna los cuatro y bebí una jarra entera de vino mientras él tomaba su Coca-Cola -también insólito- y alternaba atenciones al niño y su chica mientras charlábamos.

    Luego, al anochecer, había quedado con un tercer amigo, también de los de toda la vida, de mi pandilla del Ferrol. Nos encontramos a la salida del puerto y nos fundimos en un fraternal abrazo; hacía cosa de un año que no nos veíamos, ambos somos marinos y no resulta fácil coincidir. Luego fuimos a un bar frente al puerto, para contarnos y ponernos al día; y allí me anunció que su esposa estaba embarazada, y de ocho meses. En ese bar bebí cinco o seis cuncas de vino antes de pasarme a los gin-tonics de Bombay azul, mientras mi buen amigo tomaba dos aguas minerales.

    Luego, cuando caminaba por los muelles hacia mi barco, que estaba ya próximo a largar amarras, meditaba acerca de todo esto. Tres buenos amigos convertidos en padres en un mismo día era algo complicado de asimilar. Hice balance, repasando entre mis amistades. La verdad es que muy pocas de mi generación continúan solteras y sin compromiso. Pensé en el transcurso de los años y los efectos de la edad y los momentos para determinadas cosas. Para, por ejemplo, procrear. Eso no es algo que pueda hacerse con la inmediatez y ligereza con que se podría, por ejemplo, comprar una cazadora.

    Me encontraba realmente aturdido, la mente confundida por la bebida y por la novedad de mis tres amigos emparejados y paternizados. Entonces comencé a preguntarme en qué momento exacto habría yo vuelto de Nuncajamás a este otro lugar menos amable en el que el tiempo transcurre y las personas crecen y las vidas cambian. Y pensé que aquí el paso del tiempo, en su sutil silencio, resulta mucho más amenazador e inquietante que cuando uno oía cerca el ‘tic-tac’ del reloj del Capitán Garfio, que continuaba latiendo en la barriga del siempre hambriento cocodrilo que devoró la mano derecha del pirata -reloj incluido-.

   

    Cuando a primera hora de la mañana vino el marinero a limpiar el puente yo me encontraba haciendo una anotación en el cuaderno de bitácora. Por alguna razón este hombre -habitualmente muy silencioso- comenzó a hablar  conmigo locuazmente, apoyado en la escoba con su sonrisa bonachona cruzando su rostro enrojecido, y estuve un buen rato charlando con él. En realidad más bien escuchándole y hablando sólo lo justo para hacer preguntas claves que le dieran pie a seguir hablando, o para hacer comentarios puntuales que demostraran que le escuchaba con atención. Se trata de un buen hombre, duro, honrado y sencillo, al que tengo gran aprecio y cariño. Y lo insólito de la situación era que este marinero es, por lo general, muy callado, y raras veces pronuncia más de dos frases seguidas.

    Cuando se marchó me quedé mirando al horizonte a través de los grandes portillos, más allá de los cuales despuntaba ya el alba, sumido en mis pensamientos. Meditando acerca de la fascinación y el asombro que me causa la sencillez de personas como este marinero. Personas con una vida asombrosamente simple y sencilla. No piensan mucho y no necesitan mucho. No le dan muchas vueltas a las cosas, ni a la vida. Sus aspiraciones parecen limitarse a la supervivencia y a estar a gusto; y no necesitan mucho para estarlo. Un trabajo -sencillo, sin complicaciones-, descanso, comida, algún capricho que les estimule y una vida tranquila. Personas sin inquietudes aparentes, sin deseos visibles de prosperar o mejorar, conformistas, que no se preocupan por todo aquello que no les afecte directa y evidentemente. Capaces de estar toda una tarde con su noche acodados en la borda tirando de un sedal sin -aparentemente- más preocupaciones, personas que pueden mirar durante horas una televisión como quien mira un paisaje en movimiento. Personas que en su sencillez parecen primitivas, instintivas, más próximas al animal. Pero es una sencillez tan conmovedora, más en un hombre rudo y bonachón, que resulta tan entrañable que hace que me den ganas de levantarme y darle un fuerte abrazo.

    «¡Había tantos marineros como ese hombre! Seres solitarios que barajaban días y días palabras no pronunciadas y luego, de pronto, barbotaban curiosos pensamientos -poéticos o ingenuos-, y después, de una manera igualmente repentina volvían a enmudecer.»

    El cazador de barcos, de Justin Scott.

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