De nuevo, Casablanca

Muelle de graneles, Casablanca.

A bordo del Cabo Cee, ad-Dar al-Baiḍa.
A 16 de enero del 2012. Lunes.

    Llevábamos varios días fondeados en la rada de Casablanca, esperando turno para entrar a embarcar un cargamento de fosfatos con destino a Setúbal. El Atlántico seguía manso y pudimos esperar al ancla con tranquilidad. Y cuando aquella tarde -la tarde de Reyes- tomé la guardia en el puente,  recibimos el télex que nos ordenaba proceder a puerto.

    Comencé a preparar el puente para la maniobra, se dio aviso a la máquina y al contramaestre, y al rato se encendieron las máquinas del Cabo Cee y comenzamos a levar el ancla.

    El buque viró lentamente y una vez hubo zarpado comenzó a ganar velocidad. Eran las cuatro y media de la tarde y la atmósfera era irreal. Durante mi guardia de alba, a eso de las seis de la madrugada, se había cernido sobre nosotros una niebla proveniente de tierra que se desplazaba veloz mar adentro. A través de los grandes portillos del puente se veían los jirones de vapor desplazarse del mismo modo que las nubes desgarradas a través de la ventanilla de un avión. Tan espesa era que no se divisaba la proa del barco desde el puente. Luego la niebla se había estancado y así se había mantenido a lo largo de la mañana, disipándose sólo levemente con la salida y el ascenso del Sol.

    Cuando comenzamos a navegar hacia la canal de entrada de Casablanca la atmósfera era, como decía, irreal. La neblina limitaba la visibilidad a apenas unas millas. Parecíamos envueltos en un celestial sudario lechoso, blanco intenso en las alturas por efecto del Sol oculto tras la bruma, blanco grisáceo en la superficie de la Mar por la que navegábamos; cielo y Mar fundidos en un horizonte blancuzco, incierto e indistinguible. La calma y la quietud eran absolutas, casi pesadas y opresivas como una losa marmórea, y sólo levemente turbadas por las olas tendidas de mar de fondo que llegaban a través de la blanca nada provenientes del Noroeste y daban un atisbo de realidad a la escena. Parecíamos avanzar a través de la Nada que describía Ende en su Historia interminable.

    A medida que avanzábamos los barcos fondeados en la rada iban surgiendo de entre la bruma, quietos y fantasmales, presos de las sólidas cadenas que los anclaban al lecho marino. Imaginé la misma escena antaño, en los tiempos anteriores a la electrónica. Un solitario marinero de guardia en el castillo de proa haciendo sonar una pesada campana de bronce -un repique de cinco segundos, a intervalos de un minuto- cuyo tañido sonaría nítido a través de la niebla advirtiendo a otros navegantes de la presencia del buque fondeado. Cuando empecé a navegar todavía se observaban estas precauciones, recogidas aún hoy como reglas preceptivas en el Reglamento de abordajes; pero actualmente, en estos aciagos tiempos, se confía plenamente en la tecnología para la detección de otros buques y la navegación segura. “Segura”.

    Abocamos la canal de aproximación virando a rumbo sur y la recorrimos hasta que, próximos ya a la bocana del puerto, viramos a rumbo oeste-suroeste para recorrer esa última y nefasta milla que supone la entrada del puerto de Casablanca, durante la cual los buques han de navegar atravesados a la mar de fondo predominante, del Noroeste, escorando exageradamente a banda y banda como péndulos de metrónomos, hasta ganar el reguardo del dique Moulay Youssef.

    Bajé a recibir al práctico a cubierta. Para mi sorpresa, él me recordaba de cuando yo venía a este puerto en el Lola; y yo le recordaba a él como a un práctico seguro y eficiente, muy buen profesional. Lo conduje al puente y metimos al Cabo Cee en el puerto, que iba surgiendo de entre la neblina a medida que nos aproximábamos.

    Atracamos en el muelle de graneles, que estaba sumido en una nube de polvo semejante a una tormenta de arena sin viento. La mayor parte del muelle está dedicado a la exportación de fosfatos, que son similares en su consistencia a arena muy fina. Cuando acompañé al práctico al portalón para despedirlo, recién atracado el barco, las cubiertas eran ya indistinguibles bajo la capa de fosfatos que se habían depositado sobre el buque como una capa de nieve invernal. Así de polvoriento era el ambiente en el muelle. En lo sucesivo anudé un pañuelo sobre mi nariz y boca, como un bandolero, de cada vez que tuve que hacer salidas prolongadas a cubierta. Caminar por el muelle era dificultoso como caminar por un desierto o por la arena seca de una playa; pero cualquier iniciativa de limpiarlo habría resultado fútil y en cuestión de horas el muelle habría vuelto a estar igual.

    Aún tardaron en iniciarse las operaciones de carga, pues el inspector y el capataz no dejaban de poner trabas y objeciones, buscando motivos para intentar forzar el soborno. Fuimos sucesivamente saqueados por las diferentes autoridades moras, que llenaron sus sacos sin vergüenza ni pudor. En torno a las 18:00 estábamos atracados y el capitán ya recibía, con mi asistencia, a las autoridades, los agentes, inspectores y demás morisma. Yo me había retirado a descansar pasadas las 21:00, tras despedirme del capitán y quedar a su disposición. Pero poco después de las 22:00 el primer oficial me llamó desde el control de carga para pedirme que le bajara el cuño del barco, que estaba en el despacho del viejo.

    En su despacho estaba el capitán, malhumorado y cansado. Me extendió el cuño mientras me daba orden de que no subiera nadie más a verle, pues estaba muy cansado y harto y no recibiría ya a nadie más. Y en ese momento irrumpió en el despacho el capataz de los estibadores, un moro fornido y ceñudo, de espesa barba negra, que se diría que no había sonreído en su vida. Era la viva imagen del Brutus, el archienemigo de Popeye. El capitán se levantó, enfadado, diciéndole que se fuera, que no quería saber nada más, y que se las arreglara con el primer oficial. Yo hice ademán de interponerme en el camino del moro pero éste me evitó y puso unos papeles en el escritorio del viejo, que seguía insistiendo en que se fuera de allí. Avancé para agarrar al capataz y echarlo del despacho por las malas o las peores, indignado por su desfachatez y su falta de respeto, por su chulería; pero el capitán ya capitulaba tras cruzar unas palabras en árabe con él, y me contuve. El viejo firmó y cuñó los papeles que el moro le presentaba, y luego éste se marchó sin mirarme ni mediar más palabra. El capitán me dio el cuño.

    -Lleva el cuño abajo para que el primer oficial selle el documento que falta y dile que no suba nadie más a verme. Luego me subes el cuño otra vez, no quiero que ande rodando por ahí.

    Bajé y hube de esperar un buen rato a que el estúpido capataz y el inspector acabaran de rellenar papeles y papeles. Una vez estuvieron listos los firmó y cuñó el primer oficial, pero aún así quisieron ir a ver al capitán. El primer oficial, pusilánime, les dijo sin mucha convicción que no podían subir, y los moros lo ignoraron. Se encaminaron a la puerta de la escaleras con la clara determinación de subir a ver al viejo. Pero yo soy leal e incondicional a mi capitán; agarré al capataz grandullón del brazo y me interpuse en el camino de ambos.

    -El capitán no recibe a nadie más esta noche- dije muy serio.

   -¡Tenemos que llevarle estos papeles y tenemos que verle!- protestaron, intentando pasar, tercos como mulas. Se lo impedí.

    -¿No me entienden? He dicho que el capitán no les va a recibir, está descansando y dio orden de que no se le moleste más- espeté, empezando a enfadarme ante su obstinación e insolencia, e impidiéndoles acceder a la escalera.

    Debieron entender que no había nada que hacer. Protestaron un rato a voces, muy airados; luego el inspector se amilanó, y con sonrisa entre conciliadora y ladina y tono de voz de cordero manso me pidió un cartón de tabaco.

    -No.

    Luego me pidió una botella de whisky.

    -No.

    Luego me pidió un cartón de zumo.

    -No.

    Leche, café, Coca-cola, queso… ?

    -¡Que no, hombre! Ah, canallas, para eso queríais ver al capitán, ¿eh? Para seguir saqueando, a ver qué le podíais sacar al viejo. Pues no hay nada, sanseacabó. ¡Venga! ¡Min huna!

    Y se fueron del barco con sus papeles cuñados, su saco vacío y muy malas pulgas. Cuando me cercioré de que habían bajado del barco y se alejaban subí el cuño al capitán, que estaba sentado tras el escritorio de su despacho y ante la pantalla del ordenador, rostro cansado y ojeroso y las gafas en la punta de la nariz. A su lado, un descorazonador montón de papeles.

    -Con su permiso…

    -Pasa, pasa, ¿está listo?- preguntó.

    -Eso parece. En breve empezarán a cargar… espero.

    -Bueno, pues nada más, chaval. A descansar.

    -Bien, capitán- di dos pasos hacia el pasillo antes de añadir -le recomiendo que cierre su puerta y le eche la llave. Estos granujas se cuelan en todas partes sin respeto ni miramientos.

    -Sí, tienes razón, éstos no se paran.

    -Buenas noches, capitán.

    -Buenas noches, chaval. Gracias.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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