Stat rosa pristina nomine…

A bordo del Cabo Cee, fondeados en la rada de Setúbal.
A 20 de febrero del 2012. Lunes.

    Estamos fondeados de nuevo en la rada de Setúbal. Tras la comida me tumbé a echar una siesta. El sueño fue profundo. Tras una hora de reposo el despertador me devolvió al mundo al toque de Ganando barlovento. Me estiré y desperecé, mirando al techo y abandonándome un rato a mis pensamientos. El barco estaba inmóvil, anclado en el resguardado estuario. Bajé a la cocina y me preparé esa especie de capuccino de cosecha propia, que es mi especialidad y que he popularizado a bordo, y regresé a mi camarote. Me tumbé de nuevo en mi litera y continué leyendo Verdes colinas de África, de Hemingway, recostado sobre la almohada, con las piernas dobladas y el libro apoyado en ellas. Qué visiones de África más distintas, la de Hemingway y la mía; si bien es cierto que casi ochenta años las separan.

    Aún no había leído ni una página cuando alcé la mirada. Posé el libro abierto a mi lado, sobre la litera, y alcancé la taza de café. Mi taza ‘de barco’. Una taza metálica -”pote”, que le llamábamos en la pesca- que siempre me pareció de lo más apropiado para un barco. Es estable, con una base pesada, y al ser de acero resiste cualquier posible eventualidad de ésas tan frecuentes en la Mar; un temporal, un balance inesperado, un despiste.

    Saboreé el café. El brillante Sol entraba por el portillo bajo el que está mi litera proyectando un oscilante rectángulo de luz intensa sobre ella y sobre el suelo y parte del escritorio de madera. Me incorporé lo justo para observar a través del portillo, de su recio cristal reforzado cercado en la estructura de acero que forma su marco, perforada por gruesos tornillos. Por la parte baja del portillo observé las marcas que dejaron los regueros de agua que se filtra cuando hay mal tiempo o lluvia y que resbalan hasta mi litera. Por mucho que apriete las trincas de bronce, que comienzan a verdear por la humedad y la salitre, el portillo no estanca del todo y entra agua que resbala hasta mi litera. Me recordó a las húmedas noches a bordo de la Capitán Manuel Lara, mi vieja balandra, donde era casi imposible estar seco en ningún momento y en ninguna estación. Sonreí con nostalgia.

    A través del portillo, cuyo vidrio estaba cubierto de innumerables cristalitos de sal, vi la rada y otros buques mercantes fondeados. Y más allá la costa cubierta de árboles verdes y la larguísima playa de arena salpicada de piedras. Era una tarde tranquila y deseé que durara mucho más tiempo, que éste se detuviera en ese momento y me permitiera leer y escribir y tomar café tumbado, con la cálida luz del Sol entrando por el portillo y sin ninguna obligación, ni ninguna prisa, ni ninguna preocupación.

 

A bordo del Cabo Cee, en Setúbal.
A 21 de febrero del 2012. Martes.

    Levamos anclas pasada la medianoche y procedimos a puerto, dando amarras al muelle una hora después. Esta noche descansé poco, levantándome a mi hora habitual con sólo tres horas de reposo en la estela; por eso me enfadó un poco ver que nadie se había levantado para trabajar a la hora debida, sólo el marinero de guardia y el cocinero, al que no le queda más remedio que madrugar todos los santos días. Pero es su deber.

    Entonces caí en la cuenta de que nadie había aún amanecido porque en Portugal es una hora menos y los estibadores no empezarían a descargar hasta una hora más tarde.

    Salté a tierra y paseé por los muelles. Era una mañana despejada y muy fresca, el Sol estaba a punto de despuntar por Levante y los muelles estaban desiertos. Los recorrí pasando frente a varios buques atracados, crucé un saludo con algún marinero que montaba guardia en ellos y charlé un rato con uno de los pilotos de un carguero holandés, un hombre sonrosado, grandullón y afable.

    Luego volví a bordo. Ya habían aparecido los otros oficiales y el capitán y el resto de la tripulación. Pasé parte de la mañana haciendo el cálculo de estabilidad del buque para la salida; es trabajo del primer oficial pero yo me entretuve haciéndolo también por mi cuenta. Ahora los primeros oficiales lo hacen por ordenador, con programas informáticos rápidos y precisos, y sólo les lleva diez minutos hacerlo. Pero a mí me gusta hacerlo a la antigua, con papel y lápiz, con una calculadora científica como única concesión a la modernidad y la comodidad. Así que es algo que me lleva alrededor de una hora de calcular, pero no me importa. Me gusta hacerlo así, además de ese modo no se pierde de vista la esencia del meollo. De lo que se está haciendo, de lo que se trae uno entre manos. Quiero decir, por poner un ejemplo muy básico: si haces una raíz cuadrada en un ordenador o calculadora al final pierdes la noción y te parece que sólo estás haciendo una operación aritmética; pero si haces la raíz cuadrada a papel y lápiz nunca olvidarás que el resultado se obtiene de hallar un número que, multiplicado por sí mismo, dé el radicando.

También por el mismo motivo me gusta hacer cálculos de navegación astronómica en vez de confiar ciegamente en los cacharros electrónicos, como tantos “marinos” de estos tiempos. Mucho GPS y mucho ECDIS y mucho AIS y mucha gaita zamorana, pero les quitas la electrónica y están perdidos. Los viejos aún recuerdan y saben, claro; pero van quedando cada vez menos. Siendo agregado puedo permitirme pasar horas haciendo cálculos a papel y lápiz; pero si fuera yo el primer oficial, me temo que probablemente las prisas y la eficacia me obligarán a hacerlo con el ordenador.

    Éste es uno de los motivos por los que pronto me quedaré en tierra y me dedicaré a otra cosa. Ya no queda nada de nuestro arte y oficio. Apenas quedan marinos, ya no se navega y ya no queda nada de lo que esto fue en tiempos. Siguen llamándonos marinos y se sigue diciendo que navegamos, pero son palabras que han perdido su hermoso y digno significado. Quizás ello no sea necesariamente malo, ni bueno; sino sólo la evolución natural de los tiempos. Ya no se navega porque ya no es necesario, todos esos aparatos electrónicos lo hacen por nosotros y la labor del marino es ahora la de control y supervisión de los aparatos. Conservamos el nombre de marinos, aunque vacía ya de significado; la realidad es que nos hemos convertido en transportistas, en camioneros de los mares. Y aunque todo el mundo se ríe de mí y considera mi visión disparatada, yo sé que en un futuro no muy lejano los buques mercantes serán teledirigidos desde tierra y ninguno de nosotros será ya necesario a bordo excepto, quizás, un técnico por si se descaralla algo por el camino. Pero yo me habré quedado en tierra mucho antes de eso.

    Sin embargo no dejaré de navegar. O no quiero dejar de hacerlo. Me gusta navegar y me gusta viajar. Volveré a tener mi propio barco de vela y volveré a navegar en él como solía, como Dios manda, como toda la vida y a mi antojo. Con quien yo quiera y a dónde yo quiera. Porque, como decía el viejo Conrad, la auténtica libertad comienza a veinte millas de la costa más cercana.

«Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus»
(De la rosa original sólo nos queda el nombre, conservamos nombres desnudos – El nombre de la rosa, Umberto Eco).

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

 

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