La vieja ancla

A bordo del Cabo Cee, atracados en Setúbal.

A 27 de febrero del 2012. Lunes.

El barco había comenzado a primera hora las operaciones de carga de las bobinas de alambrón de acero consignadas a Casablanca. La mañana transcurría como tantas otras; las grúas iban cargando lentamente las bobinas en las bodegas bajo un cielo celeste y despejado, la rutinaria vida a bordo discurría sin novedades y yo me afanaba en mis deberes, hasta que el capitán me llamó a su despacho. Necesitábamos un repuesto importante y me pidió que fuera a tierra a conseguirlo a toda costa. Me cambié y aproveché una visita del agente para irme con él, ahorrándome la caminata hasta la ciudad.

El agente me dejó en el barrio marítimo de Setúbal, a estas alturas ya bastante conocido, y comencé a buscar el repuesto. No se me da mal rastrear y encontrar cosas, aun en el extranjero. Soy, además, un tipo tenaz. Comencé por peinar los sitios lógicos en los que podría encontrarlo; tras los primeros y previsibles fracasos, preguntando e indagando, acabé por localizar el establecimiento del representante oficial del fabricante, que estaba nada más y nada menos que en la vertical del Castelo de São Felipe, en las afueras opuestas de la ciudad. Y tampoco allí lo tenían. Sólo por encargo. E, ironías de la vida, las piezas las pedían a… España.

Más tarde, una charla con unos pescadores en el puerto me encaminó a un pequeño provisionista que probablemente habría pasado por alto de no haber sido por la indicación de los marineros. Al despedirme de ellos y arrumbar al establecimiento iba pensando en lo fácil y rápido que habría sido todo de haber tenido conexión a Internet. Ahora se puede localizar casi cualquier cosa -y a casi cualquier persona- prácticamente al momento con un terminal, una conexión a la red de redes y un mínimo conocimiento del medio. ¡Cómo cambiaron las cosas de unos años para acá! Pero esa mañana yo había regresado al modus operandi de antaño, pateando calles siguiendo el rastro, preguntando aquí y allá, consultando guías telefónicas en los bares. Quizás en el siglo XXI todo se pueda hacer más rápido, casi instantáneo, pero no sé hasta qué punto eso es bueno. Prefiero el método tradicional; se ve más, se aprende más, se mueve uno más y hay que tirar un poco más de ingenio y recursos. Es, en fin, más divertido y humano. Y la vida debe vivirse con más calma y menos prisas. Viviendo.

Fue en este pequeño provisionista donde finalmente conseguí el repuesto, horas después de haber comenzado la búsqueda. Y regresé satisfecho a bordo.
Bien me había ganado una copa de vino, decidí, y cuando terminé mi jornada a bordo volví a saltar a tierra. Me encaminé de nuevo al marítimo y acabé por fondear en una taberna marinera a la que había ya echado el ojo durante la mañana.

Di amarras a la barra junto a uno de los parroquianos que se acodaba en ella, un viejo marinero de mejillas coloradas que despuntaban sobre una luenga barba blanca, descuidada y espesa, mechones de pelo blanco asomando bajo su clásica gorra de paño azul. Intercambiamos afable saludo y pedí un vaso de vino; me lo sirvieron de grifo y con gas. Malísimo. Eché unas monedas sobre el mostrador para pagar el vino y lo devolví casi intacto, pidiendo otro diferente. Pero no había otro, ése era el único vino que vendían por copas. A pesar de ello estaba a gusto allí así que pedí un buen plato de aceitunas aliñadas que poco después complementé con algo de queso y pan, pidiendo una alcuza de aceite de oliva para regar la comida. Trabé conversación con el tabernero, que pronto venció su recelo y se mostró afable. Y al rato, con gesto deferente, me invitó a beber de su botella personal de vino -vino del Alentejo-, que guardaba en la cocina, y que me supo a gloria tras el aguarrás anterior. Y en un agradable rato de charla dimos cuenta de la botella entre el tabernero, el viejo marinero y yo.

Tenían puestas las noticias de la tarde en la televisión y una mención a España oída casualmente entre el bullicio de la taberna llamó mi atención, así que me volví a medias a escuchar. Y me quise morir de la vergüenza. Primero, Garzoncillo haciendo de las suyas; luego, Urdangarín con su escándalo mayúsculo; más tarde, trapos sucios de las corruptelas políticas españolas… sí, España en estado puro. Me dio vergüenza estar allí en aquel momento, como tantas otras veces me pasó por el mundo adelante por idéntico motivo.

Me volví hacia el tabernero, que me hablaba de nuevo -el viejo marinero había largado ya amarras-, y charlamos un rato más. Luego le pregunté si por casualidad tenían WiFi (en realidad sabía que sí la había, pues mi iPhoneófono la había detectado). Me dijo que sí, y amablemente me anotó la contraseña: “Sócrates”.

-¡Ah, como el futbolista!- exclamé espontáneamente, sonriendo.

-No, como el presidente de la República- respondió el tabernero alzando la barbilla, las cejas y el dedo índice, con gesto solemne y mirada significativa.
Una hora después me encontraba sentado en la apacible terraza de un local que frecuento siempre que recalo en Setúbal, al final de la avenida de Luisa Todi, en la Freguesia -parroquia- de Nossa Senhora da Anunciada. La tarde era apacible y soleada en un típico ambiente latino -en su acepción original, europea- y la escena bien podría estar encuadrada en cualquier puerto del viejo Mare Nostrum. Sentí de nuevo el impulso de escribir y saqué del bolsillo mi cuaderno y mi nuevo bolígrafo Parker.

Escribía, dando sorbos espaciados a la copa de vino tinto que me acompañaba, pero tenía la incómoda y constante sensación de estar siendo observado. Acabé por girarme a mirar a la chica sentada en la mesa de al lado, sola; entonces comprendí que mi sensación era ficticia. No era de la clase de mujeres que se fijan en un tipo como yo. Un primer vistazo me hizo parpadear y bajar la vista con cierto rubor cuando nuestras miradas se cruzaron; era una beldad. Una de esas mujeres hermosas y refinadas, con garbo, que de algún modo ejercen con su presencia un magnetismo que centra la atención en ellas allá donde estén. De las que hacen girar cabezas. Aproveché un cambio de postura para quedarme parcialmente vuelto hacia ella y cuando giró su cabeza para perder la mirada largamente al final de la avenida la observé con todo el detalle que la discreción me permitió.

Se le apreciaban los inequívocos signos (¿síntomas?) de la sofisticada civilización occidental: Ropa de marca, a la moda, elegante y con un acertado compromiso entre discreción y sensualidad; pelo rubísimo, probablemente teñido y cuidadosamente planchado; uñas postizas, quizás de porcelana; maquillaje aplicado con los sutiles trucos femeninos, acaso disimulando defectos y resaltando virtudes. Ello me llevó a intuir que tal vez aquellos pechos torneados, que se modelaban bajo su discreto y ceñido suéter, no fueran lo que las sugerentes forman insinuaban. Tras esas reflexiones concluí que tal vez, en el fondo, tampoco fuera de una belleza natural hermosa; pero ¡qué diablos!, bajo toda su apariencia estaba arrebatadora. Sí, ellas tienen sus armas y las conocen, y las emplean con más o menos sutileza y con innegable eficacia.

Pensé en pedirle permiso para fotografiarla tal y como estaba. Sentada en su mesa de la terraza ante una taza de café, hermosa, elegante y sofisticada; las piernas cruzadas, gesto aparentemente casual y desenfadado pero sin duda estudiado, con su rostro sereno y la mirada aparentemente perdida en la lejanía tras sus gafas de sol tipo concha. Me pregunté también cuánto tiempo al día pasaría ante un espejo. Pero entonces se acercó Marlene, que entraba a trabajar, y me saludó con esa sonrisa franca tan suya; me levanté y le ofrecí un asiento, y charlamos un rato antes de que ella tomara el mando tras la barra del local. Cierto pudor me impidió ya pedir permiso a la mujer de la mesa vecina para tomarle una fotografía.
Ya había caído la noche cuando comencé el trayecto de regreso a bordo, y el ambiente había refrescado. Caminaba a la altura de Santa Maria da Graça, cuando me detuve en la acera; las luces de una taberna tras los ventanales eran invitadores, rectángulos de cálida luminosidad recortada en la fría obscuridad de la noche. Decidí hacer una última escala antes de acometer la larga caminata hasta el muelle en el que mi barco estaba atracado. Entré al calor, recordando la canción de Gabinete Caligari, y me abordé a la barra de madera basta y vieja. Me sirvieron un vino que me supo a gloria. Pregunté el nombre, el camarero me mostró la botella y lo anoté como futura referencia -que probablemente nunca utilizaré- en mi cuaderno.

A esas alturas -en realidad hacía ya bastante rato- echaba de menos a mis buenos compañeros, pero ninguno de ellos había podido saltar a tierra ese día y por tanto, como tantas otras veces en tantos otros puertos, mi expedición fue en solitario. Pero también tiene sus ventajas ir solo, casi siempre se acaba conociendo gente, a menudo interesante, de la que oír cosas interesantes o con la que pasar ratos agradables. En un momento dado me acerqué a una de las paredes para mirar en detalle los cuadros de nudos. Eran añejos, rancios; no creo que llevaran menos de medio siglo allí colgados, probablemente bastante más. Recorrí los nudos uno por uno, deleitándome en los detalles y en la lectura de sus nombres portugueses. Había muchos nudos de todo tipo -palletes, piñas, nudos planos, de maniobra- que ya eran míos y que en el pasado inculqué a mis hombres con paciencia y dedicación. Pero entre todos ellos y por primera vez en muchísimos años, vi un nudo que yo no conocía. Se trataba de un nudo que ofrecía dos ojos, de un modo similar a una encapilladura; aunque el anudado era diferente, peculiar. Sin duda era un nudo de uso en la jarcia fija de los veleros de antaño. Los cabos eran añejos, el cuadro viejo, las placas de latón con los nombres de los nudos enmohecidas por los años y la humedad; llevaba sin duda muchísimo tiempo allí. Regresé a la barra y me acodé en ella, con mi vaso de Oporto misteriosamente lleno de nuevo, y medité recordando la historia marítima lusa. Los portugueses son, o fueron, grandes marinos. De los mejores -con nuestro permiso- de los que la Historia conserva legado, grandes navegantes. Aunque, al igual que nosotros -los españoles-, en franca decadencia en la actualidad.
La última copa se convirtió en una sucesión de vasos de Oporto; el solícito tabernero, que también había sido marino, se encargaba de llenar mi taça -y la suya- enlazando historias y suspiros con la melancolía de un fado, sus ojos profundos perdidos en el pasado.

En un momento en que se alejó para atender a otros parroquianos me acerqué a ver de cerca una antigua ancla del almirantazgo que llamaba mi atención. Estaba colgada de una de las paredes, firmemente sujeta a las piedras. Era vieja y aunque está repintada de negro brillante, se apreciaba la corrosión del óxido bajo ella. Esa ancla había sido fondeada en el pasado, probablemente hacía siglos, y me pregunté cual habría sido su historia marinera antes de pasar a un generoso retiro colgada en la pétrea pared de la taberna portuguesa. Me acerqué y la observe de cerca, atendiendo a sus detalles. Las marcas en su arganeo y mapas delataban su uso prolongado; el tipo de corrosión y desgaste, su antigüedad. El cepo desmontable, plegado sobre la caña, permitía que el ancla estuviera colgado… y me facilitaría su transporte y estiba, a bordo y en casa. Sí, estaba lo suficientemente mamado -o acaso lúcido- para pagar unos cientos de euros por aquella antigua ancla de no menos de ochenta quilos, así que lancé una oferta por ella al perplejo tabernero cuando, atendida la barra, regresó al rincón en el que bebíamos en solaz. Pero no hubo modo de convencerle y creo que todo el oro del mundo no le habría persuadido a deshacerse de aquella vieja ancla.

Habría que verme volviendo a bordo con ella al hombro.

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