Carta de un capitán desgraciado

Llegada a bordo del práctico. Vis cómica de Jan Sanders.

    Hace unos meses llegó a mi poder una copia de esta vieja carta, que lleva décadas circulando en el ámbito de marinos mercantes. Aunque probablemente sólo capten su intríngulis los marinos, los hechos narrados son descritos en suficiente amplitud, creo, como para que cualquier lector pueda entenderlos. La que a continuación transcribo es una traducción de la original, escrita en inglés; era ésta aún más hilarante, redactada con ese fino estilo inglés elegante y flemático, tan característico como su fino humor velado.

    Gracias, José Carlos.

 

Carta dirigida a la compañía de seguros por el capitán de un buque extraordinariamente desgraciado

    Muy Sr. mío:

    Escribo esta carta a Vd. con pena y premura. Pena porque cierta incomprensión haya originado los hechos que relato, y premura para que Vd. pueda recibir esta carta antes de que se forme opiniones preconcebidas derivadas de las noticias de la prensa mundial, pues estoy seguro de que ésta tenderá a sobredramatizar el asunto.

    Acababa de embarcar el práctico y el alumno de náutica volvía de cambiar la bandera G por la H y, siendo su primer viaje, tenía ciertas dificultades en enrollar la bandera G. Por lo tanto, procedí a enseñarle. Al haber finalizado, le dije «Let’s go» (vámonos). El caballerete, aunque voluntarioso, no es muy listo, y necesitó que le repitiera la orden en alta voz.

    En este momento el primer oficial salía de la derrota, donde había marcado en la carta la situación del barco, y, pensando que mi orden se refería a las anclas, repitió por megafonía «Let go!» al segundo oficial que estaba en el castillo de proa. El ancla de babor, que había sido preparada pero no apeada, fue fondeada rápidamente. El efecto de fondear el ancla desde el escobén mientras el barco navegaba toda avante a régimen de maniobra fue excesivo para la acción del freno del molinete y toda la cadena de babor salió largada por el escobén. Me temo que los daños en la caja de cadenas puedan ser considerables.

    El efecto de frenado del ancla de babor, naturalmente, provocó que mi buque girase bruscamente en esa dirección, derecho hacia un puente giratorio que sobrevuela un tributario del río cuyo curso íbamos remontando.

    El operador del puente giratorio demostró gran presencia de ánimo, abriendo el puente para que pasara mi barco. Desgraciadamente, no se acordó de parar el tráfico rodado, siendo el resultado que el puente se abrió parcialmente, depositando un Volkswagen, dos ciclistas y un remolque con un trailer para ganado en mi castillo de proa. Mi tripulación está ahora reconociendo el contenido del trailer que, por el sonido, yo diría que son cerdos.

    En sus esfuerzos por parar la arrancada del barco, el segundo oficial fondeó el ancla de estribor; demasiado tarde para ser de uso práctico, ya que cayó sobre la cabina de control del operador del puente giratorio.

    Después de haber sido fondeada el ancla de babor y el barco caer a esa banda rápidamente, marqué «Atrás toda», repicando el telégrafo de máquinas dos veces para ordenar las máximas revoluciones atrás. Me informaron de la sala de máquinas que la temperatura del agua era de treinta y dos grados y me preguntaron si es que estaba loco o qué. Mi respuesta no añade nada constructivo a este informe.

    Hasta ahora he limitado mi informe a las actividades del extremo proel del barco. A popa estaban teniendo sus propios problemas. En el momento de ser fondeada el ancla de babor, el tercer oficial estaba supervisando la maniobra de amarre del cabo de remolque del remolcador de popa, y lo estaba arriando a la cubierta el remolcador.

    El efecto súbito de frenada del ancla de babor causó que el remolcador se metiera debajo del escudo de popa, justo en el momento en que yo repicaba en el telégrafo de máquinas «Atrás toda» y la hélice cumplía la orden. La pronta acción del tercer oficial, que ya había hecho firme el remolque a bordo, demoró el hundimiento del remolcador por algunos minutos, permitiendo por tanto que la tripulación lo abandonase con seguridad.

    Es raro, pero en el preciso momento de fondear el ancla de babor, hubo un corte de electricidad en tierra. El hecho de que estuviéramos cruzando en ese momento una «zona de cables submarinos» marcada en la carta, puede sugerir que quizá podríamos haber tocado algo en el lecho del río. Desde luego es una suerte que los cables de alta tensión derribados por el palo de proa no tuvieran tensión eléctrica, posiblemente por haber sido reemplazados por los cables submarinos, pero debido al oscurecimiento total de tierra no sabemos dónde cayó la torre.

    Nunca dejan de extrañarme las acciones y el comportamiento de los extranjeros durante los momentos de pequeñas crisis. El práctico, por ejemplo, está en este momento arrinconado en un rincón de mi despacho, alternativamente acusándose y llorando después de haber ingerido una botella de ginebra en un tiempo que es digno de figurar en el «Guinness Book of Records». El patrón del remolcador, por otro lado, reaccionó violentamente y hubo de ser reducido por la fuerza por el mayordomo, que lo ha encerrado esposado en el hospital de a bordo, donde está diciendo que hará cosas imposibles con mi persona y con mi barco.

    Incluyo los nombres y direcciones de los conductores y de las compañías de seguros de los vehículos, que el segundo oficial tomó después de evacuar precipitadamente el castillo de proa. Estos datos le permitirán a Vd. reclamar los daños que ellos causaron al barandillado y barraganetes en la zona de la bodega número 1.

    Cierro este informe preliminar porque encuentro muy difícil concentrarme con el sonido de las sirenas de la policía y con sus luces de destellos.

    Es triste pensar que si el alumno de náutica se hubiera dado cuenta de que de noche no es necesario enarbolar la bandera de práctico, nada de esto hubiera sucedido.

    Atentamente.

    Londres, 15 de enero de 1957

    EL CAPITAN

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