Mi viejo Parker

Mi viejo Parker

A bordo del Cabo Cee, en Setúbal.
A 8 de febrero del 2012. Miércoles.

    Acabábamos de atracar en Setúbal. Yo había terminado con los papeleos en el puente y había bajado a cubierta a echar una mano. Me gusta ayudar a los marineros. A menudo echo de menos el trabajo de cubierta. Dimos la pasarela a tierra y después extendimos la red de seguridad que se coloca bajo ella, cuya finalidad es evitar que la gente o las cosas se caigan a la Mar. Esa tarde no lo evitó.

    Estaba yo en mitad de la empinada pasarela cuando sucedió. Me agaché para coger los cabos que me pasaba uno de los marineros desde el muelle, los puños superiores de la red. Me asomé por un lado de la pasarela estirándome hacia abajo para asir los cabos y fue entonces cuando el bolígrafo se deslizó afuera del bolsillo de mi pully* de la Armada. Lo vi a cámara lenta. Cayó y golpeó en un peldaño de la pasarela, cling, luego en otro, cling-cling, antes de colarse entre ellos y caer en el muelle, cloq, y rebotar y caer a la Mar. Pluff.

    -¡Nooo! ¡Agárralo, por favor!- aullaba yo desde las alturas mientras el bolígrafo caía. El voluntarioso marinero lo intentó con presteza, soltando los cabos y la red, pero no lo consiguió. Miré impotente el bolígrafo mientras se hundía en la Mar y me pareció que el modo en el que lo hacía era una suerte de burla de la vida y del diablo, que me mostraban esa imagen de lo inevitable. Tuve el impulso de saltar a la Mar a intentar alcanzarlo; pero habría sido una locura hacerlo, pues correría el riesgo de ser aplastado entre el barco y el muelle. Finalmente perdí de vista el bolígrafo Parker que mi abuelo, el Capitán D. Manuel Lara, me había legado. Un bolígrafo que él había utilizado primero en sus barcos y luego, ya retirado, en casa. Lo guardaba en un cajón del recio taquillón de madera obscura, ajada por el uso y el tiempo, y lo usaba para hacer sus cuentas o escribir cartas o hacer los planes de viaje. Luego me lo pasó a mí y el bolígrafo me acompañó en los barcos que navegué, y en mis viajes por tierra, y en mi casa y en mi vida a lo largo de los años y las décadas, siendo mi principal instrumento de escritura. Y el más querido.

    Ahora descansa para siempre en el lecho marino, en el fondo del estuario del río Sado, frente a Setúbal. Me consuela pensar que quizás ése sea un final mejor que cualquier otro. Que es preferible una digna sepultura en el silencioso y sereno lecho marino a haberse roto, haberse perdido o haber sido robado.

(* Pully: Diminutivo de ‘pullover’ con el que en la Armada se designa al típico jersey azul de la Marina de Guerra.)

 

Epílogo.
Nota post scríptum;
a 25 de febrero del 2012.

    Aún tratándose de un final razonablemente digno y adecuado para mi viejo Parker, no me resignaba a aceptarlo. Hace cinco días recalamos de nuevo en Setúbal. Tras un día fondeados procedimos a puerto para descargar el cargamento de troncos que albergaban nuestras bodegas, y fuimos a dar amarras al mismo muelle en el que semanas antes habíamos atracado cuando mi bolígrafo se fue al fondo.

    Hacía más de una semana, desde que supe que volvíamos a Setúbal, que venía planeando la maniobra y dándole vueltas al asunto. ¡Intentaría recuperar el viejo Parker de mi abuelo! Sabía que era realmente difícil, pero urdía un plan desesperado para intentar el rescate. Lo que más me preocupaban eran las fuertes corrientes que discurren en el estuario: la corriente del río Sado, los flujos y reflujos de las mareas, las turbulencias de las hélices de los buques que habrían pasado por aquella zona. También cabía la posibilidad de que el bolígrafo se hubiera hundido en el fango; a saber a dónde habría ido a parar. Pero me resistía a dejar escapar la esperanza del fondo de la Caja de Pandora.

    Me hice con un imán y lo até al chicote de un cabo. En El Ferrol había ya comprado días atrás otro bolígrafo Parker casi idéntico -sólo mi ciudad natal me parecía un lugar digno para comprar un bolígrafo sucesor del original- y había estado investigando y probando si sería posible atraerlo con un imán. La mayor parte es de aluminio, pero el bolígrafo tiene suficientes piezas de acero, sobre todo en el mecanismo de boton y el clip, como para ser suspendido por el imán. Un imán que extraje del teléfono de una cabina -medida desesperada, acuciado por la urgencia- en una noche lluviosa, que los vecinos y la Telefónica me perdonen.

    Así que salté a tierra y fondeé mi aparejo, recorriendo el muelle e izándolo de vez en cuando para ver los resultados. Saqué un clip fresquito, un anzuelo oxidado, un grueso tornillo doblado, varios trozos pequeños de chapa de acero herrumbrosa, una especie de parrilla y algo de ferralla y chatarra pequeña e inidentificable. En ésas estaba cuando se acercó a mí un portugués muy serio y me informó de que estaba terminantemente prohibido pescar allí. Lo miré en silencio. Por toda respuesta cobré el cabo al muelle y le enseñé en qué consistía el invento, mostrándole el imán y un pedazo de chatarra que venía adherida. Pareció quedarse algo desconcertado y tras asentir con la cabeza muy despacio se volvió y se alejó.

    Continué intentándolo, con más corazón que razón, sin perder la fé, a todo lo largo del muelle; pero el bolígrafo, como era previsible, no aparecía. Hasta que al final sucedió la única otra cosa que podría hacerme desistir de mi empeño: el maldito imán se quedó enganchado en el fondo. Y por mucho que que tiré y tiré desde todos los ángulos posibles no hubo manera de zafarlo. Así que piqué el cabo y me resigné a la pérdida.

    Sí, a fin de cuentas quizás el lecho marino sea el mejor lugar para que descanse. Nada es eterno, como tampoco lo fue quien me lo legó. Pero siempre quedará su recuerdo.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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